Lo teologal y lo institucional/La estructura de la acción de la persona humana

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LA ESTRUCTURA DE LA ACCIÓN DE LA PERSONA MADURA

La persona humana se caracteriza frente a las demás criaturas del mundo en que sus acciones son propias de una manera especifica, pues le pertenecen de modo pleno en cuanto que la persona, por su libertad, es principio de su actuación.

Las acciones, cuando son propia y plenamente de la persona, no son como eslabones de una cadena de causalidades, es decir, no se pueden retrotraer a una serie de causas previas, sino que tienen un principio en cierto modo absoluto en la causalidad especifica de la criatura racional. La existencia de la persona humana es un factor de novedad en el mundo. Si el hombre no existiese, conociendo la situación de todas las cosas del universo en un momento dado, podríamos saber cómo serán las cosas en cada momento del futuro, de la misma manera que sabiendo la posición de los astros en un instante determinado, podemos saber cuál será la posición el cualquier momento del futuro.

La libertad humana consiste precisamente en eso, en la capacidad de dar lugar a una "novedad". "Díos creó al hombre para que en el mundo hubiera "inicios" dice San Agustín. Por esto, cuando se trata de entender el comportamiento de alguien no se debe remitir a la serie de condiciones previas a ese comportamiento o a las influencias que ha recibido, como se hace cuando priva el empeño de buscar responsables de la conducta de otra persona. Ese empeño es propio de una visión mecánica del mundo. Las acciones humanas no se pueden "explicar" refiriéndose a los factores antecedentes, sino que hay que tener en cuenta como elemento decisivo la capacidad de dar origen a una novedad radical, en que consiste la libertad.

Pero esto se cumple con todo su alcance solamente con aquellas acciones que son propiamente humanas en sentido pleno. Hay, en efecto, otras muchas acciones que sólo relativamente pertenecen a la persona y que sí se pueden explicar por influencias anteriores.

Por eso es decisivo entender que no todas las acciones que realiza una persona le pertenecen de igual manera. Las acciones de la persona humana, son propiamente suyas cuando esas acciones no son realizadas de manera inducida o "causada" desde una instancia exterior a la persona, sino que tienen su origen en la forma de causalidad que denominamos libertad. A este respecto decía conocida por ella. En cambio, la persona no es libre cuando no alcanza la realidad sino que recibe la orientación de su acción desde una instancia externa a ella. En este sentido la acción no libre es semejante a la de un ciego que no puede percibir la realidad y es conducido por otro.

No basta, pues, remitirse a la bondad o a la malicia de la acción en sí misma para que podamos calificarla de libre: es decisivo tener en cuenta también que la dinámica interna de la acción en la persona sea tal que la acción le pertenezca en sentido pleno.

Hay muchas maneras de que la acción no pueda calificarse propiamente de madura o libre. Estas maneras son tantas como las formas que puede tener el hecho de que la acción no nazca del conocimiento de la cualidad de la acción por parte de la persona que actúa. Así, por ejemplo, quien actúa "abandonándose" simplemente a los "lugares comunes", o a las pautas convencionales de comportamiento, no posee esas acciones en plenitud y, por tanto, no puede ser considerado plenamente libre. También, quien se deja llevar por el puro sentimiento o por el estado de ánimo, no actúa desde la raíz más auténtica de la acción humana y, por eso, su comportamiento no es plenamente maduro y libre.

Análogamente, quien, por la razón que sea, actúa remitiéndose a las indicaciones de otra persona, no es plenamente libre. Por esto, la obediencia, para ser conforme a la libertad, debe llevar consigo un conocimiento de la naturaleza de sus acciones y de las razones que le llevan a aceptar la autoridad de aquel a quien obedece. Pero en todo caso, la obediencia a una autoridad que impera acciones concretas, no puede dar lugar a acciones tan plenamente propias como las que nacen del conocimiento de la realidad: en cuanto que esas acciones tienen su principio fuera del sujeto que actúa, aunque, como dice santo Tomás, ese principio sea la misma ley de Dios, son menos propias que las que nacen del conocimiento de la realidad. Por eso, en la plenitud de la revelación Dios no revela simplemente una ley, sino que da conocimiento de la realidad. En la religión cristiana, la revelación no remite primariamente a una ley, como en el caso de la religión judía, que se remite ante todo a "la Ley", la Torah, sino que tiene primariamente el carácter de una "fe", de un cuerpo de doctrina sobre la verdad de Dios, del hombre y del mundo. De esta manera la acción del cristiano puede y debe ser consecuencia de un conocimiento de la verdad de su obrar.

