La Obra como aldea

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Por E.B.E., 19.07.2006


La aldeana es una forma de vida como tantas otras. Se transforma en patológica cuando percibe al mundo exterior únicamente como una amenaza.

La Obra es una especie de aldea, de mundo cerrado donde las creencias que circulan dentro no son contrastadas ni contrastables con lo que sucede afuera. Y abrir esta aldea al mundo puede ayudar mucho a quienes habitan allí sin saber que existe otro mundo, un mundo exterior a la Obra. Opuslibros es una manera contribuir con ese objetivo.

La misma tecnología atenta contra el encierro en el cual la Obra pretende permanecer. Esto ya sucedía en los años 90 y cada vez más seguirá sucediendo. Los directores saben que la tecnología es una amenaza e intentan controlarla sin buenos resultados (teléfonos celulares, computadoras, Internet, etc.).

Un ejemplo de este mundo de ficción es la carta del prelado, a la cual no le había prestado atención hasta que leí el mail de Mariano. Esas cartas, como toda la literatura interna, son la recreación de un mundo romántico, idealizado, que sólo existe en la imaginación de los habitantes de, lo que se podría llamar, la aldea-prelatura. Pienso que es muy cierto lo que dice Mariano: no se les ocurre hacer juicio porque destaparían una olla que ellos mismos mantienen cerrada a presión.

No es que –por ejemplo- l@s supernumerari@s «no se enteran de nada» porque son tontos –que es lo que se piensa en la Obra pero no se dice, es decir, son supernumerari@s porque no les dio para numerari@ o agregad@ y por eso hay cosas de las que no convienen que se enteren porque su entendimiento no les da-; en realidad l@s supernumerari@s no se enteran porque la Obra no quiere que se enteren, pues ell@s viven mucho más en contacto con la realidad que el núcleo duro, es decir, l@s numerari@s y agregad@s y es mejor que crearles una versión adaptada de lo que es la Obra, que encaje con la vida que llevan. Es un Opus Dei Light el que consumen l@s supernumerari@s, bajas calorías y de fácil digestión. No es otra la causa por la cual había/hay películas del fundador clasificadas como «no aptas» para supernumerari@s. Pero ell@s, ni se enteran de esto.

De hecho, Opuslibros es una vía para la descompresión de tantas personas y tantas vivencias, y esto no le gusta nada a la Obra, porque la debilita. Permite que l@s supernumerari@s se enteren y que much@s numerari@s y agregad@s se despierten. La fuerza de la Obra reside en su aislacionismo y hermetismo, en ser un mundo aparte más que en estar en medio del mundo.

Las críticas alimentan la calenturienta imaginación de ser perseguidos y así la Obra se compara con los primeros cristianos, lo cual es una falta de consideración y de cordura, pues una cosa es ser lanzado a los leones y otra ser objeto de críticas contrastables, que se pueden poner a prueba:

«En los Hechos de los Apóstoles, vemos cómo los primeros cristianos eran perseguidos, castigados, flagelados…»

Es lo que se llama hacerse la película. Esta comparación exagerada del prelado sólo la puede realizar en la intimidad, porque públicamente provocaría el ridículo, cuando no la indignación.

Forma parte de ese imaginario aldeano pensar que la Obra no va a la justicia porque sería una forma de contribuir a difundir el error. Que la Obra lleve a la justicia a una sola persona que denuncia los abusos de esa institución y abrirá la caja de Pandora. Lo sabe, no es novedad.

Abriría el camino para que testificaran frente a la justicia civil una enorme cantidad de personas. Sería una catástrofe (salvo que el juez fuera supernumerario, cooperador, amigo de la institución, como sucedió con el dominio de Internet anterior). Pero una cosa es un dominio de Internet y otra un juicio contra el testimonio de una persona que fue víctima de los mismos abusos de tantos otros y puede ser respaldado por una enorme cantidad de testimonios semejantes y ampliados.

Si bien creo que el prelado se refería a la empresa que distribuyó el Codigo Da Vinci, también sus palabras pueden ser aplicadas a todos los que critican a la Obra, ya que dice: «no me refiero sólo al libro y a la película».

En esa carta, el prelado escribía para el mundo de la aldea –excitando la imaginación-, pero difícilmente podría respaldar esas palabras en público, y menos con ese tono próximo a lo paranoico donde toda crítica es considerada sinónimo de persecución y donde el enemigo no se sabe bien quién es pero existe.

«De momento, (…) se ha juzgado preferible no seguir ese camino, porque también tienen organizadas todas sus tramas para dar publicidad a sus errores»

¿De quién está hablando? Pareciera que de fantasmas.

A la vez, es notoria la facilidad que existe en la Obra para evocar al diablo como explicación de todo inconveniente o contrariedad institucional. De hecho, el prelado lo nombra tres veces en su carta, haciendo de algo teológicamente muy serio, un recurso cercano a lo supersticioso, que además termina desviando la atención.

«En asunto tan importante, como es el de la vocación, no admiten coacciones más que los débiles mentales. Y ésos no sirven para la Obra» (Catecismo de la Obra, nro 298).

Esta lógica interna con la cual se piensa y se obra en la Obra es inexpresable públicamente –da vergüenza ajena, ya que vergüenza propia no les causa- y por eso jamás se manifiesta espontáneamente sino sólo dentro de la aldea, no a la luz del día.



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