Las técnicas de control mental de las sectas y cómo combatirlas/Asesoramiento en abandonos: libertad sin coacción

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Asesoramiento en Abandonos: Libertad sin coacción


Cuando la gente comienza a buscar maneras de liberar a amigos o familiares de las sectas, la mayor parte sabe muy poco sobre el control mental, sobre las características de las sectas destructivas, o sobre cómo preceder para rescatar a alguien que está comprometido con una secta. Quizá lleguen a pensar que la única opción disponible es la "desprogramación", sin saber que la desprogramación incluye el secuestro forzoso del adepto, un costo que va de los 18,000 a los 30,000 dls. y las largas sesiones para intentar que el individuo recupere su antigua personalidad.

Hoy en día existen medios de ayuda no coercitivos. Los asesores en abandonos, como yo mismo, utilizan en la actualidad técnicas terapéuticas avaladas por todos los profesionales de la salud mental, junto con las últimas técnicas en asesoramiento. Además en nuestros días casi todos los asesores en abandonos son ex miembros de alguna secta.

Este capítulo pretende ser una guía para ayudar a comprender cómo trabaja un asesor en abandonos, para lo que me serviré de las historias de tres casos que yo mismo atendí. Los diálogos del texto están reconstruidos de memoria, pero son fiel reflejo de acontecimientos reales que ocurrieron con personas reales durante mi trabajo de consejero. Tengo la esperanza de ayudar a que la gente comprenda que existe una alternativa eficaz a la desprogramación.

Puesto que yo fui desprogramado, estoy familiarizado con sus desventajas. Cuando me desprogramaron, en 1976, había muy pocas opciones disponibles tanto para mis padres como para los preocupados parientes de otros miembros de sectas. O bien intentaban seguir en contacto con el adepto, con la esperanza de que abandonara el grupo sin ayuda, o contrataban a un desprogramador. Los líderes de las sectas vieron en la desprogramación una amenaza terrible porque perdían adeptos y líderes muy devotos que llevaban muchos años en la secta, y también porque estos antiguos podían hablar con los periodistas y revelarles detalles de las actividades del grupo. A diferencia de los ex miembros "fugitivos", que suelen estar dominados por los sentimientos de culpa y guardan en secreto su afiliación, los que son desprogramados tienen una red de apoyo que comprende lo que han pasado y les brinda la fuerza y el estímulo para hablar en público.

Hacia finales de 1970, el tema del control mental estaba ligado, en opinión de la gente, con la desprogramación forzosa. Esta asociación forzosa. Esta asociación de ideas se debió en parte a las campañas de relaciones públicas financiadas por algunas de las grandes sectas, con el propósito de desacreditar a sus críticos y llevar el debate lejos de las sectas en sí mismas1.

La propaganda etiquetó a la desprogramación como "la mayor amenaza de todos los tiempos contra la libertad religiosa". Se acusó a los desprogramadores de golpear y violar a las personas para obligarlas a abjurar de sus creencias religiosas. Como resultado de esta campaña, se realizó al menos una película donde los desprogramadores aparecían como unos malhechores ávidos de dinero que eran tan malos como los líderes de las sectas.

Quiero dejar aquí constancia de que no conozco ningún caso de desprogramación (y he atendido a cientos de personas desprogramadas) en que se hayan cometido abusos físicos o violaciones. Ninguna de las familias con las que me he reunido hubiera llegado al extremo de recatar a un ser querido para someterlo a una desprogramación donde pudiera sufrir el más mínimo daño físico.

Sin embargo, lo cierto es que la desprogramación resulta, en su aspecto legal, sumamente arriesgada, y a menudo emocionalmente traumática. En la desprogramación clásica, después de localizar al adepto, se le secuestra físicamente en una esquina, lo introducen en un coche o furgoneta y lo trasladan a un lugar secreto, por ejemplo la habitación de algún motel. Una vez allí, un equipo de seguridad le vigila las 24 hrs. Del día mientras el desprogramador, ex miembros de la secta y familiares le presentan información y discuten con él. Las ventanas están cerradas a cal y canto, porque se han dado casos en que el adepto se ha lanzado por la ventana de un segundo piso para evitar lo que ellos llaman el proceso de "quebrantamiento de la fe". Muchas veces le acompañan al lavabo para prevenir cualquier intento de suicidio. Se le mantiene encerrado durante días, a veces semanas enteras, hasta que "rompe" el control mental de la secta o, como en algunos casos, simula haberlo hecho.

En las desprogramaciones en las que participé, durante los años 1976 y 1977, nos enfrentábamos con el adepto cuando visitaba su casa en lugar de cogerlo en la calle. Aun así, cuando le decíamos que no podría marcharse de nuevo, casi siempre se producía una reacción violenta. Me han dado puñetazos, propinado puntapiés y me han escupido; me han lanzado café caliente a la cara, y hasta un magnetófono a la cabeza. De hecho, si yo no hubiera estado enyesado desde la punta del pie hasta la cadera durante mi propia desprogramación, estoy seguro de que habría hecho lo mismo. Los miembros de una secta están adoctrinados para comportarse de esta manera: a permanecer "fieles" al grupo en cualquier circunstancia. En un primer momento, el adepto está más convencido que nunca de que su familia, que ha recurrido a semejantes extremos, es la mismísima encarnación del demonio.

En tal situación, la rabia y el resentimiento que experimenta el converso pueden tardar años en disiparse, aun si la desprogramación resulta efectiva. Conocí a una mujer que, varios años después de haber sido desprogramada de una afiliación breve a los Moonies, volvió a la secta durante poco más de un año y luego la abandonó por su propia voluntad, como si, según sus propias palabras, tuviera que probarse a sí misma que era capaz de hacerlo. Por desgracia, durante su segunda estancia en el grupo la exhibieron por todo el país para que hablara en contra de la desprogramación.

No hay nada tan terrorífico como hallarse prisionero y creer que uno está a punto de ser torturado o de ser blanco de un ataque sexual; experiencias que, según los líderes de las sectas, sufrirán los adeptos en la desprogramación. Como puede imaginar, ofrecer un buen asesoramiento en semejante situación es algo, en el mejor de los casos, bastante difícil. El miembro se cierra de inmediato en sí mismo, comienza a cantar, a rezar o meditar para aislarse de cualquier influencia exterior. Pueden pasar horas o días antes de que acepte que

el líder de la secta estaba equivocado, que no lo van a torturar, que los desprogramadores son personas sensibles y cariñosas, y que hay muchas preguntas legítimas que uno puede plantearse. Sólo entonces comienza a responder.

Decidí no participar en ninguna intervención forzosa, porque creía que era cada vez más necesario buscar otra forma de enfocar el tema. Había que encontrar una manera legal y voluntaria para llegar al adepto; la familia y los amigos eran la clave. Pero éstos necesitaban aumentar su conocimiento de las sectas y del control mental, y necesitaban también asesoramiento para aprender a comunicarse de forma efectiva con el adepto.

Asesoramiento no coercitivo en abandonos: las historias de tres casos

La aproximación no coercitiva que he desarrollado intenta conseguir con delicadeza lo que la desprogramación obtiene por la fuerza. Los familiares y los amigos deben trabajar juntos como un equipo y planificar su estrategia para influir en el miembro de la secta. Aunque la aproximación no coercitiva no dará resultado en todos los casos, ha demostrado ser la opción preferida por la mayoría de las familias. La intervención forzada siempre puede reservarse como un último recurso si todo lo demás falla.

Para tener éxito, la aproximación no coercitiva precisa de una información excelente. La recogida y difusión de la información debe comenzar inmediatamente después de la primera llamada telefónica.

