La perversión de Escrivá

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Por E.B.E., 10 de agosto de 2011


Una encuesta sin importancia

¿Cómo hace un estudiante de artes, para estudiar su carrera, si no puede leer la mitad de la bibliografía obligatoria, no puede reunirse en grupos de estudio con mujeres (90% de la población estudiantil, en este caso) y tampoco puede asistir a espectáculos públicos (teatro, cine, opera, recitales, ballet, etc.)?

Pero también habría que preguntarse: ¿qué hace un religioso estudiando una carrera así?

¿Cómo? ¿Me repite la pregunta? ¿Qué dijo?

Es que así sí encajan las cosas. Considerándome un religioso, se entiende que ni fuera a diversiones ni me juntara con mujeres ni leyera libros que mis superiores no aprobaran. Pero yo no era un religioso. ¿O sí lo era? Por la vía de los hechos, sí. No lo era única y exclusamente por la vía semántica de la negación.

Todas esas preguntas me las hice hace unos días, mientras estaba completando un formulario de mi universidad –interactivo, por internet- y al final de la encuesta apareció una pregunta inesperada: solicitaban mi permiso para ponerse en contacto conmigo para hablar acerca de las causas o razones de mis retrasos en los estudios universitarios.

Me empezó a dar como una reacción alérgica: me ahogaba, pero de angustia. Digámoslo así: la autoridad de la universidad estaba interesada en saber por qué mis estudios no habían sido completados en tiempo y forma. En ese momento saltaron aquellas preguntas iniciales, como respuestas incisivas.

Entre las preguntas del formulario, había una sobre trasladado de ciudad y, de ser afirmativo, las razones. Contesté que SI y luego “ninguna de esas razones”, al mismo tiempo que pensaba “ni se imaginarán jamás la razón por la cual me trasladé de ciudad para mis estudios universitarios”.

A continuación reflexionaba: en cuanto me llamen y les cuente que entre los motivos a considerar, en el retraso de mis estudios, estaban aquellos tres mencionados al principio, pues en la universidad no lo podrán creer. Me mirarán con cara desencajada y me dirán: ¿usted nos está hablando en serio?

Por supuesto, siempre se puede pensar que hay muchas otras causas para retrasar estudios (pereza, desinterés, etc.), pero está claro que esos tres motivos van a dejar a los sociólogos profundamente desconcertados e interesados.

Les diré: “me trasladé de ciudad porque el Opus Dei me lo ordenó y los mayores obstáculos que tuve no procedieron de la misma universidad sino del Opus Dei”. A ver qué cara ponen.

Impresiones

Nunca debí haber estado en el Opus Dei. Es la primera conclusión, luego de llenar el formulario de la universidad. No porque “no tuviera vocación”. Sino porque el Opus Dei es un completo engaño y un fraude. Creo que ninguno de los que estuvimos en el Opus Dei debimos estar nunca en esa institución tan llena de falsedades y fundada por alguien que ha de haber padecido una grave patología para crear semejante institución enferma.

Sencillamente pienso que teníamos derecho a hacer una vida normal y a no estar en una institución creada según criterios patológicos (coacciones, engaños, ocultamientos, sometimientos, falsas apariencias, abusos e invasiones a la intimidad, etc.).

Nadie en su sano juicio puede crear una institución para obligar a personas corrientes a que asuman un modo de vida religioso y al mismo tiempo convencerlas –mediante engaños, manipulaciones y coacciones- de que su modo de vida no ha cambiado en absoluto, y sigue siendo el mismo. Hay que tener una seria perturbación mental para hacer eso.

Me aventuro a creer que Escrivá tenía un grave problema afectivo, y lo quiso resolver creando el Opus Dei, aunque ello trajo como consecuencia perjudicar a miles de personas (como se puede constatar en Opuslibros). Creó así el Opus Dei, pero lo dio a conocer invirtiendo su origen causal: ahora los demás tenían un problema (“una vocación sin resolver”) y el Opus Dei venía a resolver esa demanda. Como consecuencia, Escrivá se beneficiaba enormemente.

Lo interesante de la mayoría de las “vocaciones” o “llamados” a formar parte del Opus Dei, es que no son espontáneos sino inducidos, coaccionados. Es el Opus Dei el que inventa la vocación, generalmente sin ningún tipo de discernimiento personal.

