La personalidad de José María Escrivá

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Nota al escrito de Marcus Tank

Por Oráculo, 10 de julio de 2006


Se preguntaba Marcus Tank sobre el acierto o no de sus escritos en torno a los engaños del Opus Dei, de un lado, y la biografía y acción fundacional de Escrivá, de otro. Aquí van unas líneas en las que deseo manifestar expresamente mi opinión, como en parte Segundo hacía ya el viernes pasado.

Pienso que las tesis propuestas en los escritos de Tank son certeras, especialmente valiosas por su apertura hacia una búsqueda desinteresada para la comprensión plena de la realidad. O sea, que los dos nos encontramos en idéntica disposición observando el fenómeno y, al mirar, parece que los dos estamos viendo lo mismo. Y, para que esto no quede en una mera declaración genérica, casi como adhesión ciega a los puntos de vista ajenos, añado unos comentarios en la estela de esos escritos.

Considero un acierto que se hayan subrayado las dimensiones de astuto engaño que acompañan muchas actuaciones de José María Escrivá durante toda su vida y, por extensión, en su “fundación” una vez hecha institución. Son engaños porque encierran mentiras deliberadas, pues no hay peor mentira que una consciente verdad a medias. En las biografías hagiográficas sobre Escrivá esto llega al paroxismo, pues ahí encontramos “un personaje” que ni es real ni en buena parte se corresponde con lo acontecido aquí abajo, en la historia de los humanos.

No necesito discutir la santidad actual del hombre: es decir, el hecho de que Dios le haya otorgado ya la bienaventuranza, al igual que su misericordia habrá hecho con millones de otras personas anónimas —estoy seguro— que han precedido o seguido a Escrivá en la existencia. En esto ha quedado comprometido el juicio definitivo de la Iglesia, con toda la fuerza de su autoridad divina, para quienes la aceptan. Pero sí digo que la “historia” narrada por la institución—incluso en los procesos de beatificación y canonización— sobre el personaje, y que sigue repitiendo, en buena parte no se corresponde con la realidad de lo acontecido en el tiempo de la historia.

¿Qué es entonces la devoción al “San Josemaría”? Entiendo que o bien es la proposición objetiva de un ideal a seguir, o bien es la asunción subjetiva de esos anhelos, pero entonces por un doble motivo: porque es “ideal” —no real— y porque “lo narrado” se ha propuesto como regla imitable. Lo ficticio está en que el “ideal” se supone real (subjetivo) en la persona de carne y hueso José María Escriba Albás, pero sin la deseable acribia. No pienso discutir sobre devociones, pues la vida espiritual de cualquier persona me suscita un profundo respeto, ni en mi ánimo está remover los motivos de las devociones particulares de cada quien, o los métodos por los que excita su fe. Sí me interesa, en cambio, el personaje real de carne y hueso. Y ahí vengo a coincidir con los enfoques de nuestro amigo Tank.

Como él, de las fuentes o de los recuerdos extraigo algo muy diferente al “San Josemaría” de consumo espiritualista, pietista. Verdad es que lo tenemos más fácil quienes conocimos al personaje en vida. Mi percepción es la de un hombre que hoy consideraríamos “fascistón” de temperamento —por favor, no se mezcle esto con las connotaciones políticas del término— y también de carácter, con una muy reducida formación teológica, en exceso dogmática y apologética: un antimodernista beligerante. Su comprensión de la fe cristiana apostólica se vierte siempre en teorizaciones doctrinales. Fue un activista con “cabeza cultural” del Antiguo Régimen. Quedó marcado indudablemente por la experiencia traumática de la persecución religiosa española de los años treinta. Y organizó conscientemente las cosas del modo que conocemos, pensado que así obraba bien, al igual que otros —en otros tiempos— pasaron a cuchillo a judíos, herejes o infieles, en nombre de Dios. Su gobierno práctico se reduce a utilizar toda la estrategia y medios seculares —la astucia y el poder, sobre todo— para “objetivos buenos” que habrían de alcanzarse humanamente: es decir, por el propio esfuerzo.

Por eso su fe en la Iglesia pneumática —la sacramentalidad como “estructura”— era muy débil. Y de ahí sus desconfianzas, su afán de controlar y amarrar todo, y también su versatilidad para cambiar de “doctrinas” o de fórmulas canónicas según conveniencias. En esto parece consistir la tan cacareada mentalidad laical que sustenta la secularidad de su espiritualidad: su institución habría de “luchar” con los mismos métodos del mundo y en esto consistía estar sirviendo a Dios desde “dentro del mundo”. Por eso también, quizás, Escrivá vivenciaba su Obra como la “tabla de salvación” para la Iglesia o para la Humanidad, como aún hoy muchos lo piensan en la Prelatura del Opus Dei, con notable mengua de la pretendida humildad colectiva. Pero este enfoque de su misión carismática no deja de ser una exageración, nada divina, porque muy poco tiene de iluminación sobrenatural: en cambio, sí tiene mucho que ver con los desequilibrios del carácter de Escrivá, con sus gustos y rarezas, sus cosmovisiones humanas, y aun con los complejos de su personalidad.

Así las cosas, el problema actual es doble. Primero, el hecho de que se hayan institucionalizado las actitudes del “fundador”, cimentando su bondad en su presunta santidad, hoy ya declarada por la Iglesia, aunque este juicio eclesial no pueda convalidar las falsificaciones de la historia. Y, segundo, la realidad del mito: es decir, que el “personaje” sea un modelo irreal de diseño, cuya “elaboración” se ha forjado unida a la consolidación de esos otros hábitos institucionales, como si éstos fueran expresión carismática de la “vida” (biografía) fundante. Es exactamente lo mismo que estaban haciendo los Legionarios de Cristo con su Fundador, tomando ejemplo en la experiencia del Opus Dei, aunque a mitad de camino el tiro les salió por la culata. Si los procesos de Escrivá se hubieran hecho con la honestidad que requiere el método científico, inmunes de influencias calculadas e interesadas, es muy probable que aún hoy estarían atascados. La historia real hubiera impedido entonces la edificación y la promoción del mito y, desde luego, la consolidación de los defectos institucionales. De haber sido así, hoy sería más fácil la crítica y la reforma de los dislates de la institución, habitualmente forjados —y sostenidos con habilidad— a espaldas de los jerarcas de la Iglesia. Pero la historia no tiene marcha atrás.

¡Qué útil sería rescatar los votos —dictámenes— negativos de aquellos dos Consultores de la Congregación romana que, en su día, se opusieron en conciencia a la canonización de Escrivá, con harto enfado de algunos! En fin, a la vista de este panorama, no es fácil rectificar el rumbo. Y, pienso, será necesario que el “edifico construido” —la “imagen artificial” forjada— se derrumbe enteramente, para que de nuevo pueda construirse luego en alguna dirección buena. Larga tarea, sin duda, que difícilmente podrá evitar las crisis internas o las purificaciones “providenciales”. Mi confianza es que Dios proveerá por encima de nuestros esfuerzos.



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