Los hijos de miembros del Opus: un trauma desde la infancia

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Por Malhijo, 4.05.2009


Seguro que es bien conocida por todos los visitantes de este sitio web la "típica familia del Opus": matrimonio bien avenido, él muy trabajador, ella ama de casa incondicional, y ocho, diez, doce... yo conozco una familia de 16 hijos. De estos, dos de los hermanos son amigos míos de la infancia. Son, a pesar de lo multitudinario de su hogar, seres solitarios, pesimistas, tristes. No tienen esperanzas en que las cosas vayan a salir bien. En resumen: no han tenido el amor de sus padres a lo largo de su infancia. ¿Cómo iban a tenerlo, si lo tenían que compartir entre quince más?.

Juan era uno de los hermanos de esa famila e íbamos juntos a clase. Su madre y la mía solían compartir las actividades propias de las mujeres del Opus en una ciudad de provincias tan triste, por cierto, como nuestras grises vidas. Pronto hicimos buenas migas. Nuestra educación parecida en los valores afines a "la Obra" nos hacía entendernos mejor que el resto de los compañeros del colegio, que aunque era del Opus, no todas las familias de los alumnos lo eran.

Ninguno de los hermanos de Juan, hasta donde yo sé, se han hecho de la obra. Los que más conozco sé que la rechazan precisamente por lo que es. Juan es ahora un empresario, está casado, tiene tres hijos y cree en Dios. Lamenta muy a menudo no ser capaz de agradecerle las cosas buenas que la vida le ofrece. Se siente culpable por no ser como sus padres. Si un fin de semana viaja con su familia a un hotelito en la montaña, siente (aunque nada dice) que no debería hacerlo, quizás tanto placer no sea bueno. Se niega la felicidad a sí mismo. Afortunadamente, está su esposa para recordarle que la vida ha de ser la búsqueda de la felicidad, y no la del sufrimiento. Sus hijos, probablemente, hereden sin querer esa actitud de culpa. Pero han sido educados en la bondad, como Juan, y comprenderán que su padre hizo lo que pudo, víctima como era de una educación equivocada.

Mi caso es parecido al de Juan en los resultados, pero muy diferente en las circunstancias. Nací y me crié en una familia sin padre, pero con una madre, una hermana, la abuela y tres tías solteronas que, o bien eran del Opus (caso de mi madre y mi hermana) o bien eran simpatizantes. Un muchacho lleno de inseguridades en medio de una familia compuesta por mujeres llenas de miedos. Miedo a la evolución, miedo a salir del cascarón, miedo a la libertad de pensamiento, miedo a lo desconocido, miedo a ser distinto a lo normal en aquella pequeña ciudad gris de provincias. Miedo a la felicidad, porque quién sabe si ésta nos puede traer un disgusto, o quién sabe si ésta nos puede condenar para siempre. Miedo a Dios, que los condena una y otra vez en cada conato de salirse del pequeño tiesto que los hace crecer atrofiados.

Qué difícil es ver cómo es la jaula de uno cuando se es pájaro enjaulado desde que se nace. Ahora soy un profesional que lucha por llegar a fin de mes, estoy casado y vivo muy lejos de aquella ciudad de la que huí en cuanto pude. Tengo dos hijos y soy agnóstico. Y tengo la permanente sensación de haber fallado a esa familia del Opus (o simpatizante) por no haber sido nunca como ellos. Cuando somos niños somos como hechos de mantequilla, y quien haya metido sus dedos en ella habrá dejado su huella para siempre. Si esas huellas están hechas de miedos y amenazas (un profesor del Opus me dijo un día que, en el infierno, uno sería castigado con grandes dolores en aquellas partes del cuerpo donde hayamos pecado y teníamos catorce años), acabaremos siendo adultos que mueven su vida entre el miedo y la amenaza. Doy gracias a Dios, desde mi agnosticismo condicionado, por haber sido capaz de ver que la felicidad es algo muy bello pero que vive fuera de esos límites. Esta no es una época de fronteras. ¿Acaso es malo vivir en la época en que a uno le ha tocado vivir? Yo lo hago y juro (me juro a mí mismo cada mañana) que soy bueno, que hago el bien, que Dios no puede mirarme mal por no ser como ellos. Aun no estoy convencido del todo.



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