La crueldad en Escrivá, la perversión de la vida religiosa

From Opus Dei info
Jump to navigation Jump to search

Por E.B.E., 27 de septiembre de 2010

Et aperti sunt oculi eorum (Lc. 24,31)


Salir del refugio

Recuerdo aquellos tiempos en los que en el Opus Dei se quería impulsar la devoción privada a Escrivá y los superiores alentaban a “hablar del Opus Dei y de Escrivá a nuestros amigos”. Lejos estaba, dicho mandato, de una apertura real del Opus Dei hacia el mundo.

Dentro del Opus Dei, hay un nivel discursivo institucional y un nivel discursivo informal, que coincide con la dualidad prelatura personal visible/instituto secular oculto. El Opus Dei habla de sí mismo en público desde un lugar casi académico pero sin referirse jamás a lo que sucede adentro de la institución. Es un “discurso pantalla”.

Hoy me sorprende el efecto que tiene hablar del Opus Dei con gente que no sabe nada del Opus Dei, o sabe lo poco que la mayoría sabe. La respuesta es de asombro, desconcierto e indignación. No pueden creer que algo como el Opus Dei sea posible. Menos aún que Escrivá haya sido canonizado. Alguien podría pensar que me refiero a relatos llenos de exageración. En absoluto, es contarles hechos abiertos a la interpretación que se quiera, pero claro, difícil interpretarlos en un sentido incongruente con la evidencia (salvo dentro del Opus Dei).

Hablar con gente que nunca fue del Opus Dei es muy liberador, porque es un espejo donde uno puede comprender mejor de lo que está hablando y de lo que ha vivido, aunque no lleguen a entender muchas cosas. El asunto es que uno mismo se entiende mejor a sí mismo.

Pues a veces, por ser cuidadoso y guardar las formas, quienes han pasado por el Opus Dei pueden no terminar de ver dónde han estado. Al menos, esto es lo que me sucedió hace unos días.

Es decir, hablar del Opus Dei en Opuslibros es algo muy saludable, y diría necesario, como primer gran paso. Pero hablar de la propia experiencia con gente que no ha tenido nada que ver, es un complemento irremplazable.

Permite un contraste que no se puede lograr entre personas que han estado en el Opus Dei, y por lo tanto no pueden percibir las diferencias que las personas que no han estado, desde afuera ven.

Opuslibros es como el primer paso, el primer gran descubrimiento que cada uno hace de sí mismo junto a otros que han pasado por la misma experiencia. Opuslibros es necesario para aclararse uno mismo un montón de cosas (y muchas aún siguen sin aclararse, o sea, hay Opuslibros para rato).

El segundo paso, creo, es hablarle al mundo exterior acerca del Opus Dei: es un segundo descubrimiento (al menos, lo fue para mí). Ambos pasos, a su manera, son sumamente beneficiosos.

No me refiero a campañas ni a hablar “en los medios”, porque ninguna de las dos metodologías tienen que ver con el proceso de reconstrucción personal. Pienso más bien en las oportunidades que surgen cotidianamente, donde uno decide si hablar o no. En general, por lo que me ha tocado ver, la norma es elegir el silencio.

Este creo que es un error, al menos por las experiencias que voy teniendo, sumamente positivas. Sin duda, como decía Salvador hace unos días, haber estado en el Opus Dei no es precisamente algo que favorezca al curriculum de nadie y por eso la tendencia es a borrar ese renglón del resumen biográfico.

Pues, más allá de las precisiones conceptuales, decir que uno estuvo en el Opus Dei es bastante parecido a manifestar que uno estuvo en un culto o secta.

Lo primero que me dijo una persona cuando le conté que pertenecía al Opus Dei fue: “¿allí te lavan el cerebro, no?”. Fue la asociación inmediata, y por lo tanto, no muy agradable para mí. Es como si preguntaran “¿allí es donde violan, no?” La propia intimidad queda un tanto incómoda frente a semejante pregunta. Pero claro, cuando uno comienza a contar la obediencia ciega bajo la cual vivió y el modo en que muchos terminan al salir del Opus Dei, con depresión y otras enfermedades, pues el auditorio no sólo confirma lo del lavado de cerebro –más allá de las aclaraciones terminológicas- sino que además se asombran porque suponían que era un lavado más superficial y no tan profundo. Lo genérico indigna, lo concreto espanta.

Sin duda, uno podría explicarles que no es un lavado de cerebro sino que “así han vivido la obediencia los religiosos más estrictos a lo largo de la historia”. El problema es que “teóricamente” no éramos religiosos –ni estrictos ni mitigados- pero en los hechos vivíamos como tales. ¿Cómo justificar semejante incongruencia? ¿Al servicio de qué está puesta esa obediencia propia de religiosos, impuesta a los miembros del Opus Dei, si no son religiosos? Esta es la cuestión.

Ahí es donde la cosa comienza a complicarse y donde las sospechas de lavado emergen nuevamente sin que se las pueda detener fácilmente. Ahí hay una fractura de la realidad, un indicio de que algo de la psicología corporativa del Opus Dei no funciona bien. En el largo plazo, esa disociación –esquizofrenia, doble vida- es signo de una patología institucional profunda. En el corto plazo, más que un lavado de cerebro estricto, pienso que se trata de lograr el mismo efecto pero con otro medio, aprobado y respaldado por la tradición de la Iglesia, como son las diversas costumbres y prácticas de los religiosos. Esta sutil diferencia hace que el daño del Opus Dei se mantenga invisible y que no se pueda hablar estrictamente de un lavado de cerebro, aunque el resultado alcanzado sea bastante semejante.




