La reforma del Opus Dei

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Por José Carlos, marzo 2005



La vía media

Hace unos días me escribía un querido amigo de la web, que a mi juicio reúne las tres “cés” (cabeza privilegiada, corazón de oro y los c… bien puestos): queriendo ilustrar en su propia trayectoria lo erróneo de mi posición, comentaba que al principio él era como yo. Creía que la institución y su espíritu eran buenos, y que algunos individuos con encargos de gobierno eran malos. Pero con el paso del tiempo, había concluído que lo cierto es lo contrario: en la Obra hay mucha gente buena, pero algo hay en el meollo de su espíritu institucional que es malo, nocivo para las personas.

Planteaba así la disyuntiva entre los que escribimos a favor y en contra de la Obra en opuslibros: “institución buena/personas malas” vs “institución mala/personas buenas”. Es una opinión recientemente recogida por Carmen Charo (7-III)...

Los primeros creemos que en la Obra ocurren errores, como los hay en la Iglesia, pero en el fondo el mensaje fundacional es bueno. Los segundos creen, como E.B.E., Ana Azanza, Pablo, Carmen Charo y otros, que a la Obra hay que suprimirla o encerrarla, porque tiene algo en sí que corrompe y daña.

Con lo que voy leyendo y aprendiendo en esta página, creo que he modificado algo mi posición, y me atrevo a sugerir una vía media, que quizá apunte al camino que se pueda seguir para lograr cambios saludables, iniciativa ya señalada por el concienzudo reciente escrito de E.B.E. (4-III) en el que alude a la “autoridad competente”.

Una vez (12-XI-03) hablé de 1) las líneas maestras del espíritu, 2) sus prácticas fundamentales, 3) los criterios variables y 4) las actuaciones puntuales de directores particulares.

Sigo creyendo que las líneas maestras del espíritu, sancionadas por la Iglesia, son en sí mismas buenas. Abstrayendo de su encarnación particular en el Opus Dei que conocemos, acepto la santificación del trabajo, la contemplación en medio del mundo, el apostolado seglar, el amor a la Iglesia y al Romano Pontífice, la formación en la fe, etc, como algo bueno: mucho de esto está glosado positivamente en Christifideles Laici.

Asímismo, no tengo grandes objeciones hacia las prácticas fundamentales de la Obra, que algunos llaman fundacionales: las normas de piedad, la mortificación interior y exterior, el verdadero apostolado de amistad, el ofrecimiento diario del trabajo, la tertulia, la corrección fraterna hecha con espíritu evangélico, los medios de formación, la dirección espiritual… No es una espiritualidad para todos, pero creo que se podría llevar bien a cabo si a alguien le va por ahí; claro que concretar las salvaguardas necesarias llenaría varios otros escritos.

Me baso, para afirmar lo de arriba, en una observación de la que no puedo escapar: conozco, como me imagino que conocéis bastantes de vosotros, a varias personas del Opus Dei que son buenísimas, felices, realizadas y aventuraría a afirmar que santas.

Pienso en el director del centro de mayores de aquí en Boston, que me invitó a comer por mi cumpleaños el otro día y me detallaba todo lo que está haciendo por cuidar a un numerario de su casa que se está muriendo de un tumor cerebral. Pienso en ese cura mayor, ex-consiliario, eternamente sencillo y optimista, que sigue trabajando como un caballo a sus ochenta años y es una delicia de persona. Pienso en los pocos numerarios mayores que he visto morir. Pienso en el reciente escrito de Satur sobre Don Pedro Lombardía (14-III). Pienso en mi misma madre, de quien hablé hace unos meses (30-VIII-04).

Habiendo querido ser fieles a un espíritu y una vocación, volcados en el servicio a los demás por amor de Dios, llegan al ocaso de sus vidas llenos de paz y alegría. Si el espíritu y sus prácticas fundamentales fueran realmente nocivos y dañinos, habrían corrompido a estas personas que lo llevan viviendo la mayor parte de sus vidas: y a mi juicio han hecho lo contrario.

Sin embargo, ahora admito que muchas disposiciones de gobierno, incluso tomadas en vida del Fundador, responden a criterios variables que han terminado institucionalizándose. El problema es que no se distinguen muy bien, en teoría, qué cosas son mutables y del momento y cuáles son esenciales; y para nada en la práctica, pues en todo hay que obedecer.

De entre esos criterios variables, hay muchos que terminan agobiando a la peña (p.ej. pantalones de las numerarias, la preocupación por la contabilidad); otros que parecen claramente errados (p.ej. seguridad social en las labores internas, transparencia económica de algunas sociedades civiles); otros que pueden terminar desvirtuando las auténticas líneas maestras del espíritu (p.ej. determinadas estrategias apostólicas o la forma de tratar a los ex-miembros); y otros que se prestan a problemas serios (p.ej. la posible confusión de esferas en las obras corporativas, el énfasis en las vocaciones de adolescentes). Y claro, añade luego la desafortunada actuación de algún director cerril en plan Levítico/Deuteronomio, y mucha gente se quema.

Creo que ninguno de los ejemplos mencionados en el párrafo anterior es esencial al espíritu pristino del Opus Dei. Y creo que esa convicción es la que hace que algunos miembros con madurez, independencia e iniciativa no sigan esas prácticas que muchos habéis presenciado, y que incluso consigan cambiar la perspectiva en algunas regiones como Estados Unidos, apoyándose en las circunstancias culturales e históricas.

Sinceramente pienso que en asuntos como la seguridad social, la transparencia financiera, la forma de evaluar la eficacia apostólica de un centro, la libertad individual, el verdadero apostolado de amistad, la manera de tratar a ex-miembros, la responsabilidad personal en el uso de coche y efectivos económicos, etc, USA va muy por delante de otras regiones.

