La educación de los hijos

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Por Fulcro, 07.12.2005


En el correo que Samurai dirige a Nemrod (5/12/05) he leído: “Mis padres prefieren la seguridad que te da que alguien te diga lo que has de hacer a forjar tu vida en la libertad y en la inseguridad de decidir por uno mismo”. Estas palabras y el resto de su escrito me han hecho recordar que tengo que dar muchas gracias a Dios por ser pobre, tacaño y autodidacta.

Hace casi tres décadas yo era un ex en buen plan y quiso la suerte que tuviera que vivir bastante alejado de los colegios opus. Me hubiera gustado que mis hijos fueran a alguno de ellos por creer en eso de la “formación integral” de los alumnos, y no me hubiera importado que hubieran acabado pitando. Prefería la “seguridad” de unos principios y directrices bien inculcados, al riesgo de la enseñanza pública...

Llegó el momento de plantearme a que colegio llevaría a mis hijos... y las cuentas no salían para más de dos niños. Con un gran esfuerzo económico y unas incomodidades muy difíciles de asumir quizá hubiera podido llevar también a los otros, pero decidimos mi mujer y yo que, o todos o ninguno; y fue que a ninguno. Desde entonces, toda su enseñanza fue gratuita en colegios e institutos públicos y llevadera en las universidades, igualmente públicas. Como se ve, no fui nada generoso al preferir la holgura económica en vez de los buenos colegios.

En buena hora tomamos aquella decisión que me llevó a hilar más fino y a distinguir entre enseñanza y educación. Pensé que la enseñanza podría ser mejor o peor, pero que lo verdaderamente importante era la motivación y la responsabilidad de los chavales, y en esa tarea nadie podía sustituirnos a nosotros, sus padres. Una incógnita despejada.

Lo de la educación ya era más peliagudo. Suponía que se trataba de hacerles asimilar a los chicos/as un conjunto de valores éticos, morales y religiosos que conformaran su conciencia y personalidad. Pero también sabía que, con el paso del tiempo, el tiro podría salir por la culata y acabar revelándose contra aquello que se les inculcara. Por otra parte, me hice las preguntas siguientes: ¿Quiero proyectar en ellos mis valores e ideas de los que me siento satisfecho? o, ¿simplemente aspiro a que puedan ir eligiendo lo que les parezca mejor?. Elegí lo segundo, aunque me pareció muy difícil, porque nadie me había enseñado a educar para ejercer la libertad, y además eso implicaba no esperar a que la vida misma haga prescindibles a los padres, sino buscarlo deliberadamente desde el principio. Pero tenía la ventaja esta elección de evitarme el gasto de tener que “comprar” educación, si bien, ya no podría compartir esa responsabilidad con nadie, excepto con mi mujer.

Esta dificultad quedó resuelta de la siguiente manera: No debía olvidar un solo instante que todas mis actitudes y comportamientos, deliberados o no, lo quisiera o no, eran educadores para mis hijos ya fuera para una buena o una mala educación, y que esa educación debía tener un solo objetivo: el desarrollo de su personalidad. Y la única manera efectiva de conjurar peligros y a la par afianzar esas personalidades en la libertad que pudieran alcanzar la vi en la Crítica (la pongo con mayúscula por muchas razones, en especial porque es absolutamente contraria a la praxis del opus dei).

Lo cierto es que actuar con estos principios educadores, en contra de lo que yo creía hasta entonces, casi es actuar según la ley del mínimo esfuerzo, es como la manera más “vaga” de educar, es dejarse llevar por el sentido común (aunque a veces tenga uno que devanarse los sesos para encontrarle, y reconozco que también hay que tragarse algún sapo de vez en cuando). En lo único que fui sistemático, sin llegar a la obsesión, fue en esa crítica sobre cualquier cosa que viniera a cuento. Cuando ya fueron mayores estos hijos míos me he muerto de gusto oyendo sus críticas bien construidas y ponderadas, y mucho más respetuosas que las mías; es un auténtico placer contemplar su pensamiento propio. Y van triunfando y son felices, y da la impresión de que están bien preparados para las desgracias que pudieran venir. Algunos de ellos son católicos practicantes, otros no, pero todos tienen capacidad suficiente para enfrentarse inteligentemente al reto que plantea la religión.

Cuando leí el correo de Satur del 14 de noviembre “Una Revolución en los Colegios de la Opus”, una vez más vi la extraordinaria sabiduría de nuestro amigo y estuve a punto de escribir mi testimonio “educacional” por si a alguien le servía para algo. Baste uno de los párrafos de su escrito para saber de lo que estoy hablando:

“Brevemente, si la educación es realmente el asunto de mayor relevancia, que lo es, entonces con toda seguridad el hogar, la vida doméstica, es la de mayor relevancia”

No encontré entonces el tiempo ni las ganas para escribir, pero el testimonio de Samurai casi me ha obligado a hacerlo. Supongo que habrá infinidad de casos como el mío en los que una educación para la libertad ha llegado a buen puerto y que muestra que es factible, e incluso fácil; pero como todavía nadie ha escrito un testimonio de esas características yo me he animado a hacerlo. Para terminar, quiero añadir lo siguiente: que a pesar de esa educación / formación en la crítica y del cuidadoso afianzamiento gradual de la personalidad en sus vertientes emocional y racional, adecuada a cada edad, jamás hubiera puesto la mano en el fuego por ninguno de mis hijos/as si hubiera buscado o permitido que alguien les sedujera con la trampa vocacional del opus dei, o con cualquier otra trampa sectaria bien preparada.


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