La familia de sangre

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Por Beto, 21.11.2007


Al leer el último envío de Norske Fjorder en el que cuenta entre otras cosas cómo recibió en un curso anual la noticia de la muerte de su abuelo y el caso que le hizo su nume-que-lleva-la charla, no pude por menos que recordar algo parecido; parecido en la reacción de mi nume y dire del curso anual, diferente afortunadamente por el asunto pues no se trató de una noticia luctuosa.

Fue también en un curso anual, a mediados de los ochenta. El teléfono sonó sobre las nueve de la mañana, supongo, porque estábamos en misa. Alguien vino a avisarme; como es fácil de suponer, una llamada a esas horas y de mi padre no podía ser nada bueno, teniendo en cuenta además que estábamos los dos en ciudades opuestas de España. La llamada era para decirme que mi madre tenía una septicemia (infección generalizada), que estaba ingresada en la UCI, que los médicos no conseguían averiguar el origen de la infección y que la situación era muy grave y se temían lo peor si no encontraban enseguida el foco infeccioso. Termina la misa, y voy a hablar con el dire, a la sazón mi nume-que-llevaba-mi-charla y por lo demás conocido por haber vivido en el mismo centro durante uno o dos años y porque nos veíamos con cierta regularidad pues por entonces estábamos en centros próximos.

El caso es que le digo lo que hay, y que dadas las circunstancias debería buscar una medio para viajar cuanto antes, algo que no podía demorar porque inevitablemente debía cruzar España pasando necesariamente por Madrid. El dire, matemático, me dice que no es para tanto, que espere. Como soy de natural tranquilo pero abúlico, no le formé bulla; fui a hablar con otro numerario, de profesión médico. Le expliqué sucintamente el panorama, y como era de esperar me dice que efectivamente la situación es grave y que si no se logra dar con el origen de la infección, podía ir a peor y en poco tiempo. Total, que me voy con la respuesta al dire, y le digo que si quiere que hable con el médico, pero que yo me voy del curso anual; todo eso dicho con buenos modos, a pesar de la que estaba cayendo. Entre ir de uno a otro, pasó el tiempo, y entre medias mi padre llamó un par de veces, sorprendido no tanto de que aún estuviera allí, sino de que todavía no tuviese el plan de viaje; yo también estaba sorprendido de que mi dire me estampara los argumentos que me temía: que si la formación es fundamental, que no podía perderme el curso anual porque luego ya no tenía otra oportunidad de hacerlo ese año, que si el viaje era muy largo, que si no había nadie más en mi familia para atender la situación, en fin, todo un compendio de criterios rígidos, hasta que ya no pude más y poniéndole por delante lo que me había dicho el médico allí presente, le dije que me iba a hacer las llamadas de teléfono oportunas para enterarme de los horarios de autobuses, trenes y aviones, y que en cuanto tuviese un plan de viaje me iba y que en cuanto pudiese estaría de vuelta.

Así lo hice. En el tiempo que estuve en Madrid, entre el tren y el avión, me acerqué hasta Montalbán, en donde había gente de mi centro haciendo su curso anual. No recuerdo nada especial de ellos; sí recuerdo a un agregado al que apenas conocía más allá de algún encuentro circunstancial, y que fue la única persona que no me dio consuelos de "vademecum", y el único que entendió por lo que estaba pasando y que lo que necesitaba era cariño de verdad.

La historia termina bien. Llegué a mi destino al día siguiente, prácticamente sin dormir. Pocas horas después uno de los médicos nos informó que habían localizado el origen de la infección y que entonces podrían atajar la septicemia. Al menos de momento la situación estaba controlada. Me quedé unos cuantos días en la casa de mis padres; ni se me pasó por la cabeza ir al centro que había en esa ciudad. En cuanto la situación estuvo más o menos normalizada volvía a cruzar España para asistir a lo que quedaba del curso anual. He de decir en honor a la verdad que tanto el que me vino a buscar por la noche a la estación del tren como el médico del que os hablé antes se alegraron sinceramente de que la situación se hubiera resuelto; el dire, poco más me dijo que como ya quedaban pocos días, que me olvidase de mis encargos, uno de ellos era el de recibir la charla de varios asistentes, entre ellos el médico.

Aquel curso anual fue muy breve, pero muy sustancioso. Nunca pensé que fuese necesario plantarse ante un director para hacerle ver lo que cualquiera con dos dedos de frente veía. El problema era que éste no era un hecho aislado; se sumó a otros hechos de años anteriores, y andando el tiempo se sumaron otros, hasta que un buen día lo poco que me quedaba en pie de mi decisión de seguir en el Opus Dei se vino abajo, como una fruta madura... Otro día os cuento otros episodios.



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