Lo perverso, lo santo y los psiquiatras vegetarianos

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Por Gervasio, 15.08.2011


No me acuerdo como se llamaba; pero vamos a ponerle Manolo, para que tenga nombre propio. Era un supernumerario que hacía la charla fraterna conmigo. Marino de profesión. El caso es que, como suele suceder con los marinos, se ausentaba largas temporadas, surcando los mares por esos mundos de Dios como intrépido argonauta. Al regresar de una de esas ausencias prolongadas se encontró con lo peor. ¿Que su mujer la había puesto los cuernos? No. Aun peor. ¿Que alguien de su familia había contraído una grave enfermedad o fallecido? No. Aun peor. Había acontecido algo aparentemente inocente: su dulce esposa se había hecho vegetariana...

— Pues no es para tanto, cabe comentar.

Pues sí. Era para tanto. A partir de ese momento ya no hubo felicidad en aquel hogar. Ni el matrimonio se llevaba bien, ni eran buenas las relaciones con los hijos, ni por parte del padre, ni por parte de la madre. Los hijos no podían asistir regularmente a excursiones y campamentos, no fuesen a comer carne. No sabían si hacer caso al padre o a la madre. Según Manolo, cuando se practica siempre e ininterrumpidamente la dieta vegetariana, las células —los cromosomas, las hemoglobinas o lo que sea— se acaban acostumbrando y adaptando a esa dieta y no sufre daño la salud; pero cuando, como era su caso, se practica y se deja de practicar —según se viva en casa o en la marina—, las células, las hemoglobinas, el píloro o lo que fuere sufren grandes traumatismos y trastornos. Manolo andaba todo él muy trastornado y no solamente su píloro. Tenía un “cabreo” de esos que llaman “existenciales”. En una ocasión, tras una pelotera doméstica centrada en la dieta, abandonó el hogar dando un portazo.

— Tómate esta manzana, le decía su mujer ya en la escalera ambos, intentando aplacarlo con una manzana roja y jugosa.

Pero no se dejó seducir por la manzana. Manolo quería filete de carne y nada de manzana, ni de vegetales proteínicos.

No recuerdo lo que le aconsejé, comenté o dije. La verdad que en las Experiencias sobre el modo de llevar charlas fraternas nada se establece sobre lo que hay que hacer con los supernumerarios que no quieren ser vegetarianos. O si algo se establece, debe de estar en letra pequeña. Yo no era vegetariano ni —con la ayuda de Dios— espero serlo. ¿Por qué creo que no le di mal consejo? Precisamente por no ser vegetariano. Si no, probablemente hubiese comenzado a hacer grandes loas de la dieta vegetariana o al menos mis consejos y comentarios estarían mediatizados por una valoración muy positiva de esa dieta. Como Manolo andaba trastornado y triste, quizás habría que haberle aconsejado consultar con un psicólogo o con un psiquiatra sobre el particular. Pero, a mi modo de ver, lo último que debería hacerse con Manolo es enviarlo a él o a su dulce esposa o a ambos a un psiquiatra vegetariano, razonando: ¿quién mejor que un psiquiatra vegetariano para discernir con conocimiento de causa entre manzana y filete, entre filete y esposa y cosas así?

Cuando se envía a una persona del Opus Dei a un psiquiatra de la Obra sucede tres cuartos de lo mismo.

— Lo va a comprender muy bien, porque él también es del Opus Dei. Y sabrá muy bien qué hacer.

Demasiado bien. Es posible que los psiquiatras del Opus Dei tengan un protocolo preciso sobre lo que se debe hacer en tales casos: qué pastillas y otros remedios vienen bien para la perseverancia, cuáles son buenas para eliminar el juicio crítico y cuáles para resolver los problemas de pureza. Recuerdo el testimonio, manifestado por escrito en esta web, de un señor al que recetaron para resolver sus problemas de pureza unas pastillas que disminuían tanto su virilidad que comenzaron a crecerle desmesuradamente las tetas.

El error del psiquiatra-psicólogo “de casa”, “de confianza” estriba en que no cuestiona —no considera cuestionables— cosas que sí deben ser cuestionadas, como las que afectan a la vocación, a la obediencia y a determinadas prácticas o exigencias institucionales. No digo yo que un sacerdote o un numerario vegetarianos, si bien preparados, no puedan llevar charlas o dirección espiritual. Pero si el trastorno que la persona padece es que no desea, le repugna o no se siente bien siendo vegetariano, ese sacerdote o ese numerario ya no resultan adecuados. ¡Pobre Manolo! ¿Por qué obligarle a ser vegetariano?

