Pero ¿qué ... es un agregado?

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Por Homer, 1-septiembre-2006


Como preámbulo, fui agregado durante casi 20 años, la mayoría de los cuales viví en una pequeña ciudad española. Pedí la admisión al principio de los 80. Trataré de no repetir lo que han dicho otros en estas páginas y me centraré en mi experiencia, porque a veces es más interesante (en el sentido de entretenida, no de necesaria) que la teoría.

No pienso comentar el contenido de los escritos más densos, con los que estoy de acuerdo parcialmente (por ejemplo, no concibo la Obra como estructura de pecado, como alguien la ha catalogado; pero, entre otras cosas, considero que los directores deberían plantearse su actuación con algo parecido a la autocrítica). Simplemente deseo exponer, en parte, mi punto de vista sobre el tema. Abundando en lo que han dicho otros, como Rocaberti.

Antes de nada, pienso que ---al menos en mi caso, y seguro que en el de muchos--- hay que reconocer el bien que ha hecho para mi alma el contacto con la Obra, que me ayudó a tratar a Dios y meterle en mi vida (que no es poco). No todo ha sido perfecto, como yo también he fallado muchas veces a los que tenía alrededor. Pero, como casi todos, he conocido dentro gente maravillosa, con virtudes gordas, que me ha removido con su ejemplo y sus palabras sinceras.

Hay algunos temillas que nunca entendí, lo que al principio achacaba a mi escasa entrega en la vocación. Algunos son:

  1. ¿Por qué esa fuerte separación entre numerarios y agregados? Parece que desde hace unos años se ha suavizado la distinción, pero antes nos mezclábamos casi tanto como con la sección femenina (parece que el numerarito medio veía un agregado y pensaba: "yuyu, ¡a ver si se me va a pegar la peste!"). La verdad, siempre me fastidió ese apartheid.
  2. Como ha comentado alguien, ya el nombre se las trae: agregado ¿a qué?, suena a adosado (como el de Satur), pegado o adherido ... ¡Anda que el anterior nombre de oblato, ese sí que pegaba fuerte!
  3. ¿Qué ... es un agregado? No pido la definición teórica, ahí llegamos todos (incluso muchos numerarios ---nadie se ofenda---, que antes pensaban que un agregado era como un numerario medio tarado o de una pobreza insalvable, que le marcaba la cabeza, la ropa, hasta la forma de andar; y, por fin, llegaron a catalogar a los agregados como aspirantes eternos) ... La verdad, para vivir la genuina (¿?) vocación de la Obra ("en medio del mundo"), puede parecer que un agregado está más cerca. Aunque el comienzo es duro, como ha recordado alguno en esta web: siendo un pipiolo empiezas el plan espartano: levantarte pronto, ducha agua fría (¡en el crudo invierno castellano!), misa, etc., ir al centro hasta las tantas. Fines de semana full. Vamos, en tu casa eres bicho raro, salvo que tus padres sean super ..., que no suele ser el caso. Al principio, pues, envidias la vida del numerario, que lo tiene todo más fácil, las Normas, la formación, no se vuelven locos buscando al cura. Pasados unos años dejas de tener envidia a los numeratas (léase sin desprecio, apelativo cariñoso), porque ves que están bastante constreñidos en su actuación, sus horarios. Pero viene el tema delicado para un agregado:
  4. La vida en familia está clara para numerarios y supernumerarios (otra cosa es el ganado con el que cada uno tenga que lidiar): "haberla hayla". Pero ¿cuál es la vida en familia de un agregado? Yo esto nunca lo he entendido, y se lo comenté a unos cuantos directores. "El agregado no hace vida en familia en el centro", salvo las ridículas tertulias (una a la semana) y en las convivencias (debo de ser corto, pero nunca sé por qué no se llaman "cursos anuales" para los agregados, aunque cursemos asignaturas de Filosofía o Teología). Pero entonces, si el agregado no hace vida en familia con los de la Obra, ¿con quién la hace? ¿con sus padres y hermanos "de sangre", que le ven como un marciano y no entienden nada de la Obra y suelen tener recelo? ¿o, más bien, simplemente no la hace? Cuando tienes 14 años no te planteas esto, pero cuando ya no eres tan niño y tus padres se van haciendo mayores, te planteas ¿cuál es mi futuro? La frasecita, que me irritaba (no en los primeros años, jovencillo inconsciente, entonces me la creía): "la Obra es una familia, es tu verdadera familia". Siento abundar en el tema, pero este asunto es el que ---pasados los primeros años--- nunca tragué. Una más de las paradojas o, más bien, contradicciones reales en la Cosa. Es familia, pero como si no: la fraternidad se reducía (para un agregado) a la corrección fraterna y la tertulieja. "Los agregados ordinariamente no viven en centros de la Obra", eso lo sabe el más tonto, pero ¿dónde viven? Cuando sus padres han muerto, o simplemente están en otra ciudad, el agregado pasa a ser un "llanero solitario". Me escamó bastante oír que para tales casos se había pensado (y se pone en práctica en ciudades relativamente grandes) que vivieran en residencias, pero "sin hacer vida en familia", que quedara claro que tenían que estar tirados como colillas. Esa solución rara me producía desazón: ¿para qué tiene que haber agregados si no se sabe que hacer con ellos pasados unos años? Y luego estaba la realidad: los agregados mayores que veía (no digo que no estuvieran entregados) daban algo de pena (más bien terror, al pensar que ese era mi futuro).
  5. Dos anecdotillas aparte de los temas anteriores:
    1. En la misa por la beatificación del fundador de la Obra, me quedé triste por la última idea del Papa en su homilía (sobre que los miembros de la Obra debíamos tener presentes a los pobres y desfavorecidos). Me pareció una dura (por verdadera, no por injusta) reprobación a la Obra. Se lo comenté a la salida al director y me dijo que lo había interpretado mal. A tragar.
    2. En mi carta de dimisión (petición de dispensa, o como se llame) ---que, como todavía tremendamente ingenuo, estaba seguro de que iba directo al Prelado, sin ninguna interferencia (¡no os riáis tan fuerte, que me rompéis los tímpanos!)---, critiqué a los directores, pensando directamente en el vocal de S. Miguel agd de mi dl. Le dije al Padre que me parecían unos simples funcionarios, más ocupados en la burocracia que en las personas que dirigían. El mencionado director, pasados unos días, me dijo que no le había gustado aquel comentario. Me lo puso (perdonad la expresión) a huevo: le respondí que la carta no era para él, sino para el Padre. No hubo contestación.



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