Paralelismos entre los “movimientos laicales” actuales y las “órdenes militares” medievales

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Por Giovanna Reale, 2 de junio de 2010


Hace mucho tiempo que no escribo en Opuslibros, aunque de vez en cuando echo una ojeada a esta web, tan querida por mí. Hoy quisiera volver a intervenir centrándome en un tema que me ha interesado al leer las aportaciones vuestras de las últimas semanas. Es la cuestión de las “guarderías de adultos”, planteada por Josef Knecht, que se basa en Isabel de Armas y su libro Apuntes para san Josemaría. La voz de los que disienten (páginas 95-97).

Estoy de acuerdo con lo que J. Knecht escribe sobre este tema, aunque su exposición sea algo esquemática –y también opinable, como muestran las aportaciones de AgustínB y de Ana Azanza–, pero en lo substancial lleva razón. Es cierto que los actuales “movimientos laicales” de la Iglesia Católica, que se desarrollaron ampliamente en el pontificado de Juan Pablo II, se comportan de acuerdo a una psicología y sociología propia de “guarderías de adultos”. Y tienen, a mi modo de ver, tres rasgos esenciales, comunes a todas esas instituciones eclesiales, aunque, como ya señaló J. Knecht, haya notables diferencias entre ellas...

A las diferencias señaladas por J. Knecht yo añadiría una más: el Opus Dei guarda distancia respecto a los demás movimientos laicales en atención a su figura jurídica de prelatura personal; el Opus se considera tan laical, y sus miembros están tan metidos en medio del mundo, que no necesita distinguirse como tal, sino comportarse con la naturalidad de quien no forma parte de un club laical para no incurrir en una actitud tautológica. Los del Opus quieren presentarse como si no fueran una asociación, cuando es evidente que lo son, pero su interpretación jurídica de las prelaturas personales les lleva –¡erróneamente!– a sostener que éstas forman parte de la estructura jerárquica de la Iglesia, como las diócesis, y no del fenómeno asociativo de la Iglesia. Ello explica situaciones como las que a continuación voy a referir. Aunque Álvaro del Portillo, prelado del Opus Dei, participó como padre sinodal en el Sínodo de los obispos de 1987 sobre el laicado, cuyos resultados el papa Juan Pablo II recogió en la exhortación apostólica Christifideles laici de 1988, sin embargo Javier Echevarría, actual prelado personal, no asistió al Congreso mundial del apostolado de los laicos del año 2000 en Roma, en el que el Opus Dei no tuvo representación alguna. Esta ausencia se explica porque la Obra no desea ser asimilada al reciente fenómeno pastoral que se denomina “movimientos laicales” o “nuevos movimientos” (Neocatecumenales, Focolares, Comunión y Liberación, Carismáticos, Regnum Christi [este es el “movimiento laical” promovido por la congregación religiosa de los Legionarios de Cristo], etcétera), que coparon el protagonismo en ese Congreso mundial del año 2000. Sobre esta cuestión ya escribió Daniel M. un artículo (Por qué el Opus Dei no se mezcla con los movimientos laicales) el 9/07/2007.

Pero centremos ahora nuestra atención en los tres rasgos esenciales y comunes a todos esos movimientos laicales, a pesar de las diferencias jurídicas, espirituales y sociológicas que pueda haber entre ellos.

El primero es el comportamiento sectario en su vida interna, del que tantísimo se ha escrito en esta página Opuslibros. Sin embargo, es importante advertir que, a pesar de comportarse como “sectas” en su funcionamiento vital y existencial, no lo son estrictamente en el plano constitutivo-jurídico. Una “secta” es, de acuerdo a la etimología de esa palabra latina, un “corte”, “separación”, “ruptura”; la palabra “herejía” significaba en griego antiguo “separación”, “ruptura”, “secta” y por eso pasó a denominar, en el lenguaje cristiano, los movimientos eclesiales que rompían su comunión con la Iglesia. Pues bien, los actuales movimientos laicales, siendo instituciones eclesiales, no rompen con la Iglesia, sino que forman parte de ella; además, su personalidad jurídica eclesiástica les proporciona al mismo tiempo personalidad jurídica civil en los Estados en que desarrollan su labor. Ambas personalidades jurídicas (la eclesiástica y la civil) les proporcionan un anclaje institucional impropio de una secta, la cual se distancia manifiestamente de la sociedad en que vive. En sentido estricto, esos movimientos eclesiales no pueden ser clasificados como sectas, aunque en su vida interna, en su funcionamiento práctico y en la mentalidad de sus dirigentes y de muchos de sus integrantes sí lo sean. Todos sabemos que, en su vida interna, el Opus Dei va a su bola y que le importa un bledo eso de la comunión eclesial, pero en el plano constitutivo-jurídico no es una secta, pues está formalmente en regla (es prelatura personal de la Iglesia Católica y tiene también personalidad jurídica civil en los Estados) y mantiene con astuta apariencia tanto la comunión eclesial como un comportamiento civilizado en los Estados.

