Memorias de una agenda

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Por Mediterráneo, 25 de mayo de 2011

Narración por la agenda.



Abril 1978

¡Quién me iba a decir que, a estas alturas de año, me compraría alguien! Apenas he podido verle la cara, pero me parece que es una chica jovencita. Me ha echado una mirada, ha probado las anillas y ha preguntado si habría dificultad en obtener recambios. Cuando le han asegurado que no, ha dicho “perfecto, pues me la llevo, muchas gracias”. Estoy un poco nerviosa, nunca sabes muy bien dónde vas a ir a parar. ¡Espero que no me pierda por ahí!


Mayo 1978

Por primera vez desde que me compraron me siento incómoda. Resulta que Elena, que así se llama quien me compró, estaba en ese sitio donde todo es silencio y yo me encuentro con muchas agendas conocidas cuando ha puesto el boli diminuto entre mis páginas, se ha levantado y ha salido. Ha ido a otra habitación y, como me tenía entre sus manos, me he enterado de todo. Alguien le ha dicho “bueno, ahora que ya has pedido la admisión todo lo que tienes pertenece a la Obra. ¿Tienes acciones, bonos, valores, fondos de depósito, dinero a plazo fijo? Elena ha dicho que no. La voz ha seguido preguntando: “¿Alguna herencia de tus padres, de tus abuelos, alguna renta?” Elena ha vuelto a decir que no y después de un comentario que no he entendido, algo sobre la herencia de los padres de Elena cuando mueran, la voz se ha callado, Elena y yo hemos vuelto a ese sitio donde todo es silencio y de repente he sentido que caían gotas sobre la página. He notado como se emborronaba la tinta del boli diminuto y que la mano de Elena intentaba secar las gotas.

Por lo que puedo juzgar, Elena es buena persona. Siempre, y quiero decir siempre, me lleva con ella, a todas partes. Es cierto que lo que escribe es un poco aburrido después de las primeras semanas, porque siempre es lo mismo, pero me trata con cariño y me utiliza mucho. A este paso envejeceré rápido.


Noviembre 1978

Hoy debe ser un día importante, porque Elena ha escrito “¡¡¡admisión!!!” y a continuación, “Jesúsqueseasiempre fiel”, lo que quiera que signifique eso. Ya no me sorprendo cuando caen gotas sobre mis páginas, aunque no sea algo que sucede a menudo. Sin embargo, el otro día sucedió y quiero contarlo por lo que ocurrió después.

Hace unos días Elena escribió “libros” en esa página que utiliza sólo una vez por semana. No es frecuente que escriba cosas diferentes así que presté atención cuando estaba hablando con alguien y, como siempre hace, puso un guioncito al lado de “libros”. La conversación fue más o menos así:

Elena: “Quería preguntarte, ¿sabes algo de la lista aquella de libros que te di antes de verano? Es que me cuesta mucho estar sin leer”.

Voz: “Verás, es que muchos de los libros no los hemos encontrado porque no están incluidos en los índices de Aceprensa, así que mejor que no los leas. Puedes leer los de la biblioteca del centro, que está muy surtida. Además, es mejor que en vez de leer hagas apostolado. Si haces mucho apostolado no echarás de menos leer porque no tendrás tiempo. Tenemos que acercar mucha gente a Dios a través de la obra”. Al cabo de un rato, cuando estábamos en ese lugar donde todo es silencio, sentí que caían gotas sobre mis páginas otra vez.

No sé porqué, pero esa noche Elena utilizó el separador verde transparente, puso hojas en blanco y en la primera volvió a escribir “libros”. A continuación empezó a escribir tan rápido que no podía seguirla. Cuando dejó de escribir murmuró en voz muy baja, tan baja que sólo pude escucharla yo, “anda que yo voy a dejar de leer, sí, hombre, y qué más”.


Noviembre 1979

No he dicho nada durante muchos meses porque mi vida es lo más aburrido que pueda uno imaginar. Elena sigue tratándome con cariño, pero siempre escribe lo mismo. No sé ni porqué se molesta en escribir, debería saberlo de memoria ya. El único apartado que siempre es diferente es el separador verde, el que dice “libros”: he perdido la cuenta de todo lo que Elena lleva escrito ahí, pero es curioso que cada vez que escribe en ese apartado, sonríe.

Y hoy escribo porque ha sido un día diferente. Elena ha escrito “¡oblación!” y algo así como “Jesúsqueseasiempreopusdei”. He pensado que a partir de ahora, aunque esté metida en el bolso, intentaré escuchar qué dice Elena, a ver si así me distraigo un poco porque de verdad que estoy aburrida a muerte.


Enero 1980

Tengo las páginas tan húmedas que se pegan unas a otras. No entiendo nada, así que voy a empezar por el principio, o por lo que yo creo que debe ser el principio.

Hoy debe ser un día importante, he visto a muchas agendas nuevas, a las que no conocía, recién salidas de sus cajas. Por un momento me he asustado, ¡a ver si a Elena se le ocurre cambiarme!, pero me he tranquilizado inmediatamente porque Elena ha seguido teniéndome en sus manos, incluso cuando ha ido a dejar unas bolsas a una habitación que ya estaba llena a rebosar de bolsas de todo tipo.

El problema ha surgido cuando Elena ha llegado a su casa sin las bolsas. La madre de Elena le ha preguntado:

- Elena, ¿y el abrigo nuevo?
- Pues… no sé, mamá, debe estar por ahí.
- Elena, ¿has llevado el abrigo nuevo al centro? ¿es eso lo que has hecho?
- Mamá, déjame.