En las relaciones cotidianas hay una esfera pública que tiene que ver con mi participación directa, con personas concretas que me conocen: frente a ellas decido si hablar o no, si mantener mi espontaneidad o filtrar qué cosas revelar y que no. Por supuesto, el tema Opus Dei es del tamaño de un elefante y para ocultarlo durante mucho tiempo hay que hacer grandes esfuerzos. Es importante comenzar a ganarse el propio lugar y dejar de auto-marginar esa parte de nuestra vida que ocurrió dentro del Opus Dei.

¿Por qué ocultarlo? Por el carácter estigmatizante, ya señalado.

También, por el hábito adquirido dentro del Opus Dei de no hablar del Opus Dei con extraños, es decir con gente que no nos va a entender. Típica fobia escrivariana, inoculada con el propósito de no dar a conocer el verdadero Opus Dei.

¿Quién va a exponer al Opus Dei públicamente sino quienes lo padecieron? Y el Opus Dei apuesta a que quienes lo padecieron no quieran exponerse ellos mismos públicamente (y no me refiero frente a los medios sino en la vida cotidiana). Así el Opus Dei tiene asegurado un silencio importante.

Este hábito adquirido en el Opus Dei desarrolla todo un falso pudor que culmina en una gran represión interior, en un auto-gueto. Hablar del Opus Dei se transforma en una tarea pudorosa, como desnudarse. Por lo cual ¿hablar del Opus Dei? No es nada fácil.

Si se vence ese falso pudor, el resultado puede ser maravilloso. Lejos de ser una tarea vergonzosa, hablar del Opus Dei resulta muy satisfactorio. La gente comienza a conocer el Opus Dei real –quién se los va a dar a conocer, si no- y por otro lado uno mismo obtiene un apoyo impensable de estas mismas personas.

El primer límite a cruzar fue la puerta del último centro del Opus Dei. El segundo límite a cruzar son las barreras mentales que nos impiden hablar abiertamente del Opus Dei con quien nos dé la gana.

Y esto lo reflexiono luego de más de 7 años de Opuslibros. El cambio no es fácil, aunque sé que más de uno ya ha dado ese paso.

Esto es importante, para que Opuslibros no se transforme en un gueto ni en un refugio de ex miembros, sino en un promotor de la reconstrucción personal. Un punto de partida, no de llegada.

Uno de los éxitos del Opus Dei es lograr que la gente no hable del Opus Dei. Con Opuslibros perdió una primera gran batalla, pero ganaría tal vez la guerra si todo ese despliegue enorme de testimonios se quedara dentro de Opuslibros y no se diera a conocer a quienes nos rodean.

No me refiero a ningún tipo de “apostolado institucional”, recordando el voluntarismo del Opus Dei y sus campañas de promoción de lo que fuera. No propongo campañas de nada sino integrar ese pedazo de nuestra vida al resto de nuestra vida, sin que haya de por medio barreras impermeables. A mí al menos, no me sale tan fácil.

Holocausto del Yo

Fui a una entrevista de trabajo y en un momento –hablando de mi historia personal- llegó la oportunidad de decidir qué hacer, si contar o no contar el pasado. Podría haberlo obviado, pero decidí que era mejor arriesgarse y abrirse. Sin duda, antes de hacerlo, evalué si la otra persona iba a ser mínimamente capaz de entender lo que le iba a contar. Algo ya sabía del Opus Dei y por supuesto no era una buena imagen la que tenía en su cabeza. Pero tampoco pensaba sorprenderse con lo que yo le iba a contar.

¿Qué le conté a esta persona que le indignó profundamente, más que a mí mismo?

  • Que el Opus Dei se construyó con menores de edad que ingresaron al Opus Dei sin conocimiento de sus padres;
  • Que del Opus Dei la mayoría se va, y se va sin nada, sin ayuda, sin salud, sin medios materiales;
  • Que el Opus Dei se interesa por dinero y vocaciones y cuando alguien no sirve para ninguna de esas dos funciones, el Opus Dei encuentra la forma de deshacerse de esa persona;
  • Que las personas que ingresan al Opus Dei como miembros célibes entregan todo su dinero y sus proyectos vitales, haciendo votos de pobreza, castidad y obediencia (más allá de lo jurídico, en los hechos es como así se viven) y por eso cuando salen necesitan mucha ayuda, están en una situación precaria y muy vulnerable;
  • Que esas personas ingresaron al Opus Dei pensando que serían laicos y que jamás terminarían engañadas viviendo una disciplina de religiosos.

Lo que no pocas personas perciben desde afuera es que hay algo perverso dentro del Opus Dei. Al menos, parece producto de una mente retorcida, porque nada es recto y transparente. Todo es enmarañado, como justamente decía Escrivá que él no era.

Vivir como religiosos no es nada perverso, al contrario es un modo de vida que tiene siglos dentro de la Iglesia. Por eso tantas prácticas del Opus Dei no pueden ser consideradas por sí mismas perversas de ninguna manera.

