No se van ni a tiros

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Por Manzano, 3/09/2012


Una noche, soñando despierto, me vino a la memoria la frase de aquel fundador que no quería fundar nada, pero si se descuida refunda toda la Iglesia Católica entera -cosa que siguen pretendiendo hacer sus fanáticos seguidores-, que decía: “No se van ni a tiros”, que pronunció en repetidas ocasiones en multitudinarias tertulias y así lo recogen los documentos cinematográficos que la mayoría tuvimos que visionar cansinamente.

Llamo a la delegación: -¿podría hablar con Pepito Grillo? Cada mañana él acudía a trabajar allí, era la culminación de su fulgurante y brillante carrera civil.

-Hola Pepito: te llamo para decirte que no me esperes para la comida, me voy. -¿Dónde? -Pues eso ahora ya no es de tu incumbencia, me voy de Casa, sólo para que lo sepas…

Efectivamente la gran mayoría de los que escriben la carta con ese oscuro deseo incierto de pertenecer al Opus Dei, acaban yéndose. Y es que no se puede servir a dos señores, no se puede vivir como una luz intermitente.

Digamos, para entendernos, que lo del farol encendido era quizás media verdad. Pues comprobamos con el tiempo que se trataba de estarlo a ratos, estar encendidos intentando vivir aquel espíritu infumable y de vivir apagados en cuanto uno se ponía a pensar en serio. Y claro, para evitarlo había que estar siempre entretenidos.

Siempre hubo –aparentemente- alguna excepción, los que nacieron con receptores sensitivos con un nivel de tolerancia defectuosa y por tanto con poca capacidad para detectar la contradicción, el vivir en on y off simultáneamente. Por ello, quedaban pocos instrumentos eficaces -en su lenguaje- que seguían. Y otros menos siguen con el tiempo “picando piedra” sin desgaste emocional, les encanta el obsesivo modelo del burro de noria.

Parece ser, paradójicamente, que algunos de esos llegan a descubrir lo que es el aburrimiento después de muchísimos, demasiados años.

Y Pepito Grillo me gritó: - ¡oye, tú no vas a ningún lado, te esperas, que ahora voy!.

-Mira Pepito, no voy a esperarte, te digo que me voy y si quieres ya hablaremos otro día. Y colgué el teléfono.

Había estado mucho tiempo planeándolo minuciosamente y no iba a echarlo todo por la borda con ese burdo simulacro de mandato imperativo, aunque mi cuerpo no estaba exento de un temblor generalizado.

Evidentemente no me fui a casa de ningún familiar para evitar un asedio o asalto de la tropa o del estado mayor. Me instalé inicialmente en casa de un amigo de verdad, que me invitó gustosamente a pasar allí los primeros días.

Poco recuerdo de las muchas o pocas cosas que pasaron por mi cabeza durante las primeras 48 horas de libertad, aparte de una inmensa sensación de alivio. Pero si de algo sí estoy completamente seguro es que sentí pena, mucha pena, pero por Pepito Grillo.

Aquel director –una de esas máquinas prelaticias “perfectas”- debería estar algo desconcertado, quizás preocupado -o no- por mi intrigante y brusca marcha. Se habían esfumado muchos “hermanos” en el último año, pero es que yo era el tercer numerario de aquel centro que le desaparecía aquel mismo mes.

Era la tercera noche que iba a pasar en aquel escondite, tan lejos de la ciudad de mi último centro, cuando regresábamos con mi amigo de un pueblo cercano tras haber cenado un poco. De repente nos quedamos mudos: de lejos vislumbramos un vehículo aparcado en frente de nuestro solitario refugio con las luces apagadas.

Un sudor frío inunda mi cuerpo, reconozco aquel coche: me han encontrado.

Quizá alguno pensará que he leído muchas novelas, pero sólo intento reflejar lo que realmente pasó. Pepito Grillo y un “hermano” estaban allí haciendo guardia. No lo podía creer.

Mejor será que vaya resumiendo:

Querían llevarme con ellos, casi por la fuerza. Cuando me negué enérgicamente se dieron cuenta de que no me andaba con chiquitas. Incluso mi amigo – que algo sabía de todo ese rollo- amenazó con llamar a la policía si esos intrusos no se largaban.

Fue una conversación muy tensa, a gritos, en plena noche y bajo un intenso frío.

Evidentemente, si no me hubiera preparado y armado psicológicamente con antelación a mi decisión de irme -para superar esa inesperada prueba y otras más-, seguramente habría cedido por el miedo que nos inocularon durante años. Pero ese primer choque, el más importante, lo superé y también lógicamente los que vinieron después, incluso con mucha mayor soltura.

Pues para entonces yo ya mandaba en mi vida, la balanza de la seguridad y del sentido común ya se habían afianzado decantándose a mi favor. Eran ellos los que venían con llamaditas sutiles y educadas, encuentros en terreno neutral intentando disimular el arrastre del peso de la derrota. Como en tantos otros casos, toda comunicación se terminó al día siguiente del primer 19 de Marzo con una repuesta monosilábica por mi parte: NO.

Y los sueños, la pesadilla de una de esas noches pasadas, unas voces resonaban como ecos deformes como si el juicio y la razón se revelaran ante tanta incongruencia, mentira y vida artificial vivida. Esos ecos rebotaban repetidamente contra las paredes y podía oír algo así como:

”Se van a tiros”, “Se van a tríos”, “Se van los tíos”,… todos se van.



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