En mi renovada formulación, concluyo que existe una alternativa al dilema “institución buena/personas malas vs institución mala/personas buenas”. Ahora diría “espíritu bueno/institución en necesidad de reforma/personas de todo tipo.”

Lo que habría que reformar, sin destruir lo esencial, son todos esos criterios variables que han terminado institucionalizándose pero que no corresponden al meollo del mensaje fundacional. Creo que es éste el que ha aprobado y bendecido la Iglesia, y a su autoridad corresponde la responsabilidad de evaluar cómo se encarna en la praxis. Cómo hacer que esto ocurra y discernir qué es trigo y qué cizaña merece escrito aparte.

La autoridad competente

En el primer capítulo (“La vía media”, 27-III-05) di el paso, significativo para mí y motivado por vuestros testimonios, de reconocer públicamente que el Opus Dei es una institución eclesial en necesidad de reforma. Creo que los ex-miembros podríamos ser un catalista ideal para que tal reforma se efectúe. Pero siguiendo la iniciativa de E.B.E. (4-III), ahora quiero hablar de un motor que considero imprescindible para que ésta se convierta en una reforma eficaz, global y duradera...

En teoría, existen mecanismos internos previstos en el derecho particular de la Prelatura para la reforma endógena de la propia Obra (los Congresos ordinarios y especiales, etc). De hecho, otro blog de internet que no me atrevo a citar admite que puede haber problemas, sugiere que la forma leal de acometerlos es a través de los canales internos reglamentarios, y declara que ya se hace.

No quiero explayarme en las muchas razones por las que éstos pueden ser insuficientes. Por un lado, la selección de directores y otros miembros que asisten a dichos congresos no es particularmente representativa del colectivo: suelen ser los numerarios “de buen espíritu”, por definición los que poseen menos visión o voluntad crítica, y esto tiende a perpetuar el inmovilismo. Supongo que pesa mucho, entre ellos, el imperativo de la fidelidad absoluta a todo lo que dispuso San Josemaría, sellado por aquella maldición tremenda que pronunció Don Álvaro cuando asumió la sucesión: lo haría llevado por el encomiable deseo de preservar la integridad del mensaje fundacional en una institución joven que comenzaba una nueva etapa, pero puede haber dificultado el discernimiento entre lo perenne y lo caduco.

Por otra parte, me resulta curioso que se ensalce la unanimidad como algo necesariamente bueno, cuando ni siquiera el Colegio de los Apóstoles la tenía y hasta recurrían al azar para elegir al sucesor de Judas, por ejemplo. En tercer lugar, que yo sepa los mecanismos internos no prevén la incorporación ponderada, abierta y valiente de las valiosas vivencias y reflexiones de los que nos hemos quedado en la cuneta. Y finalmente, la experiencia detallada por varios de vosotros demuestra que se pueden pasar años dentro abogando por el cambio sin ver resultados tangibles.

Por todo ello, creo que no tengo que convencer a ningún lector de opuslibros de que se necesita un empujón externo – y una perspectiva fresca – que proporcionen el ímpetu necesario para superar tabúes mal entendidos: pues no todos entienden que la crítica constructiva puede ser el mayor signo de verdadera fidelidad y de servicio a la institución y a sus miembros.

Habiendo concedido que se precisa de una autoridad externa, existen varias en los ámbitos en los que se mueve la acción institucional de la Obra: el poder judicial, el brazo legislativo de cada país o región, y la jerarquía eclesiástica.

Por muchas razones, favorezco la vía canónica-eclesiástica sobre la vía civil:

  1. No soy jurista: pero me imagino que para que una acción judicial meritoria prospere, ha de existir la firme sospecha de daños objetivos y suficiente evidencia atribuída al presunto causante que sostenga la demanda. Me parece un estándar muy alto, que generaría la oposición institucional más firme (con su consiguiente costo emocional y material), y que quedaría confinado a la materia puntual de litigación y a la jurisdicción particular del tribunal apelado. Si en los tres cuartos de siglo de historia de la Obra no ha habido mucho éxito en este campo, por algo será.
  2. Asímismo, las iniciativas legislativas, aun cuando pueden solucionar cuestiones importantes – p.ej. la seguridad social, contratos de trabajo, contabilidad financiera – por su propia naturaleza no abarcan todos los aspectos personales en los que incide la praxis institucional; y también están limitadas al ámbito local.
  3. En cambio, la autoridad eclesiástica proporciona enormes garantías. Primero, porque quiero creer que cuenta con la asistencia del Espíritu Santo en su labor de discernimiento. Segundo, porque parte de las mismas raíces evangélicas que dice compartir la Obra. Tercero, porque la Prelatura deriva su propia legitimidad canónica de la Iglesia que la ampara y le concede su Derecho particular. Cuarto, porque la Jerarquía ha de tener una idea más o menos clara del ideal de santidad cristiana y realización personal al que debería llevar el auténtico espíritu fundacional, reflejado en los documentos estudiados y aprobados por Ella misma. Quinto, porque no me cabe duda de que la Iglesia busca, ante todo, el bien de cada cristiano individual por encima de las instituciones. Sexto, porque están en entredicho su propio prestigio y la necesidad de evitar el escándalo a los fieles. Y séptimo, porque sus dictámenes pueden llegar a tener un alcance universal.

Pero aún más importante es la repercusión que una decisión de la Jerarquía puede tener dentro de la Obra misma. Si aceptamos que las líneas maestras del espíritu (el “espíritu puro” de Idiota 28-III) e incluso las prácticas fundamentales – muchas de las cuales pertenecen al acervo de la cultura cristiana secular – son buenas, la materia sobre la que versa el juicio canónico es sobre esos criterios variables que se han ido institucionalizando, y que no sabemos si obedecen al verdadero mensaje fundacional.