La Familia O´Brien2

En el mes de diciembre de 1986, un tal señor O´Brien me llamó para manifestarme la inquietud que sentía por la afiliación de su hijo a un grupo denominado The Boston Church of Christ (La Iglesia de Cristo de Boston. También conocida como Multiplying Ministres –Ministerios Multiplicadores -, la iglesia de Cristo de Boston no debe ser confundida con la importante Church of Christ –Iglesia de Cristo-, o con la United Church of Christ –Iglesia Unida de Cristo-, una de las herederas de la tradición congregacionalista de Nueva Inglaterra.3) El señor O´Brien había obtenido mi nombre a través de Buddy Martin, un evangelista perteneciente a la Iglesia de Cristo de Cape God, (una importante iglesia) que denuncia con gran energía el autoritarismo de las tácticas de "orientación-discipulado" empleados por el grupo en Boston.

El señor O´Brien me explicó que cada día estaba más y más preocupado por su hijo. George había perdido varios kilos de peso, parecía siempre agotado, había abandonado sus planes de graduarse en un pequeño colegio de artes liberales en el norte del estado de Nueva York, y se había vuelto incapaz de tomar las más simples decisiones. Siempre tenía que consultar a su compañero "discipulador" antes de hacer cualquier cosa.

El señor O´Brien me preguntó por mis antecedentes personales y mi opinión sobre si este grupo en particular era una secta destructiva. En primer lugar, le hablé de mis referencias y le informé que en los últimos cinco años había atendido con éxito a más de 30 personas que había abandonado el grupo al que pertenecían. El se mostró satisfecho al escuchar esto.

Los O´Brien quisieron saber qué es lo que convierte a un grupo en una secta destructiva, y me formularon otras preguntas acerca de mis valores y mi ética. Les dije que, para mí ayudar a una persona a que pensara por sí misma era lo más importante, y que tenía muchísimo cuidado en no imponer mis propias creencias a un cliente. Mi papel era presentar la información, dar asesoramiento individual, y familiar si era necesario, y facilitar la comunicación familiar.

Hablamos durante cerca de media hora, y convinimos en que les enviará por correo más información sobre mi método de trabajo, un formulario con preguntas sobre antecedentes y diversas fotocopias de artículos sobre la Iglesia de Cristo de Boston. También les facilité los números de teléfono de algunas familias a las que yo había atendido. Les pedí que contestaran a las preguntas del formulario con mayor extensión posible: cuanta más información sobre ellos mismos pudieran darme la familia y los amigos, mejor.

Obtener información escrita de una familia es un buen punto de partida. Obliga a que los familiares se planteen una amplia gama de temas relacionados con el adepto en cuestión, con ellos mismos, lo que significa la adhesión a una secta, y cómo han reaccionado frente al problema hasta el momento. También me da tema para iniciar las discusiones persona a persona.

Para mí es muy importante el esfuerzo de la familia para hacer un trabajo minucioso. Los cuestionarios pueden sonsacar diferentes respuestas, desde contestaciones de una línea hasta 44 páginas mecanografiadas a un espacio. Por lo general, se llenan de seis a ocho páginas.

Hay algunas secciones que merecen una atención especial. ¿Cómo son las relaciones familiares entre los hermanos y entre éstos y los padres? ¿Qué clase de persona era el sujeto que ahora está en la secta? ¿Tenía muchos amigos? ¿Tomaba drogas? ¿Tenía unas metas bien definidas en su vida? ¿Sufrió algún tipo de trauma o una tensión especial durante su vida, como la muerte de sus padres o un traslado difícil a otra ciudad? ¿Tenía un sistema de valores políticos o sociales bien estructurado? Cuanto más saludables fueran las relaciones familiares y el sentido de identidad del individuo antes de entrar en la secta, más fácil será mi trabajo.

En concreto, quería saber todo lo que pudiera de George. ¿Cómo era antes del ingreso, y en qué había cambiado, aparte de la pérdida de peso y de su apatía e indiferencia? Quería saber con qué miembro de la familia estaba más unido. Quería saber cuál era su estado mental antes de entrar en la secta, y también quería saber sobre su educación, sus intereses y aficiones, su experiencia laboral y sus antecedentes religiosos.

En todos mis casos, siempre quiero saber cuánto tiempo tardó el sujeto en ser reclutado. ¿Ingresó en la secta justo después de que le abordaran una tarde o transcurrieron meses o años antes de que estuviera completamente involucrado? ¿Qué pensaba del grupo al que iba a unirse, y guardan aquellos pensamientos alguna similitud con lo que piensa ahora que está dentro? ¿Cuánto tiempo hace que ingresó? ¿Dónde ha estado viviendo: con otros miembros, solo o non no adeptos? ¿A qué se ha dedicado? ¡Ha expresado alguna vez dudas o ha reconocido problemas acerca de su afiliación?

Por último, quiero saber cómo reaccionaron sus familiares y amigos; qué hicieron o dijeron acerca de su adhesión a la secta ¿Qué libros o artículos han leído? ¿Con quién (incluyendo a profesionales) han consultado? Necesito saber quién está y quién no está dispuesto a ayudar a rescatarlo. Es interesante señalar que, con frecuencia, algún familiar que al principio no se muestra muy dispuesto a ayudar acaba por convertirse en el elemento clave para tener éxito en un caso.

Cuando me devuelven el cuestionario, el paso siguiente es volver a hablar con la familia por teléfono. Entonces ya estoy en condiciones de formular preguntas más concretas para terminar de encajar el rompecabezas y determinar lo que haré a continuación. En la mayoría de los casos pido a los familiares que hablen con otras personas para obtener más información, y a veces para conseguir un asesoramiento adicional. Es importante que durante este período de preparación la familia conozca y hable con otros que tienen el mismo problema, sobre todo con quienes han tenido éxito en rescatar a alguien. También es beneficioso para la familia hablar con ex miembros del grupo, porque así entenderán menor lo que pasa en la mente del ser querido.

A continuación, organizo una reunión con cuantos familiares y amigos sea posible, por lo general en casa de la familia. Allí trato de observar cómo se relacionan entre sí las personas presentes. En estas reuniones dedico mucho tiempo a explicar qué son las sectas y el control mental, y preparo a la gente pata los papeles que deberán interpretar. Es vital que las personas comprendan con toda exactitud cuál es el problema y qué pueden hacer para ayudar.

Describo las estrategias de comunicación: los modos de conectar con el adepto y conseguir que se abra. También podemos analizar diversos planes para una intervención. A menudo grabo la reunión para que aquellos que no han asistido puedan también sacar provecho de ella.

Hay algo en lo que pongo un énfasis especial: en que todos deben presionar a la vez y considerar el rescate como una tarea de equipo. Esto elimina el peso de la responsabilidad de los hombros de alguien en concreto, y garantiza que el adepto recibirá la influencia de todas las personas disponibles. Les urjo a que se pongan en contacto con otros familiares y amigos y que los convenzan para que ayuden; que estudien libros, artículos y vídeos, y que lleven un archivo.

Si ha contactado conmigo cuando sólo han transcurrido unos meses desde el reclutamiento, la probabilidad de conseguir que abandone la secta en el plazo de un año es muy buena. Por lo contrario, si cuando me llaman el individuo lleva por ejemplo diez años con el grupo, quizás haga falta algo más de tiempo antes de poder siquiera intentar una intervención con éxito (depende también de cómo sean las relaciones familiares). Pero los miembros más veteranos, desde luego, no son irrecuperables. Sólo requiere mucha más paciencia y un esfuerzo continuado. De hecho, he descubierto que en muchos aspectos es más fácil ayudar a alguien que lleva años en una secta. Estas personas conocen la dura realidad e la vida en un grupo –las mentiras, la manipulación, las promesas incumplidas por los líderes de la secta -, mientras que el converso reciente todavía puede estar flotando en las nubes de su fase de luna de miel.