¿Cómo explicar que el Opus Dei no es una secta sino simplemente una organización de laicos que viven como religiosos pero a los cuales se les ordena negar esa identidad y afirmar, en cambio, una identidad que no tiene relación con sus vidas, es decir, la identidad de laicos? (cfr. Negación de los religiosos) ¿En qué cabeza cabe vivir de una forma y al mismo tiempo negarla, afirmando que se vive de otra muy distinta y opuesta? ¿Qué tan sana puede ser una institución donde las personas están obligadas a disociar permanentemente entre lo que son (religiosos) y lo que dicen ser (laicos)?

¿Pero se trata sólo de eso, de una confusión semántica, denominando laica a una vida más bien propia de religiosos?

Vivíamos como los religiosos pero estrictamente no éramos ni religiosos ni laicos. Éramos sobre todo seguidores de Escrivá, sometidos a “un régimen” de vida creado por él (saturado de elementos de la vida propia de religiosos) y que tenía como fin seguir secundar sus deseos: “hacer la voluntad del Padre”, aun difunto también (lograr su canonización, por ejemplo). No había ningún otro fin superior a éste. Ni la santificación personal, ni la del mundo, ni la de nadie. Por lo cual es muy fácil pensar el Opus Dei como una secta.

La vida en el Opus Dei iba mucho más allá del hecho de ser simples religiosos. Había un sometimiento y una obediencia ciega que trascendía los modos religiosos de vida. Ninguna regla conventual tiene por fin “hacer la voluntad del Superior General”. Eso es propio de las sectas.

Por esto de no ser ni religiosos ni laicos es que el Opus Dei –su funcionamiento interno, en la práctica-, cae fuera de las órbitas de la Congregación para los Religiosos y de la Congregación para los Obispos (Cfr. La intencionísima: “La ubicación de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei en el ámbito de la Congregación para los obispos y fuera del ámbito de actuación de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada resulta ventajosísima para el Opus Dei. Le permite controlar sin ser controlado, ver sin ser visto.”).

Vergüenza y represión

Cuando me preguntaron si yo daba el consentimiento para que representantes de la universidad se reunieran conmigo –acostumbrado al Opus Dei, donde uno obedece y no da el consentimiento a prácticamente nada-, me pareció de una gran educación (en realidad, hay temas legales sobre la privacidad que la universidad debe respetar). Luego me di cuenta, también, que por mi parte había aún mucha angustia reprimida.

Aún muchas cosas no han sido contadas en público por muchos de nosotros por dos razones: una gran vergüenza y una gran represión.

Y esto está emparentado con un mecanismo al que recurren muchos perversos: manipulan el sentimiento de vergüenza para hacer callar a sus víctimas.

Cuando la universidad se mostró interesada en mi caso, me di cuenta que decirles la verdad implicaba superar una enorme vergüenza (reconocer mi sometimiento en manos del Opus Dei) y una enorme represión para olvidar y no hablar del tema, a pesar de todo lo escrito en Opuslibros. Hay una razón.

Hablar del sometimiento personal –en manos del Opus Dei- frente a extraños es sumamente doloroso y humillante. Porque no pueden entender que uno no se resistiera firmemente a semejantes órdenes y sometimiento. ¿Por qué no dijo que no? ¿Por qué no se fue de allí en ese mismo instante?

Creo que nos reunimos en Opuslibros, porque aquí nos entendemos y no es necesario explicar muchas cosas.

Pero también uno se encuentra con personas que saben que este tipo de situaciones sólo puede suceder a causa de algún tipo grave de trasgresión sobre las conciencias: saben que están frente a alguien que ha sido sometido de manera humillante. Saben que están frente a un hecho gravísimo: una violación de la conciencia.

Hablar frente a estas personas resulta humillante, porque se pone en evidencia más que nunca lo que hemos padecido. Y ahí es cuando el relato se torna doloroso para uno mismo.

La conciencia de la dimensión del daño se va de escala, se hace inmanejable. Dicha conciencia se torna angustiosa al extremo.

Uno de los motivos más importantes por los cuales se tarde en salir del Opus Dei es la negación. Se piensa: “no puede ser verdad lo que está pasando, Escrivá es un santo, el Opus Dei es algo bueno, no puede ser verdad lo que estoy percibiendo”. Lleva años tomar conciencia de los sucedido y aceptarlo. Lleva años hasta que uno puede soltar las lágrimas y finalmente aceptar qué fue el Opus Dei y quién era realmente Escrivá.

