Mi testimonio (sintetizado)

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Por Nicanor Wong, 16 de diciembre de 2009


Fui miembro de varios “consejos locales”, vale decir, director de centros de la Obra, hasta que se volvió una pesadilla para mi conciencia por la doble personalidad que tenía que soportar.

Obviamente, todos esos años han dejan el cuerpo una herida, en mi caso una severa depresión que por poco me lleva a la muerte. Tan identificado estaba con la las palabras del Fundador de la Obra que “el mejor lugar para vivir y morir es la Obra” que intenté suicidarme dos veces pensando que Dios me perdonaría pero que, por lo menos, moriría como fiel de la Prelatura. Fue allí cuando actuaron mis padres, ni siquiera “mis hermanos” de la Obra y, me trasladé a vivir a casa de mi madre.

Encuentro, básicamente las siguientes perversiones en la obra:

La instrumentalización de la amistad
en general a la indicación de quien lleva lo que se denomina “charla fraterna” o “confidencia” (una especie de confesión sin sigilo sacramental con un laico que dirige la vida espiritual del fiel de la prelatura) en la que da órdenes “divinas” de quién de tus conocidos pueden ser aptos o no para ser de la fieles numerarios de la Prelatura, sin necesidad que sea tu amigo, puesto que la amistad es sólo un medio. Un refrán muy común es “¿ya te has hecho amigo de…? El tema a tratar siempre en la tertulia o sobre mesa, ha de ser siempre de carácter proselitista. ¿Por qué mis verdaderas amistades, de colegio, de trabajo, con sus peculiares caracteres no podían ir por mi “casa de la obra”? ¿tan sólo porque al Director o al sacerdote no le caían bien? ¿Por qué tenía que separar – a los que podían ir – hacia distintos centros, vale decir, me decían: éste será mejor que vaya a uno de agregados y éste se queda acá? La razón más tonta que escuché de mi Director en aquel entonces: “sencillo, algunos chicos no saben ni siquiera lo que es un piso encerado como el de nuestras casas”.
La disminución de la personalidad
vinculado con todos los medios de formación personal de la Obra, a saber: el círculo breve, la confidencia, la confesión sacramental y la tertulia. En donde, a base de repetición sistemática y continua, los directores tienen obligación de trasmitir la necesidad del proselitismo; además, que la voluntad de Dios viene expresa y literalmente a través de los directores, ya sea locales, regionales o centrales, siendo de buen espíritu la obediencia absoluta y precisa “aunque el director se equivoque, porque el que obedece nunca se equivoca” dirá el Fundador. Otra, el recordado episodio cuando llegó una carta del Fundador a un Centro - en Madrid me parece – sugiriendo que antes de dar lectura, el lector se arrodillase y orase tres veces en voz alta “¡esto viene de Dios!”. Me recuerda el diálogo que tuve hace poco con la numeraria amiga de mi esposa, una señorita mayor, que reconocía que había tenido que ir a un psiquiatra de la Obra para que le reconstruya su personalidad porque se puso enferma y le aclaró a su Directora que iba a tomar de su charla fraterna lo que ella considerase como adecuado para ella porque ya no confiaba en que “todo lo que sale de la boca del director en la charla fraterna es como si el mismo Padre lo dijese” (Ref. Cursos introductorios).
La desvinculación amical y familiar
unida al primer punto, donde al amigo hay que crearlo hasta que “libremente” se haga de la Obra. En este punto me detengo porque es usual, al coaccionar al candidato para que sea de numerario de la Prelatura, decirle que “si no respondes afirmativamente a la invitación que Dios te hace, serás infeliz por siempre”. Por otra parte, dentro de la vivencia en un Centro de la Obra, está terminantemente prohibida las amistades personales, es por ello que – a pesar de todos los años que viví rodeado de “hermanos” – nadie se ha dignado en comunicarse conmigo para saber cómo estoy o qué ha sido de mi vida. La única llamada que hasta ahora he recibido fue un numerario que brevemente me dijo “¡ups! Marqué equivocado”. Terminadas las actividades en común, cada uno se encierra en su habitación o sale a trabajar. Pero el estar dos personas charlando en la sala de estar, riendo o saliendo juntos a tomar un helado, con cierta regularidad, es motivo de lo que se llama “corrección fraterna” por fomentar amistades personales. Lo mismo sucede con la familia de sangre, a la cual sólo se le debe hablar de lo feliz que uno está dentro de la Obra. Siendo de “buen espíritu” que el Director lea las cartas que se les envían, hablar en pasillo para “escuchar” la conversación, o escribir correos electrónicos desde un ordenador en pasillo para que cualquiera pueda “asomarse”. Por otra parte, las madres y los padres ancianos de los numerarios muchas veces quedan abandonados a su suerte, puesto que el hijo o la hija radica en otro país o estado del país. El único cariño que recibirán por parte de “la gran familia” que es el Opus Dei será la invitación al triduo de navidad. Hace ya más de un mes por fin di con la localización de la madre enferma de un numerario sacerdote “amigo” de colegio (yo lo llevé por la Obra). Un fuerte abrazo, algunas lágrimas de emoción. Le presenté a mi esposa e hijo. “¿Y hay alguien de la Obra que venga a verla? Aparte e su hijo cuando pasa por la capital” le pregunté. “Nadie. Sólo me llaman para las navidades y Ricardo, el chico que venía, ha dejado de ser numerario también”.