Entonces ha sido cuando la madre de Elena se ha enfadado, ha dicho que jamás volverían a hacerle ningún regalo, que ese año los mejores reyes habían sido los suyos y que no había derecho a que les tratara así, que habían hecho un esfuerzo para comprarle el abrigo que ella quería porque estaba harta de verla llevar “esas sayas de monja” (yo no sé qué quiere decir eso) y que nunca más.

Elena se ha encerrado en su habitación y mientras escribía lo que escribe cada noche ha sido cuando ha mojado tanto mis páginas que se han pegado unas con otras.


Septiembre 1980

Elena y yo estamos en un lugar completamente nuevo, aunque Elena sigue escribiendo lo mismo día tras día, noche tras noche. Sin embargo, como presto más atención a lo que dice, me entero de mucho más. Elena y yo nos hemos mudado de ciudad, ahora vivimos en Madrid, y el cambio se ha debido a que Elena ha empezado a estudiar algo que suena como Ciencias Domésticas.

Ayer fuimos por primera vez al lugar ese donde hay muchísimas agendas, parecido al que frecuentábamos en Barcelona, aunque de momento no he encontrado a nadie conocido. También hay una habitación en semi penumbra donde todo es silencio, eso no ha variado.

Elena nunca ha vivido en esos lugares, en Barcelona vivía con sus padres y aquí vive en un edificio con mucha más gente, aunque si debo decir la verdad, creo que soy la única agenda. Pensándolo bien, me doy cuenta de que Elena es bastante diferente al resto de chicas jóvenes que viven aquí y también he notado que la miran raro cuando cuenta qué estudia.


Enero 1982

No he escrito nada durante todo este tiempo porque, aunque vivamos en Madrid, mi vida sigue siendo igual de aburrida y Elena sigue escribiendo lo mismo día tras día, noche tras noche. Me gusta Madrid porque en la habitación de Elena siempre hay gente, una u otra, y ella trata a todo el mundo muy bien. Incluso ha dado clase de francés a una señora mayor, a la que veo cuando entra a limpiar la habitación de Elena.

Hablando de esto, el otro día Elena discutió con alguien. Estábamos en ese lugar donde hay tantas agendas (ahora ya las conozco a casi todas, excepto a las que no salen nunca de las habitaciones) y Elena comentó que esta señora le había pedido por favor si podía ayudarla con un examen que tiene en junio, algo para estudios primarios, no recuerdo exactamente. Elena dijo que sí y empezaron las clases los sábados por la noche. Hasta aquí, todo bien. Elena es buena profesora y tiene una paciencia de santo.

El asunto se complicó cuando, mientras me tenía en sus manos y hablaba con alguien, poniendo guioncitos al lado de lo que había escrito, como siempre, salió el tema de qué hacía Elena el sábado por la noche. Elena dijo que o estudiaba o le daba clase a la señora y entonces la voz preguntó cómo había sido aquello, si lo había consultado y cuánto cobraba. Pude sentir el asombro de Elena porque me soltó y casi me caí de sus manos. Elena contestó que cómo iba a cobrar, era una persona mayor con muy pocos recursos e intentaba aprobar ese examen para mejorar su calificación profesional, no le parecía justo cobrar.

La voz dijo algo así como “en casa nunca se hacen cosas gratis, siempre se vive el apostolado de no dar” y Elena contestó que no estaba dispuesta, que no le importaba hacer una labor social y que no le parecía justo cobrar. La voz, en un tono un poco más alto, le dijo que no importaba lo que ella quisiera o pensara, que se limitara a obedecer y a vivir el espíritudelaobra, que no era hacer labores sociales sino acercar a la gente a Dios, que con todas las chicas que había en la residencia y Elena no había sido capaz ni de sacar un círculodesanrafael (he oído varias veces esa expresión, pero ni idea de lo que significa). Elena se calló y el sábado siguiente no escuché que le dijera nada a la señora mayor.

A la semana siguiente, cuando estaba hablando con el mismo alguien con quien habla todas las semanas, la voz le preguntó si ya había hablado con la señora del tema del dinero. Elena dijo que sí, que tenían que acordar el precio y la voz pareció muy satisfecha y no insistió más.

Al cabo de un rato, en el cuartito pequeño ese en el que apenas cabemos Elena y yo, donde me deja siempre en una repisa estrecha mientras le habla a una rejilla, escuché a Elena decir “me acuso de mentir en la charla”.


Marzo 1983

Es nuestra última noche en Madrid antes de “las prácticas”. No sé qué es eso, pero he oído que le han dicho a Elena que va a ir a una “casa de retiros” en Gerona, lo que sea eso. Elena ha empaquetado todo lo que tenía en la habitación, se ha despedido de todo el mundo y Pelagia, la señora de las clases, le ha dado un abrazo y dos besos, le ha dicho “gracias a usted yo aprobé el examen”, le ha hecho prometer que si va a Santander en agosto irá a verla a su pueblo y hasta se le saltaban las lágrimas cuando Elena se ha ido de la cocina.

No sé qué serán las prácticas esas... creo que Elena está preocupada, por lo menos me estruja mucho más de lo habitual y me abre y me cierra continuamente. A este paso tendrá que sustituirme, en verdad ya he escuchado varias veces “a ver si este año los Reyes te traen una agenda”. Hasta ahora - y espero que siga así - Elena nunca ha hecho caso.