Esta visión de la acción humana libre, es esencial para poder juzgar la actuación de las personas y el grado de "propiedad" que tienen sus acciones. Ciertamente no son excesivamente frecuentes los casos en que las personas actúan con una libertad tan plena, pero es importante tener en cuenta que las realidades y las situaciones imperfectas, deben ser conocidas desde lo que es su perfección y, por eso, sólo cuando se entiende cómo debe ser la acción humana "cumplida" de la persona, se pueden entender adecuadamente las acciones humanas menos plenas.

Además de las condiciones "internas" en la persona que actúa, es necesario un "ambiente" propicio a la acción libre, que es el ámbito de la libertad. Los hombres más ricos de vida detectan cuándo se encuentran en un ámbito libre. Pero casi todas las personas experimentan el gozo de un ambiente en que pueden actuar libremente. Por eso cuando se habla de libertad hay que distinguir la mera libertad interior del ser espiritual, y la libertad en cuanto cualidad de un determinado ambiente o sociedad. Así, hay veces que se dice que el hombre es siempre libre, pero otras veces se clama pidiendo libertad. La relación entre estos dos significados de la palabra "libertad" se encuentra en que la falta de libertad ambiental no sólo impide el despliegue pleno de la libertad personal sino que además suele repercutir en las condiciones orgánicas de la libertad de la persona humana.

Es difícil definir cómo son los componentes de estos ámbitos de libertad, pues no es estrictamente algo concreto que pueda añadirse como un ingrediente más a un ambiente ya dado. Son ámbitos en que las capacidades de acción y de vida se ven estimuladas y favorecidas. Un ejemplo de ese tipo de ambiente es el, que se suele encontrar en algunas de las grandes universidades. Allan Bloom describió expresivamente lo que encontró cuando llegó a la Universidad de Chicago:

"Se respiraba una atmósfera de libre investigación, y por eso, se excluía lo que no la ayudaba o lo que le era hostil. Allí se podía distinguir lo que es importante de lo que no lo es. La universidad protegía la tradición, pero no en cuanto tal, sino en cuanto que ésta proporcionaba ejemplos de debates de nivel exclusivamente elevado. Contenía maravillas y hacía posibles amistades basadas sobre la experiencia común de tales maravillas. Sobre todo había allí algunos pensadores verdaderamente grandes, pruebas vivientes de la existencia de la vida especulativa, y cuyas motivaciones no podían ser precipitadamente reducidas a ninguna de aquellas que la gente gusta de considerar universales. Éstos tenían una autoridad que no se basaba sobre el poder, el dinero o la familia, sino sobre una cualidades naturales que, con toda justicia, imponían respeto. Las relaciones entre ellos, y entre ellos y los estudiantes, eran la revelación - de una comunión en la que hay un verdadero bien común. ( ... ) Los años me han hecho ver que gran parte de todo esto existía solamente en mi imaginación entusiasta y juvenil, pero no tanto como se podría suponer. Las instituciones eran mucho más ambiguas de cuanto hubiera podido sospechar y ante el embate de vientos contrarios se han mostrado mucho más frágiles de lo que parecían. Pero vi allí auténticos pensadores que me abrieron mundos nuevos. La sustancia de mi ser ha sido plasmada por libros que he aprendido a amar. Me acompañan cada minuto de cada día de mi vida, haciéndome ver y ser mucho más de lo que habría podido ver y ser si la suerte no me hubiese colocado en una gran universidad en uno de sus momentos más grandes. He tenido maestros y discípulos de esos con los que se sueña. Y, sobre todo, tengo amigos con los cuales compartir pensamientos sobre lo que es la amistad, con los que hay una comunión de almas y en los cuales está activo el bien común del que acabo de hablar. Todo esto, naturalmente, mezclado con las debilidades y las fealdades que la vida conlleva. Nada de todo esto borra las bajezas que hay en el hombre. Pero también sobre ésas deja su impronta. Ninguna de las desilusiones que he padecido en la universidad (...) me ha hecho dudar jamás de que la vida que me ha permitido ha sido la mejor que hubiera podido vivir. Nunca pensé que la universidad debiera depender de la sociedad que la rodea. En todo caso he pensado y pienso que es la sociedad la que depende de la universidad, y bendigo la sociedad que permite para unos cuantos una especie de eterna infancia, una infancia cuya alegría y fecundidad puede ser a su vez una bendición para la sociedad. Enamorarse de la idea de la universidad no es ninguna locura, porque sólo con ella se puede vislumbrar lo que uno puede llegar a ser. Sin ella todos los espléndidos resultados de la vida especulativa se deslizan hacia el barro primordial, sin poder volver a salir. Las desmitificaciones fáciles de nuestro tiempo no puede destruir su imprescriptible belleza. Pero puede oscurecerla, y de hecho la ha oscurecido" (The Closíng of the Amerícan Mínd)

