La desinformación teológica y espiritual del Opus Dei

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Por Lucas, 9 de diciembre de 2009


Continuando la saga del último artículo de Haenobarbo, voy a expresar algunas de las “faenas” o atentados que, con independencia de la buena o mala intención de los organizadores de la formación teológica del Opus Dei –¡siempre las mismas mentes para todo!-, se han perpetrado contra las ilusiones formativas y científicas de los miembros de la Obra en lo relativo a las ciencias sagradas, y contra las responsabilidades de cualquier institución eclesial.

Como ustedes se imaginarán, el meollo de la cuestión formativa de la Obra se dilucida en la formación de sus sacerdotes y de las numerarias que van a estudiar al llamado Colegio Romano de Santa María...

Por mucho que se haya dicho en sentido contrario, nunca el fundador tuvo interés en la formación científica de sus sacerdotes, ni tampoco en la suya propia. Basta con ojear el artículo de Rocca sobre sus estudios y grados para darse buena cuenta de ello. A Escrivá lo único que le interesaba de sus sacerdotes era que obedeciesen, esto es: que no hubiese nada que impidiese su sometimiento y su dedicación al proselitismo y progreso de la fundación. La formación intelectual es fuente de libertad, de buen sentido crítico y de autonomía. Y esto no lo podía consentir. Nunca fue un intelectual, sino un explotador y un caudillo que no pasaba de sargento: hay que obedecer por... motivos sobrenaturales. Yo no he visto en el planteamiento de los estudios internos una preocupación por el saber teológico en sí, por el desarrollo de la teología o por el saber en general; es decir, por lo que es propio de la universidad. El interés se ha reducido a sacar las asignaturas y los títulos para luego poder dedicarse a la labor.

Los sacerdotes profesores del Studium Generale no han tenido tiempo para formarse bien ni para continuar su formación teológica, pues su horario les venía dado desde arriba, y ahí no se contemplaba esa dedicación superflua. Tampoco han sido formados en el interés por la teología, ni son vocaciones espontáneas para la teología, pues se ordenaron por obediencia. Y mucho menos aún fueron formados en la teología del Siglo XX, uno de las épocas teológicamente más fructíferas de toda la historia. Prueba de ello es el sistemático desprecio del Concilio Vaticano II –sin decirlo con palabras pero sí con los hechos- por el trío de sucesivos superiores de la institución. El Vaticano II es el fruto de medio siglo de maravillosa teología. Llegados a este punto habría que referirse a la historia de la formación sacerdotal en la obra.

Los primeros alumnos del Colegio Romano se forman en las facultades eclesiásticas de Roma, seleccionando las más rancias. Cuando estas universidades comienzan a asimilar la teología elaborada en la primera mitad de siglo por los alemanes (católicos y protestantes), franceses y demás centroeuropeos, entonces Escrivá los saca de ahí y los recluye en el Colegio Romano para que no se contaminen con las “malas doctrinas” de von Balthasar (que critica al fundador, por cierto), de H. de Lubac, Ratzinger, Danielou, Congar, etc. Así permanecen enclaustrados hasta que comienza el Ateneo Romano de la Santa Cruz, que daría lugar a la universidad correspondiente. Con estos planteamientos, los sacerdotes de la Obra no se abren a las discusiones científicas de los grandes teólogos contemporáneos. La teología se convierte para ellos en un medio para tener “buena doctrina”, desapareciendo todo interés científico, si es que alguna vez lo hubo. Bastaría con mirar el contenido de los manuales de teología de la Universidad de Navarra y aquellos recomendados por el Studium Generale para darse cuenta de todo esto, de que hay autores prohibidos o, en el mejor de los casos, ignorados. Así no se hace verdadera ciencia ni se ponen las bases para un apostolado profundo, porque los problemas reales no salen a la luz. Todo en la Obra ha de estar bien amarrado y resuelto –también en la teología-, yo diría que amañado. La formación de los sacerdotes, que luego serían profesores, ha sido en consecuencia pésima. No disponían de bibliotecas bien nutridas. Sus profesores eran apologetas fanáticos y bastante ignorantes, que no recomendaban libros ni artículos. Los alumnos del seminario de la Obra siempre han dedicado muchas horas al día a realizar tareas materiales y casi ninguna a estudiar (¡es una vergüenza!). No usaban manuales buenos, sino apuntes y manuales trasnochados. Sólo hay que mirar las bibliotecas teológicas de los centros, llenas de libros producidos por la institución. Con la Universidad de la Santa Cruz el nivel del profesorado ha mejorado, pero el fondo de la cuestión sigue igual. Muchos profesores responsables han tenido que abandonar esa universidad por motivos “internos”.

En contraste con esta situación, bastaría con mirar el programa de estudios que cursaban los jesuitas franceses por los años 1930 para percibir la diferencia. ¡Qué sensibilidad por la historia de las religiones, el ecumenismo, la antropología sobrenatural, la filosofía contemporánea, la discusión científico-teológica, la liturgia! Comprueben ustedes lo que ha leído el actual Papa para formarse en teología durante su etapa de seminarista y de sacerdote reciente. En cambio, los seminaristas del Opus Dei, después del Concilio Vaticano II, todavía estaban en la eclesiología, escatología, sagrada escritura, liturgia, etc., del siglo XVIII.

Es bien sabido que en muchas de sus opiniones y escritos Pío XII se dejó influir por eclesiásticos vaticanos y por profesores integristas, con prestigio en las facultades romanas y no en otros lugares. Hasta que no llegó Juan XXIII, no hubo en el Vaticano una auténtica apertura teológica. En el mismo Concilio se produjo una enorme batalla entre los integristas vaticanos y los teólogos de primera fila.

En la actualidad la Obra sigue en la misma línea. No se permite estudiar a nadie en facultades que no sean de la institución. Esto es así con el objeto de evitar que se les abran los ojos por el contacto con el ambiente eclesial abierto y normal.

La burbuja del adoctrinamiento continua más disimuladamente pero en los mismos términos. El integrismo y la miopía intelectual del fundador y de sus sucesores ha perjudicado de un modo injustísimo a la formación de los sacerdotes de la Obra, que no son “sus” sacerdotes, sino sacerdotes de la Iglesia, y a todos los miembros en general. Los que han sido responsables con su ministerio, han tenido que buscarse la habichuelas formativas por su cuenta, siempre a contracorriente de lo institucional, y sin opción de hacer partícipes a los demás de esa formación.

Y en las facultades eclesiásticas del Opus Dei no se realiza una seria tarea de investigación, sino que la mayor parte del trabajo se orienta a la defensa y engrandecimiento de la institución y de las ocurrencias del fundador. Es una pena.



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