El problema no es el instrumento o medio sino el modo y fin con que se lo aplica. El modo en que el Opus Dei instrumentaliza los modos religiosos de vida, eso sí es siniestro. No busca la santidad de las personas sino el engrandecimiento institucional.

Cuando le hablé del “holocausto del yo” a esta persona, fue tal vez el momento más conmovedor. Así como los discípulos de Emaús les sucedió que se les abrieron sus ojos, aperti sunt oculi eorum (Lc. 24, 31), al explicarle esta doctrina de Escrivá se abrieron los ojos tanto de él como los míos. Inesperado fenómeno transformador.




El “holocausto del yo” es un concepto que necesita de una adecuada interpretación, porque es muy fácil instrumentarlo de manera destructiva (que es lo que sucede en el Opus Dei). No es difícil interpretarlo de manera dañina. La línea que separa lo sublime de lo perverso es muy delgada y lo llamativo es que a Escrivá le atraía caminar por todo lo que estuviera “al límite”, como amante que era de la ambigüedad y la excepción.

¿Qué es el holocausto del yo? Pues todo depende de la perspectiva ascética que se adopte. Hay una línea rigorista-pesimista y también una línea más amable. Por supuesto, Escrivá recurrió a la línea rigorista, no porque fuera un purista de la espiritualidad sino porque, en gran parte, necesitaba aplicar ciertos recursos ascéticos a su fundación, con fines bien prácticos.

Para ampliar algunos conceptos, he recurrido a un libro que aparece en la sección Recursos para seguir adelante, cuyo título es La alegría en el Amor de Dios. Recomendable para quienes han sufrido el rigorismo de Escrivá. Muy recomendable.

Por supuesto, el tema es complejo y no se puede desarrollar aquí de manera amplia. Lo que me interesa es cómo aplica Escrivá la cuestión del holocausto del yo.

En todo un capítulo sobre el pesimismo en la vida espiritual cristiana, el autor desarrolla parte del proceso histórico y teológico de cómo se fue introduciendo el temor, el negativismo, y otras líneas interpretativas en el mismo sentido. Veamos algunos párrafos (los subrayados son míos):

«Respecto de los motivos que han hecho que predominara, tan pronto el optimismo, tan pronto el pesimismo religioso, haremos solamente una observación: en la proporción en que la relación entre Dios y el hombre ha sido expresada por imágenes de rey y de siervo, en que se ha solidarizado con una mentalidad jurídico-penal, una sombra ha flotado sobre la vida religiosa en la que predominaban las representaciones pesimistas del Antiguo Testamento. »

«A menudo se ha reprochado al Cristianismo el acentuar con exceso el sentimiento de la culpabilidad y de la debilidad humanas. Así generalizada, la acusación es falsa, pero no puede negarse que ciertos escritores le hayan dado un viso de verdad, y que la piedad de los fines de la Edad Media gustaba de esta disposición de espíritu. El pesimismo agustino, en el cual siempre pueden hallarse elementos para una selección sistemática, es la fuente de esta disposición, y se la encuentra muy en especial en los escritos de autores, generalmente anónimos, agrupados en torno a la Imitación de Cristo.”»

«Dos son, entonces, los centros alrededor de los cuales gravita el pensamiento: la confesión de nuestra debilidad, de nuestra miseria, de nuestra nada, por una parte; el conocimiento de la bondad de Dios, de su compasión y de su omnipotencia, por otra. Y es, precisamente, de la tensión entre ambos polos que se esperaba recibir el impulso hacia Dios. “Si reconozco toda mi miseria, me uniré necesariamente a Aquel por quien existo..., y sin el cual nada puedo.” Tratábase, pues, para reforzar este estado de tirantez psíquica, de poner el mayor empeño en describir, con toda la claridad posible, la flaqueza del hombre y llevar al extremo los sentimientos de menosprecio, de repulsión y de aborrecimiento del cristiano contra sí mismo y contra la humanidad. Oponíase la felicidad eterna a la miseria humana, y el anhelado fervor abrasaba las almas: “Esta vida me inspira una gran repulsión.” Insistíase sobre el contraste entre Dios y el hombre: “Tú estás en los cielos y yo sobre la tierra. Tú amas lo que es elevado; yo, lo que es rastrero... Tú eres bueno, yo malvado; Tú eres sano y yo enfermo; Tú eres la luz, yo soy ciego; Tú eres la vida, yo estoy muerto.” Y he aquí el resultado de la meditación del cristiano sobre sí mismo: “¡Ay de mí!... Soy un cadáver en descomposición, alimento de los gusanos, vaso de impureza, presa del fuego.” “¿Qué soy, pues? Un abismo de sombras, un país de miseria, un hijo de la cólera, un merecedor de vergüenza, engendrado por la impureza; vivo en la miseria y moriré en el abandono. Infeliz de mí, ¿qué soy? ¡Ah!, ¿qué será de mí? Sí, ¿qué soy yo? Un foso de estiércol, un vaso de podredumbre lleno de inmundicias y de horrores.” »