Abril 1983

Elena lleva días y días sin escribir nada, nada de nada, ni siquiera lo que escribía cada noche. Cuando llega a la habitación por la noche ni me abre, se limita a desplomarse en la cama. Por la mañana se levanta muy temprano, se ducha y se sienta delante de la mesa de trabajo con un libro pequeño y yo, ambos abiertos por cualquier página, pero a los pocos minutos la cabeza se le cae encima del libro y se duerme otra vez. Alguna vez, pocas porque se le cierran los ojos en cuanto la cabeza toca la almohada, ha llorado antes de dormirse.


Junio 1983

Elena ha empezado a escribir en un cuaderno semiusado que deja siempre en el cajón de la mesita de noche, debajo de mí. El cuaderno y yo nos hemos hecho amigos, aunque yo al principio tuve celos porque hay que ver lo que escribe Elena en él, ha escrito más en dos meses que en mis páginas en dos años, pero el cuaderno ha resultado ser un buen tipo y hablamos mucho.

El asunto es que Elena está exhausta. Yo no sabía que prácticas era sinónimo de agotamiento, pero el cuaderno me ha contado lo que Elena ha escrito y todavía estoy pasmada. No recuerdo exactamente todo lo que me ha dicho, pero Elena se pasa el día haciendo camas, limpiando, poniendo docenas de lavadoras, planchando, cocinando, haciendo algo muy raro que suena como “preparar la galería de altares” y que por lo visto es una trabajera de mucho cuidado y el día que tiene libre, que en verdad es medio día, baja a Gerona a mediosdeformación, lo que sea eso. Muchas veces baja a las cuatro y vuelve a subir a las 20:00 para las cenas. Ahora entiendo que no escriba casi nada en mis páginas... lo peor es que Elena, que devoraba libros como quien bebe agua, lleva dos semanas con el mismo libro. No quiero ni pensar en lo mal que debe sentirse para ni siquiera leer.


Septiembre 1983

El cuaderno y yo tenemos las páginas tan mojadas que nos iría bien que nos pusieran a secar en una ventana. Resulta que Elena no vuelve a Madrid, a acabar las Ciencias Domésticas esas. Una chica bajita, de voz chillona y que tiene un despachito para ella sola, el mismo donde Elena dejó aquellas bolsas que provocaron la discusión con su madre, le ha dicho “no vuelves a Madrid, no tienes cabeza para estudiar y hemos decidido que ya está bien con la diplomatura”. Elena ha intentado argumentar que estudia muy a gusto y que sus notas no son malas, pero la voz chillona ha dicho “oye, basta, que no vuelves y ya está, si te cuesta lo ofreces”.

Después de hablar con la voz chillona, Elena se ha metido en ese lugar donde todo es silencio y ha mojado todas las páginas hasta el separador de plástico. Cuando hemos llegado a su casa, como quien no quiere la cosa, Elena ha dicho a sus padres que no vuelve a Madrid, que le ha salido un trabajo que le interesa mucho y que ha decidido quedarse. Su padre se ha enfadado mucho, para él acabar los estudios ha sido siempre fundamental, Elena y él han discutido muy fuerte y cuando Elena se ha encerrado en su habitación, le ha tocado el turno al cuaderno, que como no tiene separadores de plástico ha quedado con todas las hojas onduladas, la tinta corrida y en una palabra, hecho una lástima.


Noviembre 1983

Un día de éstos Elena tendrá un disgusto. A ver, los viernes va a dar clase de cocina a unas niñas de EGB, en la otra punta de la ciudad. Es un edificio viejísimo, en una calle muy ancha por la que circulan muchos camiones. Sale de allí bastante tarde y como de noche no ve, no sabe si lo que se acerca es un autobús o un camión. El otro día le hizo señas a un trailer que gracias a Dios no se detuvo, porque a ver qué hubiera pasado.

Si se retrasa sólo cinco minutos ya pierde el autobús que conecta con el segundo autobús que la lleva a casa. Claro, lleva muchas semanas haciendo lo mismo y los conductores ya la conocen. El pasado viernes, el conductor del 40 vio que el 14 iba a salir de la parada y empezó a pegar bocinazos hasta que el otro conductor se giró para ver qué pasaba, Elena bajó del 40 fuera de parada y fuera de todo y subió al último 14 de un salto. Milagro fue que no le ocurriera nada.

Y lo más raro es que, cuando Elena contó lo que había sucedido – de eso me he enterado por el cuaderno, a mí no me lo escribe – al cabo del rato alguien se la llevó a una sala, sola, y le dijo algo así como “no tenemos relación con las personas de otro sexo, nunca y bajo ningún concepto”. Y es lo que dice el cuaderno: ¿y si pierde el último autobús, cómo vuelve a casa? ¡Si deberían alegrarse de que Elena se lleve bien con todo el mundo y haga amigos incluso entre los conductores de autobús!


Enero 1984

Han sido las primeras Navidades de Elena en su nuevo trabajo. Trabajó todos los días y, cuando acabaron las fiestas, se metió en la cama con fiebre y ha pasado seis días sin levantarse más que para ir a ducharse y cepillarse los dientes. Qué raro es esto, Elena nunca está enferma.


Septiembre 1984

Elena tiene un trabajo nuevo. Puede ir andando y, aparentemente, es más de lo mismo porque seguirá haciendo lo que hacía. Sin embargo, el cuaderno me ha dicho que en ese lugar nuevo hay gente mayor y enferma.