En este caso en particular, George llevaba en el grupo dos años y medio. Vivía en un apartamento con otros "creyentes". Aún mantenía contacto con sus padres y, algo menos, con su hermana Naomi. Sus padres no eran demasiados religiosos y criticaban la rigidez de la creencia de George en la interpretación de la Biblia que hacía el grupo. George había llegado a considerar la actitud de sus padres como "no cristiana". Al igual que en muchas otras familias, la adhesión a la secta había provocado algunos enfados y profundos resentimientos por ambas partes. La familia había llegado a un punto muerto.

Cuando los padres de George decidieron intervenir, hacía ya tiempo que se daban cuenta de que su posición antagónica no les llevaba a ninguna parte. El padre de George decidió entonces cambiar la táctica. Le pregunto a su hijo si podía acompañarlo a una de sus sesiones de estudio de la Biblia, e incluso asistió a un par de servicios dominicales. Desde luego, George y sus compañeros "discípulos" interpretaron la presencia del padre como una señal de que "Dios había entrado" en su vida. Desde un punto de vista estratégico, ese fue un paso importante para recomponer las relaciones de George con su familia.

El señor O´Brien explicó a su hijo que deseaba aprender más cosas acerca de su iglesia porque le amaba. Lo cual era cierto. Con toda honestidad pudo no haberle dicho que no deseaba afiliarse, porque no lo deseaba. Lo que pretendía era hacerse con más información y reconstruir la relación con su hijo. De hecho, no sólo el padre de George sino cada uno de los miembros de la familia intentaban averiguar todo lo posible acerca del grupo. George jamás dudó del amor que sus padres le tenían, ni tampoco, en lo más hondo, de su amor por ellos. Lo que ocurría, simplemente, era que le habían enseñado que la gente o bien estaba de parte de Dios (en la iglesia) o del lado de Satanás.

Después de numerosas reuniones y llamadas telefónicas, la familia y yo comenzamos a trazar planes. George no tenía ni idea de que su familia estaba en contacto conmigo o con Buddy Martin. La cuestión de si había que recurrir al engaño era, como siempre, importante y peliaguda. Los O´Brien tuvieron que decidir entre varias opciones. ¿Debían sin más decir a George todo lo que sabían sobre el grupo y pedirle que hablara con nosotros?. Eticamente, eso era lo que deseaba hacer. Sin embargo, se las tenían que ver con una secta de control mental. Si le decían que querían que se entrevistara con personas que eran críticas con el grupo, ¿se trastornaría y rompería el contacto?

Alenté a la familia para que hablara con varios ex miembros y les preguntaran cómo respondería un adepto a una aproximación franca y directa. Sin excepción, todos ellos coincidieron en que, si lo hacían, George consultaría de inmediato a su compañero discipulado en busca de consejo. A partir de ese momento, el grupo estaría sobre aviso y emplearía todos sus recursos para convencerle de que evitara cualquier contacto con una familia obviamente controlada por Satanás.

Yo siempre he preferido que alguien le pregunte al adepto si estaría dispuesto a investigar en "la otra cara de la historia", y observar la reacción que esto provoca. Una propuesta así debe ser realizada por un hermano o un amigo, mejor que por los padres. Si se hace de esta manera, resulta mucho menos amenazador.

Si el adepto acepta la oportunidad de conocer a antiguos miembros, el lugar y la fecha del encuentro han de convenirse de inmediato. Además, la persona que ha propuesto la entrevista debe mencionar el hecho de que si los otros miembros del grupo se llegan a enterar, intentarán convencerle de que no acuda a la cita. "¿Cumplirá su promesa pese a la presión del grupo?", es una pregunta que debe formularse. Así se establece un contrato verbal.

Este tipo de intervención "a la descubierta" o abierta funciona mejor con quienes no están acabados de doctrinar, tiene dudas o se plantean interrogante sobre las sectas

Yo quería saber si George había expresado alguna insatisfacción o desilusión respecto al grupo. No respondieron los O´Brien, absolutamente ninguna. Por lo visto, estaba totalmente comprometido. Sólo confiaba en las personas del grupo. Estaba programado para pensar que todos los demás estaban "muertos", lo que equivalía a "no espirituales". Advertí a los padres de George que la decisión era cosa suya, pero que había muy pocas posibilidades de llegar hasta él si intentaban la aproximación abierta.

Decidimos que la mejor línea de acción consistía en alejar a George del grupo invitándole a la fiesta del 86 cumpleaños de us abuela en Cape Cod. Después de la fiesta, el domingo por la noche, los padres buscarían cualquier excusa para quedarse a dormir, y comentarían a George que ellos podían llevarle de vuelta a Boston al día siguiente. Por la mañana, la familia le diría que lamentaban mucho no haberle informado antes, pero que tenían previsto pasar los próximos tres días con un ministro de la Iglesia de Cristo, un asesor y un ex miembro.

Instruí a fondo a la familia sobre lo que tenían que decir y como decirlo. Quería que se aseguraran de que no telefoneara al grupo, y que hicieran todo lo posible para que no saliera corriendo. Debían convencerle de que no pretendían apartarlo de Dios, ni tampoco causarle el menor daño. Que lo único que deseaban era facilitarle el acceso a algunas informaciones sobre el grupo que de otra manera no podría conocer jamás. Tenían que pedirle que rezara, y decirle que estaban seguros de que su fe en el poder de Dios era más fuerte que su temor a Satanás.

Indiqué a los padres que preguntaran a George si estaba de acuerdo con un período de investigación de tres días en los cuales sería libre de ir y venir, tomarse todos los descansos que quisiera y decidir en que áreas deseaba profundizar.

El lunes por la mañana me encontré en una cafetería de Cape Cod con Buddy Martin y Ellen Queeney, una ex miembro a quien yo había asesorado, el verano anterior, para que abandonara la rama de París de la secta. Nos sentamos alrededor de una mesa y esperamos durante 4 horas. Mientras tanto, la familia intentaba persuadir a George de que aceptara sus condiciones. Me llamaron por teléfono media docena de veces para pedirme ayuda y consejo. La familia probó todo lo que les dije que hicieran, pero George se mantenía en sus trece. Sólo aceptaba reunirse con nosotros durante unas pocas horas. Decidimos seguir adelante y hacer todo lo que estuviera en nuestras manos. Antes de que saliéramos de la cafetería, un grupo de lugareños nos comentó que acabábamos de establecer un récord en lo relativo a permanecer sentados en el mismo sitio. Yo me eché a reír y dije para mis adentros: "¡Si supieran lo que está pasando!".


George estaba acalorado, furioso y hostil cuando llegamos a la casa y nos encontramos. Era la primera vez que le veíamos en persona. Nos presentamos, y se mostró muy sorprendido al conocer a Buddy. Se trataba nada menos que de un portador de la Biblia, un ministro fundamentalista de la Iglesia de Cristo. George solicitó hablar a solas con dada uno de nosotros: primero conmigo, después Ellen, y por último con Buddy, Como era de esperar, estaba asustado y confuso. Hicimos todo lo posible para que se sintiera cómodo y darle la máxima sensación de control: para aprender, para crecer, y para demostrar a su familia que no estaba bajo control mental y que sabía lo que hacía. Esto fue lo que intenté decirle cuando quiso hablar conmigo en privado.

George demostró estar tan adoctrinado como cualquiera de los seguidores de una secta que yo había tratado. Se mostraba extremadamente reacio a aceptar la idea de que podría beneficiarse de todo aquello que llegáramos a discutir.

La participación de Buddy Martin fue decisiva. En su conversación a solas con George, comenzó a citarle versículos concretos de la Biblia y le preguntó cuál era su interpretación del significado de los mismos. Luego le demostró que, a pesar de que el grupo se proclamaba seguidor de la Biblia, en realidad sacaban las citas de contexto, ignorando deliberadamente otros versículos que alteraban su significado. Dado que el grupo había programado a George para que creyera en una interpretación literal de la Biblia, no podía negarse a examinarla. Este fue el resquicio por el cual comenzó a admitir la posibilidad de que el grupo no fuera absolutamente perfecto.