En la experiencia humillante –de contar lo padecido- uno toma conciencia de la perversión sufrida: mediante la angustia se toma conciencia de quien era Escrivá.

Pero existe otra instancia más, donde nuestras lágrimas podrán testimoniar sin disimulo ni contención el que Escrivá fuera un perverso: si el día de mañana la Iglesia lo declarara como tal, nuestra angustia reprimida estallaría sin riendas, con una mezcla de euforia y de furia. Sé que es prácticamente improbable que suceda, pero eso no impide que nuestras lágrimas dormidas se mantengan latentes, en espera.

De todas formas, para reconstituir nuestra conciencia, no es imprescindible que la Iglesia declare a Escrivá como alguien que ha hecho mucho daño. Tal vez sea suficiente que nosotros hablemos. El tema es que no siempre sabemos con quién hablar para tomar conciencia de quien era Escrivá y despegarnos de su figura definitivamente.

A veces un hecho fortuito es el disparador insospechado de toda una catarsis extraordinaria.

Ahora bien: ¿toda esta conciencia de lo padecido, no es un tanto nihilista? ¿De qué sirve para el presente y el futuro?

Es profundamente liberadora. No es agradable pasar por ella, transitar toda esta angustia. Pero una vez superada, la liberación que resulta es profundamente satisfactoria. Ya no importa el pasado ni lo perdido. Solo cuenta el presente y el porvenir. Sin pesadas cargas ocultas ni represiones emocionales de ningún tipo. Paradójicamente, a travesando esa angustia se llega a la felicidad.

Lo angustiante sería profundizar en lo padecido sin llegar a nada, y cada vez ir más profundo sin más resultados ni hallazgos que más angustia. Todo este zambullirse en las profundidades del daño producido por el Opus Dei ha de tener como objetivo encontrar la salida a toda esta pesadilla, para subir luego a la superficie y así no seguir más anclados en el fondo oceánico de nuestro pasado en el Opus Dei.




“No es normal”. Uno se encuentra con ese tipo de respuestas. “No es normal lo que te ha pasado”. Y uno queriendo explicar que si bien no es normal, al menos tiene explicación. Pues lo que se quiere en esos momentos es que la angustia no se torne inmanejable –como en espiral- y entonces uno se quiebre.

Se acepta que “eso” estuvo mal pero al mismo tiempo se niega que haya estado demasiado mal. Porque si se toma conciencia de ello, la angustia se torna asfixiante.

El intento de justificar que cualquier “entrega a Dios” supone “renuncias” resulta insuficiente. Pero además, lo peor de todo es descubrir que “nunca hubo nada que tuviera algo que ver con Dios” sino que “todo tuvo que ver con Escrivá”. Esto es fatal.

¿Todo lo que depositaba en Dios, en realidad se lo estaba llevando Escrivá a sus arcas? En eso consiste el fraude del Opus Dei.

¿Pero no me entregué a Dios en un principio? Eso es lo que creímos. Como también creímos tener una vocación, que en realidad no existe.

Todas las renuncias “en nombre de Dios” fueron en realidad hechas a un hombre: Escrivá. Renunciamos a todo por Escrivá, no por Dios. Por eso la estafa, por eso el fraude que es el Opus Dei. Por eso el sentimiento profundo de haber perdido años de nuestra vida inútilmente.

Mediante el sometimiento de la conciencia, nos entregamos a Escrivá, no a Dios. Eso es lo dramático. Ahí está la perversión de Escrivá. Ahí está la violación de la conciencia.

Cada uno podrá sublimar los hechos como quiera, para transformarlos en otra cosa. Se puede poner a Dios como fin último, pero en el Opus Dei el sometimiento y la entrega tienen como razón de ser la obediencia a Escrivá.




“No, eso estuvo muy mal”, “lo que te ha pasado estuvo muy mal”. “Quien te hizo eso no tiene excusas”.

Uno escucha, entonces, lo que no quería escuchar ni confirmar: que “eso estuvo demasiado mal”. Que “lo que te hizo el Opus Dei estuvo muy mal, pero muy mal”. Pues al afirmarlo alguien externo, confirma también la existencia de una angustia reprimida a punto de estallar. En lo más profundo del ser, uno sentía eso mismo pero no encontraba quién se lo confirmara.

Son momentos profundamente dolorosos pero también profundamente liberadores.

Sin ninguna necesidad de racionalización ni argumentación intelectual de ningún tipo, se puede decir con toda paz: “lo que me hizo el Opus Dei estuvo extremadamente mal”.

