Mozart y la corrección fraterna

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Por Nometorres, 20.03.2009


Estábamos hace un par de noches en el chat Exodo hablando, como siempre, de lo divino y de lo humano, es decir de todo y de nada. Era la hora de las brujas (más cerca del amanecer que del ocaso) y los habituales a esas horas saben que los peninsulares, para desgracia de aquellos que se conectan desde el otro lado del charco buscando un chat serio, empezamos a no coordinar nuestro cerebro con nuestros dedos y empezamos a escribir tonterías, a mezclar conversaciones y a convertir el chat en cualquier cosa menos en una charla civilizada… es lo que pasa cuando uno tiene los ojos pegados en la pantalla en lugar de tener la oreja pegada a la almohada, que es donde deberían estar las orejas decentes a la hora de las brujas… pero quién ha dicho que nosotros seamos decentes!!!!

Como iba diciendo, estábamos algunos en el Chat cuando surgió el tema de la música...

Fue una conversación de lo más interesante en la cual pudimos aprender cosas tan esenciales para nuestra realización personal como la íntima relación entre las canciones de Queen y el Requiem de Mozart o que la Schola Cantorum de Paris ha dado como fruto una música sencilla y relajante con raíces románticas y nacionalistas (chauvinismo francés, se supone… no sé si lo entendí bien). Incluso pudimos disfrutar, en plan visita cultural al Youtube, de Pocahontas cantando en japonés… ejercicio que recomiendo encarecidamente ya que, aparte de sonar mucho más auténtico que cualquier acaramelada versión en lengua indoeuropea (no, en apache no sale, ya lo he buscado), permite experimentar en primera persona la sensación que tienen nuestros pobres interlocutores, totalmente ajenos a la casita de papel, cuando intentamos explicarles lo que es ser numerario… esa sensación de “no entiendo absolutamente nada”, esa cara de lelo, de “¿qué me estás contando?” que sólo puede poner alguien que no haya vivido nunca en un centro… o que escuche a Pocahontas en japonés… y es que sólo un numerario sabe lo que es ser numerario (y en saberlo se queda, porque lo de entenderlo ya es harina de otro costal). Y así, entre una sandez y otra, discurrió la noche… que nadie se alarme, ya he dicho que era la hora de las brujas; a otras horas el chat es más normal… creo…

Al día siguiente, y tras pasar lo poco que quedaba de noche soñando con Mozart cantando canciones de Queen en japonés, me desperté recordando una situación que viví siendo adscrito hace ya chopocientos años, cuando el Logroñés jugaba en primera, y que he decidido escribir para que nadie tenga la tentación de incluirme en el saco de aquellos que sólo escriben “textos intelectuales”, etiqueta que no quedaría nada bien en alguien tan rupestre como yo y desdeciría del cargo y pos… perdón, quería decir del insigne grupo pensante que tenemos por aquí. Yo la intelectualidad la dejé atrás a los cinco años, cuando leí “Los tres cerditos”.


A mediados de los ochenta era yo adscrito de un centro que quedaba pelín apartado de mi casa (la mía, no la suya pero que decían que era mía). Normalmente iba directamente al centro al salir del colegio y luego cogía el metro para ir a casa a cenar… el montaje ya tiene bemoles considerando que tenía otro centro a cinco minutillos de casa, pero a mí las haches y las zetas no me han gustado nunca demasiado y el nombre de ese centro me caía gordo (y además los numes del mío habían corrido más y me echaron la red con mayor presteza). Los fines de semana no había colegio, claro, y yo me desplazaba en metro todos los sábados y domingos para acudir a las consabidas meditaciones, retiros, peliculones, cenas frías, partidazos y cualquier otro plan que alguien pudiera engendrar, cuanto más peregrino, mejor… menos a estudiar yo me apuntaba a un bombardeo.

