La pureza y los niños

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Por Pedro, 14.12.2005


Durante mi breve estancia en la opus (algo menos de doce años) me llamó la atención la insistencia sobre una virtud que normalmente debe estar en un quinto o sexto lugar (pero que a veces puede pasar a ocupar un lugar más importante, según la persona y sus circunstancias).

Todos la habéis identificado ya... sois unos pillines, unos ladrones y unos bandidos. Me refiero –cómo no– a la virtud de la santa pureza.

Os cuento dos anécdotas. La primera me ocurrió como niño del club, y la segunda como numerario con diez años de mili. Ahí van, en riguroso orden cronológico:


Anécdota Uno: De cómo descubrí el único pecado mortal que uno puede cometer (a parte de matar viejas)

En 1992, con motivo de la beatificación, el cole montó una convivencia a Roma. Yo estaba entonces en octavo de EGB. Es decir, tenía trece añitos recién cumplidos...

Recuerdo que me llamó un poco la atención ver a monitores del club en el autobús del colegio. A pesar de mi edad temprana yo era un tipo bastante dado a cavilar, por lo que dediqué un ratillo a intentar esclarecer la cuestión. Y como no me atrevía a preguntar y no estaba dispuesto a darme por vencido sin encontrar una respuesta verosímil, no paré hasta encontrarla: en mi ingenuidad, pensé que como algunos profesores vivían en el club, a fin de cuentas era lógico que colasen a sus amigos en el viaje. La realidad, por supuesto, era bien distinta: esos tíos iban a degüello total buscando ‘vocaciones’ adolescentes. Claro, que eso no lo descubrí hasta pasado algún tiempo...

Pero me estoy desviando. El caso es que el viaje Madrid-Roma en autobús es un rato interminable (casi dos días, si no recuerdo mal), por lo que da para hablar de todo con todos con (y sin) infinita caridad. En esas condiciones, y conociendo el percal (audiencia cautiva, adolescente y en buen plan), los monitores del club tenían un campo estupendo para la actividad cinegética (no me refiero a las películas, que fueron penosas comparadas con las de otros autobuses, sino a la caza).

Total, que a la altura de Calatayud estaba yo charlando animadamente con un amiguete de mi clase que iba sentado al lado mío. En esto, veo que se acerca por el pasillo del autobús un monitor de esos con jersey de pico rojo, tres filas de dientes (yo sólo tengo dos) y sonrisa perenne. Apoya el brazo en el respaldo de mi asiento y en plan de buen rollito me dice:

- Oye, tú y yo tendremos que hablar un ratillo...

Guau... ¿'Tendremos' que hablar? ¡Qué estrong! Pero si este es un tipo importante... los monitores (y hasta los profesores) le tratan con respeto... ¡y quiere hablar conmigo!

- Okey makey. – contesté.

Eso, que me fui a sentarme con él. Estuvimos hablando de pájaros y flores un poco: que si la beatificación, que si el fundador, que si qué tal las notas, que si la Quinta del Buitre estaba acabada... y así, de repente (y sin que yo le diera entrada), le dio por hablar de cochinadas:

- O sea, que eres de Murcia ¿eh?... – eso no es necesariamente una cochinada, la cochinada viene ahora.
- Bueno, yo no... pero tengo familia allí.
- Ah, ya veo. Por cierto, Pedrito ¿tú te masturbas? – así, tal cual, a bocajarro.

Me quedé bocas ante el cambio de tercio. Además, ni sabía lo que era eso. ¿Intentaba insinuar aquél tipo que los murcianos eran todos unos mastuerzos?

- ¿Que si soy un quéééé? – pregunté.
- Pregunto que si te mastuuuurbas. – contestó con una extraña expresión beatífica en la mirada (luego he pensado que aquella adorable mirada de cachorrillo tipo ‘no lo abandones, el nunca lo haría’ posiblemente tuviera por objeto ‘facilitarme la sinceridad’).
- No... bueno, no sé... ¿eso qué es?
- Pues tocarse el pito para producirse placer y tal – Literal.
- Ah... pues no... no...

Yo no sabía que tocarse el pito produjera placer. Y él parecía un poco azorado, quizá por haber reventado así la inocencia de un crío. Yo, sin embargo, sentí que le había decepcionado, que la respuesta correcta a su pregunta habría sido algo así como ‘sí claro, hombre, como todo el mundo...’.

En cualquier caso, el tipo continuó su interrogatorio, inasequible al desaliento:

- Vale, pero la santa pureza... ¿qué tal la vives?
- Pues bien... supongo.