Respecto al espíritu de la Obra, caben tres posibilidades: o es un mensaje de inspiración divina, tal y como lo creen aquéllos que lo viven; o no lo es, pero ellos no se dan cuenta; o no lo es, y lo saben pero mienten.

En cualquier caso, una decisión jerárquica cuestionando criterios específicos necesariamente ha de causar su rechazo: porque desde el punto de vista de los que creemos que el espíritu de la Obra es de inspiración divina, tal decisión demostraría que hay elementos de su aplicación práctica que no pertenecen al meollo del mensaje fundacional.

Pero también desde el punto de vista que mantenéis muchos otros (“tienen siempre buena intención y creen estar haciendo (el) bien cuando cumplen con todo aquello que les viene indicado … [pero] en muchos casos, no perciben o no les parece importante el hecho de que se deriven males reales del cumplimiento de esas indicaciones” Idiota 28-III) llevaría a todos aquéllos que los viven con recta intención a encogerse de hombros, satisfacerse de que retienen lo no rechazado, y aceptar lo dictado por la Iglesia. Y hasta desde la perspectiva más cínica que impugna malicia a los dirigentes del Opus Dei, no habría más remedio que obedecer, pues la Obra deriva su autoridad ante el mundo de la Iglesia misma. Dudo de que directrices impuestas por autoridades civiles llegaran a causar el mismo grado de aceptación interna.

Por eso, si tuviera que apostar por una reforma significativa en el Opus Dei, concentraría mis esfuerzos en implicar a las autoridades eclesiásticas en el desempeño de su responsabilidad supervisora, como garantes de la fe encargados de custodiar al pueblo cristiano. Las materias a estudiar, el modo de llevarlo a cabo y el papel que podemos jugar los ex-miembros serán tema de futuras entregas.

Materia y forma

Habiendo concluído que en el Opus Dei parece necesaria la reforma (27-III),y después de indicar (30-III)cuál me parece la autoridad competente para que ésta resulte eficaz, global y duradera, quiero concentrarme en las materias sobre las que habría de versar tal reforma, y la manera en la que podemos incidir constructivamente los ex-miembros...

En escritos anteriores ya he sugerido el patrón general sobre el cual, desde mi punto de vista, se ha de dirigir este esfuerzo, siempre llevado a cabo dentro del marco eclesiástico: asumiendo que las líneas maestras del espíritu y sus prácticas fundamentales son buenas, y aceptando la posibilidad de que el mensaje fundacional – en su acepción más pura – pueda ser de inspiración divina, hemos de enfocar nuestra crítica a esos criterios variables que se han ido institucionalizando, y tratar de discernir cuáles son realmente esenciales al espíritu auténtico y cuáles no. Sobre las actuaciones puntuales de directores particulares pienso hablar más despacio en el siguiente capítulo.

Esos criterios variables abarcan la vida entera de los miembros, con mayor alcance en los numerarios y numerarias. Aquí sigue un listado de áreas, que no pretende ser exhaustivo y al que seguro que podéis añadir cosas, que vaya guiando el catálogo de tan ingente tarea.

  1. Vida de piedad
    1. Normas puntuales
      1. Examen cualitativo vs cuantitativo
      2. Textos para la oración
      3. Índice de lectura espiritual
      4. Normas vividas en familia
    2. Normas de siempre
    3. Costumbres (Salmo II, Adoro te devote, Trisagio, etc)
    4. Fiestas y consagraciones
    5. Participación en actos litúrgicos externos, diocesanos, etc
  2. Mortificación
    1. Énfasis: la saludable ascética cristiana
    2. Mortificación corporal
    3. Diferencias entre las secciones
    4. Límites de edad, salud, etc
  3. Formación
    1. Dirección espiritual
      1. Encargos de gobierno y de dirección de almas: distinción
      2. Gobierno colegial y respeto a la intimidad
      3. El papel del sacerdote
      4. Opciones del dirigido
      5. Formación de formadores
    2. Formación doctrinal-religiosa
      1. Los estudios internos
      2. Documentos del magisterio
      3. Lecturas
    3. Formación humana
      1. La opción preferencial por los pobres: servicio a los necesitados
      2. Individualidad y diversidad
    4. Obediencia
      1. Libertad y responsabilidad
      2. Áreas de competencia
      3. Consultas
      4. Cambios trascendentales: de país, de profesión, ordenación sacerdotal
      5. Mecanismos de recurso
  4. Trabajo y formación profesional
    1. Estudios y elección de carrera
    2. Libertad profesional
    3. Dedicación personal
    4. Labores internas
      1. Contratos
      2. Prestaciones sociales
      3. Descanso
    5. Obras corporativas
    6. Instrumentos de trabajo
    7. Remuneración
  5. Apostolado y formación apostólica
    1. La amistad personal
    2. Transparencia
    3. Actividades y su promoción
    4. Servicio a los necesitados
    5. Encargos
    6. Proselitismo
  6. Vida de familia
    1. Los centros
    2. Fiestas y celebraciones
    3. Amistades particulares
    4. Situaciones especiales
    5. Traslados
    6. Cuidados médicos
      1. Secreto profesional
      2. Salud mental
      3. Testamento vital
    7. Familias de sangre
      1. Lazos familiares y su manifestación
      2. Contacto
      3. Acontecimientos familiares
      4. Responsabilidad hacia los familiares
  7. Pobreza
    1. Sedes materiales de los centros
    2. Instrumentos de uso personal
    3. Sueldos
    4. Donativos
    5. Administración de finanzas y contabilidad
    6. Espectáculos públicos
  8. Pureza
    1. Formación en la sexualidad: celibato
    2. Formación en la sexualidad: supernumerarios
    3. Contacto con personas del otro sexo
    4. El fuero interno
  9. Vocación
    1. Estados de disponibilidad
      1. Numerarios-as
      2. Agregados-as
      3. Supernumerarios-as
      4. Numerarias auxiliares
        1. Condiciones de vida
        2. Relación con otras numerarias
        3. Formación profesional
      5. Paso de un estado a otro
    2. Formación inicial
      1. Edades
      2. Pasos de incorporación
      3. Documentos internos y acceso
      4. Formación en la libertad
      5. Discernimiento personal e institucional
    3. Cese y salida
      1. Condiciones de salida y derechos
      2. Trato a los ex-miembros
      3. Perspectiva interna sobre los ex-miembros
  10. Relaciones con la Iglesia
    1. Nivel universal
    2. Nivel diocesano
    3. Nivel local
    4. Otras instituciones eclesiásticas
    5. Labores sociales

