La tentación de la nada

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Por Satur, 1.05.2006


Son muchas las pruebas que nos suceden a tod@s, y se presentan de muchas maneras. A Zuri se le ha vestido de tristeza, de pena y de vacío… “Me he quedado destrozado. No he podido ir a trabajar por la tarde. No estoy tan recuperado de mi paso por "La Obra" como pensaba. Queda mucho por hacer y por afinar”.

Se le ha muerto alguien a quien quería mucho, asiste a su funeral, y se encuentra con mucha gente, “bastantes de ellos, personas de la Obra, algunos, gente con la que he vivido, o a la que he tratado durante años“. Y sale de allí con muchas preguntas que le sangran dentro...

Es la tentación de la nada – quizás la peor de las tentaciones: muy superior a la de la carne, la del orgullo o la de la vanidad, que son poca cosa. Es esa en la que todos los seres que te rodean se aparecen como bloque herméticos, como bolas de billar que chocan unas con otras sin más contacto que la superficie exterior y con intenciones que se te escapan, que no alcanzas a entender. Los ves cristalizados en sus pasiones, en su egoísmo, en su tedio, angustiosamente aislados, arrastrados por un viento ciego y absurdo hacia la ausencia de final. Simpatía, amor, intercambios, caricias, gestos exteriores de afecto, besos, sonrisas… son sólo espejismos, ilusiones: cada uno está solo, y únicamente comparte con los otros las cadenas del error, de la miseria y de interés. El azar hace a veces que dos o tres de esos bloques sigan el mismo camino durante un tiempo y rocen sus superficies. A eso le llaman apertura, comunión, entendimiento… viene otro golpe de viento y esa embriaguez se transforma en choque doloroso o en separación definitiva, y se vuelve a precipitar en la nada.

Y no sólo ves así la gente: uno mismo se ve así. No se reconoce, se siente extraño, sin pertenencia a nadie, y siente que todos le miran como si fuera invisible. Se ve egoísta, incapaz de compartir: solo.

El que ha sido numerario unos cuantos años tiene una formación que se le ha acortezado y que, una vez fuera, se resiste descascarillarse, a romperse. Son muchos años donde la familia podía ser un problema de familiosis – nada de recuerdos en la habitación, nada de fotos-, tus hermanos otro problema de amistades particulares… ”Quereros sin reparos, sin simplezas, sin familiaridades, sin hacer grupitos; de modo que no se note la simpatía o la antipatía”… Hacías la charla con el que tocara, daba igual si era en tu centro, en un curso anual o en un curso de retiro: decenas de personas a las que abrías tu corazón sin más confianza que la fe de que ése era el mismo Padre, el mismo Cristo.

Apegarse a los amigos no estaba bien visto. Tenías que acostumbrarte a perder al amigo que pitaba y pasaba a ser tu hermano. El que hasta ese día te había hecho todo tipo de confidencias, y tú a él, ahora pasaba a ser un tipo que no debías mostrar “simpatía ni antipatía”: un ciborg.

Después venían los cambios de centro y destinos a otras ciudades. No podías visitar los anteriores centros que habías vivido años. Las labores apostólicas, con su gente, que es tu gente de verdad, las dejas de un día a otro para siempre jamás. Sin despedidas, sin homenajes, sin nada que pueda delatar querencia, cariño por los buenos momentos pasados o, sencillamente, agradecimiento. Y vas de un sitio a otro acostumbrándote a eso, al desapego, al desarraigo, a poner muy poquito de corazón para que no llegue mucha sangre, para que no duela la herida. Te haces a otros centros, a otras gentes, a otras amistades, pero sabiendo que estás de paso, que un día te dirán “te necesitamos en tal sitio” y adiós, muy buenas.

Ningún recuerdo tuyo quedará de tu paso por esas habitaciones, pasillos , comedor o sala de estar.

