La verdad histórica

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Por Itaca, 16.12.2005


Una de las cosas que más desespera y exaspera a los historiadores y arqueólogos es la manipulación de las fuentes: cuando el rey, el faraón o el caudillo militar de turno deciden apropiarse de los hechos guerreros de sus predecesores, o borrarlos cuidadosamente de los anales, o quitar la cabeza a las estatuas y poner la suya propia. De todo eso –y mucho- hay en la viña de la historia. Por ello, cuando descubren un documento que autentifica sin lugar a dudas un hecho conocido por otras fuentes, pegan saltos de júbilo. Estuve en el museo arqueológico de Istambul en septiembre de este año y casi me pongo de rodillas cuando descubrí en una pared ¡las tablillas de Kadesh! : se trata del primer tratado de paz firmado entre dos naciones, los egipcios y los hititas, y que por una casualidad casi milagrosa nos ha llegado en su versión egipcia –Ramsés II lo mandó esculpir en un monolito- y en su versión hitita: y las dos coinciden, casi casi a la letra. Pero desgraciadamente esto no es lo habitual; cada personaje o personajillo se cree con derecho a maquillar los hechos para dar de sí mismo la imagen que él desea.

En este sentido, hay que reconocer que Escrivá comprendió desde muy pronto que tenía que cuidar su dimensión histórica, que no la podía dejar al albur de los que vinieran detrás, y que todo hombre, más que hijo de sus hechos, es hijo de lo que escriban de él. Y, ayudado por sus más fieles seguidores, se empeñó durante toda su vida en crearse la imagen histórica que le pareció más conveniente. Ojo, no la más verdadera: la verdad siempre es pobre y desnuda. Hay que reconocer que lo han conseguido bastante bien: estremece comprobar cómo, hasta los biógrafos más críticos a Escrivá, se ven impelidos a basarse en las biografías oficiales, aun a sabiendas de su manipulación, porque se ha borrado cuidadosamente el rastro de los hechos genuinos. Y esto pasa ahora, a todavía escasos años de la vida del personaje; ¿quién podrá indagar la verdad de los hechos dentro de cien, de doscientos años?...

Sólo los que vivimos la llamada “etapa fundacional” podemos rastrear en nuestra memoria acontecimientos de los que fuimos testigos y que han sido en la historia oficial borrados, manipulados o tergiversados. Creo que es un deber de todos nosotros dar a conocer lo que sabemos, aunque consideremos que es nimio o que carece de importancia: de la suma de muchos pequeños testimonios, de aquí y de allá, de quienes convivieron con Escrivá intensamente, de los que tan sólo lo vieron en una tertulia, en una misa, o le escucharon en una homilía, de los que oyeron contar a los mayores aquellas anécdotas mil veces repetidas, etc., quizá se podrá conseguir una imagen más fiel de quién fue, en realidad y verdaderamente, Escrivá. Creo que vale la pena ponerse a ello.

Hoy me quiero referir al sonado marquesado de Peralta. Yo estaba entonces en una ciudad de provincias trabajando en un medio en el que abundaban las personas afines al llamado Movimiento (para los lectores extranjeros: afines al partido único Falange y adictos a Franco). Las relaciones entre Falange y Opus no eran entonces precisamente cordiales, estaba entablada un dura lucha por el poder entre miembros de ambas banderías. Mis compañeros sabían que yo era de la Obra, pero era la cría, la periodista recién salida del cascarón, y me apreciaban: me ayudaron mucho y aprendí mucho de ellos. Pero bueno, al tema: un día llego al despacho y encuentro encima de mi mesa, abierto por una determinada página, el diario del día; leo: “José María Escrivá de Balaguer solicita la rehabilitación del marquesado de Peralta...”. No me dejaron ni acabar de leer la noticia, entraron en mi despacho y me espetaron:

—Bueno, ¿qué dices a esto?
—Que es una infamia, una falsedad; un intento malévolo de desacreditar a Monseñor Escrivá. Pero ¿Cómo podéis pensar que se le pase por la cabeza pedir un título nobiliario?
—Oye, que la noticia está recogida del Boletín Oficial del Estado....
—Pues no es verdad, seguro que es una manipulación. En cuanto me entere, os lo explico y veréis que tengo razón.

Las horas se me hicieron eternas, deseaba llegar a casa cuanto antes y explicarle aquel infundio a la directora.

—Rosa, ¿te has enterado que...
—Sí, lo he leído y no ha parado de llamarme gente toda la mañana. He llamado a la Delegación de Madrid, me han dicho que no saben nada, que han llamado a la Asesoría y les han explicado que esperen, que llega una nota de Roma. Sí, la noticia es verdad.
—Pero ¿cómo es posible?
—No sé, no sé nada. Vamos a esperar.