Una vez establecida esta primera base, Geroge se mostró dispuesto a escucharme cuando le hablé de los antecedentes del líder del grupo, Kip Mckean, y de su reclutamiento y adoctrinamiento realizada por Chuck Lucas, de Crossroad (Encrucijada), una secta de Gainesville, Florida5, allá por el año 1970. Tal vez fuera entonces cuando Mckean aprendió a utilizar los métodos de control mental que ahora ponía en práctica. George jamás había oído hablar de Encrucijada. Le mostramos una carta de McKean, escrita en marzo de 1986, dirigida a los líderes de la Encrucijada y publicada en su boletín, en la que afirmada que les "debía el alma".6 George se quedó anonadado. Le enseñamos otra carta, ésta de los jefes de la Memorial Church of Christ (Iglesia Conmemorativa de Cristo) en Houston, Texas, escrita en 1977 en la que anunciaba la decisión de expulsar a Mckean de su ministerio debido a sus enseñanzas antibíblicas7.

Con este punto de partida pudimos empezar a discutir las características generales de las sectas destructivas y el control mental. Sin este marco de referencia hubiera sido imposible mostrarle a George lo que había ocurrido a él. En este punto de la discusión siempre hablo de otros grupos. Por experiencia personal, sé que la mayor parte de los adeptos de hoy en día tienen una visión negativa de los Moonies (con la única excepción, claro está, de los propios Moonies), así que por lo general comienzo con mi propia historia.

Esta forma de empezar ayuda a minimizar la resistencia defensiva y la técnica de interrupción del pensamiento. Detallo los componentes específicos de comportamiento del control mental, y me aseguro de dejar bien claros los puntos señalados por Lifton en su estudio sobre la modificación del pensamiento aplicada por los comunistas chinos. A continuación describo lo que sucede en el seno de otro grupo similar al que nos ocupa. De esta manera, los paralelismos entre los grupos se ponen de manifiesto con toda claridad, y resulta mucho más efectivo porque es el propio individuo quien establece las conexiones.

La información que le dábamos era demasiado intensa para George. Tenía que regular el flujo de lo que escuchaba. Cada dos horas, más o menos, se ponía de pie y anunciaba que necesitaba salir para dar un paseo y rezar. Esto sucedió varias veces cada día a lo largo de los tres días. Por la noche, yo iba a una pensión cercana donde podía descansar y planificar la estrategia. En cada ocasión que George salía de la casa, no podíamos estar muy seguros de si volvería o no. Le hubiera resultado muy fácil levantar el pulgar mientras caminaba por la carretera y hacer autostop hasta Boston, o telefonear a la secta para que vinieran a buscarlo. Pero intentar detenerle habría significado la pérdida de su confianza en nosotros. Nos habíamos metido en esto para hacer todo el trayecto. Si se marchaba en ese momento, la familia no tendría más opción que seguir suministrándole información cada vez que le vieran o hablaran con él. Debíamos confiar en que él quería hacer lo que considerase correcto. Además, la familia sabía que yo no estaba dispuesto a participar si intentaban cualquier tipo de intervención forzada.

Cuando George se quejaba de la estratagema que sus padres habían empleado para llevarle hasta la casa de su abuela, éstos se deshacían en disculpas. Le pedían que se pusiera en su lugar y que sugiriera cualquier otro acción que podrían haber realizado y que fuera igual de efectiva. Pero George no fue capaz de dar con ninguna. Se daba cuenta de que si le hubieran puesto sobre aviso, él se habría dirigido en el acto a sus superiores y éstos se hubiesen encargado de disuadirle.

Sus padres le recordaron que él ya había rechazado una invitación anterior para reunirse con ex miembros y leer unas cuantas informaciones críticas. Se quedó boquiabierto: ni siquiera guardaba en la memoria de la invitación. También le recordaron que un mes antes se había reunido con su prima Sally, quien a petición de los padres se había encargado de transmitirle el ofrecimiento. George la había rechazado de plano. Sus padres le explicaron que en su opinión ya no les quedaba más salida que ésta.

Durante aquellos tres días, pude realizar con la familia una excelente tarea de asesoramiento sobre las formas de comunicarse con mayor efectividad, y trabajar en algunos de sus propios problemas y preocupaciones, que poca relación guardaban con la participación en una secta. Así, George podía ver que toda la familia estaba aprendiendo y creciendo junta, y que si se unía a ellos sería un paso de gigante en el desarrollo de una relación mucho más estrecha con cada uno de los familiares

Incluso después de pasados los tres días, George se resistía a aceptar que nunca más volvería al grupo. Declaró que necesitaba más tiempo para estudiar y reflexionar sobre todo lo que había aprendido, Decidió no volver a su apartamento y quedarse en casa de sus padres. Allí podría leer libros y artículos, ver vídeos sobre actividades de las sectas, y continuar las charlas y reuniones con otros antiguos miembros.

Al cabo de un mes, George comunicó a su familia que ya no volvería jamas a la Iglesia de Cristo de Boston. Por ese entonces, asistía a los oficios religiosos y a los estudios de la Biblia en la Iglesia de Cristo de Burlington, una de las 18000 iglesias de Cristo, donde conoció a otros 75 refugiados del grupo de Boston. Hoy en día afirma sentirse muchísimo más feliz que cuando estaba en la secta, y tiene una mejor comprensión de la Biblia. Desde que abandonó el grupo, ha dedicado buena parte de su tiempo a ayudar a otras personas a comprender los aspectos destructivos de esta secta.

A pesar de que los padres de George hubieran preferido que les acompañara a la Iglesia Unitaria a la cual pertenecen, respetan su derecho a escoger su propio camino. Su padre asiste con él a sesiones de un grupo de estudio de la Biblia, cada martes por la noche, con el propósito de aprender y estar más cerca de su hijo. Hay que destacar que los O´Brien decidieron intervenir en la vida de George sólo hasta el momento en que él fuera capaz de reconocer y comprender las prácticas de control mental utilizadas por las sectas destructivas. Yo jamás acepto que clientes que apuntan como motivo para una intervención su propio interés. Deben comprometerse a ayudar al individuo a pensar por si mismo.

Las creencias que refuerzan mi método

Dado que las sectas atraen a la gente a lo que podríamos llamar una trampa psicológica, mi trabajo como asesor en abandonos es mostrar al adepto 4 cosas.

En primer lugar, le demuestro que él está en una trampa: una situación en la que se encuentra psicológicamente incapacitado y de la que no puede salir. En segundo lugar, le hago ver que cuando realizó la elección no deseaba meterse en una trampa. En tercer lugar, le señalo que las personas que están en otras sectas también se encuentran en una trampa. Por último, le digo que es posible salir de la trampa. Si bien estos cuatro puntos le pueden parecer muy obvios a cualquier persona que no pertenezca a una secta, no son tan evidentes para quien está bajo control mental. Se necesita alguien que comprenda lo que de verdad significa estar apresado en la trampa de una secta destructiva para transmitir este mensaje con la fuerza y determinación necesarias. Esta última razón es la que convierte a los antiguos adeptos, y en especial a los antiguos líderes de sectas, en los mejores asesores en abandonos.

Mi método descansa en varias creencias esenciales sobre la gente. Una es que las personas necesitan y desean desarrollarse. La vida está en perpetuo cambio, y es inherente a la persona moverse en una dirección que apoye y estimule el crecimiento.

Es importante que la gente se centre en el aquí y ahora. Lo hecho en el pasado ya ha quedado atrás. El enfoque no debe centrarse en lo que "hicieron mal" o en lo que "no hicieron", sino en lo que pueden hacer en la actualidad. El pasado es útil sólo en la medida que facilita unas informaciones que pueden resultar valiosas en le presente.