«Este estado de espíritu se encuentra en la Imitación de Cristo. “¿Quién soy yo —dice el autor en oración— para atreverme a hablaros? No soy más que un pobrecito servidor y un vil gusano de la tierra, mucho más miserable y despreciable de cuanto pudiera y me atreviera a decir. Acordaos, sin embargo, Señor, que yo nada soy, que nada tengo, que nada puedo.” Y siguen las amonestaciones: “Acuérdate de tus pecados con una gran aversión y un gran dolor, y jamás te estimes en algún valor por tus buenas obras. En verdad, eres pecador y sujeto a una muchedumbre de pasiones que te avasallan. Espontáneamente, tiendes a la nada; pero eres sacudido, abatido, turbado, debilitado. No tienes motivos para vanagloriarte, pero sí, muchos, para humillarte; porque eres aún mucho más débil de lo que puedes imaginar. No veas nada grande en lo que haces. No estimes nada magnífico, nada valioso, nada admirable, nada digno de alabanza, nada elevado, nada glorioso, nada envidiable, fuera de lo que es eterno. “Polvo, aprende a obedecer; tierra y lodo, aprende a humillarte y a doblegarte hasta los pies de los demás...; sé tan sumiso, tan pequeño, que todos puedan pisotearte, como el barro de las plazas públicas... (Salmo XVII, 43) hombre de la nada..., infame pecador...”»

Escrivá es un gran pesimista, como se puede comprobar en su libro Camino y en tantos otros textos (algunos, citados más adelante). Pero ese pesimismo –más allá de sus fuentes históricas- tiene funciones prácticas: someter, obtener obediencia y disciplinar. No es un predicar suelto que anda difundiendo su pesimismo al boleo. Es un pesimismo dirigido y que apunta a lograr una desconfianza en sí mismo para ponerla toda en su persona: en Escrivá debían confiar ciegamente “sus hijos”.

San Francisco de Sales, en cambio es un optimista, precursor de los laicos mucho antes que Escrivá:

«El optimismo de Francisco se basa esencialmente en dos nociones: primera, la distinción entre una región baja y una región alta en nuestra alma. Las funestas consecuencias del pecado original afectan, sobre todo, “la porción inferior de nuestra alma” (…). Francisco identifica el bien con la personalidad misma, y desecha el mal como un algo extraño, por esencia, en el hombre, en lo que él tiene de mejor. Lo autoriza para ello el segundo principio sobre el cual se basa su sistema, la doctrina de la Redención, el acento puesto sobre el socorro de la gracia de Dios, concedida a todo hombre. La teología de su época había sometido a un hondo examen la naturaleza y la realidad del socorro de la gracia; el Concilio de Trento había fijado los dogmas referentes a la misma y los había incorporado al tesoro de la fe cristiana. »

Dentro de estas dos perspectivas, es claro que el holocausto del yo puede interpretarse de manera muy diferente.

El holocausto del yo según Escrivá

El problema más inmediato del holocausto del yo –dentro de la perspectiva del Opus Dei- es que por un lado está mandado luchar contra sí mismo hasta darle muerte al yo (asociado a “las malas pasiones” y el pecado) y por otro lado hacer encajar un modo de vida que no es el propio de los laicos. Por lo cual el holocausto termina siendo una lucha contra sí mismo –hasta la destrucción- por encajar prácticas y costumbres de los religiosos en personas que son laicos.

El otro problema es que se asocia el yo con todo tipo de egoísmos, por lo cual directamente el mandato es darle muerte al yo, que fácilmente termina en un proceso de despersonalización propio de un lavado de cerebro. Esto es totalmente funcional a Escrivá y su proyecto personal del Opus Dei.




Lo que exigía Escrivá era consumirse del todo en beneficio del Opus Dei. De santidad, este tipo de holocausto no tenía nada. Este es el fraude, la perversión de la vida religiosa. Escrivá utiliza los mismos términos pero se refiere a cosas distintas. Usa de la religión para construir su proyecto personal y rendirse culto a sí mismo.

El recurso a la vida y prácticas propias de los religiosos es una excusa, un medio, no es un objetivo para que alcancen los miembros del Opus Dei. Estrictamente no hay una imitación de los religiosos para alcanzar una santidad como la de ellos. El tema de la santidad no importa, esto es lo grave. Lo que importa es construir el Opus Dei y la disciplina religiosa es un medio formidable para lograr ese objetivo real.

El fraude es doble, porque los miembros del Opus Dei, y particularmente los célibes, viven una vida que no es la que se les prometió y por otro lado esa misma vida tampoco cumple la función original de buscar la santidad sino está al servicio de construir una organización y cumplir con el sueño de su fundador.




¿Para qué se le puede imponer a alguien una vocación que no es la suya, si no va a ser capaz de cumplirla? En principio, es absurdo, no tiene sentido. Implica una violencia. Pero viendo los resultados –la construcción del Opus Dei- no parece tan insensata la idea.

Esa imposición –de vocación, de obediencia, etc.- tiene un sentido, que va más allá de la evidente incoherencia. La idea no es que cumpla esa vocación –la lleve a su fin- sino que en el intento, cumpla con otra función no evidente, que pasa inadvertida. Esto es lo maquiavélico de Escrivá. No es extraño entonces, que tantos naufraguen en el Opus Dei y terminen abandonando toda aspiración de llevar a buen puerto una vocación irrealizable. Pero mientras tanto, el Opus Dei sale ganando, cumple su misión de perpetuarse.


