No hay que ser del opus para sufrirlos

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Carmen, 17 de diciembre de 2010


Yo no estuve dentro de la Obra, pero... esta es mi historia. Mis padres nos educaron a mis dos hermanos, mi hermana y a mí, en colegios del Opus Dei. Desde chicos frecuentamos los "clubes" -que parecían tan inofensivos- y en casa siempre recibíamos visitas de algún miembro, digo yo que para fiscalizar a la familia y conseguir alguna que otra vez donativos fuertes para la Obra.

Mi padre es ingeniero, y muchas veces dirigió construcciones suyas, prestó máquinas y obreros y en fin, se cuidaban de halagarlo y tenernos a todos bien controladitos, eso sí, siempre con esa sonrisa falsa y ortopédica típica de los opusianos. La cosa es que yo desde chica tuve muy buen olfato para lo no auténtico, y como los opusianos son todo lo contrario a lo genuino, desde muy pequeña, aunque tímida, desconfiaba de aquellos adultos con sonrisas pintadas y ojos de hielo...

Las eternas misas obligatorias, a veces bajo el pleno sol ecuatorial, la actitud marcial de las dirigentes, la intransigencia y nula psicología con las estudiantes, las confesiones semanales y obligatorias, fueron creando en mi una reacción casi visceral a todo aquello. Así, cuando llegué a los catorce años, sin tener todavía un nombre para definir lo que estaba ocurriendo, me negaba a doblegarme a lo que pretendían de mí (por alguna razón que aun no entiendo, querían que entrara a la Obra). Luego supe que eso se llama manipulación: lo intentaron con el palo y la zanahoria, pero yo no caía. Entonces a los 15, atacaron con toda su maquinaria. Mi manera de ser es alegre, intensa, sociable; desde los 12 años había empezado a devorar la surtida biblioteca de mi padre y esto hacía que supiera y me planteara cosas que luego transmitía a mis compañeras, por lo que pronto empezaron a vigilarme mucho más de cerca. Preciosos libros me fueron confiscados por ser considerados inmorales. Yo leía cualquier cosa que me cayera en las manos y un día cayó: Todos los cuentos, de García Márquez. Yo, como tenía prohibida su lectura, no podía consultar lo que no entendía con nadie, por lo que al leer ese libro no sabía si aquello era realidad o ficción, -luego supe que se llamaba realismo mágico-por lo que al llegar a la Increíble y Triste Historia de la Cándida Erendira y su abuela desalmada (no puedo evitar el placer de escribir todas las palabras) di por hecho que todo aquello era real.

Cuento esto para que se vea que inocente era en esa época y como lo prohibido otorga esas dosis tan fuertes de excitación que hicieron que no pudiera dejar de leerlo a escondidas, en clase, ¡cuando era menos propicio!. Total, que me pescaron y fue un escándalo: llamaron a mis padres, les convencieron de que yo iba por mal camino; entró en escena la directora del colegio, una mujer -ahora lo sé- con una identidad confundida e inmadura que se obsesionó conmigo. Me llamó a su despacho, me interrogó sobre mil y una cosas que yo respondí casi con irreverencia. Por alguna razón, creo que morbo, fue incapaz de cortar con esa insana manera de abordar a una adolescente, siendo ella una mujer más que madura. Empezaba el arbitrario interrogatorio –me sacaba cualquier día y hora de clases- y casi siempre dominaba yo la situación. Una mujer que ponía a temblar a todo el profesorado por su carácter fuerte y autoritario y titubeaba conmigo como una niña. Yo, pobre de mí, me creía dueña de la situación... años después vi el daño que me había hecho. Pero entonces, hasta me divertía este juego de poderes.

A veces sacaba los pies del plato y me castigaba dejándome dos horas después de clase, sola en el colegio. Esto suponía exponerme a los trabajadores que allí había por las tardes, a volver andando sola a casa, que estaba lejos, en fin, qué irresponsables eran estos castigos. También suponía el castigo ejemplarizante para las demás, cierto estigma social que me acompañó toda la secundaria. Pero sobre todo supuso que yo me reforzara más en mi postura reacia a todo lo que yo intuía que se quisiera de mí.