También he observado y creo que la gente siempre elegirá lo que piensan que es mejor para ellos en un momento dado. Según mi experiencia, las personas siempre harán aquello que creen que es lo mejor para ellos en base a su información y vivencias. La razón por la que el adepto permite que le adoctrinen es sólo que él cree que el grupo es maravilloso y que se trata de algo enriquecedor.

También creo que cada persona es única y que cada situación es diferente. Toda persona tiene una forma particular de comprenden e interactuar con la realidad. Por lo tanto, mi aproximación está por completo centrada en el cliente. Me ajusto a mí mismo para encajar con las necesidades del cliente. No espero que él se adapte a las mías. En mi aproximación, el trabajo del asesor es comprender a la persona hasta el tuétano: cuáles son sus valores, qué necesita, qué quiere y como piensa. Debo esforzarme por encontrar un camino que me lleve al interior de su cabeza, en cierto sentido "ser él", con el fin de comprenderle y ayudarle a hacer lo que él desea hacer. Mi aproximación se basa en el convencimiento de que, en lo más profundo de él, hasta el miembro más comprometido de un grupo de control mental sea abandonarlo.

Por último, mi aproximación está centrada en la familia. Ciando alguien es reclutado por una secta destructiva, todos y cada uno de quienes él conoce y ama resultan afectados. Los miembros de la familia y los amigos son vitales en la mayoría de los casos resueltos con éxito, puesto que se les puede entrenar para obtener un máximo de eficacia cada vez que se comunican con el miembro de la secta. De esta manera, su influencia emocional y personal puede ser utilizada para conseguir su cooperación,

Desde luego, esta forma de trabajar exige un gran esfuerzo por parte de la familia. Tienen que estar dispuestos a aprender nuevas formas de comunicarse, y a enfrentarse con algunas cuestiones molestas que pueden estar latentes. Si hay algún problema familiar importante, es mejor expresarlo y, si es posible, resolverlo antes de intentar una intervención.

Cuando se mantiene el foco sobre la familia, todos cambian. El miembro de la secta toma conciencia de que hay cosas positivas que ocurren fuera del grupo, los familiares aprenden a establecer un clima de respeto y confianza, y a cómo sembrar en la mente del adepto.

El amor de una familia es una fuerza mucho más poderosa que el amor condicionado que brindan los miembros y líderes de una secta. El amor familiar apoya el derecho del individuo a convertirse en un adulto autónomo y a tomar sus propias decisiones en la vida. El amor de la secta pretende mantener siempre a la persona en un estadio de adolescente dependiente, de ahí las amenazas de retirarle el amor si el individuo adopta decisiones sobre su propia vida en oposición a las órdenes del líder. Cuando los familiares aprenden cómo interactuar de manera eficaz, son de vital importancia para ayudar al sujeto a alejarse del grupo. Durante la intervención, este factor se convierte a menudo en determinante.

Cuan asesoro a un adepto, jamás intento separar el grupo de él o separarlo a él del grupo. Si lo hiciera, él sólo se sentiría amenazado, y tendría motivos para ello. En cambio, siempre busco la forma que madure ofreciéndole diversas perspectivas y posibilidades. Ayudo a las personas a que consideren opciones de las que ni siquiera conocían su existencia, después les animo a hacer lo que piensan que es mejor para ellas. Hago todo lo que está a mi alcance para que lleguen a sentir que tienen el control.

Como ya he dicho antes, el control mental de la secta jamás consigue borrar del todo la personalidad anterior ("Juan Juan"). Lo que hace es imponer una identidad de secta dominante ("Juan Secta") que suprime continuamente el yo real. Como miembro de la Iglesia de la Unificación, pensaba que había tenido éxito en "morir para mí mismo". Yo, Steve-Moonie, pensaba que el antiguo Steve Hassan había muerto. Sin embargo, el "yo" dormido se despertó durante mi desprogramación. Siempre estuvo allí. Fui capaz de recordar todas las contradicciones, los conflictos y las promesas rotas de Moon que viví –pero sin actuar- cuando era un converso, y estos recuerdos fueron lo que me hizo capaz de abandonar la secta. Algo dentro de mí lo había sabido desde siempre.

Tener éxito al intentar conectar con la personalidad soterrada de un individuo es lo que me permite ayudarle a abandonar un grupo. Si la personalidad soterrada está feliz y contenta con su participación en la secta, es muy poco lo que yo puedo hacer.

Una persona así jamas ha estado bajo control mental. Ha elegido estar allí. Pero en contadas ocasiones me encuentro con un caso semejante. Las familias me llaman porque ven que algo terrible está sucediendo. Y yo he descubierto que cuando a alguien que está sometido a la esclavitud se le da la oportunidad de escoger, no elige ser esclavo; no cuando tiene la posibilidad de adoptar decisiones sobre su propia vida, tener relaciones libres con otras personas, y dedicarse a la consecución de sus propios intereses y sueños.

Junto con estas creencias tan firmes, mi método tiene algunas características muy definidas. En primer lugar, me centro en el proceso de cambio. Lo cual significa que es más importante el cómo la gente llega al cambio que saber por qué o qué cambian. Dado que yo creo que las personas están interesadas en desarrollarse y aprender, mi aproximación también es educacional. Imparto un montón de enseñanzas: sobre psicología, comunicación, aspectos de control mental y de otras sectas destructivas, así como numerosos detalles de la historia particular de un grupo, sus líderes y las contradicciones de su doctrina.

Los casos difíciles: La intervención encubierta

Cuando el miembro de una secta se niega a hablar con personas que pueden "presentarle la otra cara de la historia", o se marcha en medio de una intervención y vuelve al seno del grupo, no está perdido. Al menos se ha establecido una comunicación sobre temas de importancia. El adepto puede sentir remordimientos por haber tratado mal a sus seres queridos y estar dispuesto a hablar en un futuro encuentro.

El momento de la intervención quizá fuera poco propicio. Tal vez se realizó justo después de que la persona saliera de un curso intensivo de readoctrinamiento, de que se acabara de casar dentro del grupo, o de que le hubieran ascendido. Elegir bien el momento puede marcar la diferencia entre el éxito o el fracaso. Como es lógico, la mejor ocasión es cuando el miembro está en un período "bajo", y existen ciclos de altibajos emocionales en la vida del miembro de una secta como en la vida de todas las demás personas.

Tras el fracaso de una intervención, a la familia le puede llevar varias semanas, cuando no meses, restablecer las relaciones con el adepto. En ese punto, sólo tienen dos opciones. Pueden dar marcha atrás, y decirle al miembro que han hecho todo lo que estaba a su alcance y que cuando él desee recibir información o entrevistarse con ex miembros, se sentirán felices de poder ayudarle. La otra opción es intentar una intervención encubierta.

Es muy difícil tener éxito con una intervención encubierta. Se trata de un intento de asesorar al adepto sin que él tenga conocimiento de la participación de su familia para ayudarle a realizar una nueva valoración de su compromiso con la secta. A mí me resulta bastante arduo encontrar una excusa para reunirme con una persona y conseguir el tiempo suficiente para sacar algo de provecho.

Alguien que observase los preparativos de una intervención encubierta podría creer que está viendo otra vez Misión: Imposible. Se reúne un equipo. Se escruta e perfil psicológico del objetivo para dar con sus puntos débiles, intereses y patrones de comportamiento. Se urde una trama a fin de ponerse en contacto con él y retenerle el tiempo suficiente para encarrilar la misión.

Una intervención encubierta puede llegar a ser necesaria si las relaciones del adepto con sus familiares y amigos están muy deterioradas. Tal caso se da sobre todo en personas que llevan largo tiempo adheridas a una secta, cuyas familias hace ya mucho que han sobrepasado todos los límites de frustración y dolor, y han dicho o hecho cosas que han roto la relación. La intervención encubierta implica la utilización del engaño, algo de lo que acuso a las sectas, lo que me hace sentir incómodo. Sin embargo, no intento convertir a nadie en seguidor mío; una vez que mi trabajo de presentar la información, exponer las alternativas y ofrecer mi asesoramiento está acabado, queda en manos del individuo adoptar la decisión que crea conveniente.