Enero 1985

Elena ha trabajado durante todas las fiestas, cuando acabaron se metió en la cama con fiebre y ha pasado seis días sin levantarse más que para ir a ducharse y cepillarse los dientes. Qué extraño es esto, Elena nunca está enferma, excepto después de las fiestas de Navidad.

El cuaderno me ha dicho que Elena ve cosas raras en ese trabajo nuevo. Habitaciones en las que durante 72 horas no se puede entrar porque alguien duerme. Personas que lloran mañanas enteras en ese lugar en el que todo es silencio. Alguien que va a una habitación, cierra la puerta y grita “¡no puedo más!”. El otro día se marchó alguien que llevaba mucho tiempo viviendo en ese sitio y cuando Elena preguntó a dónde iba, Alicia (la que está en la habitación en la que alguien entra y grita “no puedo más”) dijo “no lo sabemos, a una casa de paso”. Elena le dijo al cuaderno que en Barcelona no hay casas de paso y que María, la que se fue, tenía una mirada muy extraña cuando se despidió de ella. Cuando Elena preguntó por ella al cabo de unos días, Alicia sólo dijo “pues la verdad es que no sé nada”.


Agosto 1985

Elena, el cuaderno y yo estamos en el lugar más incómodo que imaginarse pueda. Como cada verano, Elena está en una de esas casas con treinta o cuarenta personas más. El cuaderno va con ella a todas partes, así que me entero de todo porque él me lo cuenta. El día en que llegó, Elena se buscó una habitación en el segundo piso, hay un sinfín de escaleras pero la vista desde el ventanuco de la habitación es preciosa, se ven los viñedos, los campos de cultivo, las montañas al fondo... la comarca es vinícola, así que las vides se extienden hasta perderse de vista.

La casa está en la cima de una montaña y hay escaleras para ir a todas partes, de hecho no hay dos metros seguidos de suelo sin escaleras o escalones o desniveles de algún tipo. Hay incluso habitaciones en el semisótano, con un ventanuco a la altura del suelo del piso siguiente, desde la habitación sólo se ven pies y zapatos. Cómo se pudo diseñar eso es incomprensible, pero después de todos estos años con Elena, el cuaderno y yo – el cuaderno más que yo – hemos visto toda clase de cosas raras.

Poco le duró a Elena la alegría por su habitación con vistas. La misma persona que le dijo que no tenía cabeza para estudiar, la reconocí por la voz chillona, le dijo que dejara la habitación, que llegaba una persona mayor que la necesitaba más, y que a ella le pondrían un colchón en la salita de la entrada. Elena preguntó “¿y el baño?” La voz chillona contestó “utiliza el de la entrada” “¿y la ducha?” siguió preguntando Elena. “Pues tendrás que ducharte cuando las demás hacen deporte, a ver quién puede dejarte la ducha”. Elena se disgustó bastante, mucho más cuando vio que la tal persona mayor era más joven que ella. Las páginas del cuaderno se mojaron bastante.

Al final Elena no tuvo que andar pidiendo la ducha a nadie; la primera habitación del pasillo estaba libre (cuando Elena preguntó si podía cambiarse a la habitación, la voz chillona le dijo que no, que no sabían si iba a venir alguien más), así que Elena pudo ducharse ahí todos los días, porque la habitación permaneció vacía. No sé qué sentido tiene esto, sólo sé que la voz chillona parece disfrutar fastidiando a Elena y haciéndole la vida a cuadritos.

Por la noche, Elena se sienta en la cama y escribe en el cuaderno. Le habla de “tertulias” en las que se aburre a muerte y no sabe qué hacer para comerse los bostezos, de las clases con el sacerdote, de que ya está harta de haber dado Historia de la Iglesia tres durante dos años seguidos y que está de San Agustín hasta los pelos. También le dice que no se atreve a hablar porque luego le llueven correcciones fraternas, lo que sea eso, y que la voz chillona le ha dicho que leer libros sin consultar es mal espíritu y que ya va siendo hora de que viva la entrega en serio.

No sé en qué parará eso, sólo sé que Elena esconde el cuaderno cada mañana y que lo primero que hace cuando entra en la habitación es comprobar que sigue donde ella lo ha dejado.


Octubre 1985

Elena le ha dicho al cuaderno que la fraternidad es mentira. El asunto es que hace unos días operaron a la madre de Elena, nada serio pero ha estado unos días en el hospital. Nadie ha ido a visitarla, nadie ha llamado a Elena preguntando cómo estaba su madre… nada de nada. Elena lo comentó con la rejilla y después se fue directa al despachito de la voz chillona y le dijo a bocajarro “nadie se ha interesado por mi madre, yo me he sentido supersola y pienso que es una falta de fraternidad muy seria”. La voz chillona, por una vez, le ha dado las gracias, le ha dicho que lo sentía y que lo tendría en cuenta en un futuro.


Enero 1986

Elena ha trabajado durante todas las fiestas, cuando acabaron se metió en la cama con fiebre y ha pasado seis días sin levantarse más que para ir a ducharse y cepillarse los dientes. Qué extraño es esto, Elena nunca está enferma, excepto después de las fiestas de Navidad.


Diciembre 1986

Elena lleva un anillo nuevo. Es un zafiro montado en oro, bastante bonito. El cuaderno me ha dicho que Elena ha escrito “ojalá pudiera recuperar la ilusión de los primeros tiempos, hoy fidelidad y me he quedado igual”. Lo hemos comentado, no estamos seguros de que Elena sea feliz.