Llego el día: esa mañana me recibió muy amablemente en su despacho, se mostró comprensiva y serena y me dio un sermón sobre la rebeldía sin cauce y la necesidad de que yo fuera a los "círculos" antes de que mi hermoso potencial caiga al lado del mal, el vicio y el pecado. Cuando les comenté a mis padres que me habían invitado a uno, se sintieron muy halagados, les pareció que se me hacía un gran honor... pero yo dije NO y todos se cayeron de patas. Nadie entendía por qué rechazaba la oportunidad de pertenecer a los selectos, ni siquiera mis compañeras, que creían que a pesar de mi mala conducta (siempre estaba castigada por portarme mal), algo bueno verían en mí y yo rechazaba esta oportunidad de hacerme la vida mas fácil. Con ese NO, vino lo más duro de mi adolescencia: buscaron un culpable a mi tozudez, hallaron a mi amiga de infancia, la única persona que me conocía, me comprendía y me apoyaba. La única que me daba fuerza para resistir. Aun hoy lloro con mucho dolor cuando recuerdo esto. Mi padre me prohibió verla más. Ella vivía cerca de mi casa y pasábamos las tardes más divertidas de la vida: hacíamos bicicross, patinábamos por las calles del barrio, nos sentábamos horas a conversar en la vereda, hacíamos melcochas, canguil, nos enamorábamos del vecino de la esquina, Pedro, pero sobre todo, sabíamos que no estaba bien que nos chantajearan, empezamos a poner nombre a lo que pasaba, supimos qué significa la palabra manipulación, decidimos leer los libros prohibidos y finalmente sucedió lo que era lógico que sucediera, descubrimos que había algo que se llama izquierda, gracias a un libro de Cortazar que se llamaba "Nicaragua, tan violentamente dulce", eso nos dejó saber que existían otras concepciones y maneras de entender el mundo.

En esa época nos permitió ver el otro lado de lo que nos habían enseñado, que había una manera de rebelarse contra la opresión y la desigualdad -obviamente nos identificábamos con los oprimidos-. Sin embargo, nuestro círculo, pequeño, conservador y cerrado no nos permitió militar, no tuvimos acceso, simplemente; pero en nuestras cabezas hubo luz en medio del dogmatismo en el que nos criaron.

Retomo: no nos vimos por algún tiempo y yo, que estaba acosada en el colegio y super presionada en casa, sentí la soledad máss árida que haya vivido en mi vida, porque por otro lado, mis padres pasaban por una crisis espantosa: mi madre, creo ahora, con una depresión que nos mantenía en el abandono, abandono que fue físico: todo el verano se marchó a su tierra y quedamos en manos de mi padre, ex militar y a la sazón, con una nueva amante. La soledad fue total. Yo recorría la casa como un fantasma, con un nudo pesado en el pecho, sin saber cuándo se caerían las paredes encima de mí, esa era la sensación. Hoy, no sé qué me hizo resistir, pues recuerdo una tarde que asomada a la ventana de mi cuarto pensaba en como matarme. Creo que no hallé la manera, quizás Dios me dio su mano, no sé.

Volvió el nuevo año escolar y para entonces yo había decidido hacer la guerra. Y la hice. Cuando me sentí agotada pedí a mis padres que me sacaran de ese colegio, pero nunca accedieron. Mis desplantes a esa bruja y otras, se convirtieron en una lacra, mis notas eran pésimas, mi conducta peor. Esa bruja nos daba filosofía, entiéndase el estudio de la filosofía occidental adaptada a los intereses metafísicos del Escriva. Una vez puse mi nombre en el examen y lo entregué de inmediato, sin responder ni una pregunta. Esto, en esa disciplina de la Gestapo que teníamos, era considerado un acto de insurrección suprema. Suspendí, claro, pero no podía suspender sin haber contestado alguna pregunta, simplemente por haberme negado a escribir. Tampoco había faltado el respeto a nadie, y no podían obligarme a escribir. No sabían qué hacer, era el primer caso de "objeción de conciencia" que se les presentaba... Tuvieron que ponerme, inventarse, un 16... yo no sabía que eso era objetar por un principio, solo sabía que no iba aceptar como profesora y guía a alguien que yo no respetaba en absoluto.