Esto supone situarse –al menos por unos segundos- en el lugar de víctima, y –lejos de ser un privilegio- eso no es nada agradable. Es preferible cualquier otro lugar, menos vulnerable y hasta quizás buscando ser invulnerable (a través de la racionalización y el distanciamiento emocional). Pero tal vez el único modo de no ser más víctima sea aceptar que al menos en un momento histórico dado, uno fue víctima de la perversión institucional.




Los abusos contra la conciencia son una forma de violación. Y toda violación es inaceptable. Pero sobre todo si ha sucedido: la resistencia a aceptar lo ocurrido es enorme. La primera reacción es la negación.

No hay que andar con contemplaciones. Nadie que someta las conciencias de esta manera –hasta la obediencia de lo más absurdo- puede ser considerado un inocente y menos un santo.

No es normal que alguien te manipule la conciencia para que vivas de una manera y al mismo tiempo niegues dicha realidad por completo.

Y toda esa conciencia del mal se pone en evidencia cuando uno habla con personas que, desde afuera, pueden ver lo sucedido con otra perspectiva muy distinta.

A veces uno quiere minimizar los daños para sufrir menos. Simplemente eso. No es porque los hechos no sean graves. Al contrario, porque no son soportables. Y minimizándolos, se hacen más llevaderos. Cuando alguien los pone en su dimensión, estalla la angustia contenida.

Esa angustia fue la que surgió, al leer que la universidad estaba interesada en contactarse conmigo. Fue algo totalmente inesperado, sorpresivo e incontrolable.

En esos momentos surgió la conciencia de un daño que no tiene disculpas. El daño que ha hecho Escrivá es enorme, multiplicado en miles de personas, algo más bien propio de un perverso narcisista que de un santo.

La estrategia del perverso

El perverso juega con dos elementos para su silencio (la canonización fue obra también del silenciamiento, no sólo de los testimonios que hablaban a favor): la vergüenza y la incredulidad.

Desde los inicios el Opus Dei fue una institución de la cual no había que hablar porque “no nos iban a entender”. Es decir, no había que hablar porque “los de afuera” iban a malinterpretar todo. Por lo cual reinaba un sentimiento que se presentaba como pudoroso, cuando era en realidad vergonzoso. Lo que escondíamos no era algo digno sino vergonzante. Pero el Opus Dei se las arreglaba para hacer pasar por pudoroso lo vergonzoso. Sabía confundir ambos términos, así como confundía tantas otras cosas (laicos y religiosos).

Es el día de hoy que del Opus Dei es mejor no hablar, salvo entre el público amigo e incondicional, que “entiende las cosas”, aunque no porque “las entienda” sino porque las acepta sin cuestionar nada, lo cual es algo muy distinto. El público externo, en cambio, no acepta nada sin al menos hacerse algunas preguntas básicas. Por eso es que en el Opus Dei decían: “no nos van a entender”.

El perverso juega con la idea de que “no te van a creer” y por lo tanto “mejor no hables” si no quieres quedar como un loco o un estúpido. Es que hablar del Opus Dei es hablar de cosas increíbles. ¿Cómo las autoridades de la universidad van a entender que un estudiante de artes tiene prohibido asistir a espectáculos públicos, leer la mitad de la bibliografía obligatoria y también debe consultar qué películas puede ver y cuáles no? ¿Cómo van a entender que además ese mandato fue obedecido sin cuestionarlo en absoluto?

“No te van a entender”: ese es el gran temor. Y al no entender, “no se van a interesar”. “Quedarás como un chiflado”, cuando no como “un enemigo de la Iglesia” en los ambientes católicos o frente a la jerarquía. Es el aislamiento completo.

El perverso también juega con otro sentimiento “para hacer callar”: el recurso a la vergüenza. No sólo no te van a creer sino que “te va a dar una gran vergüenza aceptar que fuiste sometido por el Opus Dei”.

La humillación personal es uno de los mejores medios que tiene el perverso para lograr silencio. Hablar implica revivir la humillación pasada: nadie quiere algo así.

El Opus Dei cuenta a su favor con esto: para exponerlo públicamente, uno mismo tiene que exponerse. Y como eso es humillante, el Opus Dei cuenta con esa aprehensión instintiva como forma de encubrimiento. Los perversos lo saben muy bien y por eso se sienten con tanta seguridad al actuar.

