Hacia una reforma de la moral sexual

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Por Josef Knecht, 8.07.2009


Me he ausentado, por motivos de trabajo, varios días de la lectura de la página Opuslibros y, al retomarla, he comprobado que, a consecuencia de un escrito de María_ML (22.06.2009), se continúa debatiendo en esta página acerca de moral sexual. Esto me lleva a insistir en la idea que ya expresé en un escrito anterior mío (15.05.2009): que lo sexual no es lo más importante de la moral, en el sentido de que no debe ser motivo de obsesión. Entre las deformaciones doctrinales que recibimos en el Opus Dei, una de ellas podría resumirse en estos términos: en lo que se refiere al “sexto y noveno mandamientos” casi todo pecado es materia grave, y en lo que se refiere a los demás mandamientos casi todo pecado es materia leve. Por eso, me he alegrado de comprobar que entre las respuestas que se han dado a María_ML se resalte la idea correcta de que la moral cristiana no es la que se nos enseñó en la Obra; tienen razón quienes afirman que, contrariamente a lo enseñado en la Obra, no hay que obsesionarse en las cuestiones sexuales. Por eso, es bueno ayudar a Maria_ML a que no se obsesione por ello.

Convendría añadir a este debate una idea que si no me equivoco, apenas ha salido a relucir hasta ahora. En las tradiciones religiosas, incluido el cristianismo, se dan junto a elementos reprobables otros que son correctos y acertados. No todo en las religiones es erróneo; por eso no estoy de acuerdo con aquellos que, a partir de los errores de las religiones, se hacen ateos. Las religiones se deben y se pueden reformar; recordemos la acertada frase que dice Ecclesia semper reformanda.

No es éste el momento de resaltar los muchos aciertos de las tradiciones religiosas, en especial de la que mejor conozco, la cristiana: defensa de la dignidad de la persona humana, vivencia de la filiación divina y la consiguiente paz interior, consuelo y esperanza ante la muerte y ante otras desgracias terrenales, estímulo para obrar honradamente, erradicación de supersticiones, exigencia de justicia social unida a la denuncia profética de las injusticias, ejercicio de una caridad solidaria con los necesitados, promoción del diálogo fe-razón, desarrollo de las artes, etcétera. A este respecto recomiendo la lectura de un precioso artículo que escribió el filósofo Eugenio Trías, ex-numerario, en la tercera página del diario madrileño ABC el día 9 de abril de 2009, Jueves Santo de este año; el artículo se titula Al atardecer, cuando refrescaba.

Repito que ahora no es el momento de resaltar esos aciertos, sino más bien los errores que deberían ser eliminados de las tradiciones religiosas. Para no irme por las ramas (integrismo teológico, puritanismo moral, abuso de poder mediante planteamientos inquisitoriales o talibánicos, guerras de religión, dudosos procesos de canonización y otros desmanes), me voy a concentrar sólo en un error: en lo que las tradiciones religiosas descalifican como “impuro”. En el Antiguo Testamento y en el actual judaísmo, por ejemplo, se considera que determinados alimentos como la carne de cerdo son “impuros”, mientras que los cristianos los consideramos absolutamente puros y por eso disfrutamos de sabrosos bocadillos de jamón y de suculentas “manitas de cerdo”. Tanto en la tradición judía como en la cristiana, la sexualidad ha sido considerada “impura”; por eso, los teólogos medievales decían la barbaridad de que el acto sexual realizado legítimamente en el matrimonio era pecado venial (al menos, no era mortal). En el actual Catecismo de la Iglesia Católica (nn. 2331-2400) ya no se emplea la noción de “impureza” para referirse a los pecados contra el sexto mandamiento, sino un eufemismo, el de “ofensas a la castidad” o el de “desobediencia a la Ley de Dios”; pero en realidad, debajo de esas expresiones biensonantes, late en el Catecismo el concepto tradicional de “pecados de impureza” que tantas veces nos enseñaban machaconamente en el Opus.

Pues bien, en mi opinión, el concepto de “impuro” no se debería simplemente disimular con eufemismos, sino que habría que erradicarlo por completo. ¿Por qué la sexualidad es impura, hasta el punto de que su ejercicio ofende a la castidad y a Dios? Recuerdo un chiste o viñeta en que se dibujaba a una pareja de novios hablando con Dios y le preguntaban: “¿Sabes qué es un orgasmo?”. Dios, desde lo alto, les respondió: “Claro que sí, lo he creado yo”. Ese chiste está más próximo a la moral que las enseñanzas del actual Catecismo. Como bien enseña Jesucristo, la pureza y la impureza no se hallan en la realidad de las cosas, al fin y al cabo creadas por Dios, sino en el corazón del hombre cuando obra bien o cuando peca.

En el período histórico de la Antigüedad, era correcto distinguir lo “puro” y lo “impuro” en la vida social. Determinados alimentos eran malos para la salud (la carne de cerdo podía transmitir la triquinosis); por eso, clasificándolos como impuros, se evitaba contraer enfermedades. También convenía etiquetar la sexualidad de “impura” no sólo para evitar abusos como el incesto o la pederastia, sino también para poner orden en las relaciones matrimoniales; prohibiendo taxativamente el adulterio (éste es el contenido bíblico del sexto mandamiento: “No cometerás adulterio” [Ex 20,14; Deut 5,17]), se podía tener bastante certeza a la hora de saber quién era hijo de quién. Pero una vez superados ampliamente aquellos condicionamientos sociales, una vez desarrollada la ciencia médica y también el derecho, la filosofía y, en general, la cultura humana, no tiene sentido descalificar de impuras determinadas cosas (ni tampoco, en otro orden de ideas, aplicar la pena de muerte).

Tampoco es correcto edulcorar el concepto de “pecados de impureza” mediante eufemismos como el de “ofensas contra la castidad”. La castidad sólo es válida cuando se toma como una decisión libérrima que brota de una intensa vivencia espiritual. Nunca se puede imponer u obligar la castidad a golpe de catecismo. Es injusto contraponer o enfrentar la castidad al ejercicio de la sexualidad; ambas son compatibles en una psicología social sana.

Lo que hay que hacer para solucionar este problema y actualizar debidamente la moral sexual es ir al fondo de la cuestión. Éste se halla en uno de los más graves errores de las tradiciones religiosas, a saber, en que “para afirmar a Dios, hay que negar al hombre”. Esta equivocación ha provocado de rebote la reacción del ateísmo: “para afirmar al hombre, hay que negar a Dios”; es el famoso “Dios ha muerto” de Nietzsche. Pues bien, ambos extremos son igualmente erróneos. La solución al problema está en reconocer que la afirmación de Dios implica la del hombre y viceversa, por la sencilla razón de que el ser humano fue creado a imagen de Dios. En la constitución pastoral Gaudium et spes del concilio Vaticano II (1962-1965) se enseña con claridad que la afirmación de Dios implica la del ser humano y viceversa. Esta es la línea que hay que seguir en orden a actualizar y reformar la moral sexual. Para afirmar la castidad no hay que negar la sexualidad y para afirmar la sexualidad no hay que negar la castidad. Hay que poner cada cosa en su sitio, según el criterio establecido por Jesucristo, según el cual lo puro y lo impuro se albergan en el corazón humano.

Animemos, pues, a nuestros obispos a que no tengan miedo de reformar la moral sexual que, tal y como se presenta en el actual Catecismo de la Iglesia Católica, por muchos eufemismos modernillos que en él se utilicen, aún está ideológicamente anclada en el período neolítico de la humanidad.



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