Hijos del Opus/El ejercicio del rol dentro de la estructura familiar

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CAPÍTULO VIII. El ejercicio del rol dentro de la estructura familiar


Introducción

Cuando hablamos de roles nos referimos al papel que cada persona juega en la sociedad, de la misma manera que un actor juega o interpreta un determinado rol o papel sobre un escenario. En función de esta similitud entre mundo teatral y realidad cotidiana, el rol puede ser definido como "una respuesta tipificada a una experiencia igualmente tipificada" [Berger, Invitación a la sociología, 120]; y la tipología fundamental es la sociedad que la ha definido previamente. En este sentido, se puede afirmar que la sociedad es la encargada de suministrar el guión, mientras que los individuos que la integran deben interpretar los papeles que les han sido asignados en el reparto.

A pesar de la asignación social de roles, su ejercicio está vinculado también a una cierta identidad. Algunas identidades son perdurables y tienen una gran importancia, otras no lo son tanto: es perdurable y tiene gran importancia el hecho de ser mujer y no hombre, pero no tiene tanta importancia ni es perdurable el hecho de ser cirujano o juez, por ejemplo. Asimismo, esta característica de perdurabilidad no nos puede hacer caer en el error: todas las identidades -incluso la identidad de ser hombre o la de ser mujer- nos han sido asignadas socialmente. Adquirimos unos roles sexuales y nos identificamos con ellos de igual forma en que lo hacemos con otros roles: el hecho de afirmar que "soy una mujer" equivale a una afirmación de rol, de la misma manera que el hecho de decir "soy médico". Es cierto que se puede objetar que el sexo lo tenemos desde el nacimiento -a diferencia del ejercicio de una profesión, que normalmente se adquiere con los años-; sin embargo, existe una gran diferencia entre el hecho de ser biológicamente hembra o varón y el rol específico, socialmente definido y, por tanto, relativo que supone la afirmación "soy una mujer" o "soy un hombre".

Diferencias en el ser

Cuando en un texto, como el que presentamos a continuación, el "ser" mujer se define con las características de: "movimientos gráciles y suaves; humor variable; influencia envolvente; actividades interdependientes; fuerza intuitiva; interés por los detalles y lo actual, y adaptabilidad constante" [Antonio Vázquez, Matrimonio para un tiempo nuevo, colección "Hacer Familia", n. 38 (Madrid: Palabra, 1993 7ª ed.), 60-61], la intención no es otra que la de identificar el ejercicio de un rol -el de madre y esposa- con una realidad biológica antes que con una realidad social. Lo mismo ocurre con el hecho biológico de ser hombre (varón) y el ejercicio del rol que por este hecho se debe interpretar, caracterizándolo como un ser de "energía concentrada; sensaciones fuertes; gestos bruscos y descuidados; emociones profundas y estables; pasiones intensas; agresividad y afán de mando; actividades disociadas; predominio del raciocinio; interés por lo global y a largo plazo, y tenacidad en las resoluciones" [Loc.cit.].

Estos dos fragmentos, extraídos de uno de los volúmenes de la colección "Hacer Familia", muestran la forma en que dos hechos como la masculinidad y feminidad quedan identificados con dos sexos: macho y hembra. En otras palabras: se relaciona masculinidad con sexo masculino y feminidad con sexo femenino; haciendo de las diferencias de sexo, diferencias de género (entendiendo género como "las expectativas sociales sobre el comportamiento que se considera apropiado para los miembros de cada sexo" [Giddens, Sociología, 191]). Con esta clave que permite distinguir entre, por un lado, atributos físicos a partir de los cuales se diferencian hombres y mujeres y, por otro lado, los rasgos socialmente formados de la masculinidad y feminidad, es difícil quedar al margen de interpretaciones como las siguientes:

"Con sólo asomarnos al texto más elemental de psicología diferencial encontramos unos caracteres distintos en el hombre y en la mujer. Así debe ser y así debe continuar. Para que pueda existir armonía y equilibrio entre los sexos es imprescindible que permanezcan nítidas sus cualidades. Con su fina premonición advertía Marañón hace muchos años a los padres y educadores: "es preciso hacer hombres, muy hombres a los hombres, y mujeres, muy mujeres a las mujeres"." [Matrimonio para un tiempo nuevo, 61]

Una fórmula que continuamente se utiliza para justificar una distinción clara entre las diferencias de "ser" mujer y "ser" hombre es la de la complementariedad. Es como si el hombre y la mujer fueran dos mitades que, para formar una unidad perfecta, hubieran de estar nítidamente diferenciadas: energía dispersa-concentrada, movimientos gráciles-bruscos, influencia envolvente-agresividad. Pero, además de complementarias, estas diferencias en el "ser" se presentan como esenciales y superiores; sobre éstas se sustentan las diferencias en lo que se hace, y no sólo en lo que se hace, sino también en lo que se siente. En realidad, se consigue transformar en cualidades propias de cada uno de los sexos lo que no son más que características definitorias en función de las tareas que, tradicionalmente, se han asignado por un lado a los hombres y, por el otro, a las mujeres. Y así se puede afirmar:

