La formación microdóxica del Opus Dei

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Por Doserra, 3 de julio de 2006


Uno de los factores que propician los abusos que se cometen en el Opus Dei es la desinformación. Más que mala voluntad, lo que hay es una falta de conciencia de estar actuando mal, que no se produciría si estuvieran más abiertos a la comunión eclesial, empezando por el plano de las ideas. A muchos fieles de la Obra les gustaría saber más, pero sus Directores mayores no los conducen a buenos pastos. Tendrían que superar los intereses inmediatos, ensanchando el corazón con la apertura y el amor a la verdad. Pues el peor sordo es el que no quiere oír.

En contra de la opinión generalizada, en el Opus Dei hay problemas de heterodoxia, pues, según venimos comentando, existen asuntos en los que el Opus Dei no se encuentra en comunión doctrinal con la Iglesia: respeto a la libertad e intimidad de las conciencias, ascetismo voluntarista, sometimiento del carisma al discernimiento de la Jerarquía, etc. También existen inconvenientes de ortodoxia integrista que deriva, sobre todo, hacia la ortopraxis: moralismo barroco; defensa numantina de cuestiones accidentales, etc. Pero tanto los primeros como los segundos son manifestaciones de un tipo de ignorancia que Panikkar ha acuñado con la expresión microdoxia: doctrina pequeñita, reducida, mínima, esclerotizante, encerrada, asfixiante. Es decir, una opción por lo estrecho en la formación.

La formación doctrinal de los miembros del Opus Dei no es una formación abierta a la verdad, que libere y convierta a sus receptores en personas autónomas y creativas; sino una formación de tipo repetitivo, ritual, costumbrista, acotada, en la que la costumbre tiene prioridad sobre la verdad. Sus “medios de formación” consisten hoy fundamentalmente en una repetición de lo que dijo y enseñó el Fundador, como si el Fundador fuese Dios y todas sus enseñanzas inmutables e infalibles. Es la sacralización de la costumbre. No existe otra verdad que esa: los dichos y hechos del Fundador.

La predicación apenas se centra en la Palabra de Dios, sino que debe versar sobre la vida y las palabras de San Josemaría. No se sale de “nuestro Padre”, como si no hubieran más santos que él en la historia de la Iglesia. En los medios de formación se repiten una y otra vez las mismas cosas sin que se permita un horizonte de crecimiento en la verdad. La fidelidad a Dios se presenta fundamentalmente como un ajustarse mecánicamente a lo institucionalmente previsto. En los cursos de retiro internos ya apenas se habla de Dios, todo es tratar de la institución, de sus sacrosantas praxis, de la obediencia incondicional, del proselitismo a toda costa, de sus disposiciones sobre la pobreza y sobre el uso de los medios de comunicación, de moralismo sexual.

Existen guiones para todo, de modo que nadie se salga de lo previsto, de esa mentalidad microdóxica. Incluso los ponentes son meticulosamente elegidos por su actitud de sometimiento más que por su cualificación doctrinal. Los sacerdotes, excepto aquellos que se han procurado una formación personal al margen de los manuales de teología que edita la institución –cuya doctrina también es microdóxica, porque apenas exponen el contexto teológico general-, son auténticos clones intelectuales, no parecen personas distintas. Y esto mientras sostienen que no tienen escuela propia en las cuestiones teológicas. Es la institución la que forma, la que lleva la dirección espiritual personal, y la que te dice lo que debes hacer en cada momento, lo que está bien y lo que está mal.

Esta concepción materialista de la fidelidad, en buena ley ni siquiera se puede aplicar a la doctrina de los Apóstoles, a pesar de ser la enseñanza de Jesucristo. La Iglesia va siendo conducida a la verdad completa por la acción viva del Espíritu Santo, que hace entender más plenamente lo que dijo Jesús. Y respecto a los medios salvíficos instituidos por el Señor y trasmitidos por los Apóstoles –los sacramentos-, respetando lo sustancial se da no obstante una variedad en su celebración, que es fruto del esfuerzo constante de la Iglesia por mejorar la comprensión y expresión de los signos sacramentales.

O sea, que se aplica al Fundador un criterio de fidelidad más inmovilista -siempre lo mismo- que el debido al mismo Verbo encarnado. El Fundador escribió que no debía suceder así. Pero de eso hablaremos otro día. Lo que ahora nos importa es que así la vida se convierte en ley y la ley en muerte: como dice san Pablo en su carta a los Gálatas, que sucedió con la interpretación legalista de la Ley mosaica. Por eso hay cada vez más miembros del Opus Dei que empiezan a hartarse de tanta manipulación y pobreza espiritual, de esa peculiar microdoxia alienante: alienante y por ello antinatural, pues la libertad está en la base de la creación, tanto por parte de Dios, que crea libremente, como porque crea personas libres y autónomas, distintas, no clónicas, que llevan su existencia en sus propias manos. La libertad y la persona están en la base del cristianismo. Pero parece que a esta primera clase de doctrina cristiana no debieron asistir ni el Fundador ni sus sucesores: probablemente, estarían organizando.



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