Quería complementar este esquema, incompleto y seco, con la forma en que los ex-miembros podríamos prestar una perspectiva más enriquecedora, siempre con mentalidad de servicio y mejoría. La idea es que ex-miembros interesados empezaran a desarrollar cada uno de estos aspectos, quizá trabajando en pequeños grupos, e ir confeccionando un dossier sistemático punto por punto.

Cada tema debería estar ampliamente documentado: con experiencias personales, a poder ser de varios lugares, preferiblemente recientes; con textos internos y de la misma tradición de la Iglesia; con reflexiones particulares… Ha de ser un informe serio, objetivo y desapasionado.

Por eso, personalmente creo recomendable – aquí va una sugerencia que puede ser controvertida – que alguien que quiera trabajar en un tema preciso, se abstenga de hacerlo en aquél que más resquemor le pueda causar: nadie es buen juez en causa propia. Yo, por ejemplo, no me siento capaz de pensar claramente si me pusiera a explorar el asunto de la libertad profesional y el contacto con personas de otro sexo. Una ex-numeraria auxiliar que lo haya pasado mal, aunque desde su perspectiva puede aportar mucho, quizá haría mejor eligiendo otra área como enfoque principal; lo mismo iría a personas que hayan sufrido problemas de salud mental, que se vean privadas de derechos civiles, etc. No lo digo porque no se tengan en cuenta sus valiosas experiencias: siempre pueden proporcionar material primo para los redactores de esa sección, pero sin ser ellos mismos los editores que elaboren el producto final, para que no se mezclen sentimientos comprensiblemente viscerales.

Debo recalcar que veo muy poco probable que a través del mecanismo canónico se consigan cambios sobre lo que claramente pertenece al espíritu fundacional, que yo veo como bueno y ya ha sido aprobado por la Iglesia. Por tanto, un estudio de este tipo ha de orientarse a lo que pueda ser una aplicación inadecuada o problemática de lo bueno del espíritu. Por ejemplo, no creo que fuera factible abolir la figura de las numerarias auxiliares, pero sí contribuir a mejorar de forma práctica su situación y suprimir toda indicación de desigualdad de género.

Al cabo de este proceso, cuando cada grupo se haya puesto de acuerdo en la redacción de su apartado correspondiente, se podría convocar una reunión de todos los que hayan trabajado en el tema para intentar adoptar un documento final. Ése es el documento que se podría presentar tanto al Prelado del Opus Dei como a la autoridad eclesiástica competente, para que lo ponderen y, si Dios quiere, sirva de motor de reforma.

Veo fundamental que ese documento cuente con el apoyo de cuantos más ex-miembros mejor: que no sea atribuído a un grupo marginado de insatisfechos. Para que sea así, he de explayarme en dos condiciones que considero imprescindibles: la voluntad de consenso y el talante reformador que deben acompañar a los participantes. Pero antes, quiero hacer un inciso sobre las actuaciones puntuales de directores particulares y la forma de proteger los derechos de los miembros: éste será el tema de la próxima entrega.

La Carta de Derechos

En algo coincidimos los que se declaran enemigos acérrimos de la Obra, los que querrían verla suprimida o encerrada, los ex-miembros que agradeciendo todo lo bueno recibido reconocemos la necesidad de reforma, los defensores a ultranza del Opus Dei, y sus mismos dirigentes: los miembros de la Prelatura – y esto incluye a los Directores – no son perfectos, cometen errores, y eso puede causar daño a las personas a su cargo. Recogiendo una respuesta de un blog de internet favorable a la Obra que no me atrevo a citar,

El Opus Dei y sus miembros no son infalibles, ni lo serán nunca. Hay errores, lógicamente, en sus vidas… Con respecto a los testimonios en contra del Opus Dei, diré que no todos esos testimonios son "en contra del Opus Dei". En algunos casos, son testimonios en contra del tal o cual persona del Opus Dei, que tuvo una actuación desafortunada.

En el capítulo anterior hablé de la necesidad de estudiar rigurosamente qué criterios variables se han ido institucionalizando pero no responden al auténtico mensaje fundacional que nos inspiró en su día. Hoy quiero abordar el hecho incontrovertible de las cuestionables decisiones puntuales de directores particulares, que tan serias desgracias y tan profundas heridas pueden ocasionar. ¿Cómo evitarlas?...

En 1789, apenas iniciada la Revolución Francesa, en este lado del Atlántico tomaba cuerpo escrito una de las más grandiosos y duraderos experimentos democráticos. La redacción de la Constitución de los Estados Unidos de América suponía el triunfo de una sabia filosofía de balances, en la que los tres poderes (ejecutivo, legislativo y judicial), las tensiones entre el gobierno central y el local, y las rivalidades entre estados grandes y pequeños se resolvían en un sistema que ha producido uno de los modelos políticos más estables de la historia (perdonad el patriotismo).