El segundo rasgo es que, en el plano sociológico, los movimientos laicales se comportan como guetos en la sociedad civil en que actúan. La teología integrista que los caracteriza los impulsa a ver tan sólo los errores del mundo actual. Sus miembros buscan seguridad y asidero para las dificultades que la sociedad contemporánea plantea a tantos niveles, según nos describió J. Knecht en el mencionado escrito suyo. De ahí se deriva un problema, a saber, que, refugiándose en el “gueto”, no es fácil plantear un auténtico diálogo con la cultura y los valores positivos –que los hay– en el mundo contemporáneo. Por ello, esos movimientos laicales, en connivencia con los papas y obispos que los respaldan, han frenado la aplicación del Concilio Vaticano II, que creó puentes de diálogo y lugares comunes de encuentro con la cultura actual.

El tercer rasgo es que, dentro de la Iglesia Católica, los movimientos laicales actúan como grupo de presión o “lobby” ante los obispos diocesanos y la curia vaticana. Este rasgo hace evidente que no son una “secta”; si lo fueran, no podrían influir sobre la autoridad eclesiástica, ya que, estando fuera de la Iglesia a modo de herejes o cismáticos, su influjo sobre ésta sería mínimo o nulo. Llegan a ser grupos de presión porque logran amasar grandes sumas de dinero con las que no sólo impresionan a la autoridad eclesiástica, sino que influyen en muchas decisiones que ésta toma (releamos, por ejemplo, el reciente escrito de Ana Azanza sobre la historia de la prelatura personal del Opus Dei). En algunos momentos, también han llegado a ser grupos de presión en la política civil, como sucedió en la España de Franco, desde 1939 hasta 1975, con la actuación de los miembros de la Obra en la vida cultural y política: primero, en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas y, luego, en muchos ministerios de los Gobiernos españoles de entonces (los “tecnócratas” del Opus).

Estas tres características (vida interna sectaria, guetos en la sociedad civil y grupos de presión ante la autoridad eclesiástica [y, a veces, civil]) me han sugerido un paralelismo que, salvadas las grandes distancias históricas, se podría establecer entre los actuales “movimientos laicales” y las medievales “órdenes militares”. Éstas se diferenciaban, principalmente, de aquéllos en que tenían armas y formaban un ejército para luchar contra los musulmanes y algunos pueblos paganos con el fin de defender o extender la cristiandad; los movimientos laicales de la actualidad no necesitan usar armas, pues con dinero ya acostumbran a atacar y defenderse bastante bien. Otra diferencia radica en que los monjes-militares de la Edad Media no ingresaban en su orden en busca de seguridad anímica o asidero psicológico, como sucede en las actuales “guarderías de adultos”. Comprendamos que no todo es igual en la historia de la humanidad: diferencias siempre ha de haber. Pero, por lo demás, los tres rasgos antedichos también se dieron, mutatis mutandis, en las órdenes militares de la Edad Media.

Un caso paradigmático fue el de la orden del Temple, a la que Motroton se ha referido recientemente.

Los templarios cumplían en su vida interna con un ritual y ceremonial verdaderamente peculiar, que les confería una personalidad muy destacada con respecto al común de los mortales; su complejo de superioridad era abrumador, alentado, además, por los éxitos militares. Que tenían una psicología sectaria es indudable: lo más parecido en los comienzos del siglo XXI a un templario de comienzos del siglo XIV es un “talibán” de Afganistán; por tanto, tildando a los templarios de sectarios me quedo corta.

