Familias del Opus Dei

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Por Gabriela P., 13.02.2006


Apreciados Orejas de Guardia:

Quisiera enviarles un cordial saludo desde Mendoza (Argentina) y comentarles que llegué a esta web por una querida amiga mía.

Ante todo quiero decirles que yo no pertenezco, ni pertenecí ni perteneceré jamás al opus; supe de ellos cuando tenía unos veinte años por una compañera de facultad y realmente no me sentí identificada para nada con su ideario, con su forma de mostrarse ante la sociedad y con su doctrina, que por cierto tiene sustanciales diferencias con la doctrina oficial del catolicismo. Yo le llamo “catolicismo vidriera”, porque parecen ser católicos pero en la esencia no lo son ni un poquito...

Posteriormente tuve un noviazgo con un chico cuyos padres eran supernumerarios y me hizo ver más de cerca que tienen una cerrazón y un desprecio absoluto por otras instituciones católicas, que realmente me cuesta mucho verlos como hermanos de mi misma fe.

Mi ex novio y yo rompimos la relación cuando teníamos fecha de boda para unos seis meses en adelante; mientras el noviazgo fue simplemente salir, dar paseos románticos tomados de la mano y conversar pequeñeces de tortolitos enamorados... ningún problema. Íbamos a misa juntos, aunque a él no le gustaba ir a mi parroquia sino a otra iglesia donde estaban sacerdotes “de su entera confianza”. Me decía que no todos los sacerdotes enseñaban bien, que había una doctrina pura y recta que muchos no respetaban e incluso criticaba mucho a los que no usaban sotana o clergyman.

No me gustaba esa forma de pensar pero no le discutía nada, estaba profundamente enamorada y para mi todo eso quedaba diluido en medio de un gran amor que nos teníamos.

A su familia yo no le gustaba, la madre me invitó varias veces a reuniones y meditaciones y yo cortésmente le rechacé por razones de estudio o por cuestiones familiares; lo que llevó a que me hicieran un trato cortésmente frío cada vez que visitaba la casa.

Los hermanos (eran cinco en total) no me trataban mal pero nunca me dieron confianza, nunca hubo un gesto de apertura hacia el ser más amigos, conversar alegremente o compartir con nosotros alguna salida. Todos muy educaditos y delicados pero terriblemente fríos.

Quiso llevarme a confesar con un sacerdote de la obra pero me negué porque yo ya tenía mi confesor en la parroquia de mi barrio. Confesor que él detestaba porque era “tercermundista”, sin tener la más pálida idea de lo que realmente el pobre curita era, y sin tener idea de qué había sido el movimiento de sacerdotes tercermundistas. Quiso que fuera a algunas meditaciones pero me salvó el hecho que yo estaba con una pasantía que ocupaba muchas horas y no coincidía con los horarios de las reuniones de las mujeres del opus.

Cuando me pidió matrimonio me sentí inmensamente feliz pero apenas comenzamos a conversar acerca de cómo sería nuestra boda, donde viviríamos, la educación de nuestros hijos... comenzaron a aparecer las diferencias.

En primer lugar el tema de los hijos y del trabajo: él decía que una mujer podía tener una profesión y ganar su propio dinero pero siempre y cuando la casa y los hijos fueran prioridad. El lugar de la mujer estaba en la casa y en la crianza de los hijos, punto. No había lugar para el disenso o la introducción de ningún matiz. Si me casaba con él debería tener como prioridad casa e hijos... y si eventualmente quedaba un poco de tiempo “entretenerme” en alguna actividad lucrativa.

Yo ya había finalizado mi carrera universitaria en diseño ambiental con muy buenas calificaciones y realmente me gustaba mi profesión; si bien entendía que la casa y los hijos eran importantes en el matrimonio, no podía hacerme a la idea de una dedicación exclusiva ni a que él no colaborara en las tareas de la casa y crianza.

Primer campanilla de alarma.

Otro tema fue el número de hijos: para él un matrimonio debía estar permanentemente abierto a la vida y aún los métodos naturales eran inadmisibles salvo casos excepcionalísimos. Si venían diez u once hijos, había que tenerlos aunque no alcanzara para darles de comer o llevarlos a pasear. Según él Dios proveería y enviaría alguna salida económica para sustentarlos, eso no debía ser jamás motivo de preocupación. Pero preocupaba... y mucho. Además una madre con diez u once hijos ¿dónde iba a poder trabajar? ¿quién le podría dar un trabajo de ocho horas para sentirse realizada y ganar su propio dinero? ¿o acaso ser madre equivalía a ser un ser postergado para siempre sin derecho a nada más que parir, fregar y cocinar? Aún con dinero ¿qué empleada doméstica iba a querer trabajar en una casa donde se limpiara para que al instante estuviera todo sucio entre tanto niño correteando de lado a lado, donde hubiera toneladas de ropa para lavar y planchar y toneladas de comida para preparar y un bullicio exasperante de críos gritando a toda hora?

