Ingenuidad a los 14 y medio: ¿rabia para siempre?

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Por Javo, 15.09.2008


Para los que entramos al Opus Dei a los 14 y medio, la ingenuidad y la falta de criterio eran la norma: un sacerdote numerario “mayor” de ese centro donde viví decía: “es importante tener pocas ideas, claras y distintas”; en contraposición con la filosofía cartesiana y todos los estúpidos que han querido pensar por sí mismos en este mundo, “que tienen muchas ideas, confusas y totalmente equivocadas”. Pues sí, debo decir que en esa época de mi pertenecía al Opus Dei como numerario, tuve una actitud siempre ingenua y obediente. Siempre estuve disponible para lo que hiciera menester. Esta época duró desde 1969 hasta 1983 (14 años!), sin contar con los tres años anteriores a mi admisión, desde los 12 años hasta los 14 y medio en que participaba a tiempo completo de “la formación” de la Residencia Ilinizas, en Quito...

Solo recuerdo pequeños esbozos de sospecha de incoherencia “intelectual” sobre las enseñanzas recibidas, por ejemplo en una charla sobre la pureza, Mons. Larrea decía citando al fundador, que aquellos socios que no eran fieles y luego se casaban, siempre escogían mal, todos los que había conocido en esas circunstancias tenían mujeres feas. Y en el mejor de los casos con el paso del tiempo, ¿se imaginan ustedes cómo será dormir todas las noches con una mujer vieja, gorda y fea? Según él, todas terminaban así. Siempre le tuve respeto y admiración a Mons. Larrea (nuevo siervo de Dios en proceso de canonización), pero nunca se me quitó la impresión de que lo que nos había dicho era, al menos, un prejuicio… algo tonto. ¿Cómo era posible que fuéramos tan listos que el Opus Dei nos admitía y a la vez nos transformáramos en tan bobos como para luego hacerlo todo tan mal?

Debo insistir en mi actitud crédula e ingenua, siempre acepté como muy lógico el argumento de autoridad para aceptar todo lo que me enseñaban; este absurdo lo extrapolé incluso a mi conducta en la incipiente vida profesional. Tuve que darme varias veces con la piedra en los dientes (años después de salir del Opus Dei) para ver lo obvio de la vida: la inteligencia me la dio Dios para usarla, no para obedecer y callar, ni para aceptar todo lo que venga de arriba, de los antiguos, de los más sabios, de los que tienen “gracia de estado”. Empecé a despertar en el uso de mi propio juicio, cuando el Opus Dei hizo groseramente evidente su propia falta de juicio institucional, su propia incoherencia e irrespeto a las leyes naturales y a la sociedad en que se desenvuelve, su grosera deslealtad con sus miembros.

Poco tiempo después de desvincularme del Opus Dei estuve en una reunión familiar, con mis padres y hermanos. En esa época como método de catarsis sicológica, me reía de mi mismo y decía cosas como que no me importaba repetir un segundo o tercer trago en la fiesta, puesto que ya nada me podía hacer más daño, “ya estaba condenado”. Uno de mis hermanos me pidió que no repitiera la broma pues le hacía sufrir mucho a mi madre. Ella era supernumeraria y según mi hermano, el sacerdote del Opus Dei con el que se dirigía le había prohibido que me recibieran en su casa “como si nada hubiera pasado”. No lo creí, me parecía imposible que le prohíban a una madre recibir en una reunión familiar a su hijo, me parecía imposible que le exijan que sea ella misma la encargada de hacerme sentir la falta, la traición, la culpa. Tuve que preguntarle expresamente si era verdad lo dicho, ella asintió: ¡era verdad!

El segundo golpe que me empujó a dudar del Opus Dei fue el problema de las dispensas. Durante los primeros meses de mi salida de la obra siempre me consideré un traidor. Quería salir del OD porque no me sentía bien, no quería seguir toda la vida con esa “generosidad” total de entregarlo todo, cada minuto, sin libre albedrío, sin conocer nada de la vida. No quería seguir toda la vida con el conflicto de la imposibilidad de vivir cada día “el plan de vida” y cada día tener que buscar al cura y al director para decirles todo lo que no había podido hacer bien, la culpa me comía por dentro constantemente. Si no era la culpa de lo que hice mal, era la culpa de no poder ser “salvajemente sincero”: siempre culpable. Cuando quise dejar el Opus Dei se lo dije frontalmente al director y al cura de la casa de Guayaquil, les dije que sabía que el Opus Dei era perfecto, era de Dios, que yo no era digno de eso, que prefería una vida menos santa y más adecuada a mi realidad vital, pecador. El director y el cura me dijeron que había que esperar las dispensas… Esperé la dispensa de “vida de familia” y ésta nunca llegó, no recuerdo cuánto tiempo pasó, deben haber sido dos o tres meses hasta que llegué al clímax de la angustia y percibí que nunca que dejarían ir; por eso decidí armar mi maleta con ropa y libros y me marché sin despedirme, enojado. Luego pasaron varios meses, en los que no tuve casi ningún contacto con los directores (me buscaban y los evadía).

Durante esos meses viví angustiado por la dispensa de la fidelidad. Cuando pregunté por ella, me dijeron que cómo podría tenerla, ¡si no la había pedido! Nunca supe que había que pedirla por escrito, no tenía por qué saberlo, o ¿acaso alguna vez nos dieron instrucción sobre “cómo despitar”? Insisto en que mi ingenuidad y desconocimiento de derecho canónico, praxis internas y otros asuntos pertinentes era mayúscula.

Escribí la maldita carta y esperé otra vez un tiempo interminable hasta que, para terminar el asunto, le pedí a mi madre (supernumeraria que “se dirigía espiritualmente” creo que con el mismísimo consiliario o alguien de la delegación) que me hiciera el favor de preguntar por la dispensa, que íntimamente me hacía falta saber de ello. La respuesta vino enseguida y vino en forma de disculpa: estaban apenados de haberse olvidado de comunicarme, pero sí, la dispensa ya había llegado. Me quedé asombrado e indignado. Ellos sabía que me sentía en pecado, culpable, hasta que llegara la bendita (o maldita?) dispensa. Siendo tan santos, tan preocupados de la salvación del alma de cualquier ser humano, ¡cómo pueden olvidarse! No lo entendí durante años.

Recién lo entendí varios años después cuando pesqué una edición de las constituciones (Codex Iuris Particularis Operis Dei ) y encontré que sobre las dispensas, éstas solo se hacen efectivas legalmente cuando se le comunica al interesado. Es decir que el interesado puede esperar durante años, si el director del centro cree que puede “re-pescarlo”, queda a su libre albedrío dejarlo en espera (en pecado) el tiempo que al director le dé la gana. No interesa lo que el socio haya pedido. “No hay mal que por bien no venga” decía frecuentemente mi madre. Nunca mejor empleado: estas tristes circunstancias me obligaron a pensar… por fin.



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