Además, sus fortalezas militares y sus inmensas posesiones territoriales constituían auténticos guetos en los que no podía intervenir la autoridad civil legítimamente establecida; la economía y el derecho feudales de la época favorecían el establecimiento de esos guetos templarios. Por ello, a comienzos del siglo XIV, el rey francés Felipe IV el Hermoso, aprovechando que en Avignon se había establecido la corte pontificia del papa, promovió un proceso jurídico con el fin de suprimir la orden del Temple y de poder gobernar Francia con una mentalidad menos feudal y más próxima a lo que, siglos después, sería el Estado moderno. El proceso contra los templarios duró desde 1307 hasta 1314, año de abolición de la orden del Temple; en ese proceso intervino no sólo el papa Clemente V, sino también los obispos reunidos en el concilio ecuménico de Vienne (1311-1312).

Que el papa y los obispos, congregados en un concilio, decidieran actuar contra los templarios suele explicarse en los libros de Historia aduciendo que la autoridad eclesiástica cedió a la presión del entonces rey de Francia. Pero yo discrepo de esa interpretación, que me parece algo simplista. Los papas y obispos de aquella época también debían de estar hartos de que los templarios se comportaran con ellos como un grupo de presión; no seamos ingenuos pensando que los templarios eran malos con los reyes y buenos con los obispos: al contrario, eran igual de talibanes con unos y con otros. Por eso, el concilio de Vienne hizo bien en proponer que, en pro de la reforma espiritual de la Iglesia (¿qué tiene de malo que los intereses del rey francés se compaginen con los legítimos derechos y obligaciones de los obispos?), convenía actuar con mano dura contra los templarios; así los obispos se quitaron de encima un serio problema que, además de entorpecer su labor de gobierno, no contribuía a un proceso normal de evangelización, pues con talibanes se tiene siempre en las manos una bomba de relojería, que unas veces, arrojada a su debido tiempo, explota a los enemigos, pero otras veces le puede estallar a uno mismo. De esta forma, se consiguió también que las demás órdenes militares contemporáneas aprendieran la lección y quedaran domesticadas siendo más dúctiles y menos talibánicas ante la autoridad eclesiástica y la civil.

Con el paso del tiempo y las grandes transformaciones sociales de Europa, las órdenes militares acabarían desapareciendo de la Iglesia. Todavía hoy en día quedan algunos restos vitales (que no mortales) de aquellas órdenes; un ejemplo son los caballeros de la orden de Malta, que aún existe. Si mal no recuerdo, me parece que don Álvaro del Portillo (1914-1994) fue caballero de esa orden. Su pertenencia a ella se nos justificaba en el Opus aclarándonos que los caballeros de esa orden eran laicos y no frailes ni monjes, de modo que del Portillo fomentaba así la imagen laical del Opus Dei. No cabe duda, también, de que la pertenencia de del Portillo a la orden de Malta formaba parte de la parafernalia aristocratizante que tanto halagaba a Escrivá (o Escriba) de Balaguer, tan megalómano como medieval.

Creo haber demostrado que tres rasgos característicos de los actuales “movimientos laicales” (sectas en su vida interna, guetos dentro de la sociedad civil y grupos de presión ante la autoridad eclesiástica) se dieron también en las “órdenes militares” de la Edad Media. Por ello, sería deseable que la autoridad eclesiástica de comienzos del siglo XXI actuara con los “nuevos movimientos” de una manera lo más parecida posible a como el concilio de Vienne actuó con los templarios. Estoy de acuerdo con J. Knecht en que muchos aspectos de los nuevos movimientos laicales son contraproducentes y dañinos para la tarea de evangelización del mundo contemporáneo; no pueden dialogar con otros quienes sólo saben monologar mirándose al ombligo de su supuesta ortodoxia. Los obispos tendrían que aprender de los acontecimientos positivos de la historia de la Iglesia para, tomándolos como ejemplo o precedente, aplicarlos a las circunstancias actuales y quitarse de encima bombas de relojería que les pueden estallar en sus manos (pensemos en el reciente caso del padre Marcial Maciel). Tampoco conviene que pululen en la Iglesia grupos de presión que condicionen las decisiones de gobierno de papas y obispos; éstos y no aquéllos deberían llevar las riendas de la Iglesia, según lo estableció Jesucristo. Está claro que con “talibanes” (siglo XIV) y con “guarderías de adultos” (siglo XXI) no se lleva el Evangelio de Jesucristo a ninguna parte.



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