"Un hombre tiene su energía vital concentrada mientras que la mujer la tiene mucho más dispersa. El hombre funciona por sacudidas, la mujer por constancia. Así un hombre podrá cambiar en una mañana todos los muebles de una casa para, a continuación, sentarse a leer el periódico sin que nadie ose molestarle. Una mujer puede estarse doce o quince horas con pequeñas ocupaciones sin darse un respiro. El hombre hace una cosa detrás de la otra y la mujer es capaz de hacer cinco cosas a la vez, con el riesgo de dar tanta importancia a los detalles que pierde lo esencial. Para la mujer todo es urgente y muy pocas cosas son importantes. Nadie como ella es capaz de resolver los acontecimientos imprevistos." [Ibid., 64-65]

Diferencias en el hacer

Al leer el fragmento anterior, el interrogante que se abre es si estas diferencias en el "hacer" entre hombre y mujer provienen de las diferentes tareas asignadas socialmente al hombre y a la mujer, o si, como nos quieren hacer ver en el texto, se trata de capacidades con las cuales se nace para hacer unas u otras. El hecho de hablar, por ejemplo, de la capacidad improvisadora de la mujer, ¿tiene relación con las tareas domésticas que se lo exigen, o con las cualidades intrínsecas del "ser"?; y el hecho de que una mujer pueda estar quince horas sin parar, ¿es una adaptación a las necesidades del "hacer" o, por el contrario, una capacidad innata? De hecho, lo que hace el rol es proporcionar la pauta para actuar en el contexto que socialmente se ha asignado tanto al hombre como a la mujer, y así:

"El hombre alcanzado un éxito profesional se asegura, se llena de fuerza y le desborda la satisfacción. Lo da todo por lograr una meta, por el triunfo sobre una dificultad. A la mujer le hace feliz la satisfacción que su trabajo produce en los demás". [Ibid., 67]

Diferencias en el sentir

Los roles, sin embargo, no sólo comportan determinadas acciones sino que también condicionan y orientan las emociones y las actitudes correspondientes. Por este motivo, no sorprende encontrar entre los textos que analizamos un fragmento como el que transcribimos a continuación donde, primero, se define al hombre como "sectorial" y a la mujer como "unitaria", argumentando después esta diferencia:

"El hombre es más sectorial, y la mujer es más unitaria. Expliquemos esta diferencia: la mujer es más capaz de vivir la unidad de vida que el hombre. Para éste el corazón está dividido en compartimentos estancos Es capaz de llevar una vida profesional brillantísima, mientras en sus relaciones sociales es opaco, y en su vida matrimonial un desastre. Después de una conversación animada con sus amigos de sus mismas aficiones puede llegar a casa y no despegar los labios. La mujer no, la mujer tiene su corazón como una espiral que tiene su origen en el amor. Todo en su vida va maravillosamente entrelazado formando una existencia única. Si ha tenido un disgusto con su marido se le quemará el souflé o no se enterará del litigio en el trabajo profesional. Porque ella necesita un margen de holgura y reposo para sedimentarse y madurar. Los acontecimientos en su vida no están yuxtapuestos, necesita asimilarlos para asumirlos e integrarlos a su proceso de madurez". [Ibid., 71]

Y es que, a menudo, el rol nos acaba convirtiendo en aquello que representamos. Así, la mujer puede nacer con un nulo interés por las cosas pequeñas y sin esa adaptabilidad constante que, según el texto, la caracteriza. Pero, si las tareas que desarrolla se lo exigen, acabará no sólo interpretando este papel de persona interesada en los detalles y con capacidad para adaptarse a cualquier situación, sino que interiorizará este rol y "sentirá" conforme con el rol que interprete.

Al igual que ocurría cuando hablábamos de las diferencias en el "ser" entre el hombre y la mujer, también cuando nos referimos a las diferencias en el "hacer" y en el "sentir" éstas se presentan como complementarias, es decir: si él tiene la energía vital concentrada, ella la tiene dispersa; si él es más celebral, ella será intuitiva; si él lo hace todo para vencer, ella lo hará para gustar; si él es sectorial, ella será unitaria...

La reificación de roles

A lo largo de estas páginas -donde hemos presentado lo que en la colección se interpreta como diferentes maneras de ser, hacer y sentir entre el hombre y la mujer- descubrimos en el orden en que las diferencias están presentadas una actitud claramente reificadora. En vez de partir de las diferencias en el "hacer" para después descubrir las implicaciones que eso puede tener tanto en la construcción de géneros como en las transformaciones psicológicamente lógicas en el "sentir" (en un ejercicio de adaptación al rol), se empieza por las diferencias en el "ser" presentándolas como intrínsecas a cada sexo -dadas por la naturaleza-, justificando de esta manera las diferencias tanto en el "hacer" como en el "sentir".