Yo sabía que se podía ‘vivir la vida’, o ‘vivir bien’ o ‘mal’, o incluso ‘vivir como un marajá’, pero no tenía ni idea de lo que era eso de ‘vivir la pureza’. De hecho, todavía estaba esa fase en la que uno piensa que las niñas son tontas porque no juegan al FUTBPOL (a esa edad a uno se le llena la boca diciendo FUCTBBOL).

- ¿Pero tienes caídas con frecuencia?
- ¿Caídas? ¿al suelo dices?
- Noooo, hooombre, noooo: caííííídas de pureeeeeza.

Ah, o sea, que no sólo se ‘vivía la pureza’ sino que se podía ‘caer uno dentro de la pureza’. Bueno, pues estupendo. Yo no sabía si eso era bueno o malo, ni si hacía daño, pero lo que estaba claro es que tenía que enmendar mi error de la anterior pregunta. Todo fuera por evitarle una nueva decepción a aquel desequilibrado tan simpático. Contesté:

- Bueno... algunas veces.
- ¿Cómo cuántas? – saltó, impulsado por un resorte invisible.
- Jobar... pues no sé...

Me había pillado: ¿Qué era lo normal? ¿Miles? ¿Cientos? ¿Dos? Menos mal que al ver mi turbación debió pensar que tenía que ‘facilitarle la sinceridad al muchacho de san Rafael’:

- A ver, por ejemplo en una semana cuántas tienes: ¿tres? ¿cinco?

Ah, vale, menos de diez. Como tampoco quería presumir porque ya me había metido en camisa de once varas le contesté:

- Una o dos. Supongo que no son muchas... – comencé a excusarme.
- Sí, son muchísimas – interrumpió.

Cerró los ojos y me dedicó la más fría de sus sonrisas.

Jolín. No había quien le entendiese. Si no me masturbo porque no me masturbo y si ‘tengo caídas’ porque las tengo... el caso es poner careto de decepción. Si lo llego a saber le digo la verdad...

Absorto estaba yo en estos pensamientos cuando va y me suelta:

- ¿Tú no sabes que una caída de pureza es pecado mortal?

Vale, tiempo muerto, que me aclare: a ver... pecado mortal... pecado mortal... eso era... ah sí...

¿PECAO MORTAAAAL? ¿YOOOOO?

Un inciso. De acuerdo con la sólida formación doctrinal recibida a lo largo de ocho años en un colegio obra corporativa de la opus dei (Madrid Oeste), yo pensaba que las posibilidades de pecado mortal se resumían en dos: uno, matar vieixas; y dos, a que si uno te da una patada jugando al FUTPBPOL en el descanso (en aquél cole tan pijo, el recreo de toda la vida se llama ‘descanso’) le dijeses con voz medio ronca y los ojos entrecerrados ‘ojalá te MUERAS’.

Ante aquella 'acusación' me sentí un poco mal. La conversación con el tío del jersey de pico rojo y las tres filas de dientes había comenzado en plan de buen rollito, pero ahora, de golpe y porrazo, sonrisa perenne y todo, me había hecho quedar como un pecadol reo de las penas del infieeennno.

Recuerdo que pensé que la culpa era mía por haberle mentido diciendo que tenía caídas de pureza sin saber lo que era eso, y me tuve que tragar la charlita condescendiente que vino después y que no me afectaba lo más mínimo. Lo que sí que no recuerdo es el contenido de la misma, aunque me lo imagino.

Y por mi abuela que el diálogo que he contado hasta aquí es prácticamente literal.

A partir de ahí me picó la curiosidad y fui indagando un poquito. Pronto descubrí que lo de las caídas de pureza respondía a un amplio abanico de cosas que nunca me habían llamado la atención (pero ni de lejos): mirar las tías en bolas que salen en los quioscos, hablar de cosas guarras, ver determinados programas en la tele... Fíjate tú.

Claro, yo era el menor de mi clase (o casi). Cuestiones que para otros estaban en plena ebullición a mí no me llegaron hasta algunos meses más tarde. Cada vez que pienso en cómo el tipo aquél entró en mi inocencia como un elefante en una cacharrería...

En fin, supongo que tampoco puedo quejarme mucho: siguiendo el ejemplo de tiburón blanco con jersey de pico rojo yo hice algo parecido pasados algunos años...


Anécdota Dos: De cómo obedecí a los directores flotantes de la Comisión en una campaña de adoctrinamiento a niños pequeños.