A mi madre le había costado muchísimo encontrar buenas empleadas siendo nosotros tres niños, imaginaba quién sería la “valiente” que iría a una casa a dejar los huesos y la salud mental en una casa con diez u once hijos...

No quiero ofender a nadie pero... las familias opusianas con muchos hijos me dan como “asquito”, no puedo evitar que me caigan mal. Me huele a muchos hijos no deseados sino que concebidos por una cuestión de deber, de obediencia superior... y eso la verdad que no me gusta. Los hijos deben ser fruto del amor y del deseo de traerlos al mundo para que sean felices; no para obedecer una regla o por miedo a pecar si no se tiene la casa llena hasta el último rincón. Dios nos puso en esta tierra para que nos multipliquemos pero también para que seamos felices y nos realicemos como personas. Si todo fuera reproducirse no nos diferenciaríamos en nada de los animales. ¿O acaso somos perros, conejos o cerditos?

Segunda campanilla de alarma.

El tema que nos llevó al corte definitivo fue que él quería educar a los niños en el colegio del opus y yo le dije que no, que prefería un colegio cercano a nuestra casa donde pudieran hacer amigos que vivieran cerca y poder reunirse a jugar o a divertirse en una plaza.

Había oído ya algunos comentarios desfavorables de los colegios del opus, de lo caros y exclusivos que eran aún cuando la educación era incompleta y bastante deficiente y terminó de abrirme los ojos una vecina cuando me dijo “ojo con ellos porque son conquistadores de vocaciones, al hijo de una amiga lo tienen como embrujado y al terminar la secundaria se fue con ellos, casi nunca lo ve porque no lo dejan visitarla”.

Le planteé el tema a mi novio, le dije lo que había ocurrido con esa persona que prácticamente había perdido a su hijo en las redes del opus y se puso casi violento. Me dijo que yo era poco inteligente si creía en los chismes de una vecina, que él había ido al colegio del opus y jamás lo habían tentado para ingresar a la obra sino que siempre lo habían estimulado a ser mejor persona y el mejor estudiante.

Como no me convencieron sus argumentos y le hice varias preguntas incisivas, ya más sereno terminó admitiendo que en algún momento “se hablaba de vocación” pero no se presionaba a nadie, que la obra tenía que tener “un semillero” de vocaciones en sus colegios y nada de malo tenía ello.

Le pregunté por qué en el colegio secundario, donde los niños ni siquiera tenían claro lo que querían estudiar ni ser en la vida... me contestó con una sonrisa cínica que a esa edad era cuando los niños debían ser “moldeados” y preparados para la vida; que era como a los árboles bonsái, que había que darles la forma de pequeños para que se mantuvieran chiquitos y bellos. Y como si no fuera suficientemente cruel lo que me estaba diciendo, intentó ampliar diciendo altivo “a su debido momento yo te explicaré como se logra que los niños se entusiasmen con el opus dei”; cosa que yo le pedí que por favor no me explicara nada porque si lo hacía estaría admitiendo abiertamente que se hacía manipulación de conciencias a adolescentes, lo cual era no solo contrario a las leyes civiles sino a las leyes canónicas ya que las vocaciones no se inducían ni se “moldeaban” sino que surgían naturalmente como un llamado que cada persona respondía de diferente modo.

Esa fue la última conversación que tuvimos, volví a mi casa y lo comenté a mis padres con mucha tristeza. Ellos me aconsejaron bien, me dijeron que una persona que estaba poniendo reglas de convivencia y de vida no era una persona realmente enamorada, que el amor exigía compartir y aceptar los diferentes gustos de uno y de otro, que el número de hijos debía ser consensuado entre ambos de acuerdo a la situación económica, del trabajo, de la vivienda y siempre pensando en dar a los niños bienestar y alegría; no sumirlos en privaciones o infancias desdichadas por carencias. Mi mamá fue muy clara y realista al decirme “ese chico es moralmente buena persona pero muy egoísta y soberbio, no tiene en cuenta lo que a vos te gusta y lo que a vos te haría feliz; solo le importa que se cumplan sus reglas”.

Lloré muchísimo y me aconsejaron de todos lados, incluso unas amigas me dijeron que podía mentirle y aplicarme anticonceptivos inyectables a escondidas porque a veces esas mentiras no hacían daño sino que mantenían la cordura y la unidad de la pareja; pero no... era mentir y mentir en algo tan delicado era como ser adúltero o algo así. Lo evité todo un fin de semana en que mi madre le dijo que yo estaba en cama con problemas de estómago y la idea de verle la cara nuevamente me daba miedo.