En el libro La construcción social de la realidad de Berger & Luckmann, los autores introducen el concepto de reificación para responder a la cuestión de, hasta qué punto, se toma un orden institucional -en todo o en parte- como una facticidad no creada por el hombre. La reificación es, para los autores, "la aprehensión de los fenómenos humanos como si fueran cosas, es decir, en términos no humanos o quizá suprahumanos. Se podría afirmar igualmente que la reificación es la aprehensión de los productos de la actividad humana como si fueran más que productos humanos: hechos de la naturaleza, efectos de unas leyes cósmicas o manifestaciones de la voluntad divina." [Berger & Luckmann, La construcció social de la realitat, 129] Con este concepto se quiere expresar, en primer lugar, que el hombre es capaz de olvidar su condición de autor del mundo humano; y, en segundo lugar, que la conciencia pierde de vista la relación dialéctica existente entre el productor, que es el hombre, y sus productos. "El mundo reificado es, por definición, un mundo deshumanizado, que el hombre vive como facticidad que le es ajena; un opus alienum sobre el que carece de control, en vez de un opus propium fruto de su propia actividad productiva." [Loc.cit]

Es así cómo la relación entre el hombre y su mundo (el mundo que él ha fabricado) queda invertida en la conciencia: el hombre, productor de un mundo, aparece como si fuera un producto, mientras que la actividad humana aparece como fenómeno resultante de unos procesos no humanos. En este sentido, las significaciones humanas dejan de ser percibidas como creadoras y pasan a ser percibidas como productos de la "naturaleza" o de las cosas. Paradójicamente, el hombre construye una realidad que termina negándolo como su creador.

De la misma manera que puede haber aprehensión reificada del orden institucional en su conjunto, también puede haberla de determinados segmentos de aquél. Pensemos, por ejemplo, en el matrimonio; se puede reificar el matrimonio diciendo que "es un invento divino", con lo cual se pierde de vista que el matrimonio es siempre una producción humana. Percepción que podemos ver claramente expresada en la siguiente cita: "El hombre y no otro, esa mujer y no otra, forma parte de un querer divino. Dios, desde toda la eternidad, tenía previsto que nos acompañara en nuestro caminar terreno, y en ella/él y con ella/él, encontrar la senda de la felicidad." [Matrimonio para un tiempo nuevo, 92]

Y no sólo el matrimonio, sino también las decisiones conyugales como por ejemplo el número de hijos:

"¡Desmemoriados! ¿Por qué esa negligencia en recordar los gritos de Dios: "Creced y multiplicaos" y "llenad la tierra"? Crecer, multiplicarse y llenar la tierra de cristianos es una bendición y un mandato de Dios a los que -por vocación divina- habéis sido llamados al matrimonio. [...] Vosotros ponéis el cuerpo, y Dios completa vuestra función creando un alma distinta para cada hijo. Sois como partícipes de aquella potencia de Dios con la que creó al hombre del barro." [Jesús Urteaga, Dios y familia, colección "Hacer Familia" n. 11 (Madrid: Palabra, 1992), 44]

De forma parecida a cómo puede haber aprehensión reificada del orden institucional, la misma identidad (tanto propia como de los demás) puede también quedar reificada. En estos casos tiene lugar una absoluta identificación del individuo con las tipificaciones que le han sido socialmente asignadas; es cuando el individuo termina por convertirse en estereotipo, en aquello que representa.

Al igual que las instituciones y la propia identidad, también los roles se pueden reificar. Cuando un rol se reifica, el sector del autoconsciente que ha quedado objetificado en el rol es vivido también como un destino inevitable, ante el cual el individuo puede dejar de sentirse personalmente responsable. Es cuando se olvida que uno se encuentra interpretando un papel; que hay una distancia entre el ejercicio del rol y la persona que lo interpreta; que, en definitiva, nos podemos salir de las pautas que marca el guión. No es menos cierto, sin embargo, que el ejercicio del rol obligará más cuanto más pequeña sea la distancia entre el ejercicio del rol y la persona que lo interpreta. Como afirman Berger & Luckmann:

"Todo comportamiento institucionalizado implica unos roles, lo cuales comparten, por tanto, las características coercitivas de la institucionalización. Cuando los actores quedan tipificados como realizadores de roles, su comportamiento adquiere automáticamente un carácter de obligatoriedad. La sumisión y la desobediencia a las pautas socialmente definidas de un rol dejan de ser una cuestión de gustos, aunque obviamente la gravedad de las sanciones pueda ser diferente según los casos". [Berger & Luckmann, La construcció social del la realitat, 109]

Querríamos poner punto final a este apartado sobre la reificación con un texto que en dos párrafos ejemplifica la manera en que el rol de la mujer puede ser reificado:

"No se piense que esos valores femeninos, esa peculiar dignidad de la mujer es algo simplemente de carácter psicológico, de formas de conducirse (como una fenomenología) que pudiera de algún modo explicarse mediante modelos educativos o usos y costumbres. Es algo de carácter ontológico. No se trata de que la mujer se muestre así. Se trata de que la mujer es así. Y es su ser propio, tal como Dios se lo participa, lo que señala su deber ser, lo peculiar de su norma ética, su identidad reconquistada en la verdadera conciencia de lo que es, y en el querer libremente obrar como tal: en el ser amable precisamente porque ama y en su amor se da, porque el amor es don de sí. El verdadero amor no es posesión (ni antes apetencia), sino entrega. Por eso vengo afirmando que la feminidad expresa de modo más patente el carácter amoroso de la criatura personal.
Tenemos necesidad de esa expresión y de ese testimonio visible, para reconocernos como fruto y término del Amor creador divino. La mujer tiene que hacerse presente en el mundo como mujer, aportando toda la riqueza de su feminidad, que es su fuerza moral. Los hombres todos -tanto varones como mujeres- hemos sido confiados por Dios a la mujer (Juan Pablo II), y no principalmente en el orden biológico, sino fundamentalmente en el psíquico y en el espiritual." [Carlos Cardona, Ética del quehacer educativo (Madrid: Rialp, 1990), 145-146]

En este texto el autor inicia su discurso hablando de las diferencias en el "ser" con el fin de presentar como innatas o dadas por la naturaleza (*) unas características o, como dice el texto, "peculiaridades" que se atribuyen a la mujer. Estas características, a la luz de la reificación, habrá que interpretarlas como el resultado de las diferencias en el ejercicio de los roles.

(*) [De hecho, la reificación es la acción de convertir algo en cosa, o de concebirlo en analogía con la naturaleza y estructura de las cosas]

La aprehensión de un rol

Ya hemos visto, al comenzar este apartado sobre el sistema de roles dentro de la estructura familiar, que el rol de madre, dentro del modelo de familia que caracterizamos, exige de la mujer "adaptabilidad constante", "influencia envolvente" y "energía dispersa", y que como madre simbolizaba el papel de "guardiana de valores". El concepto de la reificación nos ayuda a descubrir que si se empieza por unas diferencias en el "ser" como las descritas es porque en estas diferencias se pueden justificar las otras (diferencias en el "hacer" y en el "sentir"). En otras palabras: se toma como base sustentadora de las diferencias en el ejercicio de los roles unas diferencias que se presentan como dadas por la naturaleza (o por Dios), no como diferencias construidas y promulgadas por sus actores, con lo cual el ejercicio del rol acaba significando la identificación total con él.

Una vez interpretadas como reificadas las diferencias en el ejercicio de roles, nos centraremos en las diferencias en el "hacer" presentadas en la colección a fin de comprobar que lo que hacemos no es única ni principalmente herencia del ser; al contrario, es aquello que hacemos lo que acaba convirtiéndonos en lo que somos. Con la intención de probar que acabamos convirtiéndonos en lo que representamos, permutaremos lo que se muestra como diferentes maneras de hacer entre mujeres y hombres, otorgando a la mujer lo que se presenta como maneras de "hacer" del hombre. Imaginemos la siguiente descripción:

La mujer tiene su energía vital concentrada. [...] funciona a sacudidas. [...] hace una cosa detrás de otra. Es más celebral [que el hombre], su pensamiento discierne de manera lineal planteándose unas premisas y llegando a sus conclusiones. No es capaz mover un dedo si no sabe por qué. A la mujer le interesan los datos concisos con el menor número de adornos. Le atraen las ideas: son su motor. No obstante, como sabe moverse muy bien en el mundo de las abstracciones, puede confundir, a veces, ideas y realidad. La mujer se siente atraída por la magnificencia, por la causa a la que es preciso servir. La realidad inmediata le sirve menos que las grandes corrientes de pensamiento y que sus perspectivas de futuro. Aunque no desarrolle una actividad intelectual, desea conocer por dónde va el mundo. La mujer, cuando consigue éxito profesional, se asegura, se llena de fuerza y la satisfacción la desborda. Lo da todo por conseguir una meta, por un triunfo, sobre una dificultad.

Lo que queremos demostrar con este ejercicio de permutación es que las diferencias en el hacer entre el hombre y la mujer no son herencia del "ser", sino exigencias del rol o papel que cada uno juega dentro de la sociedad y de la familia. Ser celebral, interesarse por los datos concretos, llenarse de fuerza y satisfacción cuando se consigue éxito profesional... son cualidades del "ser" difíciles de conjugar con la responsabilidad de educar los hijos y de "dirigir" las tareas del hogar. Así, la descripción que hemos presentado sólo puede cuadrar con un modelo de mujer, casada o no, que ejerza una profesión fuera del ámbito familiar, fuera del hogar, tal como puede hacer el hombre.
Por otro lado, al preguntarnos cuáles son estos roles que hacen del ejercicio del "hacer" de mujer la adquisición de ciertas cualidades que se presentan como intrínsecas al "ser", encontramos una aproximación en el siguiente texto: una carta que supuestamente una mujer envía a quien fue su prometido.
"Tú sostienes que el marido puede cuidar del bebé, hacer la limpieza de la casa y llevar la cocina exactamente igual que la mujer. Falso. Una vez más pasas por alto la naturaleza de las cosas. Te olvidas de que todo el ser de la mujer está marcado con el sello de la maternidad, que le confiere una especial disposición física y psíquica tanto para el cuidado de los bebés como para el cuidado de la casa.
Yo soy una mujer que trabaja fuera del hogar y una convencida que las mujeres estamos capacitadas para dirigir empresas e intervenir en política. Y lo podemos hacer tan bien como el varón. Pero, tanto la mujer que se dedica a la investigación, como la que dirige una empresa o se dedica a la política no deja de ser mujer y, por consiguiente, sigue poseyendo unas aptitudes especialísimas y únicas para cuidar a los hijos y llevar la responsabilidad del hogar. Que los hombres podéis -y debéis- ayudar a la mujer en estos cometidos es otra cuestión. Pero debe quedar claro que tanto en el cuidado del hogar como en el cuidado de los hijos pequeños, la mujer debe llevar la dirección y el marido, en esos cometidos, no es más que un subordinado de la esposa.
Sé que el reconocimiento de la superioridad de la mujer hiere el amor propio de muchos varones. Pero es la naturaleza la que hace que las cosas sean como son. (...)