¿Entonces el único modo de exponer al perverso es humillándose uno mismo? No necesariamente. En Opuslibros existen los nickname y funcionan muy bien como mecanismo de protección de la intimidad. Luego, en otras instancias, es posible lograr cierta reserva de la identidad. Así se ha manejado al menos en Irlanda, con las víctimas de abusos sexuales. De todas formas esto no evita que frente a ciertas instancias, autoridades con competencia para su función, uno tenga que exponerse, con nombre y apellido. Eso es doloroso.

Cómo el Opus Dei viola la intimidad

La violación de la intimidad –en el caso del Opus Dei- tiene que ver con la “entrega total”. Haberse entregado del todo al Opus Dei y haber aceptado incondicionalmente la palabra del Opus Dei y de Escrivá. La entrega total es sometimiento total, que a su vez es negado completamente con el argumento de la “obediencia inteligente” (una contradicción “in terminis”, como tantas otras cosas del Opus Dei: si hay obediencia inteligente, no puede haber sometimiento total).

Implica haber entregado el cuerpo (voto de castidad), los bienes materiales (voto de pobreza) y la conciencia (voto de obediencia).

La violación sexual tiene que ver con la invasión de las partes más íntimas del cuerpo. La violación de la conciencia tiene que ver con la invasión más íntima de la persona, tomando control sobre ella. Los directores del Opus Dei debían tener “libre acceso a la conciencia” de sus dirigidos:

«El día que tuvierais un rincón de vuestra alma, una cosa que no sabe el que lleva vuestra Confidencia, tendríais un secreto con el diablo» (Escrivá, Meditaciones IV, pág. 595)

La violación de la intimidad no sólo tiene que ver con el secreto de oficio (cfr. Murmuración institucional). Tiene que ver también con el sometimiento de la conciencia hasta una docilidad humillante y la despersonalización (cfr. La crueldad de Escrivá).

Como “el barro en manos del alfarero” debía ser nuestra docilidad a los directores, decía Escrivá.

«¿No puedo yo tratarlos a ustedes, casa de Israel, como ese alfarero? –oráculo del Señor–. Sí, como la arcilla en la mano del alfarero, así están ustedes en mi mano, casa de Israel» (Jeremías, 18).

Lo espantoso de esta comparación, es que mientras Dios era el alfarero para el Pueblo de Israel, Escrivá se proponía a sí mismo como el alfarero para los miembros del Opus Dei. Escrivá era Dios y a él había que someterse como el Pueblo de Israel se debía someter a Dios.

«Debéis estar dispuestos a poneros en manos de los Directores, y dejaros dar forma sobrenatural como el barro en las manos del alfarero» (Escrivá, Meditaciones III, pág. 224)
«Humildes delante de Dios y de los Directores, que representan a Dios; rindiendo gustosos el juicio, abriendo de par en par las puertas del corazón» (Escrivá, Meditaciones I, págs. 338-339)

Hubiera faltado que Escriba añadiera: “abriendo de par en par las puertas del corazón para dejaros violar la conciencia”. Habría sido sincero.

¿Por qué obedecimos hasta la propia humillación personal? Porque Escrivá se hacía pasar por enviado de Dios.

Prueba de ello es que para muchísimas cosas que hicimos o dejamos de hacer, no existen más razones que la obediencia ciega a los mandatos de Escrivá y sus discípulos más cercanos. Y dicha obediencia no era natural sino provocada: nadie se humilla sistemáticamente, sino por algún tipo de coacción moral (una autoridad dictadora).

La ley y la conciencia

Hay un tema muy importante a hacer notar: las palabras de Escrivá no eran simples exhortaciones de un escritor espiritual, las cuales uno puede tomar o dejar. La palabra de Escrivá era la ley, dentro del Opus Dei.

Tanto su palabra oral como escrita. Escrivá era el Gran Legislador, sin necesidad de que nadie le aprobara nada, ni siquiera la Santa Sede (los Estatutos depositados en el Vaticano parecen piezas de museo, frente a la legislación aún vigente creada por Escrivá, un doble estándar). Desde este punto de vista, no son ninguna novedad los “decretos secretos” del actual prelado. En el Opus Dei se legisla de manera absolutista.

Uno debía obedecer la palabra de Escrivá sin cuestionar nada, ni un ápice. Porque además de tener fuerza de ley, su palabra tenía un carácter cuasi sagrado: todas sus enseñanzas formaban parte de lo que Dios le había “querido revelar” el 2 de octubre de 1928 (cfr. La Obra como Revelación).

