La cena de colores

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Por Mafalda, 29.01.2010


Hoy quiero hablarles de Conchita, porque alguna fuerza me empuja a escribir o me impide no hacerlo. No sé como ponerle un principio bonito a la historia... y como no sé, empezáre a escribir, sin más.

Para el Opus, nuestro aspecto (eramos numerarias) era muy importante. El sacerdote, en el confesionario, cuando hacíamos con él la charla fraterna quincenal, nos decía que nos pintásemos. Nos miraba cuando nos acercábamos a comulgar y nos aconsejaba pintarnos para no parecer pálidas, y "ponernos cremas y colores de esos que usan las mujeres". Para estar guapas, para atraer a las de San Rafael. Porque éramos "la cara bonita" del Opus Dei.

A Conchita, no sólo le cambiaron esto, sino también su propio estilo. Ella era original para vestir. Muy atrevida. Tenía un estilo divertido. Los colores blanco y rojo de sus calcetines largos, con sus kickers verde casi fluorescente, y su falda vaquera de peto. Se me acercó aquella mañana al terminar el desayuno, con sus manos enfundadas en los bolsillos, para darme la bienvenida al centro de estudios. Me informó que creía que las dos éramos de la misma edad, y que estábamos en medio de niñas que todavía llevaban pañal. Ella con la carrera recién acabada hacía una semana, tras un spring maratoniano, y con las mejores notazas de su facultad...

Me alegró muchísimo su saludo. Yo estaba excesivamente tensa. El cambio de vida, pasar a vivir en un centro de estudios, sin haber conocido anteriormente el régimen de vida del Opus Dei, era duro. Me habían "aconsejado" por "el bien de mi vocación" y por "el bien de la fe de mis padres", que no les dijera que me había metido en el Opus Dei. Era "mejor" decirles que me había quedado en esa ciudad en una intensivo para estudiar mucho durante el verano las asignaturas que habían quedado de la carrera en ese curso.

Me pesaba la carga de la mentira. Me pesaba la falta de dinero, había estado trabajando los últimos meses dando clases particulares, limpiando retretes y planchando durante (una media de) diez horas al día. El dinero, como era "de espíritu", lo había entregado en el centro donde yo era adscrita, y al ir a pedirlo para con él poder pagar el verano en el centro de estudios (porque no podía pedirles algo así a mis padres) me fue negado. Me dijeron que lo habían gastado en necesidades del centro. Que no me podían dar nada, ni un euro, de todo lo que yo había ingresado.

Me acaban de robar las personas que me llevaban la charla fraterna (dirección espiritual) que me daban la formación cristiana, católica al estilo Opus Dei. Me habían robado las que habían visto mi vocación. Me quedaba un verano por delante con una de las asignaturas más duras de la escuela de ingeniería, y una nueva vida en el centro de estudios para numerarias.

Aquella residencia de mujeres o centro de estudios del Opus Dei, o Colegio Mayor como oficialmente aparecía adscrito a la Universidad, pero al que se le negaba el acceso (por supuesto a chicos) a chicas que no fueran aspirantes a numerarias del Opus Dei, con el pretexto de "no quedan plazas", era un lugar lleno de residentes (no todas universitarias...ni mucho menos) entre 18 y 21 años más o menos. Se comportaban como nunca lo habíamos hecho ni Conchita ni yo cuando teníamos 8 o 10 años.

Una noche preparaban comida coloreada con colorantes alimenticios, rojo, azul, verde, amarillo...y con esta idea hicieron una cena de fiesta. Al entrar en el comedor gritaban como cuando después de media hora de espera, sale al escenario Fito, después de que los Fitipaldis hayan colocado y afinado, y se haya visto el video tan simpático que tiene del "Antes de que cuente diez".

Por cierto, qué divertido era jugar de pequeños a escondernos "antes de que cuente diez"...

Estas mujeres, la gran mayoría, se habían criado en una familia de supernumerarios, habían ido a colegios corporativos del Opus Dei o a colegios de Fomento, y por las tardes celebraban sus cumpleaños en el club o asociación cultural o apeadero o ...llevada por miembros del Opus Dei. Muchas veraneaban en Torreciudad, o en playas donde coincidían tantas familias de supernumerarios y simpatizantes del Opus Dei, o de Legionarios, o de Kikos. Incluso se acercaban a la localidad costera, sacerdotes del Opus Dei o adscritos a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, numerarios, numerarias, agreados, agregadas, para dar círculos y recibir charlas fraternas (dirección espiritual por un laico). En alguna ermita, capilla o iglesia, si era se podía, se celebraban meditaciones, misas celebradas por el sacerdote del Opus Dei parar ellos, y por supuesto al que tenían acceso el resto de veraneantes y vecinos de la localidad.

Las conversaciones en el comedor del centro de estudios del Opus Dei, que cara al exterior era un Colegio Mayor Universitario, giraban en torno a esos sucesos de la infancia y adolescencia de la gran mayoría. Cada una hablaba de lo vivido entre risas y fiestas. Conchita y yo estábamos totalmente fuera de juego, e intentábamos adaptarnos a unos comportamientos y conversaciones, que nos hacían sentir que volvíamos a una niñez y una adolescencia que nunca habíamos vivido.



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