Informe sobre el Opus Dei/Vida intelectual

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Vida intelectual

1.- Un capítulo muy importante es relativo a la vida intelectual de los de Casa, especialmente de los numerarios. Digo que es importante y me quedo corto: es capital, puesto que la Obra es principalmente para intelectuales, si es que realmente queremos dar la vuelta al mundo como a calcetín; si es que pretendemos, no sólo influir, sino crear pensamiento, ciencia, cultura, y hacer que el mundo occidental vuelva a ser cristiano de los pies a la cabeza.

Es decisivo darse cuenta de que esto es una tarea primordial. Sin una verdadera vida intelectual y cultural es imposible recristianizar la vieja Europa. Vida del espíritu significa que no se pueden recorrer los mismo cauces trillados del arte, seguir fielmente -sin apartarse por miedo al error- los maestros del pasado -Tomás de Aquino-, etc. Haciendo un balance muy general, puede decirse que, desde el siglo XVII-XVIII, los católicos hemos perdido el liderazgo de la cultura, la ciencia, el pensamiento. Recuperarlo implica volver a recrear todo el mundo de la cultura, y esto no se hace a través de un acatamiento reverencial al pasado.

Quizá la institución que más podría haber contribuido a esa ya no renovación, sino refundimiento de todo el pensamiento es el Opus Dei, pero, por desgracia, no ha sido capaz de asumir institucionalmente el reto que suponía la modernidad y mucho menos los enormes cambios sociales y culturales de la segunda mitad del siglo XX. Es más, creo que ha sucedido todo lo contrario: se han puesto todos los medios, para que la formación intelectual y cultural de los de Casa respondiera a caminos ya recorridos, a visiones de la realidad ya caducas. Ya sé que los directores se han movido por prudencia, por el bonum animorum, etc -yo no juzgo los motivos, ni discuto su conveniencia para la piedad-, pero sucede que la Obra no es lo que debería haber sido: la fuerza renovadora de la cultura, el pensamiento, la moda.

Creo que en la Obra no nos hemos hecho cargo de que renovar la vida cultural e intelectual de la sociedad implica dedicarse a fondo, sin miedo, son libertad, a esas cuestiones. Por un lado, hay que dedicar muchas horas cada día y muchos años para poder hacer algo medio serio en el campo del pensamiento y, por otro, tener mucha sensibilidad para lo que sucede en el mundo, sin estar encerrados en determinadas corrientes.

Son muchos los frentes en los que institucionalmente se ha impulsado a los miembros de la Obra en una dirección errada. Señalo algunos.


2.- Ya en los mismos estatutos se dice que nos debemos formar según el tomismo (Estatutos, 103). Ciertamente la Iglesia así lo pidió a principios de este siglo, pero ya no es así. Lo que deberíamos hacer es formarnos según el estado actual de la investigación filosófica, teológica, antropológica, sociológica, etc. Nos importa la verdad, no la "ortodoxia", ni la seguridad doctrinal.

Además esa directriz se ha concretado hasta extremos excesivos: en la segunda mitad de los años setenta, en el Colegio Romano se estudiaba la teología con los textos de Santo Tomás -en las clases se leían en voz alta y comentaban-, exactamente igual que si estuviéramos en 1275. Lo cual, aparte de contribuir poco al conocimiento de lo que hoy día pasa, es un "desprecio" a la investigación de nuestros colegas, y un pésimo método pedagógico.

La renovación que el mundo esperaba de nosotros en teología y filosofía se concretó, por entonces en editar en castellano las obras de Santo Tomás.


3.- Esta orientación de los estudios se agravó por las restricciones en las lecturas (consultas que hay que hacer, etc.), hasta el punto de que se creó en Casa una escuela oficial de orientación fabriana (de Cornelio Fabro), donde todo se juzgaba según una particular interpretación del tomismo. Igualmente la historia de la filosofía se interpretaba según un modelo oficial interno (oposición entre realismo e idealismo, opción intelectual, principio de inmanencia, etc.) Esto explica que se consideraran escritos perniciosos libros que después han tenido que ser "recalificados", como, por ejemplo, los de Ratzinger.

En general, se creó una desconfianza notable respecto a todo el pensamiento actual (¿incluida la renovación del Vaticano II?), ¿por qué leíamos siempre el "Catecismo para párrocos" del Concilio de Trento y nunca los documentos del Vaticano II?), que no ha empezado a ser rota hasta que Juan Pablo II mostró la importancia de conocer el pensamiento actual.


4.- En Casa se ha descuidado muy notablemente el estudio de la teología y de la filosofía, y en general todo el cultivo del mundo del espíritu (o sea, de la cultura en el sentido más noble y alto de la palabra: del modo de entender al mundo, al hombre, a Dios; a la verdad, al bien, a la belleza). Se ha considerado que estar formado en estos ámbitos es tarea fácil, y no un esfuerzo continuo durante toda la vida. Por eso, ha prevalecido lo pastoral sobre lo intelectual.