Esquema


Escrivá quería que dicho holocausto de yo fuera materia obligatoria para todos los que se iniciaran en el Opus Dei, especialmente en calidad de célibes, porque quería lograr la negación de sí mismo hasta la anulación personal, de manera que la obediencia fuera incondicional. Esto, es perverso. Es lo más parecido a lo que comúnmente se llama un lavado de cerebro.

¿Hasta qué punto no se puede hablar de una relación sádico-masoquista institucionalizada, dentro del Opus Dei? Cuyo origen tal vez habría que buscarlo en Escrivá y su personalidad narcisista.

Pues en ese anularse a sí mismo –ordenado por Escrivá- hay mucho de dañarse a sí mismo, no tanto por el cilicio y disciplinas (que son elementos más bien accidentales), sino sobre todo por la anulación de la propia libertad y de la propia conciencia (algo que es imposible de compatibilizar con la doctrina de la Iglesia). Ahora bien, ¿dónde está el placer en todo este masoquismo?

El placer está en creer que eso es provechoso para uno mismo, para la propia salvación eterna.

El placer está en complacer a Escrivá: esto es lo peor de todo. “Hacer la voluntad del Padre” (de Escrivá, no de Dios). El placer está en alimentar el narcisismo de Escrivá. Y Escrivá, feliz de que otros se desgasten en beneficio de él.

Por eso la propia salud pasa a segundo plano y el deterioro personal no se advierte hasta que es tarde. Todas las miradas, puesta en lo que diga u ordene el Padre-oráculo.

Casi me aventuraría a afirmar que quienes consiguen permanecer gustosamente en el Opus Dei, especialmente dentro de los estamentos de la dirección, es porque se inclinan más hacia un sutil sadismo que hacia el masoquismo. Han conseguido que la balanza se incline no tanto hacia la propia destrucción personal como hacia la destrucción de los otros: son menos sensibles al dolor ajeno, tienen gran capacidad de negación (sobre todo del daño que provoca el Opus Dei), son bastante simples en sus formas de razonar (esquemáticos, diríamos), son intransigentes (en la línea de Escrivá) y no perciben ningún tipo de incongruencias a la hora de ejecutar las ordenes que vienen de los superiores, sobre todo si implican un daño hacia otro (especialmente cuando se trata de un proceso de dimisión, negar ayuda o echar a alguien de un trabajo debido a que ha dejado de pertenecer al Opus Dei). Son insensibles y por ello mismo no necesitan de ningún masoquismo ni anulación personal (han “superado” esa etapa). Verdaderos autómatas. No perciben el carácter cruel del Opus Dei y tampoco su daño (Cfr. el proceso contra, su Recurso contra el decreto e Historia inmoral, de Oráculo). Como me decía una psicóloga hace un tiempo: se necesita un perfil muy particular para permanecer en el Opus Dei. No es un signo de salud perseverar en el Opus Dei sin pasar por una crisis moral y psicológica.

La crueldad práctica

Lo interesante de todo ese daño a sí mismo, es que se hace sin que se note. En cuanto se nota, enseguida el Opus Dei reacciona negando y disociando: es decir, le pueden llamar la atención a alguien que notoriamente ha descuidado su salud, pero no será por ello sino porque lo hizo de manera llamativa, dejando en evidencia a la institución. En cambio, al Opus Dei no le molesta en absoluto la cantidad de gente que termina destrozada silenciosamente. Aquí es donde se ve claramente la falta de rectitud de intención, la hipocresía, el doble estándar, el interés por la apariencia.

Como me decía un amigo, lo importante para el Opus Dei es salvar su conciencia, y el modo de hacerlo –para que la conciencia no acuse- es volverla ignorante, que no se entere de lo que sucede. El “que no se note” es sinónimo de “que la conciencia no se entere”. El “plano inclinado” de Escrivá es eso.

Por eso también es muy difícil demostrar las cosas en el Opus Dei, porque como todo se hace sin que se note, sutilmente, toda demostración o puesta en evidencia resulta grosera, increíble, exagerada.




Las depresiones y los agotamientos físicos y mentales tienen que ver con ese destruirse a sí mismo, cuya raíz es doble: por vivir una vida que no les corresponde y porque esa vida (de religiosos) está al servicio de otro fin (construir el Opus Dei) que no es el original (santidad personal). No es ninguna sorpresa que la mayoría de las personas terminen afectadas por su relación con el Opus Dei, con consecuencias de larga duración.

«Hay que saber deshacerse, saber destruirse, saber olvidarse de uno mismo; hay que saber arder delante de Dios, por amor a los hombres y por amor a Dios, como esas candelas que se consumen delante del altar, que se gastan alumbrando hasta vaciarse del todo» (Escrivá, Meditación, 16-II-1964).

Esta formulación teórica del holocausto del yo, no tiene nada que ver con la santidad personal sino con hacer realidad el sueño personal de Escrivá, su Opus Dei.

Las opciones no parecían muy alentadoras: la muerte o el holocausto. La elección recaía sobre el holocausto, porque supuestamente después vendría la Vida. En cambio, con la muerte después vendría el Infierno. Este era el “atractivo” planteo de Escrivá, cuya manera de reflexionar habla de una mente perturbada.

“Hijo mío, convéncete de ahora para siempre, convéncete de que salir de la barca es la muerte. Y de que, para estar en la barca, se necesita rendir el juicio. Es necesaria una honda labor de humildad: entregarse, quemarse, hacerse holocausto” (Meditación, “Vivir para la Gloria de Dios”, 1972).