Enero 1987

Elena ha trabajado durante todas las fiestas, cuando acabaron se metió en la cama con fiebre y ha pasado seis días sin levantarse más que para ir a ducharse y cepillarse los dientes. Qué extraño es esto, Elena nunca está enferma, excepto después de las fiestas de Navidad.

Hay otra cosa, este año Elena se ha quedado con todas las bolsas que abrió en su casa el día 6. En ese cuartito pequeño en el que apenas cabemos y donde le habla a una rejilla, Elena ha dicho “me acuso de falta de pobreza por no haber entregado los regalos de reyes”, algo así. No he escuchado bien lo que le decía la voz al otro lado, así que por la noche le he preguntado al cuaderno. Por lo visto, Elena había escrito “No he entregado los regalos, ¿y qué? Para mí es más importante no disgustar a mi madre. Y no sé porqué me he confesado si no estoy arrepentida en absoluto de lo que he hecho”.


Marzo 1987

El cuaderno y yo estamos hechos un manojo de nervios. Elena deja ese trabajo. Alicia, la que tiene habitación con despachito para ella sola, la ha llamado y le ha dicho “Elena, la administración no es lo tuyo ni lo será nunca, tendrías que pensar en dejarlo y buscarte otro trabajo”. El cuaderno dice que Elena estaba disgustada, pero que estaba más preocupada por sus padres que por ella y que ha terminado lo que escribía con una pregunta: “¿por qué me siento más libre?”.


Abril 1987

Elena está buscando trabajo. No tiene ningún ingreso y hoy le ha contado al cuaderno que como no cotizó, no tiene derecho a paro, lo que sea eso. Y luego ha escrito algo más “dónde está la jodida mentalidad laical en todo esto”. Ni el cuaderno ni yo hemos entendido nada.


Mayo 1987

Elena ha encontrado trabajo, se lo ha conseguido una chica de ese lugar en el que hay tantas agendas. El primer día una de sus compañeras le ha preguntado a bocajarro “oye, no serás tú también del opus, ¿no? Ya tenemos bastante con Antonia María pegando rollos”. Elena ha preguntado muy seria “¿Antonia es del opus? Vaya… yo es que no la conozco mucho tampoco, es de hecho una amiga de una amiga”. Después le ha contado al cuaderno que no piensa ponerse en evidencia delante de nadie y que ahora que ha conseguido un trabajo, no va a soltarlo.


Julio 1987

Elena se ha enfrentado a la voz chillona a causa de las vacaciones. No puede tener días en agosto porque las otras dos compañeras se reparten el mes y no hay cursosanuales, lo que sea, en septiembre. La voz chillona le ha dicho “pues si no puedes vivir como una personadelopusdei tendrás que dejar ese trabajo”. Elena le ha contestado “¿Y me mantendrás tú mientras yo salto de trabajo en trabajo buscando el que se adapte a los cursos anuales?” Y se ha ido sin decir nada más. Después le ha contado al cuaderno que, de hecho, Pili (una de sus compañeras) le dijo que ella podía irse tranquilamente la segunda quincena de julio, que no pasaba nada, y fue ella, Elena, quien insistió para que se fuera en agosto. Y después ha añadido “a ver si me libro del curso anual este año”.


Septiembre 1987

Elena está en otro centro, o eso le ha contado al cuaderno. Se ha disgustado un poco, pero pierde de vista a la voz chillona y, según lo que le ha dicho al cuaderno “muérete, Cristina, desgraciada de M, gracias a Dios que te pierdo de vista”. En el nuevo sitio hay gente mayor. Se llama Atenas y está en los dos últimos pisos de una casa antigua, tiene una escalera interior de madera y el piso de arriba tiene unas terrazas a las que Elena ya ha echado el ojo. Hay mucha gente, como treinta o así, Elena conoce a algunas, pero no se la ve nada entusiasmada con el cambio. Le ha dicho al cuaderno “y el encargo apostólico, sacar un círculo de cooperadoras, con lo bien que me lo pasaba yo con bachilleres”.


Noviembre 1987

Elena tiene unos horarios imposibles y va muerta de sueño. Se levanta a las seis menos cuarto, se ducha y se sienta delante de su escritorio, con un libro y yo abiertos. A las siete menos cuarto – si no se ha dormido – se va a buscar el autobús, intenta leer durante el trayecto, un libro que suele llevarse de ese lugar al que llama centro, y a las siete y media llega a una iglesia de cerca del trabajo, para ir a misa. A las ocho menos cinco sale corriendo y llega – si todo va bien – a fichar a las ocho. Lo primero que hace es ir a por un café a la máquina, porque no ha desayunado en casa, y se lo toma en su mesa, con unas galletas que guarda en el cajón.

Al mediodía va a comer a casa y en el trayecto del autobús intenta no sacar la mano del bolsillo porque reza el rosario. Come en media hora y vuelta al autobús, cuando sale por la tarde se va a la misma iglesia donde ha oído misa por la mañana y se queda ahí media hora. Después se va a casa. A las ocho ya no puede tener los ojos abiertos. Si va al centro, no se queda en la iglesia, se va directamente desde el trabajo, pero llega incluso más tarde. Los días de centro no tiene ni ánimo de cenar y al día siguiente, invariablemente, se duerme con la cabeza encima del libro pequeño.


