Experiencias sobre el modo de llevar charlas fraternas, Roma, 2001/Orientaciones para algunos casos particulares

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ANEXO IV

ORIENTACIONES PARA ALGUNOS CASOS PARTICULARES


Atención a personas jóvenes cuyos padres están en situación irregular[1]

Efectos de las situaciones irregulares de los padres en los hijos

Las situaciones irregulares influyen mucho en el desarrollo de la personalidad de los hijos, especialmente en el ámbito de la afectividad. Siempre producen un daño serio, también cuando tienen lugar de modo poco conflictivo o cuando parece que los hijos lo llevan bien. Las consecuencias se prolongan durante bastante tiempo; suelen presentarse etapas más críticas en la niñez, la adolescencia y el paso de la juventud a la edad adulta; además, a menudo, permanece cierta tendencia a la inestabilidad emocional, que será cada vez menor en la medida en que se asimile y se alcance la propia madurez personal.

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Se trata de situaciones complejas en las que intervienen muchos factores. Las reacciones de los hijos pueden ser distintas según su edad y temperamento, el ambiente moral, el tipo de irregularidad (separación, divorcio, abandono, etc.). La intensidad de las dificultades que encuentran varía también según la violencia de los conflictos, la gravedad de las conductas que han presenciado o de las que han sido objeto (alcoholismo, abusos, aborto, suicidio, etc.), el comportamiento del progenitor con el que viven, si colabora algún tutor en su educación, si hay relación posterior con otro hombre o mujer y nuevos hermanos, etc.

No obstante, se observan consecuencias comunes en los hijos que pertenecen a estas familias, que interesa conocer para orientar bien su formación. La separación o el divorcio de los padres no es un acontecimiento limitado en el tiempo, sino un largo proceso que adquiere características distintas en las tres etapas que implica: desavenencias y conflictos matrimoniales, trámites y ejecución de la separación, efectos posteriores a medio y largo plazo.

El deterioro de las relaciones entre los padres se refleja en el trato con los hijos, que se caracteriza muchas veces por las exigencias excesivas, la irritabilidad, la inestabilidad y la falta de apoyo y atención personal. Los problemas de los hijos suelen ser tema de discusión entre los padres, ocasión de reproches y acusaciones mutuas; como consecuencia, se genera en los hijos un sentimiento de culpabilidad. Comienzan a aparecer ya en este momento los rasgos típicos de la etapa de la separación: trastornos de conducta, ansiedad, disminución del rendimiento escolar. Estos síntomas se intensifican después durante los meses en que se ejecutan los trámites legales.

La separación o el divorcio conllevan, de un modo inmediato, la pérdida total o parcial de uno de los padres, la prolongación de los conflictos emocionales ya existentes en la familia o incluso su agudización. Significa también la aparición de cambios en los cuidados habituales del hijo, un probable descenso en el nivel económico, posible

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traslado de domicilio y de colegio; y más adelante, posible establecimiento de una nueva unión del padre o de la madre, que requerirá de los hijos nuevos procesos de adaptación.

Cuando se da una situación previa muy conflictiva, con agresiones físicas o psíquicas entre los cónyuges o sobre los hijos, al iniciarse la ruptura se distiende el clima de miedo y angustia, y da paso a un ambiente familiar más tranquilo y menos lesivo para el desarrollo armónico de los hijos. Sin embargo, no dejan de sufrir la carencia de uno de los padres y los procesos de adaptación consiguientes a la separación.