Vaya por delante que cuando los califico de ‘flotantes’ me refiero al hecho empíricamente irrefutable de que los directores de delegaciones y comisiones (de los centrales mejor no hablar) despegaron del suelo hace tiempo y no tienen previsto volver a bajar.

Son, por término general, una manga de iluminados a los que se les pone alfombra roja para exponer sus teorías cósmicas en las tertulias de los cursos anuales. Si a esto se une el ascendiente del que gozan sobre el personal y su aura de cracks de la santidad, se entiende que sus indicaciones tengan más peligro que Espinete en una fábrica de globos.

Para muestra un botón. Recuerdo que en la región en la que yo pasé unos siete años (no España: otra que queda lejos), a los directores de la comisión se les metió en sus ilustres y calenturientos cabolos que los niños del club, ‘ya desde muy pequeñitos’, debían hacer su charla con el jefe de nivel correspondiente. Era importante –decían con el índice en alto– que tuvieran su guión para la confidencia, y que hablasen de oración, mortificación, VOCACIÓN (te cagas: ¡niños de once o doce años hablando de vocación!) y por supuesto, santa pureza.

En este último aspecto se hizo especial hincapié, y recuerdo que se nos insistió en que ‘los muchachos que se forman al calor de los apostolados de la obra’ tenían que contarnos a los monitores ‘sus cosillas de pureza’ para que así aprendiesen a ser ‘salvajemente sinceros’ y a evitar ‘posibles escrúpulos de conciencia’.

Y esto no lo dijo un adscrito talibán en estado de ‘éxtasis Fiesta A’. Nos llegó por varios cauces (tertulias, charlas, meditaciones, charla fraterna, dirección espiritual) y siempre como algo venido de la comisión (cuando no directamente de boca de los mismísimos jefazos). O sea, que amén, amén, amén al cubo. Lo que hay que hacer se hace sin componendas ni retrasos que equivalgan a no cumplirlo. ¡Ahora comienzo! Iam fetet!

Es curioso, pero una vez me comentó el director del centro que el criterio indicaba que las cosas de pureza era mejor que los niños las hablasen directamente con el sacerdote... ya ves tú... en fin, no quiero entrar en las contradicciones de la obra: estas son abundantes y dan para escribir ríos de tinta (además de los que ya se han escrito), pero aquí no son del caso.

A lo que voy:

Yo, con mis veintitrés recién cumplidos, y sintiéndome clase de tropa como el que más, tomé mis apuntillos en mi agenda... y me lancé a aplicar lasindicacionesdelosdirectoresconjugándolas conmicapacidaddeiniciativaparaponer lasenprácticaenmividapersonal yenmilabor apostólicayparaidentificarmeconellas.

¿Y cómo hacerlo?

Pues ni más ni menos que como tiburón blanco con jersey de pico rojo y sonrisa perenne hizo conmigo varios años antes: por las bravas. Nunca nadie me había enseñado otra forma y pensé que al tipo aquel después de todo le funcionó, puesto que yo pité y ahí seguía, diez años más tarde y a miles de kilómetros de mi casa...

Claro que los niños de mi nivel eran por aquél entonces fábricas de hormonas de quince añitos. Confianza había, pero de ahí a empezar a preguntar a saco ‘Little Peter -que quiere decir Pedrito en inglés- ¿tú te masturbas? ¿cuántas veces, tres o cinco?’ pues va un trecho...

Vale, estoy exagerando un poquito. Puede que mi delicadeza en el trato sea comparable a la de un orco de Mordor particularmente ceporro, pero en contra de lo que pueda parecer no me chupo el dedo (o al menos no siempre). Desde luego alcanzaba a ver que estaba pisando un firme muy inestable, y que por tanto tenía que ir con mucho cuidadito.

A pesar de ello, el efecto de mi campaña pro-sinceridad salvaje fue devastador.

Algunos niños empezaron a hablar entre ellos de que si el tío este (yo) es (era) marica, de que si a él qué le importa si yo me toco el pito para producirme placer o no, que si a mengano el otro día le preguntó si se cambiaba de acera al pasar por el quiosco... Total, que los padres se acabaron pispando del asunto y algunos –supernumerarios/as ellos/as– fueron directamente con el chisme... ¡a los preceptores del colegio!

Y yo, ajeno durante algún tiempo al pastel que había montado, me enteré de todo esto por medio del otro numerario que se encargaba de ese nivel conmigo (él tenía un hermano en aquella clase que le había comentado el tema a sus padres) y a través de un supernumerario que era preceptor en el colegio y jugaba conmigo en un equipo de fútbol.