Y no hacerlo suponía un acto de rebelión, como sucede con todo aquel que no está dispuesto a someterse a las leyes.

Por eso la responsabilidad de Escrivá sobre el daño estructural que produce el Opus Dei. Toda la perversión que se puede encontrar en el Opus Dei, tiene como autor a Escrivá legislador. El hizo las leyes fundamentales que gobiernan el Opus Dei.

A su vez, por el tono, había otros textos de Escrivá que eran exhortaciones sin valor efectivo, sin fuerza de ley. Como cuando hablaba de “lo libérrimos” que eran los miembros del Opus Dei. Una exultación sin consecuencias prácticas. En cambio, los mandatos tenían otro tono y estaba claro que debían ser obedecidos si uno quería permanecer dentro del Opus Dei. Y por supuesto, estaba claro también que dejar el Opus Dei era “dejar de estar con Cristo” (cfr. meditación sobre La Barca, en [Meditaciones IV, pág. 84 y ss.).

Escrivá no sólo creaba leyes, también creaba “doctrinas de fe” (sobre todo concerniente a la salvación personal y su relación directa con el Opus Dei), doctrinas que debía ser creídas con la misma fuerza con que las leyes debían ser obedecidas. En realidad, la fe que exigían sus doctrinas, era un apéndice de la obediencia que se le debía a Escrivá. Creer en Escrivá no era tanto una cuestión de fe como de obediencia. Tanto las leyes como las doctrinas tenían la misma cuota de perversión.

Completa ignorancia

Mientras los religiosos pueden explicar sin complejos por qué llevan el modo de vida que han elegido, los miembros célibes del Opus Dei no pueden dar explicaciones convincentes, porque la razón última es la obediencia ciega llevada al absurdo y el desconocimiento de la vida religiosa: el no saber que viven como religiosos.

No saben por qué hacen lo que hacen, salvo por el hecho de tener que obedecer. No saben por qué no van a espectáculos públicos (algo que se aplicaba a los religiosos en el Código de 1917). No saben por qué tienen que hacer el testamento antes de la fidelidad y no antes de la oblación. No saben. No saben que tienen derecho a defender su conciencia frente a los abusos de autoridad. No saben por qué supuestos “laicos corrientes” están obligados a usar cilicio y disciplinas. No saben nada. Sólo saben que tienen que obedecer, y además de forma ciega, aunque a continuación deban declarar que lo hacen de “manera inteligente”.

La entrega al Opus Dei fue humillante, lo mismo que lo fue la salida del Opus Dei, en la mayoría de los casos (ser considerado un loser). Todo un capítulo aparte, que no puede ser desarrollado aquí, y sobre el cual hay abundantes testimonios en Opuslibros.

Desnudamiento

Unos violadores manipulan con el objetivo de invadir cuerpos, otros violadores manipulan para invadir conciencias. Ambas son violaciones, que llegan a tocar las partes íntimas, con el propósito de obtener algún tipo de satisfacción patológica (placer carnal, poder, autosatisfacción, sometimientos, etc.). El narcisista busca su propia glorificación. Y por eso con la canonización Escrivá alcanzó su máxima glorificación post-mortem. Ahora habrá que ver quién lo baja de ese trono, incluida la estatua gigante en San Pedro.

La entrega al Opus Dei implica todo un desnudamiento de la conciencia. Frente a ese estado de vulnerabilidad, el Opus Dei actúa abusando, tomando el control de las conciencias.

La pérdida de la fe, de muchos que han salido del Opus Dei, tiene que ver con esta violación de la intimidad en manos del Opus Dei.

“Es por tu bien”, es otro de los elementos típicos de los perversos y presente en el Opus Dei, quienes se convencen de que lo que hacen es algo bueno y pretenden convencer a sus víctimas. “Me dejaré hacer”, decía Escrivá en una de sus meditaciones, para que todos nos convenciéramos de que era algo bueno ese “dejarse hacer” como “en manos del alfarero”.

La dificultad enorme para abandonar esa relación de sometimiento es otro signo de perversión. La falta de ayuda y el abandono, complementan la patología del perverso.

Las decisiones libres

Uno de los signos más claros de abuso es que la mayoría de las decisiones no son libres dentro del Opus Dei.

Es el Opus Dei el que interviene en la conciencia y hace fuerza para que la decisión final surja en dirección a sus deseos.