En fin, esa guerra duró hasta que me gradué. Yo pensaba que había ganado. Resistí sin quebrarme nunca ante ellos, el ultimo año me dejaron bastante en paz, gracias a una profe que fue la única persona que entendió lo que pasaba. Vio el juego psicológico que me hacían, cómo intentaban manipularme y doblegarme. Para mí su apoyo fue fundamental, nunca intentó chantajearme. Y eso, que yo pensé que había ganado en esa sucia guerra. Pero como a los veinticinco años empecé a tener pesadillas muy fuertes en las que yo estoy sola en el colegio, es de noche, y quiero huir del frio y la soledad, tengo miedo, pero no encuentro la manera, me persiguen y no encuentro la salida, corro en cámara lenta y nunca llego a la puerta. Otras veces camino por los corredores odiados yendo de un despacho a otro para recibir humillaciones, como en efecto ocurría. Entonces despierto llorando.

Cuando me casé, mi marido no podía creer que ya adulta me despertara soñando esa época, me abrazaba fuerte y me tranquilizaba, así he ido espaciando cada vez mas estas pesadillas. Pero recién, hace un par de meses me desperté diciendo te odio, te odio, y era a esa bruja. También creo que perdí porque mi juventud fue un poco alejada de lo que creo que hubiera sido si me hubieran dejado ser. Me pregunto con frecuencia cómo hubiera sido yo si hubieran respetado mi yo, mi personalidad, mi camino. Lo que ocurrió fue que en vez de ir como todos mis hermanos a una universidad privada y cara, elegí irme a la Central, donde me hice definitivamente de izquierda. Luego quise huir de todo, de mi familia, de mi ciudad, de mis recuerdos y me fui a España, donde por fortuna, hice mi carrera, pero también coquetee con cosas peligrosas, como un par de sectas, una comuna hippie donde viví un año y medio o irme a vivir con un hombre que me llevaba 18 años.

¡¡Pero no me quejo para nada!!, todas esas experiencias las viví intensamente, y fue la mejor época de mi vida. Era libre y Dios puso siempre gente buena a mi lado. Poco a poco fui descubriendo, descubriéndome. Luego conocí a mi marido, que es un sol. Tengo dos hijos NO ESCOLARIZADOS, felices y equilibrados. Creo que yo conseguí con mi marido el equilibrio, él ha sido mi base y mi apoyo, me ha dado amor y atención, ¡creo que por fin soy grande! pues ahora soy yo quien da amor y atención a mi familia, incluidos mis padres, que ya están viejitos.

Karina. Karina sigue siendo mi amiga más querida, no nos vemos mucho, pero qué alegría es cuando nos vemos, somos hermanas, sufrimos mucho de niñas, eso nos ha unido para siempre. Cuando le veo, me veo de 13, 14 años... veo en ella también a esa niña rebelde, incomprable, jamás se sometió a los adultos absurdos, a las drogas, al machismo que nos rodeaba. Sigue conservando un corazón enorme, aunque se ha vuelto un poco menos risueña, la vida ha sido dura con ella, pero sigue siendo incorruptible, nadie puede comprarle, sigue leal a sí misma, sigue por eso, teniendo esa personalidad vital y tenaz. De la bruja... un verano que vine a Quito, mi hermano me dijo que se la había encontrado en algún lado y que quería verme. Decidí que sería bueno verle y encararle ya como adulta. Fui a la lujosa residencia en donde vivía junto a otras tantas maniquís parlantes. Espere 5, 10, 15 minutos... jamás se presentó. ¿Tuvo miedo? ¿Qué quería, por qué quería verme? ¿Por qué no se presentó? No he sabido, ni quiero, saber más de ella.

Papas y mamas, den crédito a sus hijos, denles presencia, acompañamiento cercano y permanente, esa es la mejor arma para su independencia y realización. No les dejen solos, sean comprensivos con ellos, la intransigencia no lleva a nada, solo a distanciamiento y soledad. No dejen que nadie les diga qué es lo mejor para ellos, sientan en su corazón cual es la verdad, el camino, dejen que ellos lo elijan. Si son criados con amor, serenidad, presencia, cercanía, no se equivocarán como nosotros, que fuimos tan interferidos y nos equivocamos tanto.




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