Sé que gran parte de las muchachas de ahora no saben freír un huevo ni cuidar un bebé. Que aprendan. Y que los hombres aprendan a ser simples colaboradores de su mujer en estas tareas." [Ramón Montalat, Los novios. El arte de conocer al otro, colección "Hacer Familia" n. 18 (Madrid: Palabra, 1993), 47-48]

En esta carta encontramos expresado con claridad lo que ya hemos comentado sobre la reificación cuando se afirma que "es la naturaleza la que hace las cosas como son", confiriendo a la mujer especial disposición tanto física como psicológica para cuidar de los hijos y llevar la "dirección" del hogar. Y es precisamente esta equiparación terminológica del trabajo en el hogar con el mundo profesional lo que permite redefinir, en nuestros días, el papel de la mujer casada y con hijos.

Este intento de matizar con profesionalismo la labor de la mujer casada y con hijos dentro del hogar, queda claramente ejemplificado en el texto siguiente donde se equipara la labor de la madre de familia numerosa con la de los educadores:

"-Perdone que insista en el mismo tema: por cartas que llegan a la redacción, sabemos que algunas madres de familia numerosa se quejan de verse reducidas al papel de traer hijos al mundo, y sienten una insatisfacción muy grande al no poder dedicar su vida a otros campos: trabajo profesional, acceso a la cultura, proyección social... ¿Qué consejos daría usted a estas personas?"

A esta pregunta, recogida en el libro Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, Mons. respondió:

"-Pero, vamos a ver: ¿qué es la proyección social sino darse a los demás, con sentido de entrega y de servicio, y contribuir eficazmente al bien de todos? La labor de la mujer en su casa no sólo es en sí misma una función social, sino que puede ser fácilmente la función social de mayor producción.
Imaginad que esa familia sea numerosa: entonces la labor de la madre es comparable -y en muchos casos sale ganando en la comparación- a la de los educadores y formadores profesionales. Un profesor consigue, a lo largo quizá de toda su vida, formar más o menos bien a unos cuantos chicos o chicas. Una madre puede formar a sus hijos en profundidad, en los aspectos más básicos, y puede hacer de ellos, a su vez, otros formadores, de modo que se cree una cadena ininterrumpida de responsabilidad y de virtudes." [Conversaciones, n. 89]

El uso diferenciado del espacio y el valor diferenciado del tiempo, según los roles

"Cuando una mujer se queja de que el hombre no cuenta en casa sus problemas profesionales no ha caído en la cuenta de que ése es un compartimento estanco para él. Además no sabe expresarse, habla con monosílabos o frases sin sentido concreto.
La mujer necesita hablar de lo que ha hecho. Sea cual sea el precio de las tarifas telefónicas, es comunicativa y expresiva. Está deseando que el marido llegue a casa para contarle las "cosas" de los niños, de los vecinos, de los parientes. Le gustaría que su marido expresase más satisfacción por esa comida, aquella flor y traduce -con un mal diccionario- la falta de delicadeza como la falta de cariño". [Matrimonio para un tiempo nuevo, 98]

Con esta cita queremos mostrar que el rol no sólo asigna manera de hacer, sino que también delimita los espacios donde se interpretan los roles. Nos sirve también para observar la diferente manera de representar el espacio y el valor también diferente del tiempo según los roles de mujer y hombre. Veámoslos con mayor detenimiento:

La madre: alma de la casa

(*) ["Tu casa: El descanso del guerrero. Si eres una madre que está dedicada a su organización, en cuerpo y alma, esperas con alegría la llegada de tus hijos del colegio y de tu marido del trabajo. Llénalos de sabor de hogar [...]". [Ana Sánchez, Experiencias de una madre, colección "Hacer Familia" n. 44 (Madrid: Palabra, 1994), 141-142] ]

En este fragmento, a pesar de querer mostrar las diferentes maneras de expresarse, de comunicarse, entre hombre y mujer, podemos descubrir los diferentes espacios que mujer y hombre ocupan: dentro del hogar y fuera de él, respectivamente. En el texto citado resalta la manera en que el hogar se presenta como el lugar a donde llega el marido, convirtiéndose en el espacio central de la mujer que le espera "para contarle las cosas de los niños, de los vecinos, de los parientes". Y si volvemos a las características del "ser" donde se distinguía entre la "influencia envolvente" de la mujer, y la "agresividad y afán de mando" del hombre [Matrimonio para un tiempo nuevo, 61], ¿en qué otro sitio se puede tener influencia envolvente si no es dentro del hogar?; además, la agresividad y el afán de mando, ¿no son propios del competitivo mundo profesional? En este sentido, encontramos un ejemplo significativo cuando -en el mismo apartado de las diferencias en el "ser" entre hombre y mujer- al definir el papel de madre y padre se usan las expresiones de "guardiana de valores" para la mujer y "arquitecto del mundo" para el hombre [Loc.cit].

