La hora del tercer padre del Opus Dei

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Por Alberto Moncada, EL MUNDO. Jueves, 24 de marzo de 1994.


La muerte de Alvaro del Portillo, el segundo padre en la historia de la Obra, ocurre apenas cerrado el conflicto que supuso la forzada beatificación del primero y plantea en la organización religiosa de origen español una doble crisis que tendrá que afrontar Javier Echevarría, a quien tanto Escrivá como Portillo han estado preparando para ser el tercer padre. La primera crisis es de naturaleza política y consiste en cómo acomodarse a los nuevos vientos de un Vaticano que, cercano ya el fin de la época Wojtyla, se apresta a disminuir su fundamentalismo doctrinal y su intromisión en el poder civil, para lo que el Opus era herramienta dócil y entusiasta. Estas elecciones italianas son las primeras en las que el Papado ya no tiene una candidatura de confianza para la que pedir el voto de los fieles. El apoyo episcopal a los rebeldes de Chiapas es otro dato que rompe la política «pro statu quo» de la jerarquía católica...

Todos los grupos eclesiásticos fijan su estrategia para el próximo pontificado, empezando por los jesuitas, que tienen su propio candidato en el cardenal milanés Martini y que desean vengarse de las humillaciones que cuentan haber sufrido de manos de los opusdeístas en el poder. Y así como Portillo era un hombre experimentado en la diplomacia vaticana, capaz de consensos y hubiera podido eventualmente acomodarse al cambio, Echevarría, de cuyo mal carácter y prepotencia se duelen tantos burócratas vaticanos, no parece estar entrenado para la negociación y el pacto. Al fin y al cabo Echevarría entró en la Obra casi de niño, no ha tenido experiencia civil y se ha pasado la vida bajo las faldas de Escrivá, ejerciendo de secretario del jefe en esa escuela de caudillismo que es la sede romana del Opus.

El segundo escenario de la crisis es interno. Escrivá estaba acostumbrado al ordeno y mando pero para ejercerlo disfrutaba de un carisma indiscutido. Portillo ha actuado al calor del recuerdo cercano de Escrivá, de quien era un prestigioso segundo. Pero Echevarría ya está más lejos de suscitar ese hipnotismo automático en sus fieles y puede que se enfrente a alguna contestación interna. Porque, pese a los mecanismos de selección y adoctrinamiento de los socios del Opus, hay indicios de que no todos comulgan con las ruedas de molino de la primera y segunda épocas y empezarán a hacer en público las preguntas sobre los fines y los medios que se hacían en privado en tiempos más opacos. Y es que, según la sociología de los grupos cerrados, la suerte de la mayoría de estas organizaciones es quebrarse, reformarse al desaparecer el líder carismático y su primer sucesor. El mando supremo tomó en su día las primeras medidas contra la contestación que pudiera sufrir el líder designado a dedo. Cuando murió Escrivá, el colegio electoral, que no es sino un grupo de socios de confianza seleccionados desde arriba, nombró sucesor a Portillo con sólo un voto en contra. El destinatario de ese voto, Florencio Sánchez Bella, antiguo jefe del Opus español, está hoy convenientemente destinado como capellán de un colegio de niños en México.

El indiscutible tercer padre del Opus Dei tendrá que enfrentarse a su tarea con la preocupación de cuidarse físicamente para no reproducir la muerte súbita de sus dos predecesores. Hace cuatro años Echevarría sufrió un infarto, y cuando los doctores de la Universidad de Navarra procedían a su reparación el difunto Portillo les indicó que «necesitaba un corazón que durase 25 años». Al terminar la operación, el jefe del equipo le garantizó que le duraría por lo menos 30. Pero en estas cosas los opusdeístas, incluyendo Escrivá, que se equivocó en la predicción de su propia muerte, son tan poco de fiar como el resto de los mortales y por ello más le vale a Echevarría tomarse las cosas con calma si quiere disfrutar de un largo mandato.