Pues bien, en todo ese proceso los arquitectos de nuestra Constitución intuyeron – en parte debido a la procedencia de la mayoría de los inmigrantes a estas tierras – que había que salvaguardar los derechos del individuo: que a pesar de la democracia popular y los justos balances logrados, la mayoría podía terminar imponiendo su tiranía; y que los seres humanos derivamos nuestros derechos no de las instituciones del estado, sino de nuestra misma naturaleza y dignidad que lo trascienden. Así surgieron una serie de enmiendas destinadas a proteger al ciudadano individual, impulsadas por Thomas Jefferson, en lo que ahora llamamos “la Carta de Derechos” (Bill of Rights).

Cuando uno entra en el Opus Dei, tarde o temprano termina oyendo esa frase bonita del Fundador: “nuestro único derecho es no tener ningún derecho.” Y al muchacho idealista y generoso le remueve, porque a fin de cuentas uno quiere entregarse a Dios totalmente, abnegándose en su servicio. Pero esto, que sería estupendo si fuera Jesucristo mismo el que tomara todas las decisiones que nos afectan, puede ser extremadamente problemático cuando son falibles seres humanos los que invocan su autoridad.

En el contrato que formulamos con la Prelatura sí que se especifican más derechos que la total ausencia reflejada en esa frase de San Josemaría: se nos dice que la Prelatura se obliga a proporcionarnos toda la formación necesaria para la consecución de los fines de nuestra vocación: nuestro único derecho es el ser formados.

Creo que en los Estatutos, parafraseados en partes del Catecismo interno del Opus Dei, se recuentan tersamente los derechos que mantienen los miembros en cuanto a la dispensa de sus compromisos: pero en la docena y media de cursos anuales a los que asistí no recuerdo que se hiciera hincapié en esos capítulos, y la vaga idea que conservo se debe a mi lectura personal por mi propia cuenta.

En resumen: que pocos – y poco conocidos por los mismos interesados – parecen ser los derechos positivos que se reconocen a los miembros del Opus Dei. Yo no los habría sabido enumerar, abandonado confiadamente en manos de los directores en tantas facetas de mi vida. Y a pesar de las mejores intenciones, de la más acendrada prudencia, de toda la visión sobrenatural del mundo, en la Obra como en la Iglesia se pueden cometer errores. Errores que mutilen a una persona para siempre, que socaven su misma fe, que lesionen su relación con Dios: algo tremendo. Por eso, me parece fundamental erigir una serie de salvaguardas que garanticen los derechos de los miembros, para que éstos nunca puedan ser avasallados, aunque sea sin querer.

La colegialidad del gobierno no me parece suficiente: no es difícil imaginarse cómo tres personas que viven en un centro pueden llegar a la misma conclusión sobre un individuo, sobre todo si una de ellas mantiene cierto ascendiente sobre el resto del consejo local por su experiencia, conocimiento de la situación, edad o carácter. El que haya varios niveles de gobierno tampoco, porque con frecuencia la información que llega a instancias superiores viene filtrada por el prisma del gobierno local. En este sentido, comparto las dudas mencionadas por otros en estas páginas, sobre si realmente es prudente consolidar la dirección espiritual de las almas y el gobierno institucional en una misma persona.

Por todo ello, un componente esencial del proyecto de reforma que propuse en mi anterior entrega, ha de ser una nueva “Carta de Derechos”: en la que se codifique con meridiana claridad a qué tienen opción todos los miembros de la Prelatura, por su propia dignidad como personas. Que nunca se dejen esos derechos inviolables al arbitrio de otros, pues su juicio puede ser fallido. Que se articulen llanamente los procedimientos de recurso. Y esa Carta de Derechos sería explicada con todo detalle durante la formación inicial – antes de ninguna incorporación jurídica –, y comentada en todas las convivencias de directores.

¿Es realmente necesario explicitar una serie de disposiciones tan elementales?

Ejemplo: No me parece justo, ni caritativo, ni cristiano, ni conducente a la verdadera libertad, que una persona que ha dejado lo mejor de su vida en una institución, que por ello haya sacrificado trabajo y bienes, quizá dedicándose a labores internas o a desgastarse en una obra corporativa; por ver un día en conciencia que su camino vital le lleva a separarse, además del trauma que supone reorientar su proyecto existencial, se quede de la noche a la mañana expuesto, sin vivienda, empleo, relaciones afectivas y garantías sociales, con poco más que un adiós quasi in occulto y el consuelo de saber que se le encomienda. Y ya no digamos la terrible sospecha de que sus propios familiares, miembros o allegados a la Obra y de cuya acogida depende su propia estabilidad emocional, puedan considerarlo un fracaso. Ni aunque fuera la excepción: eso nunca jamás, en ninguna parte de la tierra, ni una sola vez, debería suceder.

Gracias a Dios, no fue mi caso. Querría de todo corazón que no fuera el de ninguno de vosotros y vosotras.

Voluntad de consenso

La historia moderna de España no se distingue precisamente por haber sido un parangón de concordia y tolerancia. Las guerras carlistas, sucesivas proclamas republicanas y restauraciones monárquicas, golpes de estado, la cruenta contienda civil, dictaduras varias, revoluciones y revanchismos se han sucedido en el turbulento devenir de los últimos dos siglos. En ese contexto, adquiere aún mayor relieve significativo la proeza lograda en los albores del presente régimen...