Los desajustes psicológicos más frecuentes en la etapa de la separación suelen tener un carácter agudo durante año y medio o dos años, después mejoran, aunque en ocasiones pueden evolucionar hasta causar efectos de tipo crónico:

  • tristeza, cuadros de ansiedad y depresión; apatía, dejadez (también en lo que se refiere a la higiene o el arreglo); comer y dormir demasiado o muy poco;
  • sentido de culpabilidad respecto a la ruptura de sus padres, remordimiento;
  • sobre todo en los niños, desconcierto, miedo, vergüenza, una gran dificultad para aceptar la realidad de la separación; algunos intentan unir a sus padres portándose muy bien, o muy mal, con la esperanza de que sus problemas les fuercen a convivir de nuevo; pero es una carga demasiado pesada para su edad, y suele aumentar su frustración;
  • el desarrollo emocional y personal de los niños suele afectarse profundamente por la separación de los padres, entre otras cosas porque, de alguna forma, la pregunta acerca de uno mismo remite al núcleo fundante de la filiación; si las relaciones con sus padres han sido obstruidas, empobrecidas o distorsionadas, la vivencia de la continuidad del propio yo sufre una fisura y, como consecuencia, puede des-

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cender la autoestima personal y el nivel de aspiraciones; de aquí nace también la tendencia a la inseguridad y a infravalorarse, con una mayor dificultad para conocer con objetividad las propias cualidades;

  • en los adolescentes es frecuente la rebeldía, la protesta, la desconfianza; se sienten tratados injustamente como patrimonio de los padres, objeto de "posesión" alternativa; se agudiza la crisis de valores típica de la adolescencia, al percibir la incongruencia de sus padres;
  • tendencia a enjuiciar a los padres con rigidez, a guardar resentimiento; suelen tomar partido por uno de ellos y desarrollar sentimientos de rechazo e incomprensión hacia el que consideran culpable; cuando se da esta reacción es importante ayudarles, entre otros motivos, por la repercusión que puede tener en su maduración personal, ya que no es posible que odien a uno de los padres -de quienes proceden y a quienes se asemejan- sin odiarse a sí mismos;
  • es frecuente que primero se considere culpable al padre; más adelante puede cambiar esta visión, se dan cuenta de que quizá la madre tampoco ha sabido comprender bien a su padre; en la pubertad y adolescencia, al surgir tensiones con la madre, puede suceder que el hijo pase a idealizar a su padre, quiera irse a vivir con él y se vaya de hecho, generalmente por un periodo de poca duración;
  • de ordinario, como consecuencia de estas situaciones se enrarece el proceso de socialización de los hijos: tratan de ocultar la situación a sus amigos y compañeros, se inhiben cuando se habla de las relaciones familiares, se comparan con los demás con un sentimiento de inferioridad: se repliegan sobre sí mismos y evitan relacionarse, lo que facilita que se aíslen más en el ámbito familiar, que es precisamente el escenario del conflicto[2];

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  • las dificultades en la relación con los demás tienen manifestaciones diversas: aislarse o llamar la atención y buscar ser queridos; cambio de amistades, muchas veces con carácter poco aconsejable; conductas agresivas: son más habituales en los varones;
  • disminución del rendimiento escolar, por falta de motivación para el estudio.

A medio o largo plazo, suelen aparecer alguno de los siguientes rasgos en la personalidad de los hijos:

  • en algunos, el error de pensar que ellos podían haber evitado la desunión de sus padres les hace sufrir durante años;
  • inseguridad, temor a ser dejado o abandonado, miedo al futuro: se defienden con actitudes de afirmación personal -liderazgo, perfeccionismo, autosuficiencia-, o haciéndose dependientes de la aceptación de los demás;
  • esa dependencia -cuando se presenta- les lleva a buscar continuamente la aprobación de los demás en lo que hacen y en sus decisiones; después, si algo les sale mal, tienden a rehuir su propia responsabilidad, buscando un culpable de la decisión que tomaron;
  • en el ámbito de la afectividad, la necesidad de ser queridos puede llevarles a subordinar sus criterios personales a los de otra persona, con tal de que satisfaga sus afectos; en el caso de que el otro no les responda como esperan, surgen las comparaciones y los celos, todo lo cual genera frustración y puede provocar en cualquier momento de su vida una súbita crisis personal, casi siempre imprevisible;
  • por otra parte, si viven con el temor de ser abandonados, se limita mucho su libertad y la libertad de los que conviven con ellos, pues se condicionan las posibilidades de separación de las personas de las que dependen, el cambio de residencia o trabajo, los traslados, etc.;