Me pareció entender a Ramón Rosal, en el último artículo que publicó en Opuslibros, que considera imprescindible o muy necesario que la labor sacerdotal de confesonario estuviese acompañada de una buena preparación psicológica. Es frecuente que el sacerdote o el laico consideren que con su sentido común, su experiencia y su conocimiento del espíritu del Opus Dei —donde hay farmacopea para todo—, suplen suficientemente cualquier falta de preparación. Recuerdo a un sacerdote del Opus Dei que recomendó —por cierto equivocándose— a una religiosa de votos perpetuos, que abandonase su vocación. Y se lo decía tan pancho. Nunca se lo hubiese dicho a un señor o a una señora del Opus Dei. Y es que hay dos raseros: uno para medir la sacralidad de la vocación al Opus Dei y otro para medir la sacralidad de otras vocaciones. La de atender discapacitados, como la madre Teresa de Calcuta, anda por los suelos en los estándares de algunos.

A lo que voy es a lo siguiente. Ser vegetariano es algo que por sí mismo ni entorpece, ni favorece la santidad. Lo propio acontece —pienso— con ser o no ser del Opus Dei. Ser del Opus Dei no asegura la santidad, ni no serlo propicia la falta de santidad. Más bien no la favorece demasiado. Prueba de ello es que hubo, hay y habrá santos que no fueron, son ni serán del Opus Dei. En cambio hay mucho santo franciscano. Y de épocas en que no se canonizaba masivamente. El Opus Dei se presenta y se nos presentó como algo bueno: rezar, asistir a misa, recitar el ángelus, llevar a nuestros amigos a la meditación, o a retiros, a círculos, etc. Lo propio acontece con el albaricoque, las ensaladas, el pepino y hasta con los boniatos. Son buenos. ¿Qué mejor que un plátano, un aguacate o un zumo de naranja? Lo malo es una dieta vegetariana impuesta por nuestra dulce esposa o por nuestra madre guapa. Tú sólo fruta y verduritas. No hay más carne que la de membrillo. La imposición de una serie de criterios, conductas y comportamientos, no en sí mismos malos, como exigencias de la salud espiritual o corporal acaba resultando abusiva, por arbitraria y voluntarista.

En el Opus Dei se hacen mal bastantes cosas. No hay que engañarse ahí. Bastantes. Entre ellas limitar la libertad de acudir a confesores y psiquiatras que no sean de la Obra. Hay otras cosas que tampoco se hacen bien. No es el momento de hacer recuento ni extenderme u ocuparme de cosas ya tratadas en Opuslibros. Procuraré ceñirme a lo que ahora estoy denunciando: la falta de libertad para acudir a confesores y a psiquiatras que no son del Opus Dei.

Lo peor es que los errores se producen automáticamente, como muy bien explica Juan Antonio Aliseda en su reciente colaboración en Opuslibros, de 12 de agosto de 2011. El Fichero de libros prohibidos del Opus Dei —nos relata— incluyó entre los autores prohibidos a Ratzinger. Preguntando por qué está incluido, queda claro —escribe Aliseda— que fue por automatismo (…) La decisión de Ratzinger fue “automática”. Es la propia estructura institucional del Opus Dei la que genera este tipo de resultados. Viene a ser como uno de esos programas de ordenador para tratamiento de textos que se resisten a recibir instrucciones del que escribe. Sólo sigue las del programador. Para desprogramar el automatismo hubo que acudir Fernando Ocáriz, muy conocido en el orbe católico como subordinado de Iñaki Celaya, que inmediatamente dijo (y firmó) que se quitara. Y en dos días llegaba la propuesta con las respectivas tres firmas requeridas. Al día siguiente salía la nota a todos los países con la decisión tomada.

Es muy de notar que las obras de Su Santidad fueron retiradas del grupo de “autores sospechosos de modernismo” incluidos en el Fichero de libros prohibidos, sin cabildeos o cálculos detenidos de sus consecuencias. Simplemente no debía estar allí, aclara Aliseda. Fernando Ocáriz estampó su firma “inmediatamente”. No explica muy bien Aliseda inmediatamente a qué, pero estampó su firma “inmediatamente”. Como la inclusión de Ratzinger fue automática y no derivaba ni del examen detenido de sus obras o tesis; ni de cuestiones personales, es de suponer que lo que Ocáriz hizo fue leer de inmediato detenidamente las obras y tesis de Ratzinger y sin cabildeos ni personalismos darles su visto bueno, porque así lo consideró en su sabiduría y no por otros motivos. La rehabilitación de Ratzinger avalada por tres firmas de gentes del Opus Dei —donde las decisiones se toman colegiadamente— no puede ser tachada de partidista, impremeditada o sesgada. Rectitud en estado puro.

El Opus Dei, aparte de haber aprobado con tres firmas la obra escrita de Benedicto XVI, tiene a su vez aprobación eclesiástica. Además ha sido fundada por un santo varón, muy metido en rezos, visiones celestiales y con hornacina en los altares. ¿Cómo va a haber cosas malas en ese Opus Dei de fundador tan santo y piadoso? Ello nos conduce al otro tema enunciado en el título de esta colaboración: la perversidad de los santos.

