Los tres días del numerario 'centellita'

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Por Trujamán, 11 - octubre - 2006


Mientras me registraba aquí en OpusLibros, una parte de mí me estaba diciendo lo que me dijo una mañana en Cava Bianca, en una tertulia de don Álvaro, hace un millón de años, en el UNIV, a saber: ¿Qué coño pinto yo aquí? Vengo leyéndoos hace ya cosa de un año, quizá más, y tengo más de un amigo entre los que intervienen y muchos más, imagino, entre quienes os leen. Algunas historias me conmueven; otras me resultan algo familiares, con otras me parto la tabla -va por ti, Satur, monstruo-, algunas me indignan.

La Opus aparece por todas partes en mi biografía: medios de formación, colegio, parientes, amigos, curro... Y aunque en puridad jurídica nunca he sido de Ello, sí escribí la bendita carta, a partir de cuyo momento me juraron -es un modo de hablar- que ya era más del Opus que la cruz de palo esa. Luego parece que no.


Lo cuento. Univ 80. 18 años. Un numerario compañero de clase que se había hecho súbita e inexplicablemente muy, muy amigo mío unos dos o tres meses antes me invitó a ir y, la verdad, la perspectiva de viajar a Roma, yo que no había salido nunca de España, era un plan que me apetecía muchísimo, y si mis padres querían y pagaban, ya podía haber sido con la Obra o con los Ermitaños Eucarísticos del Padre Celestial (que existen).

Me habían dicho que el Univ era un killing field de vocaciones, que ahí se pitaba a saco y no se hacían prisioneros. Joé, se quedaron cortos. Iba yo con un club, llamémosle Mástil, de Madrid, dirigido por uno de esos virtuosos del toque de codo, un tipo bulldozer, apostólico a machete, vibrante como un bafle en un concierto de AC/DC. Dicen los que saben de esto que la portada decide un 25% de las ventas de un libro, y Roma en Semana Santa es una portada que lo flipas. Uno, católico, apostólico y romano, se pone bastante allí a poco que se deje, y con el coro de primeros espadas de la Prela, me acabé poniendo de borrachera místico-triunfante que si al Papa le da entonces por convocar la cruzada, para allá que me voy. Y en estas te dicen que lo ven -con esa emoción del director de cine que encuentra su actor diez en la calle-, que es que, vamos, lo tienen clarísimo, que despides un 'bonus odor' que tiras de espaldas. Y tú que no ves nada, pero te dejas querer. Y te llevan a la cripta -todos: "¡A la cripta, la cripta!", que parecen extras de una de terror-, que aquí todo se ve clarísimo y se hace oración que no veas. Y yo me quedaba mirando aquella lápida verde con cara de concentradísimo, a ver cuándo éstos deciden que ya he tenido ración suficiente y me dejan pasear un poquito por Roma. Y es como esas láminas que se pusieron de moda hace unos años, que al principio no se ven más que rayajos o cuadraditos y luego, si te fijas bien, acabas viendo un paisaje, un señor, un árbol... - ¿Qué, has visto ya tu vocación? - Pues va a ser que no... - Venga, eso es que no lo estás intentando. Si aquí se reza la mar de bien... Y uno pone de su parte, a ver si ve el dichoso barco, pero sólo ve un rectángulo verde que pone El Padre, como si fuera la madre, que no hay más que una... Pero al final, antes de que me venza el aburrimiento, pongo cara de haber sacado mogollón de propósitos, afectos y consideraciones a ver si me dejan levantarme y nos vamos, que tengo la rótula hecha trizas. Al final me ganaron en la cena al aire libre, con mucho, mucho vino, que no podía beberme un vaso sin que el director, hala, ya me lo estuviera llenando. La cosa es que al cuarto o quinto vaso ya le dije que sí al tío, que vale, que me hacía de la cosa, y no añadí que venía por toda la orilla desde Santurce a Bilbao de milagrito. Por toda comprobación de seguridad, el tipo me dije que fuese unos cinco minutitos al oratorio. Fui.