Un sábado iba yo muy sobrado de tiempo y pensé “voy a subir andando y así aprovecho a rezar el rosario”. Ay de mí… el rosario está ventilado en unos minutos y la caminata era de una hora, poco más o menos. Recé las tres partes del rosario (antes eran tres, ¿alguien sabe si ahora en las romerías rezan las cuatro partes?), todas y cada una de ellas con sus letanías… y aún me sobró tiempo para algunas estampas. La verdad es que el paseíllo me gustó, pero lo de subir en plan intensivo piadoso yo no volvía a repetirlo ni jarto de vino de brick.

Así que, dicho y hecho, a la semana siguiente repetí el plan, pero en vez de rezar el rosario cargué el walkman (¿qué es eso? preguntarán los jovencitos... pues como un MP3 prehistórico, que en lugar de memoria iba con cintas magnéticas... cassettes les llamábamos... qué tiempos) pues eso, cargué el walkman con una cinta que le mangué a mi hermano, una selección de obras de Mozart que hacen oír a un sordo, y piano-piano si va lontano eché a andar hacia el centro. Lo que la semana anterior se me antojó más largo y aburrido que leer el Quijote al revés se me hizo brevísimo escuchando y tarareando al gran maestro (alguien por la calle debió mirarme mal, pero yo iba a mi bola y no me enteraba). Desde ese día ya no hubo más metro para mí en fin de semana… ese paseo era un rato para mí de valor incalculable, y se convirtió en costumbre.

Así fueron pasando las semanas hasta que, un par de meses después, me abrió la puerta del centro un residente… ya es mala suerte, porque en aquel centro abríamos todos la puerta menos los residentes. Para acabar de arreglar el asunto, me tocó el residente modelo, recién salido del centro de estudios, un talibán de la ortodoxia opusina que seguía con gélida frialdad todas las indicaciones del buen espíritu.

Todo serio dijo “pax” y yo, tentado como siempre de contestar “relax”, fui bueno y dije “in aeternum” mientras guardaba los auriculares en el bolsillo. Yo ya sabía lo que vendría luego, pero uno no deja de hacerse ilusiones… ilusiones que duraron exactamente una horita, el tiempo que necesitaría el interfecto para rezarlo, encomendarme, consultar, buscarme y preguntarme “¿tienes un momentito?”. Y, claro, yo tenía ese momentito… ese y muchos más porque el peliculón no empezaba hasta las ocho y eran hacia las cinco.

“Es que me he fijado que has llegado escuchando música (no es música… es Mozart!!!!!) y creo que sería bueno que aprovecharas para encomendar los planes apostólicos o para rezar el rosario (¿lo quéeeeee? No, por Dios…) en vez de aislarte con los auriculares (no más de lo que te aíslas tú, mamón), puedes reservar el walkman para los viajes largos y aprovechas los desplazamientos al centro para vivir la presencia de Dios y bla y bla y bla (¿qué os voy a contar que no sepáis?)… y yo en vez de decirle “vete al cuerno”, que habría sido muy sano para mi tensión, apenas pude decirle “muy bien, gracias”.

Aquel mismo día, al volver caminando a casa con los auriculares puestos (él habló del viaje al centro, de la vuelta no dijo nada…) medité profundamente en el asunto y decidí que tenía razón, que no estaba bien ir al centro escuchando música, que encomendar los apostolados era una buena cosa… así lo haría… y así lo hice. Desde aquel día reservé la música para los desplazamientos largos, concretamente los desplazamientos desde mi casa hasta el punto desde el que podía divisar el centro, y me dediqué a encomendar la labor apostólica en los desplazamientos al centro, concretamente desde el último cruce hasta la puerta… y me sentó más bien… daba gusto seguir las indicaciones recibidas en las correcciones fraternas…

Algunos dirán que eso es fraude de ley… yo prefiero pensar que, además de velar cuidadosamente por mi salud mental, me limité a aplicar esa máxima que aprendí en sus charlas de que cuando san Pedro cierra la puerta del Cielo (y escuchar a Mozart debe ser muy parecido a estar allí), la Virgen abre una ventana. ¿Qué mejor manera de recordar a la Virgen en sábado?

Por cierto… el talibán también acabó decidiendo que con su pan se lo coman… igual, con los años, descubrió a Mozart…



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