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  • inestabilidad afectiva, con facilidad para desarrollar actitudes egocéntricas: sentirse víctima, quedarse en la compasión de sí mismos; reclaman atención, cariño y consuelo; tienden a la acepción de personas, a ser absorbentes y posesivos en la amistad;
  • cuando estas situaciones son sufridas por los hijos en edades tempranas, la ausencia del padre o de la madre y/o las malas relaciones entre ellos puede influir en un mal desarrollo y vertebración de la identidad sexual y de género[3];
  • duda de la propia capacidad para constituir una relación o familia estable[4]; miedo ante los compromisos;
  • confusión en materia moral: con el tiempo, es fácil que lleguen a considerar como normales comportamientos inadecuados de sus padres, o los justifican; adoptan posturas relativistas;
  • algunos desarrollan personalidades manipuladoras y oportunistas, poco leales; con tendencia a la falta de sinceridad, sobre todo ante personas con autoridad: están acostumbrados a sufrir chantaje moral (más frecuente en las madres) o material (más frecuente en los padres), y aprenden a adaptarse estratégicamente a uno u otro, buscando su propio interés.

En los adultos, algunos sufren sentimientos depresivos y de re-

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sentimiento hacia los padres, lamentando no haber tenido la oportunidad de crecer en un hogar unido. Les afectan mucho más las riñas familiares ordinarias y temen ser abandonados.

Para ayudar a los hijos que sufren esta situación, es imprescindible favorecer un clima de confianza, que les facilite hablar con sinceridad y sencillez de la situación familiar. Hace falta dedicarles tiempo y hablar a fondo. Conviene no dar nada por supuesto y tener paciencia; normalmente, van saliendo más aspectos poco a poco, al ganar en confianza y recibir más formación.

Hay que ir ayudándoles a afrontar lo sucedido con una visión realista: comprender la manera de ser de sus padres, distinguir qué han hecho bien o mal. A partir de ahí, animarles a no juzgar, a perdonarles sin rencor; y a agradecer lo bueno que han recibido de sus padres, que también es mucho.

Cuando son más maduros, es bueno que procuren la unificación de los padres en la medida de sus posibilidades, pero conscientes de que muchas cosas no están en su mano, y es probable que no se consiga, al menos en un plazo próximo. Han de plantear sus decisiones de futuro -planes de estudio, de trabajo, etc.- contando con la realidad de la ruptura familiar.

Es importante infundirles optimismo y esperanza: no tienen por qué repetir en sus vidas los fallos de sus padres. Que no se queden en un papel de víctima ni se excusen por las limitaciones que han padecido en su familia. Hay que ayudarles a asumir la responsabilidad de su propia vida.

En el ámbito de la afectividad, es necesario actuar con mucha prudencia y rectitud, sin admitir apegamientos.

Es importante cuidar su formación de la conciencia, para que tengan claridad de ideas sobre la relación entre la verdad y el bien, el

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carácter incondicionado del valor moral, el fundamento y la universalidad de la ley natural, la existencia de acciones intrínsecamente malas, que sepan distinguir lo bueno y lo malo de lo frecuente, y razonar adecuadamente frente al relativismo moral. Conviene incidir en cuestiones de moral sexual y matrimonial. Profundizar en qué es el matrimonio y sus propiedades, en particular, la unidad e indisolubilidad[5].

Desde el punto de vista espiritual, hay que fundamentar muy bien el sentido de la filiación divina; ayudarles a confiar en Dios, en su misericordia, en su providencia. Cultivar también la devoción a la Virgen. Enseñarles a ofrecer su sufrimiento a Dios y a rezar por los problemas de la familia. Profundizar en el sentido de la Cruz. Que eviten juzgar a sus padres: sólo Dios es Juez, y conoce lo que hay en los corazones. Fomentar el espíritu de reparación por las conductas que objetivamente están mal. Interesa que cuanto antes tengan dirección espiritual[6].