Al día siguiente me sentía bien, para que negarlo. Importante. Grande. El 'amigo' repentino me abrazó y me dijo Pax, y eso. Qué grande todo, qué hermandad, we few, we happy few, we band of brothers... Y al día siguiente, a Cava Bianca, que nos iba a hablar el Padre 'a los de casa'. El voluntas que dirigía Mástil me dio una pluma y un folio y me dijo que tenía que escribirle al padre pidiéndole la admisión. No quiero recordar lo que escribí, sé sólo que fue muy breve. De la que termino, me da unas preces que se caían a cachitos -las suyas- y empieza a decirme algunas cosas a las que me he comprometido sin saberlo. Yo saber, lo que se dice saber, sabía que los numeratas no se casaban y que vivían juntos. Pero entonces vino un chorreo de cosas que TAMPOCO hacen, y como que se me enfrió un poco el entusiasmo. No es que la tertulia del Padre estuviera mal, qué va. Pero, numerata y todo, a mí me seguía pareciendo más importa el Papa y, en general, Roma, y no entendía muy bien por qué nos pasábamos el día de Bruno Buozzi a Cava Bianca, cuando estábamos a un paso del Vaticano, joé, la Basílica de San Pedro y qué sé yo, Bernini, Borromini, San Juan de Letrán, Santa María la Mayor... Pero todavía me quedaba gas... No sabía yo cuán poquito.

A dos o tres días de pitar, estábamos jaleándole al Papa en la Plaza de San Pedro cuando se nos acerca un guardia suizo y nos dice que el Santo Padre nos quería ver, así, sin preparar, en el Cortile de San Damaso. Los de la prela no tuvieron tiempo de preparar la logística sexadora -niños aquí, niñas acullá-, aquello fue un follón y yo acabé magníficamente aislado de mis nuevos hermanos... Y aun más magníficamente rodeado de las hermanas. Joder. Mis ojos, aún no hechos a la guarda de la vista, lanzaron una visual de 180 grados a mi alrededor -tan jovencitas, tan arregladitas, tan mooooonas- y una voz en mi intención sentenció: ¡¡¡NI DE COÑÑÑÑÑA!!!

Vale, sé que mi historia es terriblemente frívola en medio de tantos casos conmovedores de perseverantes y gente que se ha salido por cuestiones de peso. Yo duré tres días. Porque supe en un segundo que no podía vivir sin mujer. Exteriormente, la cosa no fue tan rápida. Ya en el autobús de vuelta le confesé a un amigo numerata lo que me había pasado en el Cortile, y que lo veía francamente chungo. Fui a los Rosales a una convivencia con mayores de casa y artillería pesada. Dije que bueno, que seguía. Luego que no. Me fui a veranear como siempre con mis padres, al lugar de siempre, y se presentaron dos notas con prisas por que hiciera las maletas, que nos íbamos a OTRA convivencia, que ahora sí, que esta es la fetén. Forzaron un poco la máquina con el arsenal habitual (debían tener ya banda sonora para soltarlo): que si Dios no juega con las almas (Dios no, vale, pero ellos, más que mi hermanita con la Nancy), que si no daban un duro por mi alma (unos años más tarde, mi alma volvió a cotizar algo más al alza), que si les había roto el corazón/defraudado/desanimado... Y a mí me dio la risa, y les dije que volvieran ya, que luego la carretera se ponía imposible.

Luego, con los años, los vi salir. A cientos. Los mismos que a mí me decían que qué mal, los que lo habían visto en la oración como si fuera la bola de cristal de Aramís Fuster, directores de los centros a los que fui, numeratas que me llamaban a sus planones, en manadas, en bandadas, en batallones marcando el paso. Me dan ganas de desgranar nombres. El director del centro al que me enviaron después de Roma, experto en estas lides. Ahora mismo, recientemente me fui a comer con amigos y compañeros de trabajo, unos siete u ocho, y todos, TODOS, habíamos sido y lo habíamos dejado. Mi mejor amigo de ahora mismo, con el que viví una crisis vocacional -la suya-- que arrastró años. ¿Qué está pasando?



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