Esta distinción espacial entre lo que se considera espacio "natural" de la mujer frente al espacio del hombre, se hace todavía más evidente cuando se habla del trabajo fuera de casa:

"Pocos temas han hecho correr tantos ríos de tinta como éste. Desde los que piensan que el único lugar de la mujer es el hogar y el único trabajo las labores de la casa, hasta los que exigen relevar a la mujer de su esclavitud y situarla en plena calle, único sitio donde realizará su proyecto.

Para poder enfocar el problema con un mínimo de sosiego pienso que sería conveniente aclarar unas cuantas ideas: No hay por qué contraponer el trabajo en casa y fuera de ella.
Son realidades perfectamente compatibles cuando se saben centrar las cuestiones.
El trabajo de la casa, las labores del hogar son también un trabajo profesional que exige preparación, esfuerzo y maestría.

Es cierto que hay momentos en que puede plantearse esta disyuntiva. Cuando esto ocurra -que debe ser excepcional-, la mujer y el marido tienen que tener la suficiente serenidad de juicio para aceptar la realidad y lograr esa compatibilidad de trabajos con el viejo refrán que dice: lo mejor es enemigo de lo bueno." [Ibid., 135]

En este fragmento queda claro que cualquier trabajo fuera del hogar para una mujer casada se contempla como una situación excepcional y en cualquier caso, continúa el texto, "habrá que estar muy en guardia para que la situación no se prolongue demasiado pues el peligro de esquizofrenia -doble vida- es eminente. Cuando mejora la situación económica que provocó ese estado de excepción, habrá que saber cortar". [Ibid., 136]

En situaciones que son excepcionales, el trabajo de la mujer fuera del hogar se presenta como una opción que queda abierta para cuando los hijos sean mayores:

"[...] en la vida de una persona suele haber tiempo para descansar, tiempo para trabajar en ocupaciones exteriores, tiempo muy propio de la familia. Por ejemplo, los primeros años, a pesar de las estrecheces económicas, son muy importantes para que la mujer se centre en la casa en su recién estrenada maternidad. Ya habrá tiempo de todo... Es importantes sobre todo en los trabajos intelectuales, que la mujer no pierda "el paso" profesional por tener que dedicarse más al hogar. Será el momento de buscar contratos aislados sobre pequeños trabajos, suscribirse a publicaciones, etc.; que las permita mantener ese necesario contacto. De lo contrario, pasado el tiempo, puede necesitar un esfuerzo desproporcionado par volver a situarse en su nivel." [Ibid., 137-138]

Situación expresada también es este otro fragmento:

"Ernesto y Laura se complementan muy bien. Ambos son muy serenos y sonrientes. Él acaba de rebasar los cuarenta años. Ella algo menos. Laura, después de todos estos años dedicada a tiempo completo a la dirección del hogar, proyecta hacer unas oposiciones. Ernesto no está muy convencido de su proyecto." [Gerardo Castillo Ceballos. Preparar a los hijos para la vida, colección "Hacer Familia" n. 16 (Madrid: Palabra, 1993), 181]

En cualquier caso, y como deja claro el texto que transcribimos a continuación, nunca faltan argumentos para presentar la esfera familiar como el espacio de la mujer madre y esposa:

"Todavía recuerdo a una mujer que había logrado una brillante situación profesional. Un fin de semana su marido ingresó en un hospital, donde estuvo tres meses, como consecuencia de un acción de automóvil. Inmediatamente solicitó una excedencia. No sabía cuánto podía durar, pero estaba claro que, en aquel momento, su trabajo profesional más brillante estaba junto a su marido". [Matrimonio para un tiempo nuevo, 137-138]

Lo que no sabemos es cuál habría sido la reacción del marido en caso contrario. ¿Estaría igualmente claro que "su trabajo profesional más brillante" estaba junto a su esposa?

