La inspección a la Obra

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Por Jose A. Botella, 21 de enero de 2008


Hace mucho que no escribo en esta página aunque he seguido con interés las discusiones y comentarios de muchos durante todo este tiempo. He decidido escribir otra vez movido por la noticia de Alberto Moncada sobre la posible inspección a la Obra por parte del Vaticano. Durante estos años he pensado mucho si debía o no llevar a mis hijos a actividades para niños como campamentos de verano etc. que tanto bien me hicieron a mí en el pasado. Por otro lado siempre he temido que, paralelamente a la buena formación que la Obra da a los que a ella sea acercan, mis hijos sufrieran los “daños colaterales” de los que la Obra es responsable en su actividad apostólica. Expongo a continuación una reflexión sobre lo que creo que en la Obra debería de cambiar para que, como padre, pudiera estar tranquilo al llevar a mis hijos a los clubs. Se que repito lo que tantas veces aquí se ha discutido y denunciado pero, aún así, me ayuda poner por escrito lo que pienso y espero que a otros también lo haga. Mis conversaciones acerca de estos temas con algún director de centro en la ciudad donde antes residía y al que creía de verdad amigo, me ha llevado a perder su confianza y amistad. Si doy mi opinión no puedo ser su amigo porque estoy, según él, atacando a su “madre buena la Obra”. Me pregunto que hubiera pasado si yo hubiese sido miembro de la prelatura y hubiera expresado libremente mis dudas y opiniones.

Hablo con conocimiento de causa y no de oídas. Es por ello por lo que me siento autorizado a dar mi opinión sobre lo que debería cambiar en la Obra y apuntar hacia lo que, desde mi humilde punto de vista, los “inspectores” del Vaticano deberían mirar con lupa:

  1. La metodología usada para atraer a jóvenes inmaduros y plantearles su vocación, y el chantaje emocional al que se somete a estos niños y niñas aludiendo ser poseedores de la verdad sobre la voluntad de Dios sobre esas personas y el pronóstico de futuro, siempre negativo, que se vaticina para ellas si se niegan a ser “generosos” con su vida. Llama la atención que en muchísimas ocasiones se “vea” la voluntad de Dios de que una persona pida la admisión y unos meses o años más tarde se “vea” que esa persona ya no tiene vocación y que debe abandonar la Obra...
  2. La falta de claridad en muchos casos sobre las obligaciones a las que se comprometen esas almas en el caso de aceptar su incorporación, alegando que no se puede explicar todo de golpe con lo que se falta a la verdad y, en muchos casos, se procede de manera engañosa. El “cheque en blanco” no debería confundirse con la buena voluntad de entregarse enteramente a Dios en un camino determinado. Considero lógico que para poder entregarse enteramente hay que saber primero a qué se está obligado. Hay muchos caminos donde uno puede entregarse completamente a Dios, pero sabiendo de antemano cuales sean los deberes y obligaciones a las que uno deberá someterse al recorrer dicho camino.
  3. La obligación de la charla fraterna con un seglar donde se deben transmitir problemas y cuestiones de conciencia. La Iglesia ya ha advertido, en el caso de órdenes religiosas, que nadie debe estar obligado a abrir la conciencia a sus superiores. En la Obra el no hacerlo es síntoma de “mal espíritu” y por tanto garantía de infidelidad a la larga. De ahí la insistencia en el tema de “sinceridad”.
  4. La “obligación” de confesarse con un sacerdote de la Obra. Todos sabemos que aunque escrito está que los miembros se pueden confesar con quién les venga en gana, se ve de “mal espíritu” el que lo hagan “fuera de Casa”. He conocido varios casos de supernumerarios que se confiesan a menudo con sacerdotes diocesanos pero que se cuidan muy mucho de decirlo en la charla fraterna. ¿Por qué?
  5. La charla que en muchas ocasiones propone el sacerdote después de la confesión, se utiliza a menudo como pequeña astucia para poder hablar de los pecados confesados con miembros del consejo local. Para evitar este problema, las conversaciones sobre vida interior con los sacerdotes deberían darse dentro de la confesión. No hay ningún motivo para no poder dar la absolución después de media hora de charla. De esta manera se evitarían muchísimos problemas.
  6. La diferencia entre lo escrito en documentos públicos (estatutos) y la praxis. Todo lo que se refiere al “mal espíritu” se encuentra en su mayoría en este ámbito. Se utiliza la terminología “mal espíritu” para obligar al cumplimiento de determinadas “obligaciones” y deberes que no son tal según los estatutos escritos. La existencia de una doble manera de actuar: de cara a la Iglesia y a la sociedad por un lado y cara adentro por otro. Nunca se podrá demostrar, y la Iglesia tendrá dificultades en investigar, esta cuestión puesto que habría que escuchar a las personas que lo han vivido, están ya fuera y no son de fiar al ser consideradas traidores, locos o pobres almas que han abandonado el camino al no haber podido, probablemente, resistir el empujón de la carne.
  7. El atribuirse la capacidad de interpretar la voluntad de Dios para cada miembro en cada momento. Frases como “lo he visto en la oración” o “Dios está esperando que tú…” son de una arrogancia insostenible. El ser director espiritual no es siempre equivalente a ser portador de la voluntad de Dios para una persona. Si bien en muchas ocasiones con la buena práctica de la dirección espiritual se está sobre el buen camino, se corre el riesgo de abusar de esta práctica para imponer mediante chantaje emocional deberes y obligaciones que ni por asomo tienen que proceder de Dios. Con la idea de que los miembros tienen que obedecer a los directores en cuestiones de conciencia incluso sin comprender, como se aconseja a menudo, existe el serio peligro de manipulación y de anulación de la capacidad de decisión. No todo el mundo tiene el mismo grado de madurez ni personalidad. Los directores no deberían asumir tan fácilmente el papel de portadores de la voluntad de Dios aunque la práctica de la dirección espiritual sea muy aconsejable.
  8. El peligro que supone el pensar la Obra como una “madre buena” de la que no se acepta la comisión de ningún error ya que es santa, y la exaltación del santo fundador al que, históricamente, y como algunos han demostrado se le ha lavado varias veces la cara para presentarlo sin mancha alguna.

Todos estos problemas parecen resumirse, desde mi punto de vista, en una voluntad por parte de la dirección en la Obra en controlar al miembro hasta en el más mínimo detalle de su vida por miedo a que, al no hacerlo, se esté dejando de proteger y cuidar el espíritu legado por el fundador. De ahí la abundancia de tantas reglas, normas, consejos, notas, disposiciones y prescripciones hasta en los más estúpidos pormenores de la vida cotidiana de un centro y que para algunos se hacen absolutamente agobiantes. En definitiva, aunque se predica, de hecho no se cree en la responsabilidad personal.

Esta manera de actuar se entiende, en parte, debido a la temprana incorporación a la Obra de niños con catorce años y medio (no es así según los escritos, aunque sí según la práctica, como siempre). Al continuar actuando así una vez que el miembro ha alcanzado la mayoría de edad, se desprecia el valor de la responsabilidad y madurez en muchas personas y en numerosas ocasiones se puede llegar a violentar sus conciencias y a dañar la capacidad de tomar decisiones. Ese control absoluto, la existencia de la acusación de “mal espíritu” aunque según lo escrito no lo sea, y la falta de confianza en la madurez de los miembros desmiente en realidad la tan manida idea de “que en el Opus Dei se hacen las cosas “porque nos da la gana” y pone en entredicho el que en la Obra se crea de verdad en la famosa “libertad de los hijos de Dios”.




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