Experiencias para la dirección espiritual en estos casos

Antes de plantear su posible vocación a la Obra, es preciso que participen en la labor de San Rafael durante bastante tiempo[7], para llegar a conocerlos muy bien -a través de un trato personal hondo-, y poder apreciar en qué medida ha influido la situación irregular de los padres en el desarrollo de sus personalidades, si tienen verdadero sentido vocacional y reúnen condiciones. Según las circunstancias concretas de cada caso, de ordinario, es prudente hacer esperar a los bachilleres, pues a esa edad es más difícil apreciar si llegarán a alcanzar

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la estabilidad y madurez necesarias para vivir la entrega.

Conviene estar prevenidos ante algunas dificultades que pueden aparecer:

  • en el caso de Numerarios, el temor ante los sucesivos problemas familiares o una preocupación excesiva por sus hermanos;
  • en momentos de dificultad, buscar de forma desmedida el afecto de la persona que le atiende o de otros;
  • a los que están acostumbrados a vivir independientes, les cuesta más obedecer, consultar o cumplir el horario;
  • en ocasiones, los padres les hacen sufrir, reprochándoles que no estén cerca, o disponibles; les acusan de haberse evadido del problema al irse de casa; y si el hijo manifiesta su desacuerdo ante una nueva relación, le dicen que no comprende, que es un intransigente; etc.

Basta que los demás del Centro conozcan en líneas generales su situación, para que actúen con prudencia y naturalidad, evitando comentarios inoportunos o actitudes algo rígidas. Interesa tenerlo en cuenta también al impartir los medios de formación.

En su formación conviene:

  • ayudarles a crecer en rectitud de intención; a veces, les mueve inconscientemente el afán de agradar o de demostrar su valor, y pueden caer fácilmente en el perfeccionismo: hay que orientarles a hacer las cosas por Dios y ayudarles a adquirir una vida de piedad honda;
  • enseñarles a profundizar en el sentido de la filiación divina, en el amor a la Cruz, en la virtud de la esperanza, para que vivan el abandono y la confianza en Dios;
  • reforzar el sentido de la libertad y del compromiso vocacional frente a las fluctuaciones de los sentimientos; con frecuencia les hace sufrir el temor a no ser fieles; hay que tranquilizarles y enseñarles a apoyarse más en la gracia de Dios: recordarles que no han heredado en

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su vida la inestabilidad de sus padres, y que el hecho de que las cosas cuesten no es motivo para dejar de luchar; destacar la ayuda segura que supone para su familia su propia fidelidad, pero sin crearse falsas dependencias para atenderles; plantearles una lucha positiva y esperanzada;

  • facilitarles la sinceridad sobre estas cuestiones en la charla fraterna: que hablen habitualmente de lo que les preocupa, para evitar que se cierren en sí mismos o se compliquen; que noten que se les comprende, también desde el punto de vista humano; a la vez, proporcionarles la fortaleza de los argumentos sobrenaturales.

También interesa ver si ha faltado exigencia en su educación y necesitan crecer en fortaleza.

Como ya se ha señalado, es importante que adquieran una sólida formación doctrinal, para que entiendan con claridad lo que está bien o mal y sepan explicarlo. Siendo muy comprensivos con la debilidad, con la falta de formación, etc., han de orientar a las personas hacia lo que es el verdadero bien de la familia, y evitar que se acostumbren o pacten con lo que pueda haber de inmoral en la conducta de sus padres, o lo justifiquen como excepción, o no lo vean tan mal. Han de ser conscientes -y aclarárselo con oportunidad a sus familiares- de que no rechazan esas acciones por el hecho de ser de Casa, sino como cualquier cristiano coherente.

Tiene particular importancia que comprendan bien que la Obra es su familia, ayudándoles a crecer en confianza y sencillez, a compartir sus preocupaciones y alegrías, a que consulten las cosas con sencillez, prestándoles el cariño y la atención debida.