El padre: líder de los hijos

(*) ["Tú, padre, en esta edad -de 0 a 8 años- juegas un papel protagonista. Tienes que aparecer con fuerza en la vida del niños, impulsándolos hacia delante. [...] Tu hijo tiene los ojos puestos en ti, por eso tienes que llegar a ser su verdadero líder." [Experiencias de una madre, 125]]

Relacionada con la diferenciación según los roles en el uso del espacio, también encontramos diferencias entre el rol de la mujer y el del hombre en relación al valor del tiempo: el tiempo del hombre en el papel de padre es un tiempo escaso y, como tal, valioso; valioso porque lo intercambia por dinero y escaso porque es un tiempo fragmentado entre diferentes ámbitos u ocupaciones fuera del hogar, lo cual le permite distinguir entre dentro y fuera. Por el contrario, el tiempo de la mujer en su rol de madre-esposa es un tiempo consagrado a los demás; un tiempo ajeno del que difícilmente puede disponer en beneficio propio. Además, al no haber intercambio económico por lo que la mujer realiza en beneficio de la familia, este tiempo dedicado a los demás carece de valor. Corroboraría esta afirmación el siguiente fragmento, presentado como sugerencias para mejorar la relación del padre con los hijos:

"Con frecuencia, hablando con padres, les he propuesto una técnica o habilidad para mantener constantemente esta actividad de interés. No es fácil de hacer.

Se trata de revisar y comentar con el niño, de tú a tú, sin otros testigos, cada quince días -mejor cada semana- los trabajos realizados en cuadernos, cuadernillos o libretas.
Aunque algunas veces lo haga la madre, insisto en que es de mucha más eficacia si lo hace el padre. Con ello, se consigue que el niño vea que el interés del padre no es teórico o limitado a preguntas más o menos vagas sobre lo que hace; el niño ve que su padre, hombre muy ocupado y expeditivo, dedica a su hijo o hija una parte de su valioso tiempo.
La figura y personalidad del padre se engrandece ante la mirada llena de gratitud del hijo. Si esta actividad se realiza con naturalidad, es decir, sin juzgar, sino observando e interesándose realmente por todo, no por los fallos, conseguimos que aprenda a ser más sincero, a mostrarse como es realidad; nos engañará menos.
Por lo general cuando hay desinterés o sólo preocupan los errores se produce la actitud de rechazo del niño, y procura engañar, de modo más o menos consciente.

Este trabajo es eficaz, porque fuerza, sin violencia, a que un niño se esmere y mejore en sus trabajos y estudios, pues desea con ilusión ofrecer algo que merezca la pena. Entonces digo que este niño o niña ha encontrado a su verdadero líder." [Juan Valls Julià, El desarrollo total del niño, colección "Hacer Familia" n. 41 (Madrid: Palabra, 1993 2ª ed.), 46-47]

Encontramos otro ejemplo muy claro en unas recomendaciones o, como dice el autor del libro, "acciones positivas" que se presentan con la finalidad de poder mejorar, dentro del ámbito familiar, el ejercicio de confianza en uno mismo. Así, el título del capítulo es elocuente: "Hazlo y podrás. Si lo intentas, podrás". Entre estas acciones positivas, destacamos:

-Cuantos más hermanos y hermanas mejor; siempre que se asegure la relación personal, a solas, con el padre.

-Estar algún tiempo a solas con cada hijo, en particular el padre.
-El ejemplo de la madre le ayudará -más que el padre- a ser una persona buena.
-La madre no debe forzar al niño o a la niña, p. ej.: "Estoy segura de que eres capaz de algo grande." Esto lo hace el padre, individualmente, a solas, con un afecto especial y con una seriedad también especial.

-La madre ha de mantener siempre la confianza en cada uno de sus hijos. Su vanidad en falsos valores del hijo acaba destruyendo a éste. [Ibid., 127-128]

Resulta evidente que este diferenciado valor del tiempo según el ejercicio de uno u otro rol, la mujer y el hombre -en sus roles de madre y padre- acabarán por asimilar un uso y un valor del tiempo distinto; y es evidente también que los hijos y las hijas tenderán a reproducirlo. Esta distinción queda expresada con claridad en los textos que transcribimos a continuación. El primero sitúa a las hijas grandes, en ausencia de la madre, como "subdirectoras del hogar" [Preparar a los hijos para la vida, 182]; el segundo presenta una serie de actividades para un hijo adolescente con el fin de introducirlo en el mundo profesional.

Dos subdirectoras del hogar

Ernesto y Laura se casaron hace dieciséis años. Sus hijos se llaman Celia (14 años), María del Carmen (13), Margarita (10) y Luis (10).
Laura ha puesto empeño en tener una cocina amplia, funcional y bonita, que permita cocinar y convivir. Y un salón, también grande, que facilite la convivencia. Mli, además, puede organizar tertulias con grupos de amigas.
Ernesto y Laura se complementan muy bien. Ambos son muy serenos y sonrientes. Él acaba de rebasar los cuarenta años. Ella algo menos. Laura, después de todos estos años dedicada a tiempo completo a la dirección del hogar, proyecta hacer unas oposiciones. Ernesto no está muy convencido de este proyecto.
¿Qué pretenden de sus hijos? Que sean consecuentes con sus ideas claras. Y que sean buenos cristianos. Rezan con ellos. Por la noche, les enseñan a los pequeños a hacer un breve examen de conciencia. Los domingos van a Misa con ellos. Les enseñan a ser agradecidos.
Por otra parte, estos hijos colaboran mucho en el hogar. Las dos mayores son unas buenas subdirectoras del hogar. De modo que Laura puede ir delegando mucho en ellas. Se ocupan, especialmente, de sus hermanos pequeños, Margarita y Luis.
Un día llegó Ernesto un poco tarde, casi a la hora de cenar. Y le propuso a Laura irse los dos solos a cenar con unos amigos. Ella dijo que no podía. Pero fue Celia quien se tomó la iniciativa:- "Mamá, vete, porque nunca sales con papá. Y te aireas. Ya nos encargaremos nosotras de las cenas y todo lo demás." Y muy bien, ¡perfecto!
Ese es uno de los objetivos de Laura con sus hijas mayores: prepararlas para saber llevar una casa; enseñarlas a valorar el trabajo de casa; hacer de ellas, actualmente, dos buenas subdirectoras del hogar y de paso, hacer algo que no es muy corriente: educación femenina. Y les ayuda a hacer compatibles sus responsabilidades hogareñas y sus responsabilidades de amistad? [Ibid., 181-188]