Margaret Rogers y los Niños de Dios8

Margaret Rogers era miembro de los Children of God (Niños de Dios)9, una secta liderada por Moses David Berg (que en la actualidad se llama Familia del amor), desde hacía unos diez años. Durante todo este tiempo sus dos hermanas y su hermano, sólo habían recibido de ella media docena de cartas. Margaret, que utilizaba el nombre con que la había rebautizado el grupo, viajaba por todo el mundo con esta insólita secta. Su familia, habitualmente, nunca sabía cómo ponerse en contacto con ella, excepto en una ocasión en que pudieron ir a visitarla a Filipinas. Cuando eso sucedía, ella estaba casa con un miembro del grupo y tenía tres hijos.

En el transcurso de la visita, su familia le rogó que se alejara durante un tiempo de la secta y que hablara con algunos antiguos miembros. Ella se mostró dispuesta a hacerlo, y de hecho necesitaba con urgencia una buena alimentación y descanso además de una exhaustiva revisión médica. Aunque no lo mencionaron, ellos sabían que el grupo la había puesto a hacer "la pesca del flirt", un término que los Niños de Dios utilizan para referirse a la prostitución.10. Esta es la principal fuente de ingresos de la secta y de reclutamiento de seguidores varones. La familia Rogers era consciente de que no tenían el valor suficiente para discutir el tema.

En aquel momento, todos fueron testigos de los instantes en que Margaret volvió a ser "ella misma" –su rostro y su comportamiento se relajaban y se convertía en la persona que conocían de antes -, sobre todo cuando sus hermanas y hermano hablaban de los recuerdos de la infancia, o de la gente y los antiguos sucesos acaecidos en su ciudad natal. También se hizo evidente que su marido era un adepto convencido que ni siquiera dejo entrever su identidad anterior, Además, siempre era él quien tomaba las decisiones por ella. La familia de Margaret volvió a Estados Unidos contenta por haber estado con ella y con sus nietos… y firmemente decidida a internar rescatarla.

Sus padres asistieron a uno de mis cursillos sobre comunicación para familiares de adeptos, y me pidieron ayuda,. Me dijeron que les hubiera gustado contar con los consejos del curso antes de su viaje a Filipinas, e incluso haberme llevado con ellos. Les respondí que debían continuar aprendiendo todo lo que pudieran sobre le grupo: su expresiones características, su estilo de vida y sus creencias. Con este propósito les puse en contacto con varios ex miembros. También les aconsejé que no dejaran de practicar las técnicas de comunicación que les había enseñado. Transcurrido un año, Margaret les llamó desde México y les pidió que fuesen a visitarla de nuevo.

Nos reunimos y discutimos las posibilidades. ¿Cómo podríamos conseguir que yo la conociera, mantener alejado al marido tanto como fuera posible, y al mismo tiempo no despertar sus sospechas?. Llegamos a la conclusión de que los padres no debían emprender el viaje, pues representaban una clara amenaza al compromiso de Margaret con la secta por las amargas críticas que habían formulado desde el primer momento. Sus dos hermanas y el hermano irían a pasar una semana. Yo les acompañaría, en el papel de novio de su hermana Lisa.

Invitamos una historia según la cual el señor Rogers no podía realizar el viaje por órdenes del médico: nada menos que una enfermedad cardíaca. En cuanto a la señora Rogers, no podía abandonar su trabajo y se sentía obligada a quedarse para ayudar a su marido en caso necesario. Bob, el hermano de Margaret, llamó a la filiar de su empresa en Ciudad de México, y consiguió que citaran a su cuñado para una entrevista de concesión de empleo, puyes sabíamos que buscaba la manera de obtener unos ingresos regulares y lícitos. La colonia formada por los miembros de la secta se había dispersado por todo el país, y las familias de adeptos tenía órdenes de trabajar por su cuenta.

A continuación, Bob convenció al marido de su hermana para que aceptara la oferta de una entrevista de empleo. Bob le acompañaría a Ciudad de México durante unos días para darnos tiempo de estar a solas con Margaret.

El plan consistía en determinar el estado mental de Margaret y tratar de persuadirla para que volviera a Estados Unidos con sus hijos. Confiábamos en que tras la visita anterior sintiera nostalgia del hogar, y creíamos que si en realidad no amaba a sus marido, como sospechábamos, las posibilidades de tener éxito eran bastante grandes.

Todo comenzó a funcionar sobre ruedas. Cuando llegamos, Margaret y su marido no mostraron síntomas de inquietud. Pasamos el primer día juntos, y nuestro grupo pintó un cuadro de color de rosa sobre nosotros mismos. En ningún momento dimos muestras de estar preocupados por su forma de vida. Fuimos a comer a un buen restaurante, recorrimos las tiendas y compramos ropa nueva para toda la familia, y nos divertimos. También nos dimos cuenta de un detalle que nos pareció interesante: no Margaret ni su marido intentaban convencernos de las excelencias de su secta.

Al día siguiente Bob se marchó con el marido, y nosotros invitamos a Margaret a nuestro hotel, donde alquilamos una habitación para ella y los niños. Nos ofrecimos para llevar a los niños de paseo y le recomendamos que entre tanto aprovechara la ocasión para meterse en la cama y descansar un rato.

Cuando volvimos, cinco horas después, Margaret aún dormía. Resultaba obvio que estaba exhausta. Cuando por fin se levantó, su rostro tenía mucho más color. Llamamos al servicio de habitaciones e hicimos un pedido. Era evidente que no estaba acostumbrada a comer tan bien ni a que le sirvieran en un hotel tan bueno. ¡Y lo disfrutaba de lo lindo!

Después de la comida empezamos a charlar. En primer lugar rememoramos los gratos recuerdos de la infancia. Luego sus hermanas le hablaron de lo mucho que la echaban de menos, y de su sensación de que les habían robado a una hermana a la que tanto querían. Aparecieron algunas las lágrimas y los largos y entrañables abrazos. Después la conversación derivó hacia los niños y su futuro. ¿Era ésta la forma en que había soñado criar a su familia? ¿Encarnaba Tom su visión del marido ideal?

La ocasión parecía madura.

- Escucha, Margaret – dijo una de las hermanas -. ¿No te gustaría volver con nosotras a Connecticut?

- ¡Oh Dios mío, me encantaría! – gritó Margaret, entusiasmada. Pero de inmediato se hundió en sus sillón y añadió -: Pero no puedo hacerlo.

- ¡Por qué no? – preguntó Lisa.

- Por que no puedo.

- ¿Es porque crees que a Dios no le gustaría que lo hicieras?

- Intervine yo.

- Sí – respondió ella -. Además, Tom nunca lo aceptaría a menos que Elías se lo dijera. – Elías era el líder más cercano.

Por primera vez, Margaret mencionaba este aspecto de la secta a sus hermanas.

- A ti, ¿qué te gustaría hacer? – volví a preguntar.

- No lo sé. No creo que pueda – dijo con tono de disgusto.

- ¿Qué pasaría si Dios viniera y te dijera que regreses a Connecticut? – quise saber.

- El jamás lo haría – replicó.

- ¿Pero y si lo hiciera? – insistí -. ¿Qué harías si te dijera con voz fuerte y clara que su voluntad es que cojas a los niños y que vayáis a Connecticut durante unos meses? ¿Le obedecerías? – Mi voz aumentaba paulatinamente de volumen -. ¿Con quién te has comprometido, con Dios o con el grupo?

Pensó en ello durante unos instantes y después respondió:

- Si Dios me dice que vaya a Connecticut, entonces iré.

