La agresividad

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Por Vayamentira, 28.12.2012


Queridos lectores: en mis años mozos, y coincidiendo con mi paso por la obra, estuve trabajando como profesor en un colegio de fomento. Mi experiencia docente no era amplia, pero pronto noté que mis alumnos, de edades comprendidas entre los 12 y los 18 años, tenían, salvando muy honrosas excepciones, un común denominador: eran agresivos. Precisamente porqué no tenía referentes previos como docente pensé que aquella situación debía ser “normal” y este hecho se borró de mi mente al cambiar de centro de enseñanza y dejar el contacto con la obra. Aun así, las situaciones vividas fueron extremadamente duras y me marcaron mucho pues no sólo hubo esta cualidad en los alumnos sino también en sus padres.

Cuando en las tutorías trataba con padres que eran de la obra, su tono era cordial pero no falto de una elevada dosis de prepotencia, provocación y combatividad. Diversas anécdotas podrían ilustrar aquellos aaños pero no pretendo aburrir al lector y simplemente relataré brevemente cómo los padres promotores de aquel centro trataban con desprecio explícito a los profesores que no tenían las “virtudes y cualidades” que ellos deseaban. Sus frases y afirmaciones hirientes llegaban al desprecio total: “Mejor vuélvete a tu tierra”…”dedícate a otra cosa”… “no necesitamos profesores tan buenos”… “fulanito sí que vale pues mantiene el orden y la disciplina”… Si un profesor era “moralmente correcto” y tenía cualidades para pitar era exaltado, elogiado, enaltecido, fuera o no buena su labor como docente, guardara o no el orden y la disciplina, fuera mediocre o casi nulo como enseñante. Si un profesor tenía gran virtud, prestigio y sus métodos eran excelentes, no se le valoraba en absoluto y al finalizar el curso era cesado de forma fulminante, a no ser que hubiera una clara afinidad a la obra. Esta agresividad verbal incluía casi siempre la palabra “evidentemente”. Recuerdo que a un profesor de lengua cuyas cualidades docentes eran más que buenas se le expulsó de forma fulminante al descubrir que era focular. Uno de los padres promotores dijo:” a fulanito lo trataba tal profesor y parecía muy predispuesto pues accedió a rezar el rosario pero nos dijo que era focular y evidentemente tuvimos que despedirle” En una de las charlas de los padres promotores al profesorado del centro masculino se dijo en tono más que grave: “a los chicos hay que enseñarles muy bien las matemáticas; en el colegio de chicas sólo les basta con la suma y la multiplicación, ya que, ¡para que les servirá la resta y la división si se van a dedicar a llevar una familia!” Agresividad verbal incluso con sus propios hijos.

Recuerdo un hecho en el que la agresividad procedió del director del centro: entró en un aula y comunicó a los alumnos (tendrían unos 13-14 años) que a continuación irían a misa. Un chico muy espontáneo dijo ¿misa? El director le propinó tal bofetada públicamente que el chaval perdió el equilibrio.

Las experiencias acumuladas en aquellos pocos años, reaparecieron tanto a nivel de alumnos como de padres, a lo largo de los años en la vida cotidiana. Pude observar como incluso los sacerdotes de la obra menospreciaban a los otros religiosos. Cierto día, coincidí en plena calle con un sacerdote que al verme me propinó: “¿Aún estás con estos?” Se refería a la congregación religiosa a la que pertenecía el centro de enseñanza en el que me incorporé al dejar la obra.

En la comunidad de viviendas donde residía había varias familias de la obra y otras muchas que, sin serlo, eran afines y llevaban a sus hijos al colegio de la obra. A diario se sucedían escenas de agresividad entre aquellos chicos/as y el resto de chavales del vecindario. Escenas que acababan siempre con algún que otro chico apaleado, insultado, despreciado o excluido de sus juegos. Y aún con mayor frecuencia se sucedían episodios en los que el mobiliario de la comunidad aparecía con claros desperfectos. Los padres parecían sentirse orgullosos de este comportamiento. Incluso me atrevo a decir que incitaban ellos mismos este comportamiento en sus hijos como signo de una pretendida “hombría”.

Con el paso de los años, mis contactos con familias y chicos de la obra han ido menguando y ahora se limitan a algún vecino que tiene hijos pequeños, a las misas en la parroquia o a ciertos comentarios esporádicos de algún conocido afín: “Las madres que sufren es porque sólo tienen un hijo; si tuvieran más dejarían de sufrir”

No quiero terminar este corto escrito sin dejar constancia de que esta agresividad, lejos de haber disminuido con el paso del tiempo, se ha incrementado. Hace pocos días, en una parroquia a la que suelo acudir, se concentraron varias familias de la cosa con hijos pequeños. La parroquia dispone de una sala adjunta donde los padres pueden seguir la misa y sus hijos pueden jugar. Era curioso observar como el clima entre los niños/as era de continua guerra: golpes, gritos, escaladas a lo alto de las mesas y sillas, empujones, arrebatos para conseguir algún escaso juguete, actitud belicosa, etc. Al terminar la eucaristía, a la salida se congregaban las susodichas familias con claras instrucciones de los padres a los hijos “mayores” de sus respectivas proles: “Cuida a tus hermanos y que no bajen de las aceras”. Ellos, los padres, se dedicaban mientras tanto al duro arte de conversar de cosas “serias” con sus amigos y conocidos sin prestar atención alguna a sus hijos que, como fieras desenjauladas, arremetían con ardor contra todo transeúnte. Parece ser pues, que en las familias de la obra, el cuidado de la prole es trasladado de los padres a los hermanos “mayores” que han recibido este honorífico y alto encargo a pesar de tener cinco o seis años. Esta es otra agresividad: la de la ignorancia. La agresividad de dedicarse a altas cotas de atención entre los progenitores mientras se olvidan de sus retoños, dejándolos al cuidado del hijo menos pequeño. Y es que este modelo educativo es enaltecido ante quien objeta que es difícil educar a una descendencia numerosa: “Ellos mismos se cuidan”. Este, queridos lectores no es el modelo de familia cristiana. Nadie va a poner en duda que la ayuda y cooperación entre hermanos es positiva, pero de ahí a dejar, por sistema, que los mayores se hagan cargo de los pequeños hay una gran diferencia. Además esta práctica sigue fomentando esta agresividad característica en la obra. A los padres se les debe respeto, que no miedo. A los hermanos, por el hecho de ser hermanos no se les debería tener la consideración de padres en tanto en cuanto no son sino ayudantes temporales. Todo lo que salga de este modelo incita al niño/a a rebelarse contra quien debe ser un compañero de juego y no un fiscalizador de sus actos. El niño/a ante sus hermanos debe gozar de libertad para expresarse como de igual a igual, nunca como de niño a adulto, pues el hermano mayor no lo es.




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