Enero 1988

Elena no ha estado enferma después de Navidad.


Abril 1988

La oficina de Elena se ha trasladado fuera de Barcelona. Eso supone que Elena no puede ir a misa por la mañana y en el trayecto del autobús, que es más largo, lee y reza el rosario. De momento la oficina está en un descampado, como a cinco o seis minutos andando de la parada de autobús de Elena y muchas veces algún compañero se ofrece a acercarla para que no vaya sola. Los primeros días Elena decía que no, siempre le habían dicho en el centro que nunca jamás y bajo ningún concepto debe ir sola en un coche con un hombre, pero el lunes pasado un tipo con muy malas pintas salió de detrás de unos matorrales y se le iba a acercar, menos mal que Elena se dio cuenta y echó a correr como alma que lleva el diablo.

Elena le contó al cuaderno que al día siguiente, a la hora de salir, Alberto, uno que trabaja en contabilidad, se ofreció a acercarla y ella dijo que sí sin pensárselo dos veces. Y en el cuaderno escribió “me da igual lo que me digan, yo no me arriesgo”.


Mayo 1988

Elena está aprendiendo inglés. Tiene unos resultados excelentes en los exámenes y se le da de maravilla. El punto fue que se matriculó con el dinero del sueldo y después le dijo a la rejilla “me acuso de falta de pobreza y de falta de entrega porque me he matriculado de inglés sin consultar”. No escuché lo que contestó la voz detrás de la rejilla, pero Elena sigue yendo a inglés y ha hecho una prematrícula para un intensivo. Está muy contenta.


Enero 1989

Elena ha cambiado de trabajo, una empresa italiana le ha ofrecido un buen sueldo y trabajo en Barcelona, al lado de casa prácticamente. Ahora ya habla inglés y se ha matriculado (se lo ha contado a la rejilla también) de italiano. En este trabajo tiene que viajar dos veces al año y en el centro le han dicho que no puede ser, que no se viaja. Elena se ha enfadado y después se lo ha contado todo al cuaderno.

Los tales viajes no son nada del otro jueves, pero a Elena le parece que son la vuelta al mundo y le ha dicho a esa mujer mayor con la que hablaba que son viajes profesionales y que si eso de no viajar ya se lo han contado a Covadonga O., y a Pilar U. “Es que es diferente”, ha contestado la mujer mayor. “Para nada” – ha dicho Elena – “¿No es que es una sola vocación? ¿No es que se adapta como un guante a la mano que lo usa? Para dos viajes que hago al año y un trabajo que encuentro que implica viajar, pienso conservarlo”.

Elena ha dicho después que no sabe dónde puede estar el peligro si va con gente de la oficina y entre reuniones y sesiones formativas no tiene tiempo de nada, de pecar menos. Y ha acabado con una pregunta: “¿por qué me parece que esta obsesión no es normal?”.


Agosto 1989

Elena ha estado escribiendo en el tren que la lleva al curso anual. Va sola, se ha sacado un billete de primera clase sin decírselo a nadie (ni a la rejilla) y le ha dicho al cuaderno que por primera vez tiene sensación de libertad. Se ha llevado tres libros, dos bocadillos que se ha preparado en casa y se ha comprado una cerveza fresquita en el bar del tren. Le ha dicho al cuaderno que se siente una reina. El lugar al que va es El Rubín de Baeza, todo el mundo dice que es una casa muy bonita.


Enero 1990

Elena no ha estado enferma este año y no ha dejado las bolsas en el despachito, pero le ha dicho al cuaderno que no le encuentra ningún sentido a su vida y que estaría mejor muerta. Últimamente escribe mucho acerca de libertad, de vivir, de hacer cosas diferentes, de poder respirar y de morirse.


Agosto 1990

Elena ha dicho que no va al curso anual. Que no va y que no va y que se acabó el carbón. Ha dicho que está muy, muy cansada y que pasará las vacaciones en casa, descansando. La mujer mayor con la que habla no ha estado de acuerdo, pero cuando Elena ha dicho “no voy a ir y ya está, y no estoy en mal plan ni me pasa nada más que estoy muy, muy cansada”.

Le ha dicho al cuaderno que le parece que vuelve a vivir, sólo por ir andando hasta el Paseo Marítimo y ver el mar. También le ha dicho que mañana irá a primera hora de la mañana, para ver salir el sol. Parece contenta de poder hacer cosas así.


Diciembre 1990

Elena está de curso de retiro, eso le ha dicho al cuaderno. También le ha confesado que no reza nada, nada, nada y que disfruta como un enano escribiendo, paseando y leyendo, porque se ha traído como cuatro libros. Que está descansando mucho y que ojalá pudiera repetir de curso de retiro en lugar de la mierda del curso anual, eso ha dicho.

Esta noche, después de la bendición, lo que sea eso, una mujer mayor que siempre se sienta en el mismo sitio en el comedor ha tocado a Elena en el hombro y le ha dicho “ven conmigo”. Elena se ha levantado y ha salido de ese lugar donde todo es silencio, y la mujer mayor le ha dicho “vamos a acompañar al sacerdote”. El sacerdote ha salido de la sacristía y la mujer mayor ha empezado a andar detrás de él, indicándole a Elena que la siguiera. Así le han llevado hasta lo que debía ser su habitación, después de que ha entrado la mujer mayor ha cerrado la puerta con llave.