- ¿Incluso si tu marido o cualquier otro miembro del grupo dijera que no podías ir? – inquirí. Estaba apretando mucho, pero quería saber hasta dónde podía llegar.

- Si Dios me dijera que fuese, iría, aunque los demás quisieran que me quedase- declaró.

Muy bien, pense. Ahora demos el siguiente paso. Proseguí con mi razonamiento.

- ¿Cómo puedes saber si Dios quiere que vayas, si no rezas y le preguntas cuál es su voluntad? ¿Le has planteado alguna vez una cuestión como ésta?.

- No pero lo haré esta noche. Aunque no creo que su voluntad sea que yo me marche a Connecticut.

- Vaya, así que tú le dirás a Dios lo que debe contestar – repliqué -. ¿Por qué no buscas en el fondo de tu alma y rezas sin ninguna conclusión preconcebida sobre lo que Dios quiere para ti y para tus hijos en esta vida? – El tono de mi voz era muy intenso -. Reza con fervor y claridad, y pon toda tu fe en que lo que El quiere será bueno para ti.

Margaret me preguntó si de verdad yo cría con tanta fuerza en Dios, y yo le respondí que sí. Entonces quiso saber más cosas sobre mi vida espiritual. Esto me brindó la oportunidad que necesitaba para referirle mi experiencia en los Moonies: cómo o había llegado a creer que Dios hablaba a través de mis líderes y al convencimiento de que no podía dudar, plantear cuestiones críticas o ni siquiera abandonar el grupo. Le expliqué el proceso de implantación de fobias, y le hablé de cómo fui capaz al fin de imaginar un futuro para mi fuera de la secta, gracias a mi encuentro con muchos ex Moonies que seguían siendo muy espirituales y buenas personas después de abandonar el grupo.

Ella me escuchaba con suma atención. Le expliqué que había llegado a desconfiar de mi propia voz interior cuando estaba en los Moonies, y a creer que era perversa, cuando de hecho, como aprendí luego, era un vínculo directo con Dios. Le describí cómo me habían controlado a través del miedo y la culpa, y añadí que tanto en los Moonies como en los Niños de Dios existía un control absoluto sobre toda la información que recibíamos. Los líderes de ambas sectas se consideraban a sí mismos como los elegidos de Dios en la Tierra, los dos tenían una autoridad total, y los dos eran inmensamente ricos.

-¿Crees que Dios le dio al hombre el libre albedrío sólo para quitárselo después mediante el engaño y el control mental? – le pregunté -. Piénsalo ¿Crees en un Dios que quiere que sus hijos sean autómatas o, en el mejor de los casos, esclavos? ¡Si lo hubiera deseado así – Señalé -, jamás le hubiera dado a Adán y Eva la libertad de elegir! ¿No es una gran contradicción?

Margaret estaba boquiabierta y con los ojos desorbitados. Le di un abrazo y me excusé: necesitaba estar a solas e iba a dar un paseo. Ella precisaba algún tiempo para asimilar lo que le había dicho. Yo confiaba en que sus hermanas serían capaces de ayudarla a ordenar sus pensamientos y de manejar los sentimientos que habíamos despertado.

Aquella misma noche volví a hablar con ella durante unas cuantas horas, más que nada para infundirle confianza en sí misma. Le dije que tenía una mente privilegiada y que debía aprovecharla. Ella que siempre había sido una persona ética, ¿de verdad creía que el fin justifica los medios? ¿Era un proceder cristiano utilizar el sexo para reclutar adeptos? Ella amaba a su familia. ¿Permitiría que sus miedos fueran más fuertes que su amor? También apelé a sus instintos maternales y le pregunté cómo se sentía al permitir que sus hijos crecieran en medio de la pobreza, sin educación y sin cuidados médico. Sabía que ella no ignoraba que los hijos de otros miembros habían muerto porque sus padres no pudieron llevarles a un médico.

Antes de que se fuera a la cama le recordé que debía rezar, y rezar con fervor.

- Reza como jamás has rezado antes. Pídele a Señor que te muestre el camino. ¡Pregúntale qué quiere El que hagas!

Aquella noche permitimos que los niños durmieran con nosotros para que ella pudiera descansar sin interrupciones. A la mañana siguiente, Margaret nos contó unos sueños increíbles llenos de símbolos de grandes luchas y desórdenes. En uno de los sueños era de noche, ella se había perdido en un bosque y no sabía cómo salir. En otro, sufría los embates de las olas tempestuosas del océano cuando navegaba sola en un pequeño bote. En el tercer sueño se veía a sí misma paseando por un campo de flores silvestres en un soleado y cálido día de primavera.

Durante el desayuno le pregunté si era consciente de la respuesta de Dios a su pregunta. Esbozó una sonrisa, pero de inmediato ésta se transformó en un gesto de preocupación. Abandonó su lugar de la mesa y caminó hasta la ventana. Su mirada se fijó más allá de los cristales durante unos minutos, después se volvió más allá de los cristales durante unos minutos, después se volvió y dijo:

- En mi corazón creo que debería regresar a Estados Unidos, pero pienso que no puedo.

Sentí como si me hubieran quitado del pecho un peso de cien kilos, pero intenté ocultar mi entusiasmo. Sus hermanas se echaron a llorar.

-¿Qué es lo que te detiene? – Pregunté.

Lanzó un suspiro y reflexionó durante un largo rato. Luego respondió:

- Tengo miedo.

Sus hermanas y yo fuimos a su lado u los cuatro nos fundimos en un estrecho abrazo.

- No te preocupes –la tranquilicé -. Nosotros te ayudaremos en todo lo que podamos. Confía en Dios.

Nos comportamos como si ya hubiéramos resuelto el problema. Había llegado la hora de ponernos en movimiento. En menos de dos horas estábamos camino del aeropuerto. Antes había telefoneado a los padres para transmitirles las buenas noticias. Margaret le escribió una larga carta a Tom explicándole que íbamos camino de Estados Unidos, que deseaba estar a solas con los niños y con su familia durante unas cuantas semanas, y que se pondría en contacto con él y le haría saber cuándo podía ir a visitarla, si le apetecía hacerlo. Le decía también que había tomado esta decisión voluntariamente, que había sido desgraciada durante mucho tiempo, y que sentía que Dios quería que ahora hiciera esto.

No hubo ningún problema en el aeropuerto. En una situación como ésta siempre tengo miedo de que suceda algún tipo de catástrofe, pro ejemplo que todos los aviones estén llenos o que los miembros de la secta se presenten en la sala de espera. Estuvimos hablando durante el vuelo y le dije que tenía unos cuantos amigos que habían sido miembros de los Niños de Dios. Pero decidí que no iba a explicarle el papel que yo había desempeñado hasta que hubieran pasado al menos un par de semanas y hubiese tenido tiempo para estabilizarse. Hay un par de clientes que hasta el día de hoy no saben que les ofrecí mi asesoramiento a petición de sus familias.

Cuando Margaret entró en su casa por primera vez en diez años, vio montones de globos y un enorme cartel de ¡BIENVENIDA A CASA! que colgaba del techo. La casa estaba llena de familiares y amigos. Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. Había olvidado lo maravillosa que la vida había sido para ella en aquel lugar. Más tarde me confesó que en aquel momento se sentía como un prisionero de guerra al que acababan de liberar tras diez años de cautiverio. Tantas personas habían crecido y cambiado. El vecindario había variado mucho. Y no sabía absolutamente nada de los sucesos ocurridos en el país y en el mundo durante la última década. Tenía que ponerse al día en muchísimas cosas.

Al cabo de un par de días, le concerté una entrevista con algunos antiguos miembros, y tuve la suerte de encontrar a uno a quien ella había conocido en el grupo. LA mejoría de Margaret era impresionante. Día a día ganó peso, comenzó a recuperar el sentido del humor, y el color y la expresión volvieron a su rostro. Sus hijos se adaptaron rápida y alegremente a su nueva vida. Más adelante se tomaron las oportunas disposiciones para ayudar al marido con el apoyo de la familia.