Un ambiente de libertad no puede ser fruto solamente de la organización material. Y menos aún de las meras disposiciones legales. Se podría decir que es necesariamente fruto de un espíritu personal. Hay personas que engendran alrededor de sí un ámbito específico de alegría de vivir y de libertad que es maravilloso. Este espíritu no se puede dar por el hecho de tener muchos conocimientos o por un simple "dejar hacer". El espíritu de libertad es algo esencialmente positivo, que procede de la riqueza vital de quien lo da. Sólo puede darlo un "maestro" de libertad. Además para dar ese espíritu la persona que es su fuente ha de darse, a semejanza de Cristo que, desde su sacrificio en la Cruz, entregó "su espíritu".

Como decía, la criatura humana tiene una dinámica interna propia que hace que si sus acciones no son conformes a su naturaleza libre, su misma naturaleza orgánica puede llegar a resentirse gravemente. Aunque los elementos de la naturaleza como principio de operaciones sea compleja, constituyen una unidad, y si se estimulan o se imperan separadamente, la unidad activa de la persona se distorsiona, y la fuerza vital de la naturaleza decae. Puede asegurarse que buena parte de las depresiones que abundan en ciertos ambientes tienen su origen en estas "violaciones" de los principios activos de las personas.

El ser humano no es un espíritu separado, necesariamente vive en un "mundo", en una historia, y, por eso, este ambiente de libertad es condición indispensable para que se desarrolle la vida en toda su riqueza. Esto se insinúa ya incluso en la vida infrahumana. Hay muchas especies animales que cuando viven en cautividad casi nunca se reproducen. Las funciones más complejas se paralizan cuando se advierte la falta de libertad. En la cautividad esos animales pueden tener una seguridad mayor, y pueden tener cubiertas más plenamente las necesidades puramente biológicas de alimentación y salud, pero perciben "algo" que les anula las funciones vitales más delicadas. Esto es una muestra de que la libertad no es solamente una cualidad que radique en el espíritu separado, sino que tiene su incidencia en las dimensiones inferiores de la existencia, hasta en la mera biología.

Cuando los seres humanos están en un ámbito en que la libertad es dificultada, su constitución anímico corporal se resiente de diversas maneras. Una de ellas es, sin duda, la depresión. Pero otros trastornos funcionales, especialmente los que radican en las funciones digestivas, como la anorexia, tienen seguramente el mismo origen. Entonces para curar estas disfunciones, no bastan los remedios farmacológicos o psicológicos concretos, porque su raíz se encuentra en el modo como la persona se sitúa en el mundo o en la existencia.

Los psiquiatras son expertos en el funcionamiento del complejo principio activo de la persona o en la intervención farmacológica en ese funcionamiento. Pero dado que el conocimiento en que se apoyan suele ser la mayoría de las veces de tipo técnico, es decir, consideran las fuerzas activas de la persona al modo de los artefactos, sus remedios no suelen superar el nivel técnico. Es necesario un conocimiento de la naturaleza humana en su alcance unitario y teleológico. Si la naturaleza teleológica humana no es fielmente respetada, sus disfunciones podrán repararse relativamente en el nivel biofisiológico, pero los desequilibrios de fondo quedarán intactos y continuarán distorsionando más o menos gravemente los componentes o elementos vitales de la persona en cuestión. Una úlcera de estómago, cuando es detectada, puede y debe ser tratada directamente con fármacos adecuados, pero, si tiene su origen en una tensión psicológica excesiva, el tratamiento bioquímico será insuficiente.