En relación con la familia de sangre, han de asumir la responsabilidad que les compete: ni desentenderse por miedo a sufrir, ni involucrarse de tal manera que piensen que son ellos los que tienen que resolver los problemas, creándose una falsa incompatibilidad entre la atención a su familia y la vocación. Es preciso buscar el equilibrio en-

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tre admitir lo que no está en su mano y a la vez, animarles a hacer lo que puedan para ayudar a sus parientes. Cuando la situación es muy conflictiva, necesitarán la orientación del sacerdote o de otra persona preparada, para que sepan actuar rectamente y con prudencia.

En la formación de los Agregados y Supernumerarios jóvenes, además de los aspectos señalados, hay que tener en cuenta que, al convivir con la situación, tienen un sufrimiento y una tensión aún mayores. Necesitan de modo particular fortalecer su vida interior y su formación doctrinal.

Atención a adultos en momentos de especial dificultad espiritual

Periodos de aridez u oscuridad en la vida interior

Todas las personas pueden pasar, antes o después, por momentos de oscuridad o desánimo. Algunas veces por culpa propia, pues cuando no se responde -por pereza, cansancio o por mala voluntad- a las luces que Dios envía, se llega a no escucharlas; en otras ocasiones es algo que Dios permite para purificar el alma. El que recibe la charla ha de estar siempre atento para percibir estas situaciones y para saber discernir la causa: puede ser una buena circunstancia para pedir más generosidad en la entrega, o más constancia en la oración, o más humildad para oír al Paráclito, etc. En todo caso, tiene que hacer de rodrigón que apoye y de lazarillo que acompañe y guíe, enseñando a vivir de fe, a poner toda la confianza en Dios, haciendo lo que se debe aunque sea sin gusto -a contrapelo-, a intensificar la piedad, y a ser sinceros.

Estas situaciones no son nuevas en las almas que han querido seguir a Cristo -basta recordar el grito de San Pablo: Infelix ego homo!

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Quis me liberabit de corpore mortis huius?[8]-; y, por eso, no deben producir extrañeza a nadie ni, mucho menos, constituyen motivo para dudar de la propia vocación. Siendo muy niños delante de Dios, no podemos estar infantilizados. A la Obra se viene con la edad conveniente para saber que tenemos los pies de barro, para saber que somos de carne y hueso. Sería ridículo darse cuenta en plena madurez de la vida: como una criatura de meses, que descubre asombrada sus propias manos y sus pies. Nosotros hemos venido a servir a Dios, conociendo toda nuestra poquedad y nuestra flaqueza, pero si nos hemos dado a Dios, el Amor nos impedirá ser infieles[9].

Ante la posible aridez espiritual, nuestro Padre escribió:

Tendremos, tal vez, que superar otro obstáculo: la oscuridad en la vida interior. Un hombre piadoso puede tener su pobre corazón en tinieblas; y esas tinieblas pueden durar unos momentos, unos días, una temporada, unos años. (...) Puede ocurrir que la ceguera nuestra -si viene- no sea consecuencia de nuestros errores: sino un medio del que Dios quiere valerse para hacernos más santos, más eficaces. En cualquier caso, se trata de vivir de fe; de hacer nuestra fe más teologal, menos dependiente en su ejercicio de otras razones que no sean Dios mismo. (...)
Dios ensalza en lo mismo que humilla. Si el alma se deja llevar, si obedece, si acepta la purificación con entereza, si vive de la fe, verá con una luz insospechada, ante la que después pensará asombrado que antes ha sido ciego de nacimiento. (...)
Hay que cumplir con el deber, no porque nos guste, sino porque tenemos obligación. No hemos de trabajar porque tengamos ganas, sino porque Dios lo quiere: y entonces habremos de trabajar con buena voluntad. El amor gustoso, que hace feliz al alma, está fun-

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damentado en el dolor, en la alegría de ir contra nuestras inclinaciones, por hacer un servicio al Señor y a su Santa Iglesia.

