La Enmendachio del círculo y otros asuntos

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Por Satur, 20.02.2006


Refiriéndose al fotomontaje de Martina Tudela, AC hace una brillante observación sobre la infantilización en los miembros del Mare Nostrum –en su opinión está infantilización es más aguda en las mujeres. Eso lo escribe él, yo no me atrevo a tanto. Su reflexión, viniendo de alguien que nunca ha pertenecido al Mare Nostrum, resulta más objetiva porque desde dentro, incluso cuando te vas después de años de vida intrauterina, es muy difícil darte cuenta de esa infantilización. En verdad en verdad en Martina, como bien señala AC, no se aprecia malicia sino una puerilidad que es inofensiva para los demás, pero avergonzante para ella.

Lo de que se avergüence lo dudo: una de los síntomas de la inmadurez pueril es que el sujeto no se entera. El tío va tan feliz y tan campante dando el cante.

La vergüenza tiene sus causas y éstas dependen de la responsabilidad personal y la conformidad con los patrones normativos, los códigos morales que nos sustentan, nuestras creencias...

En los niños el desarrollo de la culpa, de la vergüenza, del orgullo, es algo muy complejo y apasionante de vivir en el día a día. Una criatura entre cinco y siete años si roba un euro no muestra vergüenza, o pena, o remordimiento… lo que muestra es miedo por si es sorprendido: la primera experiencia moral es la de aprobación o desaprobación recibida por el espectador. Sólo eso le importa: que no le pillen. No hay más. Sólo mostrará vergüenza si es sorprendido y hay testigos de su mal comportamiento. Es más, con frecuencia no se atribuyen la emoción a sí mismos, la trasladan a otros : mamá está contenta conmigo si hago esto, o a papá no le gusta que me meta el dedo en el culete y me lo güela.

A los ocho años es cuando ya se sienten avergonzados u orgullosos de ellos mismos , con testigos o sin ellos. Ya se comienza a ser responsable de lo que uno hace, dice u omite.

Uno no acaba de conocerse del todo, pero animo a los del Mare Nostrum a que dejen la prelatura durante un año y vivan la vida de cada día lejos de normas, criterios, horarios fijos, convivencias regladas, campanitas que avisan que hay que de comer, o que toca la lectura, costumbres donde todo está hecho y no hay nada que pensar más que, sencillamente, dejarse llevar. Les animo a que salgan de verdad al mundo y se oreen un poco. Entonces caerán en la cuenta de esa mentalidad infantil, pueril e inmadura que anida en bastantes de sus personalidades, porque la peña no soporta a los infantiles y se lo dice muy claro y muy alto.

Estando dentro no lo ves –es casi imposible-, y vives mimetizado a esos modos que adornan la cosa, y que todos comparten. Es fuera cuando la Piedra de turno te dice que esto no es así, que esto tampoco, que hay que hacer las cosas de esta forma, o no hacerlas de aquella otra. O un amigo que te comenta que de qué vas por la vida, que cómo puedes actuar de espaldas a tantas obligaciones provocadas por el trabajo, o por la familia, o por amistad, o porque hay que hacerlas, y uno va y pasa. Y pasa no por malicia, sino porque eres un niño que durante años no has hecho otra cosa que dejarte llevar. Un infantil esconde un grandísimo egoísta. Un egoísta de tomo y lomo.

En el Mare Nostrum son muchísimos los modos que impiden una madurez de cada quién. Para muestra un botón: la costumbre del círculo de la Enmendatio. La costumbre es de traca y, de hecho, está más muerta que la mojama. La costumbre tiene de mentalidad laical lo mismito que un torero con bigote, o sea nada: no existen toreros con bigote, ¿porqué?, pues lo ignoro. La costumbre güele a monjil que no veas –el que ha visto la película Sor Citroen sabe de qué hablo. Habitualmente nadie la hacía y el director en muchas ocasiones sugería al piadoso residente de turno que venga, que hiciera una. Y, hala, llegaba el tío se ponía de rodillas delante de tribu y musitaba “en la presencia de Dios nuestro señor me acuso de… de… de haber retrasado la confesión un día… por estas culpas pido perdón y penitencia”. Y el que dirigía el círculo contestaba casi siempre lo mismo: reza un acordaos por el de casa que más lo necesite”. Y, venga, a por la segunda parte del círculo.

Un día uno se puso de rodillas y dijo “en la presencia de Dios nuestro Señor me acuso de haber retrasado la lectura quince minutos”. Y uno que estaba al lado del genuflexo, un guasón, pega un bote, se le queda mirando con ojos como sartenes y le dice:

- ¿NO ME JOOOOODAS, ESO HAS HECHOOOOO?, ¡¡¡MECAGÜEN LA PUTA QUE TÍO !!!

Allí se acabó el círculo.

La costumbre era absurda; hombre, si al menos oyeras alguna animalada, pues vale. Algo así como “en la presencia de Dios nuestro Señor me acuso de que a veces pienso que el director es un cabrón y un chulo de mieeeeeerda”, o “en la presencia de Dios nuestro Señor me acuso de que le miro las tetas a la presentadora del telenoticias de Antena 3“ …pues muy bien, campeón. Eso es una enmendatio con un par. Y luego el director le contestara “pues reza diez mil acordaos por tu alma, guarro. Diez mil, ¿eh?, ni una más ni una menos”. Eso ya sería más killer y la gente no fallaría en la asistencia al círculo. Todos allí como un solo hombre pensando “a ver la que se prepara hoy”.

Y de tonterías así se hacen mentalidades algo tontorronas y niñoides. Tengo cuarenta y ocho tacos y sé lo que digo. La mayoría de los paquetes que recibo de la Piedra son porque soy un crío. ¿Qué le voy a hacer después de veintisiete años allá dentro ?. Un día de estos me va aponer un pedazo de imperdible en la americana con un cartulina que ponga “SATUR “.

Lo cierto es que ya San Josemaría de Escrivá y de Balaguer tenía cosas muy de crío y, claro, de tal palo tal astilla. Por ejemplo, cuando era sacerdote joven y le pedía al Señor ochenta años de gravedad. Y no se le ocurre otra cosa que andar más lento, charlar pausado, moverse con unción y hacerse un pedazo de tonsura como un donuts… ¿qué pretendía?, ¿es que una de sus propósitos era perder el sentido del ridículo?. Esa es la forma que tienen los inmaduros de madurar: imitando gestos, copiando modelos, calcando modos exteriores. Es parte del aprendizaje de los niños, pero no de personas hechas y derechas. Es señal de inseguridad, de miedo. Es como si ahora pretendiera parecer más inteligente, o sabio, y me pongo a imitar al Dalai Lama, y cuando escucho a alguien lo hago con las manos juntas delante de la frente, y sonrío flor de loto total, y achino los ojos para dar el toque oriental a mis palabras…

En fin, como escribe el poeta sobre el ciprés del cementerio y que se podría predicar de alguna almas que están donde no tienen que estar.

Yo no soy triste,
es que estoy en un sitio
que nadie viene con sonrisas.
Yo no soy triste,
Es que todo el que viene aquí
parece como que le faltara algo.
Yo no soy triste
y si no que lo digan los pájaros,
a ver,
¿qué tienen los otros árboles que no tenga yo?.
Yo no soy triste,
lo que pasa es que todos me miráis con tristeza.



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