Elena le ha dicho al cuaderno que quisiera saber qué ha pasado para que de repente el cura tenga que ir entre dos personas. Y ha terminado diciendo “No entiendo nada. Es mi vida y no entiendo nada. ¿Y si ha pasado algo, no es mejor averiguar por qué ha pasado? Porque a lo mejor – menos mal que nadie leerá esto – una directora que acompañaba a un cura tenía ganas de llorar, el cura lo ha visto o lo ha oído, ha preguntado “¿qué te pasa?”, han empezado a hablar y como los dos están muertos de hambre desde el punto de vista afectivo, como lo estoy yo, como lo está todo el mundo, ha pasado lo que ha pasado. Si no se reprimiera de este modo tan brutal, si hubiera más naturalidad afectiva, esto no pasaría. Y no menciono a aquellas dos numerarias que vi en HHH, ni a aquellas otras dos que vi en TTT, que nadie me lo contó, que lo vi y lo oí yo cuando administraba… no se puede reprimir así el afecto, explota por cualquier parte. Dios me ayude si alguien llegara leer eso, menos mal que el cuaderno jamás sale de aquí”.


Marzo 1991

Elena ha estado escribiendo hasta pasada la media noche, mañana no habrá quien la levante. El cuaderno me lo ha contado, porque lo que es en mis páginas, cada vez escribe menos. No me extraña, no he visto cosa más aburrida que lo que Elena ha escrito, una y otra vez, a lo largo de todos estos años.

A lo que iba. Elena estaba en esa reunión de todas las semanas, el círculo le llaman, y durante ese ratito en el que hablan todas, antes de besar el suelo y rezar en latín, una de ellas, Núria, ha dicho que no sé qué día se va a Madrid, por trabajo. Elena, que escucha la palabra “ir”, “viaje”, “avión” o “tren” y los ojos le hacen chiribitas, ha dicho “pues qué suerte, ¿no?” Y Núria le ha contestado “no, ¿y si me pierdo?”. Yo estaba en la falda de Elena, he visto perfectamente su cara de asombro y que, durante el resto de la reunión, estaba muy lejos de allí.

Después del círculo se reunían todas en ese lugar donde todo es silencio y que en esas ocasiones está a oscuras. Elena se ha encerrado en un baño del último piso que casi nadie usa y se ha quedado allí cinco minutos largos, ha asomado la cabeza y ha escuchado atentamente a ver si se oía algún rumor y cuando ha comprobado que la reunión esa debía haber empezado ya, ha bajado las escaleras silenciosa como un ratón, ha cogido el abrigo y el bolso y se ha ido sin hacer ningún ruido.

No ha ido a casa. Ha empezado a caminar, a caminar por las calles pensando en lo que Núria había dicho, y ha llegado hasta el Paseo Colón, que por lejos lo está un rato. Luego se lo ha contado todo al cuaderno, por eso me he enterado yo. Elena no podía dejar de pensar en el miedo de alguien que sólo debía ir de puerta a puerta. Le ha dicho al cuaderno que no quiere llegar a eso, que eso no es sano ni maduro, que un ser humano adulto no puede tener miedo a perderse cuando tiene que ir a Madrid en puente aéreo y con taxis pagados. Le ha dicho que no es el miedo a perderse, que ella se pierde en el baño de su casa (es cierto, pobre Elena, no tiene ningún sentido de la orientación) pero que hay circunstancias y situaciones en las cuales el miedo es innecesario y sólo demuestra una inseguridad brutal, enfermiza en un ser humano adulto.

El cuaderno me ha leído las palabras de Elena: “sé que esto no es casualidad, sé que no debo olvidarlo, sé que ha sucedido para que yo aprenda, sé que Dios ha puesto esta campanada en el círculo de hoy para que yo la tenga siempre presente”. Y ha terminado con una frase un poco rara: “Jesús, haz que nunca, nunca, nunca me suceda esto. Familiarízame con aeropuertos y viajes, hazme independiente, haz que nunca necesite de nadie y sepa seguir adelante sola, haz que no tenga miedo de hacer las cosas normales, haz que no tenga miedo de VIVIR”.


Agosto 1991

Elena está en el curso anual. No conocía este sitio, es un “Centro de Formación” cerca de Barcelona, en Collbató, grande más que una ciudad porque hay 3 cursos anuales simultáneos y se junta la friolera de más de cien personas. La comunión la dan tres sacerdotes, no digo más.

Lo hemos comentado con el cuaderno, menos el curso anual, Elena hace de todo. Va a las clases, se sienta en la última fila y dibuja. Tengo páginas y páginas llenas de montañas, siluetas, árboles y pozos. Escribe. No presta ninguna atención a las otras clases y sólo espera a que terminen para desaparecer en su habitación, le ha dicho al cuaderno que ésa es la ventaja de un sitio tan inmenso, nadie sabe dónde estás.

Las habitaciones son enormes, muy diferentes de las de esa casa en el pico de la montaña donde estuvimos varias veces, y tienen radio reloj. Después de cenar la primera noche, la mujer ésta que se sienta siempre en el mismo sitio en el comedor tocó la campanita y dijo que para vivir el tiempodenoche – lo que signifique eso - no se debía escuchar la radio antes de dormir. Elena llegó a la habitación, se sentó en la cama con una sonrisa de oreja a oreja y giró el dial hasta que encontró una emisora con música que le gustó. La puso bajita y se durmió sonriendo y escuchando “tus ojos me recuerdan las noches de verano”.