De los interesados nadie me dijo las cosas a la cara. En el caso de los niños lo entiendo porque los niños son como son, pero no en el caso de los padres supernumerarios. Eso sí, para no faltar a la verdad, debo decir que sólo fueron uno o dos niños (y padres) los que se se pusieron de uñas (pero desde luego consiguieron generar un rollete bastante malo, sobre todo entre sus compañeros).

Claro, que en el entorno ghetto-opusiano del colegio aquel, el ambiente ya andaba un poco enrarecido (no en torno a mí, sino en general) y esto no hizo sino contribuir a la charla habitual entre bastidores. Pero de largo lo que más me dolió es que cuando fui a comentárselo al director (a la sazón persona que llevaba mi charla):

- Dairector, que esto es lo que pasa...
- Ah sí, algo he oído.

Me quedé estupefaciente.

Algo había oído...

¡¿¡CÓMO QUE ‘ALGO HABÍAS OÍDO’, CACHO TARUGO!?! ¡¿¡Y CUÁNDO PENSABAS DECÍRMELO?!? ¡¿¡PORQUE PENSABAS DECÍRMELO... NOO?!? ¡QUE ME HE ENTERAO POR LA PRENSAAAA...!

En fiiiiin...

A todo esto, se daba la circunstancia de que en aquél preciso momento (año 2002), un puñado de padres preocupados por la formación de sus hijos comenzaban a promover fiestas sanas ‘supervisadas’, las cuales incluían bailongo, luces de colores, bola de discoteca, alcohol (con moderación) y humo en plan concierto de eisi-disi. No exagero ni un pelo, palabra (o eso, o todos -padres, profesores y alumnos- mentían luego). El objetivo de aquellas iniciativas, dicho sea de paso, era facilitar que los niños de mi nivel que estudiaban en el colegio labor personal conociesen a las niñas de su nivel de la colegia labor personal.

Yo nunca asistí a las fiestas, pero la sensación que me daba el director de mi centro –cuya información provenía de fuentes aparentemente fidedignas– era más bien descorazonadora: Sodoma y Gomorra en el jardín de Pin y Pon, vamos. Además, por lo visto YO tenía que hacer algo al respecto, porque nos jugábamos muchas vocaciones.

Ya.

Pero es que YO estaba atado de pies y manos nada menos que por haber seguido las indicaciones de los iluminati de la comisión: a mí parte de los niños ya no me contaban nada y algunos padres tácitamente me habían retirado la confianza por dudar de la inocencia de sus dulces hijitos.

Yo -notorio fundamentalista puritano- no estaba en la mejor atalaya para dar lecciones a nadie.

Conste que no les culpo. Entre sus fiestuquis en plan desmadre sano y el gilipínfanos del club (o sea, yo) ¿qué iban a elegir? Pues ojalá hubiera yo tenido fiestas con niñas a los quince años en vez de tertulias con críticos de cine y directores de san Rafael. Y ojalá no hubiera tenido a los visionarios aquellos detrás de mí con catorce.

Pero como aquí quien no se consuela es porque no quiere, yo pensaba que yo lo único que había hecho era obedecer y que nuestro amadísimo fundador decía que quien obedece nunca se equivoca.

Vale, quizá no se equivoque, no seré yo quien lo niegue, pero desde luego pone su careto para que se lo partan, arriesgándose además a quedar como un perfecto cenutrio. Y lo más duro es que, mientras tanto, el iluminado que desempeña tareas de gobierno (y que sabe lo que es un adolescente porque una vez vio uno en la portada el mundo cristiano), mantiene su credibilidad intacta. A ojos de todos el pardillo es Pedrito, que resulta que le ha dado por el rollo porno: la opus y sus directores son santos y no tienen malas ideas.

¿Cómo hice para ‘solucionarlo’? Pues quitándome de en medio (¿a alguien se le habría ocurrido una alternativa mejor?). Lo que está claro es que allí ningún director de la comisión iba a asomar públicamente la cabeza para decir no, es que le dijimos que tenía que sacar estos temas en sus conversaciones con los niños...

Entre otras cosas porque aquello no era 'oficialmente' un problema. A veces es la forma de afrontar los líos en la opus: se ignoran oficialmente, se deja que cada palo aguante su vela (menos la institución, que sale indemne), y en todo caso se lleva los escupitajos el que ha puesto la cara. Punto.