Las clases de repaso de nuestros cursos anuales -hablo de mi experiencia- son penosas: con un nivel muy bajo, sin una verdadera intelección de los problemas, repitiendo fórmulas hechas sin ninguna vida, etc. Igualmente el estudio de los cursos anuales es escasísimo y durante el año lo mismo -casi nulo-. Las charlas doctrinales (por ejemplo, las que he oído sobre teología de la liberación) son dadas por gente no suficientemente preparada: se limitan a exponer guiones (esto es totalmente contrario a la vida del pensamiento). Los guiones internos carecen muchas veces del mínimo rigor intelectual; por ejemplo, el que había sobre la doctrina católica, contenía no pocos errores filosóficos y teológicos (escribí una serie de observaciones sobre él, pero creo que, por cansancio ante la inutilidad de mis sugerencias, ni la envié).

En general, la vida intelectual en Casa es prácticamente inexistente, hasta el punto de que se puede decir que casi no hay intelectuales en la Obra. Los sacerdotes tampoco son intelectuales, incluso a veces ni tienen los doctorados exigidos, y en general apenas estudian y la investigación en ellos es inexistente. (A veces he oído decir que hay una crisis de agregados, puesto que, hoy día, todo el mundo estudia en la universidad; más bien hay una crisis de numerarios: no se puede decir precisamente que los que pitan de numerarios sean intelectuales, cuando la mayoría no son capaces -por interés vital, por capacidad intelectual...- de hacer una tesis doctoral, como fue deseo de nuestro Padre respecto todo numerario).


5.- En la vida interna de nuestros Centros no se potencia el estudio, la profundidad y el rigor en la formación profesional, ni siquiera cuando la gente es estudiante. Más bien sucede lo contrario: hay muchas y fuertes limitaciones para los que quieren dedicarse más especialmente al estudio, Esto, evidentemente, no está institucionalizado, pero, por desgracia, es una praxis muy frecuente en nuestros centros. Por así decir, las urgencias de la labor prevalecen sobre la necesaria formación profesional e intelectual; son los criterios pastoralistas los que predominan.

Es más, cuando alguien quiere hacer algo extraordinario -estancias de investigación en el extranjero, aprendizaje intensivo de idiomas en otro país, etc.- más bien se le ponen cortapisas y limitaciones: si pide irse dos meses, se le dice que se vaya uno sólo; o que no le hace falta; etc.

En la gente que se dedica a la universidad y, en general, más al estudio, no se fomenta y se procuran los medios para que desarrollen su actividad. Me refiero a lugares de trabajo, facilidades para estancias en el extranjero, etc. Se ha dado el caso (1994) de un profesor de la Universidad de Navarra que me pidió que yo hablara con los directores para que a él le fuera posible disponer de las condiciones adecuadas para su trabajo intelectual.

Además, suele suceder que los que reciben la confidencia de los intelectuales no los son ni valoran ese trabajo ni lo impulsan, de tal modo que los intelectuales fácilmente se sienten solos.

Casi me atrevería a decir que todo esto sucede hasta el punto de que la Obra es un obstáculo más que una ayuda al estudio y la formación intelectual.


6.- El sistema de calificaciones doctrinales de libros y, en general, todo el asesoramiento doctrinal (para leer libros, para publicaciones de libros y artículos, etc.) debe basarse en un presupuesto: la ciencia de quien lo hace; dejarse guiar por un ignorante quizá sea una buena ayuda para la humildad, pero no para la búsqueda de la verdad.

En teoría, lo que se hace en Casa es eso: una valoración justa; pero de hecho la gente que las hace no sabe suficientemente, se deja guiar por clichés, por lo que está bien visto, etc. Por ejemplo, cuando estando en Roma hice una recensión a "La crisis de las ciencias europeas" de Husserl, se me indicó que la "endureciera" (ninguno de los que participaron en esta decisión había leído la obra: sólo tenían la impresión de que debía ser moralmente peor de lo que yo decía); rehice la recensión por dos veces, hasta que llegó a tener una extensión de 45 folios a simple espacio, a fin de exponer suficientemente su contenido y mi juicio sobre esa obra; ni aún así gustó: los que no habían leído a Husserl seguían pensando que ellos tenían razón y no yo.

En general, el sistema de asesoramiento ayuda muy poco, por no decir que muchas veces es más obstáculo que ayuda. Es especialmente una cortapisa a la hora de consultar los libros de pensamiento, literatura, cultura, profesión, que se desean leer. Ciertamente se ha aligerado mucho el sistema, pero sigue siendo en su idea inadecuado y, de hecho, desanima a leer y trabajar en estos campos. Igualmente, el modo en que se hacen los votos respecto a los escritos que los de Casa desean publicar es también muy deficiente, pues, por desgracia, los que lo hacen no tienen ciencia suficiente: saber implica dedicarse muchos años con seriedad al estudio y la investigación; si eso, se dan consejos "piadosos", pero científicamente falsos e inadecuados.


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