Ni el ingreso al Opus Dei (los directores disciernen por el candidato), ni los traslados de ciudad, ni los cambios de carrera, ni siquiera las decisiones más pueriles como la compra de ropa fueron libres (salvo excepciones). Tampoco la decisión de elegir director espiritual o confesor.

Más bien fueron producto de una obediencia ciega, incuestionable. El principio era: “uno hace lo que le dicen” y eso es todo. “Obedecer o marcharse”. Porque en última instancia obedecer al Opus Dei era obedecer a Dios, y a Dios no se le ha de desobedecer nunca.

Pero también en temas tan relevantes como la ordenación sacerdotal, no está nada claro que las decisiones sean libres: los casos van desde quienes no saben por qué se ordenan hasta quienes se ordenan “por agradar al Padre”. De hecho, quien manifiesta anticipadamente su deseo de ordenarse, lo más probable es que no se ordene jamás (de hecho, es uno de los impedimentos para ingresar al Opus Dei).

Si a mí la universidad me preguntara ¿por qué no se reunió en grupos de estudio con mujeres, por qué no fue a espectáculos públicos, por qué no leyó las bibliografías obligatorias, por qué dio exámenes si no estaba preparado? La respuesta sería sumamente humillante, pero al final sería una sola: por que creí estar obedeciendo a Dios.

Menos mal que el Opus Dei existe, es real, porque si no, yo estaría para el encierro. Los psicópatas que matan gente también argumentan del mismo modo: Dios me lo ordenó, como lamentablemente sucedió hace poco en Escandinavia.

Recuerdo muy bien mi primer y segundo aplazos: en el primero el profesor preguntó si había leído a cierto autor (no lo había leído porque era prohibido) y prácticamente ahí acabo el examen. En el segundo caso, el profesor me preguntó si había leído el texto de fulano, y por supuesto no lo había leído. Comenzó a decirme, entonces, que no entendía cómo no lo había leído si era un texto que “hasta un oligofrénico lo puede entender” (sic). En esos momentos me sentía fatal, doblemente humillado, por la reprimenda del profesor y porque no me podía defender y decir la verdad.

Lo que no le podía decir en esos momentos al profesor (ahora se lo diría con todo gusto), era que no había leído ese texto porque los directores del Opus Dei me lo habían prohibido. Al decir eso habría dicho la verdad, pero frente al profesor habría quedado yo como un lunático, y al mismo tiempo habría sido –según el Opus Dei- desleal a Dios por haber dicho algo que “los demás no pueden entender” y haber hecho “quedar mal” al Opus Dei. Es el mecanismo de los perversos: juegan a favor con el silencio de las víctimas: porque no se les cree y porque la vergüenza les juega en contra.

Recuerdo otro caso: tenía que ver -para una materia de cine-, un film de 1966 llamado Blow-up, de Michelangelo Antonioni, un maestro del cine italiano. No era necesario ir al cine, podía alquilar la película y verla. Cuando le consulté al director del centro donde vivía, me respondió en forma sintética y retórica: “¿sabes de qué se trata la película?: de un tipo que se dedica a fotografiar mujeres desnudas. Por lo tanto no vas a verla”. Ahí se acabó todo el asunto. Por supuesto, jamás se me ocurrió decirle al profesor: “¿sabe una cosa?, el director de mi centro me prohibió ir a ver la película que usted nos dijo, porque es de un fulano que se dedica a fotografiar mujeres desnudas y por lo tanto no voy a ir”. Yo me habría muerto de vergüenza, el profesor se habría muerto de risa, y yo además me habría sentido “un traidor” al exponer públicamente mi condición de numerario y el funcionamiento del Opus Dei en su más cruda realidad.

Más que una cuestión de secretismo, ejercer la vocación públicamente era un asunto vergonzoso, porque no se podía explicar abiertamente por qué uno hacía lo que hacía (de ahí la cuestión de “no alardear de nuestra pertenencia al Opus Dei”, (cfr. Meditaciones V, pág. 203). Es decir, se podía, pero daba una vergüenza terrible. ¿Pero entonces por qué uno seguía dentro del Opus Dei? Únicamente por obediencia ciega, es decir, por sometimiento de la conciencia. No tenía nada que ver con una decisión libre.