También le ha dicho al cuaderno que se ha dado cuenta de que sólo es cuestión de tiempo porque en su interior, la decisión ya está tomada. Le ha dicho que está un poco asustada pero muy contenta y que cuando regrese a Barcelona, a su trabajo y a su vida, decidirá el cuándo y el cómo.


Noviembre 1991

Elena ha ido al curso de retiro. Le ha dicho al cuaderno que quiere mirarlo todo con ojos nuevos porque seguramente será la última vez que vaya a Torreciudad. No ha rezado nada, se ha limitado a sentarse en el último banco y a poner cara de estar atenta, escapándose a su habitación en cuanto puede para leer, escribir o dibujar. Un par de veces ha vuelto a acompañar a alguien que acompaña al sacerdote y se le escapaba la sonrisa.


Diciembre 1991

Elena ha ido a hablar con un sacerdote a un sitio diferente, donde nunca habíamos estado antes. Ha sido todo un poco raro, porque la sala era bastante grande y el sacerdote se ha sentado en una punta y Elena en la otra, con la puerta abierta de par en par, así que cualquiera que pasara por ahí se ha enterado de todo. El sacerdote le ha preguntado si había alguien, Elena le ha dicho que no, y él ha preguntado “y entonces, ¿por qué?”. Yo estaba en el bolso de Elena y, palabra, pensé que nunca dejaría de hablar. Es una buena cosa que después se lo haya contado todo al cuaderno, yo no hubiera podido acordarme de todo.

“Porque no puedo más de tener que consultarlo todo. Porque no puedo más de no poder hacer jamás nada. Porque no puedo más de no poder hacer ni un simple plan que no sea apostólico. Porque, hablando de esto, no creo en el apostolado y en el proselitismo menos. Porque no creo, de ninguna manera, que cumpliendo todas las normas y no viviendo el “tuve hambre y me disteis de comer” me salve, así por las buenas. Porque he dejado de creer en todo lo que he creído hasta ahora. Porque he visto demasiada gente enferma, castrada, infantilizada hasta lo enfermizo y si quiere le cuento lo de la que se fue en puente aéreo a Madrid y tenía miedo a perderse. Porque me siento encorsetada. Porque no puedo estudiar porque alguien lo ha dispuesto así sin tenerme en cuenta. Porque no hay ningún mal en vivir el cristianismo de otra manera y elopusdei no es ni la única ni la mejor, sólo es una más. Porque no creo en esa pretendida aristocracia a la que pretendemos pertenecer cuando no hacemos nada, nada, nada por los demás.”

El sacerdote no ha dicho nada. Nada significa nada. Se ha levantado, le ha hecho una señal a Elena para que se arrodillara y ha dicho “Que el Señor te bendiga y te guarde. Que haga resplandecer su mirada sobre ti y tenga misericordia de ti. Que su mirada brille sobre ti y te dé su paz”. Y se ha ido. Elena le ha contado al cuaderno que le parecía que el sacerdote asentía a todo lo que ella iba diciendo. Ha sido todo un poco raro, porque mira que no decir nada después de todo lo que Elena ha soltado…


Marzo 1992

Por primera vez desde 1978 Elena no escribe nada en mis páginas, ni me lleva con ella. Lo último que escribió fue “Libre. Por fin libre”.

Me ha contado el cuaderno que ayer Elena fue al Corte Inglés y se compró tres pares de pantalones. Y hoy ha ido a ver a un notario y le ha dicho que quería hacer testamento. El notario ha redactado el testamento y luego ha dicho algo así como “enterada por mí de su derecho a leer este testamento, derecho al que renuncia...” en este punto Elena le ha interrumpido y ha dicho “Notario Clavera, yo no he renunciado a nada, es más, quiero leer el testamento antes de firmarlo”. El notario se la ha quedado mirando y ha dicho “es sólo una formalidad que se dice siempre, pero en fin… lea, lea”. Y cuando Elena ya había firmado y ya se iba, el notario le ha dicho “perdone, ¿a qué se debe que quisiera leerlo por usted misma?” Y Elena le ha contestado “¿recuerda usted “El Alcalde de Zalamea”, “jamás pedí a nadie que haga / lo que yo me puedo hacer”? Pues eso. Nadie hará por mí lo que yo pueda hacer sola, nadie decidirá por mí a partir de ahora”. Y entonces el notario le ha dicho “no habrá usted dejado el opusdei, por casualidad”. Elena se ha quedado muy parada y el notario ha sonreído. “No creería cuánta gente viene a hacer testamento después de dejar el opusdei. Diría que es lo primero que hacen. Bueno, señora, pues buena suerte”.


Julio 1992

Elena ha escrito en el cuaderno “Jesús, gracias porque he podido ver la inauguración de las Olimpiadas sin tener que consultar”.

Y ha escrito algo más: “Don Jesús J, el sacerdote de la delegación con el que fui a hablar en diciembre, ha dejado laobra. Según me han contado, “porque no podía más con los problemas de la sección femenina”. Ojalá pudiera encontrarle, dicen que está en Madrid. Mañana llamaré al obispado, a ver si alguien me da razón.”


Julio 1993

Elena ha escrito en el cuaderno “mis últimas palabras antes de volar, por primera vez, sola a Estados Unidos. Jesús, GRACIAS.”


Julio 1995

Elena ya no escribe ni en el cuaderno ni mucho menos en mis páginas, pero nos ha guardado en una caja y de vez en cuando nos lee, a ambos. Lo hemos comentado con el cuaderno, siempre sonríe.



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