Nadie puede salir de una experiencia tan larga como ésta sin sufrir problemas emocionales, y ella no era la excepción. Sin embargo, no todos los casos tienen un final feliz. Sobre todo en los primeros años de mi carrera como asesor, trabajé en varios casos en los que no fui capaz de ayudar a la persona para que abandonara la secta. Al revisar estos casos en retrospectiva, me doy cuenta de que había demasiados factores en contra como para tener éxito, pero aun así lo intenté. Algunos caos estaban relacionados con la psicopatología del individuo en el grupo, o con los propios familiares. En otros, las familias habían omitido detalles de la historia familiar, mientras que en otros hubo un sabotaje intencionado por parte de uno de los miembros de la familia.

Alan Brown y la Fundación para la Compresión Humana11

Alan, hijo de Herbert y Julia Brown, llevaba más de doce años afiliado a la Fundación para la Compresión Humana, una secta dirigida por Roy Masters. Hipnotizador profesional, Masters tiene un programa radiofónico llamado How Your Mind Keep You Well (Cómo su mente puede mantenerle en forma) que se transmite a todo el país y que pél utiliza para conseguir nuebvos adeptos. Alan fue reclutado cuando, tras escuchar una noche el programa envió dinero para comprar las grabaciones de Masters sobre "meditación". Yo he escuchado estas cintas y he llegado a la conclusión de que el propósito de Masters es inducir un poderoso estado hipnótico, no meditación, como pretende en su programa. Más tarde, cuando me dediqué a investigar a Roy Masters, me enteré de que se había metido en el negocio del "exorcismo": descubría entre su audiencia a quienes poseídos y tras el pago de una suma de dinero los liberaba. Su lugar de trabajo habitual era el salón de baile de un hotel, atiborrado de público12.

A diferencia de la mayor parte de mis clientes, los Brown tenían graves problemas psicológicos. Por desgracia, no me di cuenta de ello hasta que llegué a Michigan para hacer una intervención con su hijo antes de que se marchara interno a un cursillo de un mes de duración en el rancho de Master en Oregón.

Supe que algo andaba muy mal en cuanto atravesé el umbral de la puerta. El perro de la familia estaba virtualmente fuera de control: saltaba, ladraba, corría de arriba abajo como desesperado. Los Brown se disculparon, pero resultaba evidente que estaban para volverse locos. No paraban de sabotear la autoridad del otro sobre el perro: uno decía que se echara al suelo, y entonces el otro le animaba a que se le subiera a la falda. El perro no es que estuviese mimado: estaba arruinado.

Más tarde, cuando conocí a Alan, me encontré con un hijo único que por supuesto estaba mimado y sobreprotegido. Paso a paso, también él se estaba volviendo loco a causa de los contradictorios mensajes que constantemente recibía de sus padres, mensajes que éstos ni se daban cuenta que enviaban. En cierto momento, su madre le alababa porque había cortado el césped, y al siguiente, su padre le criticaba por haber dejado pasar dos semanas antes de hacerlo. El padre le decía que debía buscarse un empleo, pero entonces la madre comentaba que sería mejor que esperara unas cuantas semanas más.

Me resultaba evidente que Alan intentaba a toda costa alejarse de la influencia de sus padres. Deseaba ser independiente, pero no sabía ni por dónde comenzar. Quería demostrar a sus padres que era una persona capaz, pero su autoestima estaba tan deteriorada que siempre parecía estar al borde de una depresión. Alan tenía dificultades sociales, y cuando le conocí no contaba con ningún amigo fuera del grupo.

En este caso, Alan-Alan no era feliz ni tenía éxito. Era, de verdad muy desgraciado. Desde la perspectiva del asesor en abandonos, había muy pocas coas en su pasado que pudieran utilizarse como punto de conexión.

A pesar de las inquietantes características de su secta,13 mientras los padres continuaban con su anormal estilo de relacionarse y comunicarse con él, parecía que permanecer en el grupo en aquel momento era la mejor elección que podía hacer. Al menos el grupo le ofrecía una oportunidad para relacionarse socialmente con otras personas, además de la esperanza de poder mejorar si seguía las instrucciones de su salvador, Masters.

Estaba claro que comprender el funcionamiento del control mental y de las sectas destructivas no era suficiente para Alan. Lo que él necesitaba era un entorno seguro y protector, y una buena dosis de asesoramiento personal y familiar. Por desgracia, aunque sus padres le querían, no estaban dispuestos a buscar el tipo de ayuda que ellos precisaba. Querían que yo "sacara a Alan de la secta", y nada más. Por colmo de males, los Brown tampoco se mostraban conformes de desembolsar el dinero necesario para pagar un buen programa de rehabilitación para Alan. Necesitaba de forma imperiosa encontrarse en un lugar saludable, no en su casa ni en la secta.

A pesar de todos mis esfuerzos, la intervención estaba condena al fracaso desde el principio. Los padres no comprendían lo que representaban las sectas y el control mental, ni tampoco estaban dispuestos a examinar su propio comportamiento y dar los pasos necesarios para cambiar. En aquel entonces, Alan recibía tanto de la secta (esperanza, atención, relaciones con otras personas) como para ni siquiera pensar en abandonarla. Sin embargo, son contadas las ocasiones en que gente como él "lo consigue" dentro del grupo. Las más de las veces son empujados hasta el límite, se queman, y o bien se van o los echan. Tal vez cuando llegue ese día Alan recordará algunas de las cosas que le dije.

Cuando abandoné el caso, en 1980, había aprendido varias lecciones importantes. Primero, había aprendido que reunirse con, evaluar y preparar a la familia es vital. Si la familia no estaba dispuesta a invertir el tiempo, la energía y el dinero necesarios para una intervención con éxito, no debía aceptar el caso.

Segundo, si la familia no estaba dispuesta a afrontar sus propios problemas y hacer un esfuerzo para cambiar y madurar, perjudicaría los progresos del adepto.

A lo largo de los años, es cierto que he tenido mi parte de casos fracasados. Sin embargo, hace poco he llegado a comprender las variables críticas para tener éxito, y tan solo intento la intervención cuando estoy seguro de que será un paso positivo para el individuo y para su familia. Además, tres días completos de asesoramiento parecen suficientes para asegurar el éxito. En los últimos tres años, más o menos, las únicas personas con las que no he conseguido que abandonasen el grupo son aquellas que no le dieron a su familia el plazo de los tres días.

Estos son sólo tres ejemplos de los cientos y cientos de casos en los que he trabajado desde que salí de los Moonies. A partir de mi propia experiencia he aprendido que la gente llegará hasta extremis increíbles para defender una causa que creen grande y justa. También he aprendido que nadie quiere sacrificar su tiempo, sus energías y sus sueños por una causa falsa y nociva. Una vez que la fobia contra el abandono es superada, que consigo establecer contacto con la personalidad auténtica del individuo, y le descubro qué han hecho con él, éste casi siempre escoge ser libre, porque las personas siempre elegirán lo que creen mejor para ellas.

Por último, es importante que los antiguos adeptos y sus familias no consideren todo lo ocurrido en la secta como negativo. Yo siempre aconsejo a los miembros que recuerden lo bueno y se lo lleven con ellos cuando decidan abandonar el grupo. No obstante, está claro que pertenecer a una secta destructiva siempre te marca para siempre. Llegas a comprender muchas cosas que habías dado por sentadas: la familia, los amigos, la educación, la capacidad de tomar decisiones, la individualidad, todo el sistema de valores. Abandonar una secta brinda la ocasión única de sentarse "desnudo" con uno mismo y analizar todo lo que has conocido o creído alguna vez. Este proceso puede ser liberador, como también bastante terrorífico. Es una oportunidad para comenzar de nuevo tu vida.


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