Recibes también encargos de atender labores y charlas. Y a esa gente la tratas como mejor sabes, pero no puedes ir a sus casas, ni acompañarles con sus amigos, ni participar en sus historias cotidianas. Y en tus horarios de atención al cliente das las charlas con más o menos garbo, les llegas al corazón como más o menos Dios te da a entender, y pones cariño en unas horas que son más costumbre que otra cosa. Te haces a eso. Y toda esa formación con el tiempo te hace una persona con un corazón egoísta. Muy egoísta.

El problema es que cuando eres numerario es muy difícil darte cuenta de esa situación. Es al salir cuando todo eso, al vivir lejos de esos criterios y de esa normativa, al encontrarte en un ambiente distinto -y ellos, los de la opus, distantes-, aparece de un modo que asusta. No sé querer. Soy un tipo bastante egoistón, frío, despegado… Sant Exupery decía que la valía de una persona puede medirse por el número y la calidad de sus vínculos. ¿Qué vínculos tiene de verdad un numerario con años de entrega?, ¿qué vínculos tienes, con nombre y apellidos?, ¿qué trato de amistad has cultivado con tu familia, tus hermanos y amigos?. Y uno descubre que puede ser muy desgraciado porque a ciertas alturas de la vida es muy difícil aprender ciertas cosas.

Esa es la razón por la que a tantos ex les puede costar centrase en su vida afectiva. Tantos años “amando” sin mostrar simpatías ni antipatías, unas horas al día de eso que se llama “vida de familia“ (al fin y al cabo dos tertulias de media hora, la comida y la cena, y alguna norma juntos) donde la cortesía prima sobre cualquier asunto personal, no son la mejor escuela para entender a La Piedra de turno, o a tu suegra, o a tu hermano, o a tu padre, o al amigo gorrón, o a tu abuela Dolores, que en el culo tiene flores.

Y como la gente nos ve el plumero, pasa de nosotros, porque la gente no está para mariconadas. Y uno puede añorar esos gestos, esas horas, esa tranquilidad y esas “amistades”… que de amistades, nada de nada.

Hay que tener cuidado con la tentación de la nada – que no es depresión -, contra ese vértigo que da la soledad y la necesidad anónima de sentirnos queridos y reconocidos. Si se cae demasiadas veces en esa tentación el corazón se endurece, se congela y acaba gustándose… ¡¡¡y haciendo muchísimo daño!!!

Porque no hay desdicha mayor para un alma rica y generosa que sentirse ligada a un ser, o a una institución, que nada tiene, que nada le puede dar y que es incapaz de recibir algo de otro; sentirse atada no a un vacío que espera llenarse, sino a un ser que rechaza todo los dones. ¡Cuántos vanos esfuerzos, cuántas mentiras piadosas, cuánta buena voluntad desperdiciada para obtener un pequeñísimo gesto de vibración o de entusiasmo, para imaginarse inútilmente una comunión completa, para convencerse contra toda evidencia de que tanta dedicación no ha sido sembrar en vano… para no tener que confesar hasta qué punto nos encontramos angustiosamente solos bajo el peso de tantos detalles rechazados, de tantos requerimientos inadvertidos, de tanto cariño sin correspondencia. Sí, podemos hacer muchísimo daño.

¡Cuántos esposos y cuántas esposas, cuántos numerarios y numerarias, cuántos sacerdotes y monjas… cuántos de aquí y de allá, tratan de ocultar con esta noble mentira la incurable mediocridad del ser al que unieron sus vidas, o a la institución que entregaron sus corazones para siempre!

¿Cómo, si no, podría amarse el vacío, el peor de todos los vacíos, ése que se contenta consigo mismo y no necesita de nada?.

Sí, Zuri, queda mucho por hacer y por afinar. Hay quién piensa que la tristeza y la melancolía es elegante. ¡Fuera esa careta!: siempre hay motivo para cantar, para alabar el misterio y no ser cobarde… hay que correr a decírselo a quien sea, que siempre hay alguien que amamos y nos ama. Aunque, probablemente, no estuviese en ese funeral… o sí.



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