Apenas elegida la legislatura constituyente en 1977, los arquitectos de la transición – ante todo, el centrista Presidente del Gobierno Adolfo Suárez y el líder de la oposición Felipe González, con el beneplácito del Rey – acordaron que para asegurar la paz y convivencia de todos los españoles no había más remedio que encontrar el consenso de las grandes fuerzas que gobernaban el país. En los famosos Pactos de la Moncloa, unos y otros negociaron en aras de un objetivo común, y se vieron cosas inauditas: los socialistas acataban – no atacaban – la Monarquía, renunciando a su tradición republicana; la democracia cristiana aceptaba lenguaje ambiguo que pudiera dar entrada al aborto; los centralistas otorgaban carta blanca a las aspiraciones autonómicas de las diversas regiones españolas, y éstas cedían el soberanismo… así se elaboró un documento, aprobado por la inmensa mayoría de la población, que enmarcaba lo que ha sido uno de los más impresionantes periodos de paz y prosperidad en España, sólo rotas en momentos puntuales por la violencia de los que prefirieron quedarse al margen del gran acuerdo constitucional.

Conociendo cómo somos, representaba un difícil y arduo objetivo, a duras penas conseguido; casi tan difícil y arduo como lograr que juntos podamos impulsar un proceso de reforma en el Opus Dei.

Somos muy distintos, y hemos vivido variadas experiencias: pero estoy convencido de que podemos coincidir en un objetivo común. Esta web tiene ante sí la gran oportunidad de catalizar un movimiento que se proponga mejorar la forma de hacer las cosas en el Opus Dei: hacer lo posible para que no se repitan, en otros, las tristes historias que leemos en estas páginas.

Para ello, hemos de demostrar que los que pensamos que las cosas pueden mejorar no somos una exigua minoría de insatisfechos y marginados, una simple consecuencia de las inevitables imperfecciones humanas: es fundamental que si se redacta un documento como el que he indicado en los capítulos III y IV, y se presenta a la autoridad competente (II), venga respaldado por un nutrido grupo de ex-miembros.

¿Cuántos? Es difícil decir, pero cuantos más mejor. ¿Mil, cinco mil, diez mil? Se dice pronto: pero si cada uno conocemos, pongamos por media, a 40 ex-miembros, asumiendo que podemos localizar a la mitad, y en un buen día les leen a Satur o a Jacinto Choza 500 personas, ahí mismo podemos tener acceso a diez mil firmas.

Claro que para que todos quieran firmar un documento así, hay que hacer lo posible para que sea aceptable a la gran mayoría, en aras de la meta común. De ahí la voluntad de consenso.

Tendremos que ceder todos: los que una vez llamé “abolicionistas” (15-XI-04), porque querrían ver a la Obra suprimida; los que guardamos cariño y agradecimiento por lo bueno recibido; los que han superado su pasado, y no quieren tener nada que ver con la institución; los que han sufrido lo indecible, y exigen justicia; y todos aquellos (¿la mayoría silenciosa?) que no se pronuncian en foros de este tipo.

Creo que en una página como opuslibros, por su propia naturaleza, predominan los que más se oponen al Opus Dei: pero eso no quiere decir que representen la mayoría en el universo de los ex-miembros. No digo que no lo sean, sino que por el sesgo de la muestra es difícil establecerlo a nivel sociológico.

De entre los que escriben aquí, recientemente Idiota (17-IV) ha articulado el punto de vista de los que voy a llamar “el ala radical” (de radix, raíz): aduce que las raíces del Opus Dei están viciadas, y por eso no vale la pena gastarse en intentar podar las ramas.

El problema que yo tengo con ese argumento, por seguir su analogía, es que un árbol con raíces podridas no da frutos en sazón: y en mi experiencia con la Obra – y creo que con toda objetividad, muchos estaréis de acuerdo – sí que hay algunos frutos sabrosos, de personas entregadas, felices, buenas como el pan. No se han corrompido. Y no puedo negar, porque lo he visto, que gracias a la Obra hay personas que recobran la fe, vuelven a los sacramentos, o deciden hacer algo generoso por el prójimo. Conozco a varias, como ya he dicho otras veces.

Pregunta Jesús F. (20-IV): sí, pero ¿qué me dices de todos los que escriben aquí, de todos los que nos hemos ido? ¿Dónde dejas nuestras experiencias?

Por supuesto que en ese árbol de la Obra hay cosas que no van, y dan lugar a que unas ramas se sequen y otros frutos se caigan: pero la presencia de ambos tipos de fruto indica no que las raíces estén viciadas – pues eso arruinaría al árbol entero –, sino que hay otros problemas – infecciones, musgo, secciones del tronco agostadas, tipo de fertilizante – que hacen que parte del árbol no crezca como debería. Incluso hiedra superflua que creció en vida del Fundador, y que se puede arrancar con toda paz: ahí quedan los pantalones de las numerarias y la participación de los laicos en las lecturas de la misa, por ejemplo. A fumigar las infecciones, limpiar el musgo, erradicar la hiedra, podar lo que no sirve, mejorar el fertilizante, retirar los injertos que no cuajan y apoyar en lo posible a los miembros frágiles, se dirige mi propuesta.

¿Qué incentivo tiene, para el ala radical, una iniciativa de este tipo? Simplemente que la alternativa es el status quo. Sé que a todos nos preocupa, con la solidaridad que se respira en estas páginas, lo que pueda acontecer a miembros presentes y futuros: su felicidad y su realización como personas. Pero como ya dije en el primer capítulo, una reforma endógena es poco probable, por la tendencia interna al inmovilismo; posibles acciones legislativas o judiciales están limitadas en cuanto a materia y jurisdicción; y la vía canónica necesita un motor que promueva la toma de conciencia.