El día lunes llegó hasta casa y nos dejaron solos conversando en el living donde no pude más que llorar y llorar sin ver en él un solo gesto de humildad ni una palabra de consuelo. Al contrario, me dijo que lo que a mi me parecía era pura frivolidad y que nunca iba a permitir que sus hijos “se contaminaran” en otros ambientes y en otros colegios, aún cuando fueran católicos. Me dijo que para él lo único puro e incontaminado era el opus dei y algunos pocos sacerdotes que había tenido oportunidad de tratar. Que la iglesia estaba fuera de cauce con tanto modernismo y secularización (ahora me pregunto si sabría lo que es secularización...) y que el opus dei pretendía cambiar el mundo desde el liderazgo, “no limpiando los culos de los pobres” sino trabajando las conciencias de los que mas tenían para que fueran más generosos y mejoraran la vida de los pobres. Y repitió que sus hijos se educarían bajo esas consignas, no las de llenarse de piojos organizando merenderos en villas miseria expuestos al peligro de enfermedades y conductas antisociales. “Nuestros hijos van a ser líderes y van a poner a Cristo en la cumbre de las actividades humanas” dijo en tono de arenga militar.

No sé como pude articular palabra pero me salió de dentro entre sollozos “yo nunca voy a tener hijos con vos, nunca”. Quedó tieso, seco. Yo rompí a llorar con más fuerza y eso hizo que mi madre entrara a la sala y le pidiera que se fuera. “Es más, si es posible no vuelvas más a esta casa porque veo a mi hija sufrir y no quiero verla sufrir el resto de su vida” le espetó.

Ni un gesto de disculpa, ni un gesto de ternura ni una sola palabra de afecto. Solo dijo “está bien, si no soy bienvenido...” y se fue.

La ruptura me costó horrores, sufrí muchísimo y no logré pensar en él sin llorar por al menos ocho meses. Seguía enamorada de él pero al mismo tiempo sabía que nunca estaríamos de acuerdo en como llevar adelante nuestra pareja. Un solo gesto hubiera bastado, una sola concesión y tolerancia de su parte hubieran servido para poder iniciar un diálogo de reconciliación. Pero no, jamás pidió disculpas y hasta tuvo el atrevimiento de enviar a su hermano a pedirme devolver TODOS los regalos que me había hecho en nuestro año de noviazgo.

Ahora estoy sola, no tengo novio formal sino que estoy hablando con un chico arquitecto, muy paso a paso para conocerlo bien y él lo ha aceptado así. No es católico ni practica ninguna religión pero es muy honesto y sobre todo respetuoso; me gustó la idea de ser amigos y conocernos mejor sin besos ni compromiso alguno. Simplemente conocernos y conversar, tomar un café, asistir juntos a un concierto (adora el canto lírico como yo), visitar museos o compartir unas pizzas con amigos en común. El tiempo dirá si vamos a ser novios y casarnos, me gusta y sé que le gusto.

Pensaba que no todas las personas del opus serían así, quise creer que entre ellos habría gente razonable y tolerante pero leyendo los numerosos testimonios de esta web me doy cuenta que el común denominador de todos es el mismo: aman el poder, se creen los mejores y los únicos “incontaminados” y como si fuera poco siguen totalmente la doctrina opuesta a la doctrina social de la Iglesia. Mientras ésta insta a los cristianos a la opción preferencial por los pobres en el opus les enseñan a ser líderes, a buscar estar arriba y cambiar la cabeza de los ricos para que se ablanden con los pobres.

Eso es una gran mentira y un fariseísmo a toda prueba. Además muy cómodo lo que proponen: mientras ellos enseñan a rezar a los ricos, los niños siguen muriendo de hambre, hay poblaciones que no tienen médicos ni servicios asistenciales, hay niñitos que no tienen una infancia como se merecen y son enviados a la calle a trabajar. Lo tienen bien claro y facilito. Todo lo contrario a lo predicado y expuesto en todas las últimas encíclicas papales.

Entonces que no vengan a hablar de doctrina pura e incontaminada, porque los primeros que violentan las reglas de la Iglesia son ellos y encima se creen poniendo a Cristo en la cúspide de las actividades humanas. El camino de santidad justamente por ser santo está plagado de espinas, renunciamientos y postergaciones. Por eso son pocos los santos, son pocos los que alcanzan el grado de santidad. Los demás somos cristianos corrientes, con virtudes y defectos, con alegría y tristeza; tratando de hacer las cosas bien todos los días sin tanta parafernalia.

Después que no se extrañen los obispos, los cardenales y el mismo Papa que las iglesias están vacías y los seminarios tienen cero matrícula de ingresantes. Mientras sigan privilegiando y apañando las actividades de esta prelatura, mientras sus miembros sigan accediendo a puestos de poder y se manejen amedrentando gente o haciendo gala de adonde pueden llegar... mal futuro le veo a la humanidad. Los fundamentalismos están enfrentando a pueblos enteros y están matando en nombre de Dios, todos usan su nombre con la excusa de cambiar el mundo y solo vemos día a día más guerra, más injusticia, más pobreza y más desolación.

El opus es absolutamente fundamentalista e integrista. Ojalá se haga justicia en esta tierra antes que Dios aplique la dureza de la justicia divina.

Gracias por este espacio

Gabriela P.


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