Probablemente uno confundía inclinación religiosa natural con una vocación inventada por Escrivá. Es decir, la confusión la creaba el Opus Dei. Lo de Escrivá es lo más parecido a “ponerle impuesto al aire” que respiramos. “Tienes inclinación natural religiosa, entonces has de pagar un canon llamado vocación al Opus Dei”. Consiste en entrar al Opus Dei y dejarlo todo. Y si no lo haces, pues estarás en deuda con Dios y tu salvación eterna estará en peligro.

El Opus Dei forma gente para que le obedezca de manera irracional e incondicional, capaz de anularse completamente, hasta el holocausto del yo. No es que vayan a hacer atentados afuera, sino que van a incinerarse adentro, en “la caldera” del Opus Dei para dar energía y vida a dicha institución. Así quedan al salir del Opus Dei. Como un limón exprimido, al decir de Escrivá.

Es siniestro el Opus Dei. Es como un psicópata que forma autómatas para que le obedezcan. Por eso el daño causado por Escrivá es inexcusable, no hay modo de hacerlo “comprensible”.

La reforma del legado perverso

El problema que veo con la reforma de los Legionarios, es cómo cambiar la historia: cómo cambiar el hecho de que miles de personas han seguido a un profeta, a un santo, que en realidad era un perverso. ¿Cómo se cambia eso, de la noche a la mañana? ¿Recurriendo al “misterio de Dios” se explicará lo ocurrido? ¿Es reformable o transformable la obra de un perverso?

Es conocido el principio según el cual Dios escribe derecho sobre renglones torcidos. También el texto de Corintios según el cual Dios eligió lo despreciable y lo necio para confundir a los sabios. Pero llevar al extremo esos principios es sumamente peligroso. En octubre de 2010, el cardenal De Paolis calificó a la Legión como una “obra de Dios”. Esto causó desconcierto en más de una persona. Si Dios se expresa a través de los perversos, estamos en problemas.

Si el día de mañana se reconociera oficialmente que Escrivá era otro perverso que violaba conciencias, ¿su canonización se explicará también como otro “misterio de Dios”?

Siento que estas explicaciones no hacen más que menoscabar la autoridad de la Iglesia. Si todo da lo mismo, entonces nada tiene valor. Si las obras de los perversos se pueden transformar en obras de Dios, entonces, todo da lo mismo. Esto sí es verdadero relativismo.

La canonización de Escrivá no es broma. La reforma legionaria tampoco. Está claro que fallaron los controles dentro de la Iglesia para que todo ello sucediera, y no sólo durante unos pocos días sino décadas.

No se puede jugar con la Fe como se utiliza en los naipes el comodín, que sirve para explicar cualquier cosa a través de la idea de “misterio”.

Así han querido explicar la paidofilia dentro de la Iglesia y sobre todo legitimar la negación del problema: es un misterio. Y como tal, entonces, no tenía sentido poner el misterio en manos de la justicia civil.

Convertir lo perverso en agente causal de algo santo no tiene ni pies ni cabezas.

El problema que veo aquí es que el principio de infalibilidad lleve a no reconocer los errores: eso es lo que sucedió con la paidofilia. Ocultar lo ocurrido a través del traslado del perverso, de un lado a otro. Una locura. ¿En qué cabeza cabe semejante decisión? En la de quienes confunden infalibilidad con negar los errores y los problemas.




Existe otro problema y es cómo evitar la estampida y una probable anarquía. Porque declarar -de la noche a la mañana- la “quiebra moral” de los Legionarios o del Opus Dei, no es cosa sencilla. No se puede “dejar en la calle” a miles de personas: hay que ayudarles a encontrar la salida sin provocar la desesperación.

Posiblemente a esto apunte gran parte de la prudencia actual de la Santa Sede.

Sin embargo, en el pasado reciente -como ha sido el caso de la paidofilia- el temor a la estampida ha llevado a manejos claramente desacertados, como los traslados de abusadores de diócesis en diócesis, ocultando el problema más que abordándolo adecuadamente.

Así como los santos son propuestos por la Iglesia como modelos a seguir, debería haber también algo semejante pero en sentido contrario: Maciel y Escrivá propuestos como modelos a evitar, junto a sus creaciones institucionales. Tanto Maciel como Escrivá hicieron pasar como Voluntad de Dios su propia perversión. De esto debe quedar memoria permanente, para no repetir la experiencia.

Si, al contario, sus perversas obras son transformadas y reinterpretadas -a través del recurso “al misterio” de la Providencia- en obras buenas, se terminará legitimando y repitiendo las acciones de los perversos.



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