Así pues, y dado que 'me correspondía hacer algo', cogí por banda al otro que llevaba conmigo el nivel del club y le dije que lo mejor era que a partir de ese momento todos los niños ‘hicieran la charla’ con él: todo fuera por el bien de las almas. Y que por favor fuese más prudente que yo, que si en la opus había una plaza de tonto era la mía, y que yo no había sabido interpretar las indicaciones recibidas.

Genio y figura hasta la sepultura...

¿Tuvo aquello algo que ver en que me dijesen ‘tú vete sacando un billete de avión porque la semana que viene te vuelves a España’?

No lo sé. Honestamente tengo que reconocer que había más cosas de fondo, pero desde luego, después de aquello mi situación en el club se hizo un pelín difícil. ¿Habría mejorado con el tiempo? Honestamente creo que sí. Como bien saben en la opus, las cosas se olvidan con el paso de los meses (y si no, de los años). Habría sido cuestión de agachar la cabeza un tiempo...

En cualquier caso, hoy me alegro de no tener que andar más jugando con almas de críos ni 'ayudándoles' por la fuerza.

¿Debo agradecerle a la obra el haberme 'sacado' de esa situación? Lo dudo. Sobre todo por cómo se hizo (me subieron al avión sin mediar explicación alguna) y porque al volver a España 'tuve' niños de esa misma edad dos años más (hasta que me fui), a pesar de repetir en la charla semana tras semana -por activa, por pasiva y por refleja- que no me iba ese encargo apostólico... ¿Querrían los iluminati españoles aplicarme una terapia de choque para superar 'mi fracaso'? ¿o quizá se perdió por el camino el informe interno de mis directores (lleno por supuesto de caridad y sentido sobrenatural)?

Supongo que nunca lo sabré.

Claro que ya me importa un rábano.

Y como las historias tienen un final feliz, debo decir que de aquellos chavales no pitó ninguno. Y yo no tengo el más mínimo remordimiento (si es que puede atribuírseme algún ínfimo atisbo de 'culpa'), porque yo no los veía de numerarios de todas formas: eran buenos chicos y estaban hechos para ser felices. Según mis fuentes (opusinas), hoy lo son sin necesidad de estar en el mejor sitio para vivir y para morir.

Yo también estoy fuera, y se está infinitamente mejor que dentro.


Dos hombres y dos destinos: breves conclusiones

Y yo me pregunto: ¿qué diferencia hay entre el numerario de jersey de pico rojo y tres filas de dientes que me preguntó por la pureza y lo que yo (que tengo dos filas de dientes) les pregunté a los chavales aquellos?

Sólo veo una: yo me pegué la toña y él no.

¿Por qué?

Pues vete tú a saber: diferencias culturales, peculiaridades históricas, número de filas de dientes... Yo hice con ellos exactamente lo que él hizo conmigo (incluso dentro de mis limitaciones, creo que fui algo más delicado que él, porque mis niños eran algo mayores).

¿Otras conclusiones?

Sí, se me ocurren algunas más. Las enumero brevemente, porque esto se hace largo y los Lunnis ya se han ido a dormir hace un buen rato:

  • El tema de la pureza en la obra recibe una atención obsesiva, particularmente en el trato con adolescentes (incluso niños). Lo del quinto o sexto lugar es sólo de cara a la galería. Para decir esto no me baso sólo en las dos anécdotas que he contado, conozco algunas otras y en la web hay ejemplos para parar un mercancías (o dos).
  • Los directores de delegaciones y comisiones (también conocidos como iluminati) generalmente levitan varios centímetros por encima del suelo, que no tocan al desplazarse. Esto tiene una desventaja, y es que carecen de las más básicas nociones sobre lo que es la naturaleza humana. El lado positivo es que no se ensucian los zapatos.
  • Entre otras muchísimas cosas curiosas, nuestro amadísimo fundador decía que el que obedece nunca se equivoca. Claro que eso no está reñido con que el que obedece pueda pegarse una leche de agárrate y no te menees mientras el ideólogo de turno queda libre para perpetrar nuevos atentados al sentido común.
  • Yo seré un troglodita, pero no soy el único. En la opus los hay a patás.
  • Me alegro de no tener que jugar más con almas de críos sin saber a ciencia cierta lo que estoy haciendo (como -por cierto- hacen tantos otros). Y me alegro de que ningún iluminado pueda jugar ya con la mía sin tan siquiera conocerme en persona.

Me queda alguna que otra anécdota más sobre el tema de la pureza y los adolescentes (¿mencioné que es materia más pegajosa que la pez?), pero si eso ya os la endilgo otro día.


Original