¿Y en qué cederemos “el ala de jardinería,” los que nos fijamos sobre todo en las flores y frutos que hemos visto en algunas partes del árbol? No cabe duda de que la redacción de un dossier que analice y documente sistemáticamente todo lo que ha podido perjudicar a cada ex-miembro de la Obra que participe en su elaboración, será una empresa dolorosa para nosotros; y se recogerán – por lo que uno puede anticipar de la composición del grupo de redactores implicados en sacar adelante el proyecto – opiniones con las que no estaremos de acuerdo. Pero creo que, con voluntad de consenso y en aras del objetivo común, podemos satisfacernos con la seguridad de que el juicio definitivo sobre las disposiciones a imponer recae en la autoridad eclesiástica, que cuenta con la asistencia de ese Inquilino de la Sede de Pedro que llamamos el Espíritu Santo y cuya presencia, en mi humilde opinión, se sigue palpando estos días.

¿Pero nos recibirá y hará caso la autoridad competente? Mucho depende del talante reformador con que acometamos nuestro cometido. Pero ya me he alargado, y lo dejo para el siguiente capítulo.

El talante reformador

Si pecare tu hermano contra ti, ve y repréndele a solas. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma contigo a uno o dos, para que por la palabra de dos o tres testigos sea fallado todo el negocio. Si los desoyere, comunícalo a la Iglesia, y si a la Iglesia desoye, sea para ti como gentil o publicano. (Mt 18, 15-17)

El objetivo común es mejorar la forma de hacer ciertas cosas en el Opus Dei, para que no vuelvan a ocurrir las tristes historias que se leen en estas páginas. El medio es un informe detallado, serio, objetivo, documentado, que recopile tantas reflexiones que hacéis unos y otras. El marco es la autoridad eclesiástica competente, asistida por el Espíritu Santo.

En ese contexto, la intención ha de ser siempre hacer el bien, por amor y con amor. Aunque duela; aunque cueste...

Para algunos, amor a la Iglesia, que muchos queremos ver floreciente en todas sus manifestaciones, sembrando el bien por todo el orbe. Para muchos, amor a Cristo y su mensaje, para que se viva en toda su plenitud – sobre todo por quienes invocan su nombre, como sugiere Jesús F. (27-IV). Para todos, amor a quienes actualmente pertenecen al Opus Dei (de derecho o de hecho): porque tarde o temprano, sabemos que un cierto porcentaje pasará por las difíciles circunstancias que hemos vivido nosotros, y podemos evitarles algunos de los obstáculos con que nos encontramos. Y amor a los futuros miembros, para que en todo momento vivan el ideal pristino y auténtico por el que se entregaron.

Para mí, es suficiente haber pertenecido al “club”, para querer el bien de los que siguen dentro y de los que pedirán la admisión en años venideros. Para algo han de servir nuestras experiencias.

Hemos de demostrar que queremos lo mejor para ellos: los que seguimos viendo el mundo desde coordenadas cristianas, que verdaderamente deseamos su santificación según el íntegro modelo de Jesús (como lo deseo para todos nosotros); los demás – pues esta web no es confesional –, querrán que se realicen como personas y hagan de este mundo un mundo mejor.

En cuanto a la institución, nuestro pregón ha de ser que sólo ansiamos ver encarnada en ella el genuino y puro espíritu que nos atrajo en su día, ése que habla de contemplativos en medio del mundo y Cristo presente en todas las encrucijadas humanas. Y que se aplique sin hacer daño a las personas.

La Jerarquía ha de ver en nuestro documento una labor rigurosa y desapasionada; por eso sugerí que aquéllos que llevan sus llagas a flor de piel no se encarguen de la redacción de apartados que más les hieren, sino que proporcionen material primo para que sean otros quienes lo plasmen por escrito.

Ayudará a nuestra tarea el que, desde su punto de vista, las autoridades eclesiásticas reconozcan en los representantes de los ex-miembros a gente cabal, que mantienen un interés sincero por el bien de la Iglesia y de sus fieles y que comparten sus premisas más básicas. Por eso, creo que sería conveniente que al menos algunos de ellos fueran personas implicadas en sus iglesias locales, leales o al menos respetuosos con la Jerarquía, comprometidos a llevar una vida cristiana.

En tanto en cuanto se realice este proyecto dentro del marco canónico, hemos de atenernos a las reglas del juego: otorgar el trato debido a una institución que ha sido aprobada por la Iglesia, mostrar adecuada deferencia a las autoridades eclesiásticas, aceptar sus decisiones finales, abstenerse de inmiscuir influencias foráneas que presionen a nuestros interlocutores en una dirección u otra…

Por eso, como señal de buena voluntad y por razones de prudencia, respeto, honestidad y estrategia, pienso que un intercambio de este estilo debería mantenerse en la confidencialidad; si el objetivo es la reforma, creo recomendable dejar suficiente margen de maniobra para no causar la impresión de que la Iglesia o sus instituciones ceden ante demandas populares. Esto incluye a nuestras deliberaciones previas y los borradores que se vayan generando.

La idea general es acometer la empresa con afán de servicio, sabiendo que podemos proporcionar una perspectiva nueva, viendo en los miembros de la Obra a nuestros hermanos en Cristo o en la humanidad. Nada más lejos del lamento estéril.

Por tanto (y esto va solamente para los que mantenemos la fe en Dios, ya digo que la web no es confesional), la piedra de toque de nuestra rectitud de intención radicará en si realmente rezamos por ellos, por los directores y por la Obra; si suplicamos con la misma insistencia con que una vez pedimos por la intención especial; si sinceramente, al ver los errores que se pueden cometer, desagraviamos por lo que exista de ofensa al Señor.