El elitismo y desarrollo profesional
tanto en el proselitismo “este vale, este no vale” (literalmente así los descartábamos en las reuniones de Consejos Locales) según las tres condiciones impuestas por el fundador: talento, carácter y posición. Lo mismo en el trato y condescendencia con numerarios de apellidos de abolengo. Una falta o solicitud de un numerario de buena familia y buena aportación económica al Centro de la Obra será escuchada, aceptada y disculpada que uno que no nació en cuna de oro. Un numerario de cuna, que quiera hacer una maestría en otro país, podrá hacerlo sin el menor reparo; mientras que uno que está peleando por una beca o la familia le puede apoyar con un dinero se le dirá “mejor entrega el dinero y dedícate al apostolado” con la consabida frase “Dios premia a los obedientes, aunque la labor que se te asigne sea la de abrir puertas durante toda tu vida”. Recuerdo que, cuando por engaños me retornaron a Lima, dijeron que iba a tener un puesto en lo mío: la arquitectura. Las oficinas eran poco más que un caos excepto la del Director Regional. Me dieron a revisar un plano que estaba elaborando un supernumerario para la ampliación de un Centro. Propuse para la zona de las auxiliares rampas y un montacargas por los pesados equipos que trasportan. El Secretario Regional me dijo que no era necesario porque, primero, era muy caro y, segundo, era parte de su vocación. ¿Será por eso que todas las auxiliares – sin excepción – sufren de la espalda? Otro. Me encontré con un ex numerario que trabajaba en una obra corporativa de mucho prestigio. Desde que había dejado la Obra, si antes sus jefes (numerarios o supernumerarios) le felicitaban por su labor, ahora le enviaban memos. Habló directo con su jefe inmediato: ¿es que me quieren echar por ya no ser de la Obra? Con desparpajo le dijo el supernumerario: a mi me han dicho que sí, pero me he negado. Removieron al supernumerario de su puesto e instalaron a un numerario recalcitrante, Miguel Ferré que lo llamó inmediatamente: ve buscando otro lugar de trabajo porque tu “filosofía de vida” ya no responde a la misión y visión de la Institución (PAD).
Confidencialidad
considero este uno de los asuntos más graves. Los sacerdotes de la Prelatura inducen a los chicos que les comenten de sus confesiones fuera del sigilo sacramental. Del mismo modo, los directores de los centros o los fieles de la prelatura son interrogados respecto a temas muy personales de la confidencia con sus amistades. De esta forma, se recoge información que luego se traslada a las reuniones del consejo local que, en muchas ocasiones – y de esto tendré que rendir muchas cuentas ante el Creador – se maltratan a las personas, ridiculizándolas o mofándose de ellas; inclusive cuando hablábamos de los otros fieles de la prelatura que teníamos a nuestro cargo.
Salida
finalizado el vínculo contractual con la Prelatura – en la que la Prelatura deja sus obligaciones espirituales para con el fiel y el fiel sus deberes espirituales – los asuntos materiales también desaparecen. Vale decir, un numerario o agregado deja todos sus ingresos económicos para la Obra incluyendo la herencia de sus padres a través de testamento firmado ante notario público. Estos ingresos incluyen las coberturas de seguridad o cualquier otro capital que el empleador o la ley jurídica otorgue como beneficio para el prestador de algún servicio. Al salir de la Obra, para los que dejan todo – porque los hay quienes se reservan un capital según su particular circunstancia o posición – quedan en un estado de completo abandono, a la suerte de su familia de sangre sin correlación con la frase del Fundador “los lazos con la Obra son más fuertes que los de la sangre”. Peor aún si el empleo que el numerario tenía era en alguna labor personal u obra corporativa de la Obra, donde la invitación a retiro o despido es casi inmediata. Será pues, vocación y trabajo dos realidades que – a pesar que se dice que se respeta la libertad de conciencias, en el momento de salir de la Obra se es menos que una persona que pertenezca a otra confesión religiosa. Este abandono económico, aunado a todo lo anterior, ciertamente son fuertes causales de trastornos psiquiátricos tales como la depresión. Me aúno al sufrimiento de todos aquellos hombres y mujeres que, llegados a la vejez y, queriendo salir de la Obra, no lo pueden hacer porque serían enterrados en alguna Beneficencia del Estado o asilo público.


No les resto mérito su fidelidad a la ortodoxia católica pero de allí a ser “Cristo que pasa” (anécdota que relató el fundador sobre él mismo), o la doble cara que presenta la Prelatura del Opus Dei: la del Fundador sonriente y apacible y la de sus hijas e hijos con sus peregrinas interpretaciones de los escritos del Fundador – comentados por sus sucesores – aunado a la violencia contra la conciencia y la persona que se ejerce a puertas cerradas; claman al cielo.



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