La respuesta llegó por una nota interna: había que explicar a todo el mundo que el Padre había pedido este reconocimiento por humildad y en agradecimiento y compensación a su hermano Santiago por lo mucho que había perdido a favor del Opus.

Para entonces yo me había documentado un poco sobre el tema, y argumenté:

—Pero Rosa, esto no tiene sentido: no se trata de un derecho de sucesión en el título, sino de una rehabilitación; la puede solicitar quien se crea con derecho a ello, si Santiago lo tiene, basta con que el Padre no se oponga. No es obligado que la solicite él. Y lo de la humildad... pues no sé qué quiere decir, la verdad.
—Mira, lleva la nota a la oración y calla.

Sí, sí, calla.... Otra tras otra, las agregadas, las supernumerarias, las de San Rafael, las amigas, te hacían la pregunta:

—Ana, ¿qué es eso de que el Padre pide un marquesado?

Al final encontré una respuesta más o menos coherente con mi pensamiento:

—Mira, es absurdo pensar que lo hace porque aspira a la nobleza, así que sus razones tendrá, y aunque no las conozcamos, hemos de aceptarlas. Algún día las sabremos...

Luis Carandel ha publicado la carta enviada por Escrivá al entonces Consiliario de España, Florencio Sánchez Bella; yo nunca la leí, hasta ahora:

Querido Florencio: Que Dios me guarde a esos hijos de España.

En esta vida, y no pocas veces, a pesar de mi flaqueza, me ha dado el Señor fuerzas para saber cumplir deberes más bien antipáticos. Hoy, después de considerarlo despacio delante de Dios y de pedir los oportunos consejos, comienzo a cumplir con uno, que solamente es antipático -para mí- por las circunstancias personales mías; para cualquier otra persona será cosa gustosa y sin quiebras.

Desde la altura de mis sesenta y seis años, vienen a mi recuerdo mis padres, que tanto hubieron de sufrir -estoy seguro-, porque el Señor tenía que prepararme como instrumento -bien inepto soy- y ahora estoy persuadido que es la primera vez que, en cosas de este mundo, guardo un “dulcísimo precepto del Decálogo”. Hasta ahora, pido perdón porque no os he dado buen ejemplo, mi gente me sirvió de medio para sacar adelante la Obra: también Carmen y, de algún modo, Santiago.

Me ha movido también, en el caso actual, a obrar como obro no sólo lo que parece claramente nuestro “buen derecho”, sino la posibilidad de ayudar a los hijos de mi hermano. De otra parte, observo rectamente el espíritu de la Obra: ser “iguales” a los demás. Esto me hacía notar un Cardenal de la Curia, la semana pasada: con “la manera de ser” del Opus Dei, decía, su conducta es consecuente y razonable.

Ayer os hice decir, por medio de Alvaro, cuando hablasteis por teléfono, que no me importan los comentarios -que no harían, si se tratase de otra persona cualquiera, de otro ciudadano español-, y os ruego que, si dicen o escriben algo molesto, que sea lo que sea será injusto, “hagáis oídos sordos”. De todas formas, si “prudentemente” se puede evitar que los haya, mejor sería evitarlos, aunque a última hora da igual.

Ya os he abierto mi conciencia: es, de mi parte, una obligación razonable y sobrenatural.

Un abrazo muy grande. Contento, de tanta labor de almas que hacéis en esa queridísima tierra nuestra.

Os quiere y bendice vuestro Padre,

Mariano”.

Una vez más, dejé el tema aparcado en alguna neurona perdida de mi cerebro y esperé no tener más noticias del asunto; me dije que era su decisión personal y que yo no tenía por qué meterme en ella.

Pasaron unos cuantos meses y aterricé en Barcelona. Me enviaron a hacer el curso de retiro de aquel año en Castelldaura. Como era costumbre, fui al entrar a saludar al Santísimo, comienzo a bajar las escaleras que llevan al oratorio y me encuentro, en la pared de enfrente, un enorme escudo nobiliario: no entiendo de herádica, pero aquel escudo tenía más blasones y más cuarteles que el escudo imperial de Carlos V. ¿Qué era aquello? Conocía Castelldaura desde que se abrió, y ese escudo nunca había estado allí; bien que esa casa es como un castillo medieval, pero de eso a poner semejante escudo... era una pasada.

Me faltó tiempo para preguntar qué era aquel escudo a una numeraria mayor que pasaba por allí. Me respondió con una sonrisa de gozo que nunca olvidaré:

—¡Es el escudo del Padre! Y aquel otro que está en la columna de la entrada, el de la abuela.

Me debió de coger en un mal día, porque noté que la sangre me subía a la cabeza; procuré dominarme, no dije nada y subí a mi habitación. ¡Qué curso de retiro! A cada meditación, en la misa, al hacer la oración, cada vez que iba al oratorio, aquel imponente escudo me hacía perder la concentración. ¿Qué pinta aquí este escudo? –me repetía una y otra vez.