¿Qué actitud tendrían la Madre Teresa o Juan Pablo II, si se encontraran en nuestra situación? ¿Se quedarían de brazos cruzados, o imitarían la labor reformadora de sus antepasados en la fe Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz?

Incluso los grandes humanistas reformadores del siglo pasado, figuras como Gandhi, Martin Luther King, Nelson Mandela, Vaclav Havel o Lech Walesa, se distinguen por haber visto siempre, enfrente de ellos, a un hermano.

Soy consciente de lo difícil que es. Implica una actitud magnánima, que invoque toda la grandeza de que es capaz el espíritu humano. Es el perdón del que hablé una vez (18-II-05), queriéndoles como Cristo lo haría, aceptando que a veces “no saben lo que hacen.”

Ahí está el reto: y en él, la oportunidad.

Llamada a la acción: la cuarta fase

En el mundo farmacéutico, existen varias fases antes de introducir un fármaco nuevo en el mercado. En los ensayos clínicos de primera fase (“phase 1 clinical trials”), simplemente se estudian qué dosis pueden ser toleradas en unos pocos voluntarios, con atención a los posibles efectos secundarios. En la segunda fase, dirigida a pacientes que sufran de la enfermedad que el fármaco pretende aliviar, ya se examina qué tipo y magnitud de beneficio puede tener en el enfermo. En la tercera fase se compara directamente, en una muestra de suficiente tamaño, o con el mejor tratamiento vigente o con un grupo que reciba placebo: si el nuevo fármaco resulta equivalente o superior al primero, o por lo menos demuestra eficacia con respecto al segundo, la agencia supervisora da el visto bueno para su lanzamiento al mercado.

La cuarta fase es la más interesante: no está requerida de las casas farmacéuticas (al menos en USA), pero la agencia federal la recomienda vivamente. Se trata de hacer un seguimiento detallado de los efectos del fármaco en la población: una vez que ya se ha distribuído a miles y millones de personas, se realiza un rastreo para descubrir algún efecto pernicioso que no se haya podido detectar en los estudios previos, y así restringir o modificar la dosificación o sus indicaciones clínicas...

La Iglesia ya ha aprobado, en toda regla, al Opus Dei. Su espíritu se practica en casi todas las partes del mundo. Estamos en medio de la cuarta fase, y a nosotros se nos presenta la apasionante tarea de participar en un estudio detallado.

A la Iglesia le conviene hacerlo, por la responsabilidad que ostenta hacia los fieles a su cargo. Habiendo otorgado a la Prelatura su Derecho particular, tiene ahora la oportunidad de contrastar lo que pregona ese derecho (su espíritu codificado) con los efectos pastorales. Volviendo a la analogía médica, ¿consigue el fármaco los efectos anunciados? ¿Está siendo distribuído a las personas para quienes está indicado? ¿A qué edades se puede empezar a suministrar? ¿Se da en las dosis apropiadas? ¿Por qué hay pacientes que dicen que les ha hecho daño? ¿Lo recibieron con consentimiento informado sobre su acción y posibles efectos secundarios? ¿Cuánto saben sobre él los médicos que lo recetan? ¿Cómo se hace la publicidad?

Que conste que en estos estudios no se pone en duda que la medicina en sí puede tener efectos saludables: eso ya se comprobó en la tercera fase. Pero hemos de estar vigilantes, para ver si conviene modificar de alguna forma la presentación del producto, de manera que resulte lo más beneficioso posible a la población.

A la Obra también le conviene. Primero, porque se supone que está interesada en los pacientes a quienes se les ha aplicado su medicina. Segundo, porque puede ser que los efectos secundarios no sean debidos al fármaco en sí, sino al colorante, al plastiquete de la cápsula, a la contaminación de una planta productora, a que hay médicos que lo distribuyen a diestro y siniestro con poco criterio, o a que las indicaciones clínicas eran demasiado amplias. Es importante, para las casas farmacéuticas, conocer bien a su mercado y hacer lo posible para que su fármaco sólo se use en personas y de manera que se vayan a beneficiar: si no, el descalabro puede ser monumental, y se puede terminar retirando del mercado algo que realmente beneficiaba a un segmento de la población. Precedentes en la Iglesia, haylos.

¿Y nosotros, los que hemos probado la medicina con tan diversos resultados? En contraste con los que la siguen tomando a diario, no la necesitamos para sobrevivir: y de nosotros depende que se realice un estudio de esta magnitud.

Es una forma de canalizar todo ese esfuerzo que se vierte a diario en un servidor de algún lugar escondido de Madrid: una manera constructiva, altruísta, de que no caigan en saco roto tantas experiencias. Un modo de enfocar, con espíritu positivo, toda la energía liberada por esta web. Que realmente sea un punto de encuentro y organización para conseguir un fruto tangible que beneficie a otros.

Mejor es eso que resignarse lamentando nuestra impotencia, u optar por el ataque destructivo que termina destruyendo al atacante.

Cabezas y plumas las hay a destajo. Orgullos personales los tenemos todos, y habrá que sacrificarlos en cierta medida. Claro que será una labor ardua, a veces tensa, sin brillo: pero puede ser un gran servicio a la Iglesia y a tantas almas.

Personalmente, estoy convencido de que para que tenga alguna probabilidad de éxito, dado lo delicado del proceso, debe seguir todas las pautas que he marcado en los seis capítulos precedentes, fruto de una reflexión de meses provocada por vosotros, que por fin ha visto la luz. Ése es el desafío que os presento.

Sé que para algunos perderá su atractivo por venir de quien viene: estoy a la espera de que se presenten alternativas viables.

Con mucho aprecio a tod@s y en especial a los orejas,

José Carlos


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