'Porque eras acepto a Dios, fue necesario que la tentación te probase (Tob. XII, 13). No olvides que el Señor es nuestro modelo; y que por eso, siendo Dios, permitió que le tentaran, para que nos llenásemos de ánimo, para que estemos seguros -con El- de la victoria. Si sientes la trepidación de tu alma, en esos momentos, habla con tu Dios y dile: ten misericordia de mí, Señor, porque tiemblan todos mis huesos, y mi alma está toda turbada (Ts. VI, 3 y 4). Será Él quien te dirá: no tengas miedo, porque yo te he redimido y te he llamado por tu nombre: tú eres mío (Isai. XLIII, 1).

(...) Una cosa es pensar o sentir, y otra consentir. La tentación se puede rechazar fácilmente: aun el mínimo grado de gracia es suficiente, para resistir a cualquier concupiscencia y merecer la vida eterna (S. Th. III, q. 62, a. 6 ad 3). Lo que no conviene hacer de ninguna manera es dialogar con las pasiones que quieren desbordarse.
La tentación se vence con oración y con mortificación:
cuando ellos me afligían, yo me vestí de saco, sometiendo al ayuno mi alma, y repetía en mi pecho las plegarias (Ps. XXXIV, 13). Llevad este convencimiento a vuestra vida de entrega: que, si somos fieles, podremos hacer mucho bien en el mundo. Sed fuertes, recios, enteros, inconmovibles ante los falsos atractivos de la infidelidad[10].

Cuando alguno atraviesa una de esas pruebas -incluso si se tratara de un momento de ceguera total-, como Dios no juega con las almas ni da la vocación ad tempus, hay que ayudarle a considerar aquello que nos enseñó nuestro Fundador: el hombre que ha visto clara su vocación, aunque sólo haya sido una vez, aunque ya no vuelva a verla más, debe continuar para siempre, por sentido de fidelidad, sin volver la cabeza atrás, después de haber puesto la mano en el ara-

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do[12]. Sería equivocado plantearse un problema de perseverancia; por el contrario, la certeza de sabernos llamados por Dios, será siempre el mejor escudo contra cualquier tentación, la garantía más firme e indudable de que, si queréis, el Señor os hará fieles, siempre victoriosos, testigos de Jesucristo en el mundo entero, y llenos de fruto abundante en servicio de las almas[13].

En esas situaciones, cabe sentir la tentación de añorar aquellas realizaciones humanas con las que quizá se soñó alguna vez, u otras que se presentan en esas circunstancias como apetecibles, y a las que se renunció por Amor a Cristo y -en el caso de las personas casadas-por amor también de una criatura. Si se experimentan esas pasiones, hay que considerar, en la presencia de Dios, que porque teníamos esa tendencia, la entrega de cada uno de nosotros fue don de sí mismo, generoso y desprendido; porque conservamos esa entrega, la fidelidad es una donación continuada: un amor, una liberalidad, un desasimiento que perdura, y no simple resultado de la inercia[14]. En el momento de la prueba, no puede plantearse la cuestión vocacional en los mismos términos que la primera vez, porque lo que se podía dar ya se dio; ahora entran en juego las exigencias de otras virtudes: la lealtad y la fidelidad.

Además, se debe tener presente que fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas; antes bien, junto con la tentación os dará también el modo de poder soportarla con éxito[15]. La dificultad es siempre pasajera; y más tarde, el que ha sido fuerte -con la fortaleza de Dios- iam non meminit pressurae propter gaudium (loann. XVI, 21), lleno de alegría, ya no se acuerda de la tribulación pasada[16].