En ese “rendir el juicio” está incluido el sometimiento de la propia conciencia a los directores y la subordinación de la dirección espiritual al gobierno.

[Quien ingrese al Opus Dei] “ha de estar persuadido de que viene a someterse, a anonadarse” (Escrivá, Instrucción, l-IV-1934, n. 17).

En el Antiguo Testamento el concepto de holocausto hace referencia a un sacrificio completo, donde no queda nada, ningún residuo. Ese es el sacrificio que Escrivá exige a todos para construir su Opus Dei, y de manera particular a los miembros célibes. No hay que extrañarse entonces por cómo terminan.

“Tú y yo, tenlo presente, hemos venido a entregar la vida entera. Honra, dinero, progreso profesional, aptitudes, posibilidades de influencia en el ambiente, lazos de sangre; en una palabra, todo lo que suele acompañar la carrera de un hombre en su madurez, todo ha de someterse —así, someterse— a un interés superior” (Escrivá, Carta 14-II-1974, nro.3)

Cuando uno explica este “ideario” a la gente de la calle, le cuenta cómo terminan muchos al salir del Opus Dei y cómo el Opus Dei no les ayuda sino que hasta a veces se ensaña –con despidos laborales, suspensión de tratamientos médicos y otros mecanismos-, el habitante medio no puede dejar de calificar a los superiores del Opus Dei como verdaderos sons of bitches. No lo digo yo, es la reacción que escuché del oyente.

Porque aun siendo fiel al Opus Dei, a su ideario, si alguien logra la destrucción personal –el holocausto de yo- “antes de tiempo”, es decir sin llegar a viejo o sin llegar a solicitar la salida, el Opus Dei encuentra la forma de deshacerse de esa persona –“hacerla holocausto”, eliminarla-, por lo cual tampoco el Opus Dei cumple con el compromiso moral de cuidar de aquellos que lo dieron todo por el Opus Dei según se lee en el Catecismo, nro.165 (habrá excepciones, claro, pero en general son a pesar de los deseos del Opus Dei):

“Cuando llega la enfermedad o la vejez, un Numerario o Agregado no se encuentra solo, porque la Obra acude maternalmente en ayuda de sus hijos”.

Si no fuera por lo trágico, dicha afirmación daría para la risa: la mayoría no llega a la vejez, porque antes llega a la enfermedad y entre estos, la mayoría pide la salida y a cambio –por los años gastados en beneficio del Opus Dei- no recibe nada de ayuda. Cuando uno le cuenta este tipo de cosas a la gente de la calle, la indignación es superlativa.




El obedecer sin solicitar jamás explicaciones, es una forma de sometimiento cuya culminación refinada es “un por favor” como la máxima orden. Se llega hasta la anulación de cualquier tipo de cuestionamiento: así es imposible abandonar el Opus Dei, salvo que la misma debilidad personal impida la necesaria negación y anulación de sí mismo. Por eso, cuando se abandona el Opus Dei, es porque no se puede más.

Todo este mecanismo de funcionamiento institucional está lejos de ser saludable y muy cerca de ser declarado perverso.

Como contrapartida, todo el beneficio que el Opus Dei obtiene a partir del daño que provoca –debido al holocausto del yo-, pareciera tener connotaciones refinadamente crueles.

Una de las claves del Opus Dei es no llamar la atención. Es la sutileza, la invisibilidad. El “que no se note”. Por eso el masoquismo es llevado a cabo de manera simulada, como por “un plano inclinado”, sin que el interesado tome conciencia. Esta es otra clave del Opus Dei: no tomar conciencia. Pero el resultado es contundente: una obediencia ciega y una permanencia de años en ese estado. Escrivá sabía muy bien eso de los “hilos sutiles” que atan a las personas, como deja notar en su librito Camino.

La obediencia que exigía Escrivá poco tiene que ver con el sentido de la obediencia de los religiosos, aunque de la tradición de los religiosos obtuviera los medios e instrumentos para implementar dicha sumisión.

Hay una clara muestra de crueldad en no prestar ayuda a quien se va, luego de haber dejado en el Opus Dei sus mejores años, sus ahorros, sus inversiones. Esa crueldad junto al masoquismo inculcado a los miembros célibes, forman una pareja patológica digna de ser analizada por profesionales, psicólogos y psiquiatras.

Es excesivo y desalmado maldecir a quien deja el Opus Dei, profetizando que le esperan los peores años de su vida (el rejalgar). Es indudable el carácter vengativo de sus palabras, que se corresponden con los diferentes niveles de crueldad institucional que el Opus Dei implementa cuando gobierna, especialmente hacia aquellos que desean salir del Opus Dei (ahora es posible que disimule más, debido a que de todo esto se está hablando en Opuslibros desde hace años).

Hay un regocijarse de Escrivá cuando profetiza sobre el rejalgar, esto es, la repugnancia que causará la vida a quien deje el Opus Dei: al parecer, mejor sería que lo ataran a una rueda de molino y lo tiraran al mar (Lc 17,2) antes que irse del Opus Dei.

“Hasta esas cosas que dan a la gente una relativa felicidad, en una persona que abandona su vocación, se hacen amargas como la hiel, agrias como el vinagre, repugnantes como el rejalgar.”