Se lo conté a mi directora en cuanto llegué a la casa; no me dijo nada, pero a los pocos días me llamaron a la delegación. Me esperaba la secretaria de San Miguel.

-¿Qué pasa con el escudo?

Se lo expliqué: si el marquesado era un tema personal de Escrivá, pues adelante, yo no me metía en ello; pero Castelldaura era –entonces- una obra corporativa del Opus Dei, y al Opus Dei no le interesaban los asuntos personales de sus miembros, aunque este miembro fuera su fundador y presidente general. Recuerdo que acabé diciéndole: que le borden el escudo en sus camisas y en los pañuelos, si quiere, pero este escudo no es de la Obra y no tiene por qué estar en una casa de la Obra.

Entonces me lanzó una larga explicación sobre que era una iniciativa de los supernumerarios, que Castelldaura no era de la Obra, sino de una sociedad formada por ellos, y que les había hecho ilusión poner en la casa –que para eso era suya- el escudo nobiliario de Escrivá, como una muestra de cariño.

—Pues yo no veo por ninguna parte el cariño a la Obra, porque este escudo es un contratestimonio: ¿decimos que no nos interesan los honores y vamos por ahí poniendo escudos? Pues a mi que me zurzan, porque no lo entiendo.

Creo que me dejó por imposible, porque arguyó de una manera terminante:

—Mira, lo han hecho en uso de su libertad, es algo opinable, y tú has de respetar su libertad.
—Pues vale, la respeto. Y yo, en el uso de la mía y siendo algo opinable, sigo opinando que me parece una barbaridad.

La frase final de mi directora fue de antología:

—No, si a ti lo que te pasa es que no entiendes la pobreza....

Desde aquel día el marquesado se me atragantó definitivamente: comprendí con amargura, lo reconozco, que a Escrivá le encantaba ser marqués, que todo aquello de su hermano y la humildad era un cuento, que la única razón de todo aquel despropósito es que Escrivá deseaba ser noble; y lo había conseguido.

Luego supe que habían derribado la casa de Barbastro –yo la visité, estuve en la habitación donde nació Escrivá-, habían derribado también la casa contigua y estaban construyendo un palacete de nueva planta. ¡Qué ironía! Cuando reconstruyeron Diego de León realizaron un tour-de-force arquitectónico para derribar todo el edificio dejando incólume el primer piso, porque en él había vivido Escrivá. Pero derriban hasta los cimientos su casa natal, para que no quede ni recuerdo de ella. ¿Quizá porque era una sencilla casa de pueblo que desmerecía la nobleza del niño que nació entre sus muros?

Según me contó Mª Angustias Moreno, en la fachada del palacete, convertido ya en casa natal del fundador, colocaron unos escudos de piedra con sus blasones. Yo pasé por allí muchos años después, cuando ya Escrivá era beato, y se había efectuado la operación de maquillaje: no había escudos. Pongo la mano en el fuego a que los tienen guardados a buen recaudo y que un día volverán a lucir en la fachada. Y si no, al tiempo.

Y, puestos a hablar de escudos, una persona de mi familia, bastante lejana, me contó la siguiente anécdota:

En el año 1980 fue con unas amigas de la parroquia a visitar santuarios marianos, entre ellos Torreciudad. El guía les enseñó la iglesia y, al llegar al retablo, les explicó que los ocho escudos que figuraban en la predela eran los escudos nobiliarios de Escrivá. Al año siguiente repitieron la excursión, volvieron a visitar el altar mayor y ¡oh, sorpresa! No estaban los escudos. La señora, curiosa e intrigada, preguntó al guía dónde estaban los escudos. “No, señora, se equivoca: aquí nunca ha habido escudos”. La señora insistió, dijo que con sus propios ojos los había visto, y el guía, erre que erre, que allí nunca había habido escudos. Aquello parecía una escena de “Plan de vuelo: desaparecida”, aunque mi pariente no sea precisamente Jodie Foster; al final, el guía optó por desaparecer y volvió al cabo de unos minutos con otra persona, mayor que él, que puso paz en la contienda con la siguiente explicación:

—Sí, señora, tiene usted razón: aquí había unos escudos nobiliarios de nuestro Fundador, los habían puesto con gran cariño sus hijos, pero cuando el Padre se enteró de ello dijo que su humildad no deseaba esta muestra y los quitamos”.

Bueno, sólo dos fechas: Escrivá murió en 1975; la anécdota sucedió en 1981. Sobran comentarios.

Y un apunte final: cuando yo dejé la Obra, a finales de 1974, Escrivá no había renunciado a su título. Ahora dirán lo que quieran y lo que les convenga, pero Escrivá no renunció a su título nobiliario. ¡Pues faltaría más! Con las trapisondas que hubo que montar para conseguirlo. Pero de eso ya hablaré otro día.


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