Que [los hijos] sean buenos profesionales
Los estudios de los hijos serán una oportunidad magnífica para desarrollar virtudes humanas como la laboriosidad, el orden o la perseverancia.
Es conveniente que la colaboración de los hijos no se reduzca al trabajo doméstico o del hogar, sino que, por el contrario, se refiera también al trabajo profesional de los padres. Esto será más factible cuando llegan a la adolescencia, pero de algún modo puede comenzar también antes. Los padres pueden pedir a sus hijos:
- Comprensión ante las ausencias justificadas del hogar por motivos de trabajo;
- consejo y sugerencias ante ciertas dificultades profesionales;
- ayuda material (que variará según la edad de los hijos y el tipo de trabajo).
Pero para que ello sea posible es necesario que los padres hablen en casa de su propio trabajo de un modo habitual, de forma que sea un tema de conversación de la familia.
También es importante que los padres hablen de su trabajo con agrado, sin quejarse del mismo. En la época adolescente cobra también pleno sentido que los padres aprovechen todas las oportunidades para poner a sus hijos en contacto con la realidad laboral. Ello les servirá tanto para conocer diferentes situaciones y experiencias de trabajo como para ampliar su conocimiento de las distintas profesiones (esto último facilitará la posterior elección de profesión).
Este objetivo puede lograrse proponiendo a los hijos que conozcan el lugar de trabajo de sus padres: dónde, cuándo y cómo trabaja; en qué consiste su profesión, etc. Los padres pueden hacer de guías dc sus hijos en esa experiencia y pueden también comentar con ellos en casa lo que han observado. Del mismo modo, los padres pueden facilitar el que sus hijos se pongan en contacto con profesionales amigos.
En íntima relación con este planteamiento está la posibilidad de que los hijos estudiantes ocupen su tiempo de vacaciones en algún trabajo profesional. Es verdad que en la época actual no es nada fácil encontrar un empleo fijo, pero, en cambio, existen muchas oportunidades para trabajos ocasionales: repartir correspondencia; cuidar ni ños; dar clases particulares a estudiantes más pequeños; vender libros a domicilio, etc.

Estas ocupaciones permitirán a los hijos obtener experiencias de trabajo difcrentes de las del estudio; entrar en contacto con otro tipo de personas; contribuir de algún modo a sacar adelante el presupuesto familiar, etc. [Ibid., 218-221]

Finalmente, para terminar este capítulo dedicado al sistema roles dentro de la estructura familiar, queremos resumir lo que puede ser definido como el rol o papel que la mujer y el hombre, respectivamente, juegan en sus papeles de madre-padre y esposa-esposo en este modelo de familia que estamos caracterizando. Para ello, usaremos un concepto que aparece en un libro publicado en los años 50 que tiene el elocuente título de L'etern masculí (*) donde podemos leer que "la mujer, por su propia constitución, es profundamente sensible, alterocentrista, es decir que todo lo desea para sus seres queridos" [Llucieta Canyà, L'etern masculí (Barcelona: 1957), 297]. En cambio, "el padre es la fuerza centrífuga de la vida, el motor que hace funcionar el barco de la economía familiar; el camino desbrozado para ir por el mundo" [Ibid., 296]. Estas dos expresiones -alterocentrista, ella, y fuerza centrífuga, él- pueden sintetizar lo que con los textos de la colección "Hacer Familia" hemos querido representar como el sistema de roles dentro del modelo opusiano de familia.

(*) De hecho, este libro es deudor de otro anterior titulado L'etern femení y que, como se explica en la contraportada: "Después de L'etern femení, ninguna chica ni ninguna mujer no pueden dejar de consultarlo de vez en cuando para hacerse cargo de la gran responsabilidad que tiene la mujer en este mundo. [...] Este nuevo libro [L'etern masculí] no quiere destruir nada, ni retractarse de lo dicho en L'etern femení, sino al contrario: viene a completar las mutuas responsabilidades, tan necesarias en esta época difícil, para que el hombre comprenda muchas cosas que, hasta ahora, por cualquier motivo, no había comprendido, sea por comodidad, sea por egoísmo o por inercia..." (N.T.: En castellano, como se podrá imaginar, los títulos de los libros serían: "Lo eterno masculino" y "Lo eterno femenino").