Lo cual es completamente falso, pero eso se comprueba una vez que se logra zafar de las amarras –hilos sutiles- que sostienen a una persona anclada al Opus Dei.

Según Escrivá, quien abandona el Opus Dei debe ser castigado y en la venganza está el placer. Escrivá se regocija confirmando –por medio de su profecía- que habrá castigo para quienes lo abandonen a él. Clara manifestación narcisista.

El someter y dominar forman parte del placer que procede de la crueldad. Y esas advertencias -mentirosas- de Escrivá, para que nadie se escapara del Opus Dei, son otra forma de dominar y someter, mediante el miedo. Sus profecías sobre el rejalgar en realidad no tenían poder alguno sobre el futuro sino sólo sobre el presente: retener a los miembros del Opus Dei con el miedo, e impedir que nadie se fuera. Una vez afuera, las profecías de Escrivá no pasaban de ser ridículas. Lo cual no ha impedido que más de un superior del Opus Dei –a ejemplo de Escrivá- aplique la teoría del rejalgar de manera cruel (Cfr. escrito de Dolores Castaño). El Opus Dei se goza en las dificultades que un ex miembro pueda encontrar en su vida, especialmente si son dolorosas, pues es la manera de confirmar la doctrina “sublime” de su fundador. Lejos de ver en ello una gran crueldad, el Opus Dei ve una “necesidad profética”. Pues un miedo profundo y sutil es necesario para retener a los miembros dentro del Opus Dei: esta es una de las grandes dificultades para abandona la prelatura: vencer el miedo a la culpa y al castigo. Si esto no es un lavado de cerebro, pues se le acerca bastante.




El dominio de Escrivá se manifestaba en que todos complacieran su voluntad –rodeándolo de elogios, tributos, servicios y cultos a su persona- y en que nadie escapara gratuitamente de ese sometimiento suyo.

La crueldad de Escrivá, entonces, se manifestaba doblemente: 1) lograr que todos se consumieran en su beneficio –como las candelas- y 2) que nadie escapara a ese deber sin sufrir graves consecuencias. Son signos de una patología seria en Escrivá.

Aunque la crueldad se manifiesta claramente en la salida, posiblemente el mayor daño se produce durante todo el tiempo que cada uno ha consumido su vida en beneficio del Opus Dei sin tomar conciencia del propio deterioro. La mayor crueldad no es la que se nota a la salida –cuando ya es tarde- sino la que no se percibe durante los años más valiosos entregados al Opus Dei. Por eso los daños cometidos por Escrivá parecen provenir de una mente trastornada.




Escrivá está muerto ciertamente, pero su narcisismo impregna la cultura institucional del Opus Dei. Todo en el Opus Dei gira entorno a Escrivá y a su obra. Dios y la santidad de las personas son temas secundarios, sin relevancia corporativa.

Es cruel presionar a las conciencias para que –contra su salud- sigan destruyéndose y anulándose. Eso no lo haría ningún director espiritual. La clave está en que ese destruirse sólo beneficia al Opus Dei y a nadie más. Por eso, un director espiritual en serio, jamás aconsejaría dicha anulación. Por eso difícilmente en el Opus Dei pueda haber verdadera dirección espiritual, porque entra en conflicto con los fines corporativos.

Es cruel imponer una vocación que no es soportable y que tampoco está diseñada para ser realizable, sino que todo es una gran excusa para otra cosa. El Opus Dei es kafkiano.

La exigencia, la severidad, son otras vertientes de la misma crueldad, que nada tienen que ver con la tradición de los religiosos ni de la Iglesia en general.

El sadismo es la explotación de la crueldad para propio beneficio. En el Opus Dei dicho sadismo no se da de manera grotesca ni llamativa. Como es costumbre, se da “sin que se note”, de la misma manera que vivíamos como religiosos sin saberlo y sin notarlo.

Posiblemente el aspecto más sutil de esa crueldad sea la explotación de la angustia, que tiene que ver con la coacción a la conciencia y todo lo que tiene que ver con la culpa.

Una mente perversa

Si desde el primer día uno hubiera sabido que iba a ser religioso, las cosas habrían sido diferentes y honestas. Pero en el caso del Opus Dei hay que agregar que tampoco fue un camino de auténtica religiosidad sino de aplicación de la disciplina de los religiosos para obtener fines exteriores a esa vida. Es decir, nunca la santidad de nadie fue el objetivo de Escrivá. O sea, el sentido del Opus Dei no cierra por ningún lado, ni desde el ángulo de la laicidad ni de los religiosos.

Todo está al servicio de la instrumentalización y la utilidad, aún las visitas a los pobres (como nos recordaba Sarnoso).

Escrivá recurrió a la vida de los religiosos como un medio para lograr la realización de su institución. La perversidad consistió en utilizar algo loable para someter a miles de personas y así sirvieran a su proyecto personal. Lo perverso consistió en que nunca le interesó la salud espiritual de las personas sino la consagración de su Opus Dei. Esto es pervertir el sentido de la religión.

El objetivo de Escrivá no fue formar religiosos ni formar laicos. Fue obtener los medios para hacer su Opus Dei: mano de obra y dólares. Por eso los miembros célibes no terminan de ser ni una cosa ni la otra: son un híbrido, entre religiosos y laicos.