Parece una contradicción y efectivamente lo es. Si son santos, no serán perversos cabe pensar. Pero no es así. Ahí tenemos el Santo Oficio de la Inquisición. No hay cosa más santa —se lee en algunos escritores antiguos refiriéndose al Santo Oficio— que velar por la doctrina de la fe y confundir a los herejes. No hay oficio más santo que el oficio santo de la inquisición. Como sabemos, el confundir a los herejes consistía en quemarlos vivitos. Pero no sólo la Inquisición aparece dotada de santidad, sino que, muchos inquisidores tienen hornacina en los altares, como la de Escrivá. Todo en caoba policromada. No es que hayan logrado esa honrosa ubicación a pesar de ser inquisidores, sino que, como diría Escrivá, se santificaron en su profesión u oficio. Son santos en tanto que inquisidores.

Otra santidad perversa se manifestaba en el mundo misionero. Enterado un misionero de que los niños recién bautizados, si fallecen, van derechitos al cielo, se dedicaba a bautizar niños para enviarlos al cielo a continuación. Esos niños corrían el peligro de pecar, si alcanzan el uso de razón y más aún si llegaban a la edad adulta. ¿Por qué exponerlos a la condenación eterna? Antes morir que pecar o exponer a esas criaturas inocentes a ocasiones de pecado. El tal misionero era un hombre coherente con su fe. Estaba seguro de lo que hacía. Decía don Álvaro del Portillo que el fundador tenía una fe espesa, gorda, que se podía cortar. Yo creo que del Portillo confundía la seguridad en uno mismo con la fe. Estar muy seguro de lo que uno hace en el terreno espiritual no es necesariamente tener gran fe.

Otro santo perverso fue San Bernardo del Claraval. Tiene todo un sermón dedicado a razonar y convencer al oyente o lector de que la Virgen María fue concebida con pecado original. Y encima es doctor de la Iglesia. Desde luego el dogma de la inmaculada concepción aún no se había proclamado. Pero estaba inficionado de una perversa e impía herejía.

Y para acabar este muestreo de santidades perversas, me referiré a un numerario que acababa de descubrir las bondades de la corrección fraterna. Es buena —le dijeron— tanto para el que la hace, como para el que la recibe. ¿Cómo lograr esa doble bondad? Agudizó el ingenio y encontró la solución. La anécdota esta tomada de un testimonio consignado en Opuslibros. Lo que hacía era esconder en el momento del deporte la toalla a alguno de sus hermanos de vínculo sobrenatural. A los pobres no les quedaba otro remedio que secarse malamente e incómodamente con lo que podían, en vez de con la toalla.

— Hay que secarse con la toalla; no con otra cosa, les advertía fraternalmente a continuación.

Ese era su modo de lograr la mencionada doble bondad inherente a la corrección fraterna. La religiosidad y esa fe espesa, gorda de Escrivá, que se puede cortar, me recuerda también a la de los monarcas regalistas. Me refiero a un Carlos V, a un Felipe II, a los Reyes católicos o a un Carlos III. Eran fervorosos y sinceros católicos. Asistían a misa diariamente. Daban ejemplo a sus súbditos de su acendrado catolicismo tanto oralmente, como por escrito. Eran conscientes de que Dios les había confiado unos súbditos —su pusillus grex— que habían de conducir al cielo, antes incluso que al bien común terrenal, como sucede en las responsabilidades de los progenitores hacia sus hijos. No son responsables sólo de su cuerpecito, sino también de sus almitas. Su condición regia los dotaba de una peculiar misión divina, que les llevaba a arrogarse competencias en relación con la salvación eterna de los demás, con la Iglesia y con los asuntos eclesiásticos. Defendían a la Iglesia en el exterior de su reino o reinos con las armas y en el interior con el santo oficio de la inquisición, ocupado generalmente por frailes dominicos, que son muy doctos. Y aprobaban o desaprobaban los decretos eclesiásticos, según los casos. Porque el amor a la Iglesia produce el afán de mejorar lo que ya hay. Intervenían en la designación de obispos y abades. Nada escapaba a su celo por las almas.

La verdad —hay que reconocerlo— es que estos monarcas regalistas resultaron muy efectivos; perversamente efectivos, pero efectivos. Si al día de hoy en España los católicos son un tanto por ciento muy elevado, lo debemos a la política religiosa de esos monarcas. Se debe a sus expulsiones de judíos y de moriscos —sin ello Cisneros no hubiera sido Cisneros: lo que hay que hacer se hace—, a su persecución de protestantes, a la imposición de prácticas religiosas saludables como la confesión anual, a impedir la publicación de libros dañinos, etc. ¿Cómo tendríamos si no una España tan católica?

Claro que llevar a los del Opus Dei a curas y psiquiatras del Opus Dei favorece su perseverancia. Claro que encontrar vocaciones entre chiquitos de catorce años es más resultón numéricamente que buscarlas entre universitarios. Es que hay mucho pisito que atender. Claro que identificar las tareas de dirección espiritual y gobierno resulta mucho más coordinado y eficaz que separar ambos planos. La problema consiste en que las actividades perversas a la larga acaban alejando de la santidad a quienes las padecen. En algunos lugares de misión no quieren que se bauticen a sus niños. Por algo será. Y es que la eficacia está reñida con la eficacia.




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