Por eso tampoco le interesó de qué manera abandonaban la organización ni menos aún pensar en ayudar a nadie que se retirara de dicho proyecto.

En resumidas cuentas:

  1. La disciplina religiosa le sirvió para someter las conciencias de los laicos: para que consiguieran prosélitos y para que consiguieran dinero;
  2. Para ello fue necesario, a su vez, el engaño: negar toda relación con los religiosos. Y esto es un segundo elemento de perversidad. Esta negación confirma la conciencia del primer elemento;
  3. Los miembros célibes entregan todo: su tiempo, su dinero, su cuerpo. Y mediante una consagración religiosa que es de por vida: la fidelidad o incorporación perpetua.
  4. Un tercer elemento es la negación del daño, consecuencia tanto de la disciplina como de la negación de la realidad disciplinal (es decir, de la vida religiosa de los célibes);
  5. Un cuarto elemento es la negación de toda ayuda a quienes se van del Opus Dei;
  6. Un quinto elemento es la internalización de principios autodestructivos en las personas: masoquismo. Una autoexigencia hasta el agotamiento físico y mental. El Opus Dei aparentemente no destruye a nadie de manera directa, sino que enseña a que cada uno se destruya a sí mismo y de esa manera “no queden pruebas”. Es la doctrina del “holocausto del yo”, tomada de la vida ascética religiosa pero con fines de sometimiento de las conciencias. En este terreno de la conciencia la perversidad de Escrivá se torna de una sutileza sumamente peligrosa, porque es desde allí donde el Opus Dei consigue el control de las personas para explotarlas en su beneficio.

Por eso, la vida religiosa en sí no es perversa, pero la instrumentalización que hizo Escrivá sí lo es. Y luego, todas las consecuencias anteriormente nombradas, pues una mentira se tapa con otras.

Conclusión

El Opus Dei es resultado de miles de personas que sufrieron grandes daños. No sirve decir que “las cosas ahora ya no son más así”. Como si los superiores de los Legionarios dijeran “ahora ya Maciel no podrá violar a nadie más, por lo tanto las cosas han cambiado”. El Opus Dei es consecuencia de una cultura institucional perversa, fruto del engaño y de la destrucción de vidas personales.

Hay que estar mal de la cabeza para sentirse feliz porque a los cincuenta años ya se puede tener el privilegio de “ver televisión solo” sin un director al lado (Cfr. Sarnoso). Pero a ese nivel se llega con el sometimiento del yo: un horizonte vital lamentable, un infantilismo increíble.

El Opus Dei es perverso en cuanto los beneficios los obtiene del daño que provoca. Y sin ese daño, no obtendría beneficios.

  1. Usó la disciplina religiosa, no para lograr religiosos, sino para someter las conciencias a una obediencia ciega (lo que muchos llaman a esto “lavado de cerebro”). Es decir, tampoco aplicó la disciplina religiosa en su justo contexto sino que la instrumentalizó.
  2. El beneficio que obtiene el Opus Dei es a partir de exprimir a las personas parar que orienten toda su energía en la construcción del Opus Dei: desde dinero, trabajo hasta cualquier proyecto vital, como formar una familia. Por eso al dejar el Opus Dei, el agotamiento de las personas suele ser enorme.
  3. Es un daño negarles la identidad a los miembros del Opus Dei: es decir, convencerles de que viven como laicos cuando en realidad llevan una vida de una disciplina conventual. Este es un daño moral enorme y necesario para aplicar la disciplina religiosa sin que los miembros tomen conciencia. Es una tortura mental, un acto de crueldad. Escrivá no puede ser absuelto de ello.
  4. No pagar las consecuencias de sus actos ni reconocer la perversidad cometida, es otro signo del tipo de persona que diseñó el Opus Dei.

Cada vez es más difícil absolver a Escrivá de sus acciones. Es prácticamente solicitar una explicación milagrosa.

Su narcisismo, lejos que ser una excusa que lo absuelva, debe ser profundizado y analizado minuciosamente. El narcisista puede parecer simpático, pero sus acciones producen daño. No es alguien inimputable.

El Opus Dei no parece haber sido producto de un narcisista encantador, sino de una mente muy calculadora y sin escrúpulos.

Tal vez el panorama aquí planteado pueda parecer exagerado para algunos que hayan estado en el Opus Dei.

Pero si comenzaran a contar sus experiencias y el tipo de vida que han llevado, contrastando lo vivido con personas que jamás han oído hablar del Opus Dei, comprobarán que hasta ahora muchos hemos sido demasiado benévolos y compresivos con el Opus Dei y con Escrivá. Es posible que forme parte del adoctrinamiento: otorgarle a Escrivá y al Opus Dei el beneficio de la duda de manera indefinida.

Ciertamente ayudaría que la Santa Sede declarara, como hizo con Maciel, que Escrivá ha sido una persona sin sentimiento religioso ni escrúpulos, a pesar del proceso de canonización. Pero advirtiendo cada uno su propia experiencia y relatándosela –como ejercicio terapéutico- a un observador externo, se podrá comprobar que no es necesario esperar a esa declaración de la Santa Sede para tomar conciencia de quien fue Escrivá. Aunque sin duda, será loable que en algún momento la Santa Sede se pronuncie claramente.



Original