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Al ayudar a estas personas en la dirección espiritual, hay que recordarles que el seguimiento de Cristo pasa necesariamente por la Cruz, por la tentación, por la lucha; y que si no llegáramos a poner la última piedra en nuestra vida de entrega, nuestra existencia sería algo inútil, no habría servido para nada[17]. Además, el amor gustoso, que hace feliz al alma, está basado en el dolor: no cabe amor sin renuncia[18]. Por eso, si una vez hay que ir a contrapelo, aunque se trate de una situación permanente, la fidelidad es una obligación gustosa. Para estos casos, decía nuestro Padre: ¿Qué te aconsejo? -Repite: «omnia in bonum!», todo lo que sucede, "todo lo que me sucede", es para mi bien... Por tanto -ésta es la conclusión acertada-: acepta eso, que te parece tan costoso, como una dulce realidad[19].

Las llamadas crisis de los 30 y de los 40 años

También hay que estar prevenidos ante las situaciones, ya mencionadas, que se pueden presentar unidas a procesos de crecimiento o madurez: por ejemplo, a los pocos años de empezar el ejercicio profesional -la crisis de los treinta años-, o en la llamada crisis de los cuarenta años. En ambos casos, las dos causas más habituales de las dificultades suelen ser la falta de experiencia y la pérdida del sentido sobrenatural.

La crisis de los treinta años puede suceder cuando una persona, después de haberse abierto paso en la vida, ha conseguido una buena colocación o simplemente ha logrado "instalarse"[20]. De modo general, en esta situación influye haber conquistado una deseada autonomía personal unida a la independencia económica, una capacidad crítica desarrollada, que no tiene el contraste de una autoridad o regla a la

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que se sometía antes, y un nuevo modo de presentarse y relacionarse en el ámbito profesional y social[21]; paralelamente se da un cambio en la percepción de la vida que se vuelve más seria y limitada, con responsabilidades más acuciantes, se siente su fugacidad y el choque de las ilusiones de la adolescencia con una realidad profesional que humanamente quizá decepciona[22]; y junto a esto, algunos podrían pensar que si es preciso cambiar algo habrá que hacerlo cuanto antes[23].

Para muchos, si se encauza rectamente, este periodo de transición resulta muy enriquecedor porque lleva al abandono en Dios, a un mayor sentido de responsabilidad en el trabajo y en la labor apostólica, a luchar con determinación en la guarda de los sentidos y del corazón, en definitiva, a afianzarse en la fidelidad; para otros, en cambio, puede desembocar en una crisis con efectos negativos.

Así, puede ocurrir que uno comience a compararse con los demás, sobrevalorando las metas alcanzadas por los compañeros de profesión, dando lugar a la envidia y al resentimiento, o al revés: que sobrevalore

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ingenuamente los propios logros; o dé cabida a una autocrítica personal, que analiza y discute los principios morales y sociales que antes se aceptaban; o, también, que se deje llevar por el desencanto ante los ideales de servicio desinteresado y de entrega a los demás, y ponga una supuesta necesidad de autorrealización por encima de las exigencias del amor de Dios y la vocación cristiana. Se comienza por juzgar la vida en familia como una pretensión intolerable ante las exigencias de la competencia profesional, y se termina por desatender las Normas y ver en la necesidad de la mortificación una reminiscencia de tiempos pasados, y en el apostolado un fardo insoportable[24].

Hay que recordarles cuál es el verdadero fin del trabajo -la gloria de Dios y la salvación de las almas-; hacerles ver que esa situación procede de una falta de fe sobrenatural, ocasionada por su afán de figurar y su carencia de rectitud de intención; y señalarles la necesidad de obedecer con renovadas disposiciones y guardar el corazón. Es fundamental meterles más en la Obra (quizá, con encargos que les resulten más atractivos), ayudarles a que profundicen en su vida interior y abrirles horizontes apostólicos grandes[25].

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Nuestro Padre también nos previno acerca de la llamada crisis de los cuarenta años: Aparece entonces en algunas almas -no en todas, y ni siquiera en la mayoría- lo que he llamado la mística ojalatera: ojalá hubiese sido médico, en lugar de abogado; ojalá no me hubiese casado, ojalá... cualquier cosa distinta a la que de hecho se tiene. Junto a eso, un cambio de carácter, tal vez una excesiva preocupación por la salud, la aparición de enfermedades imaginarías, una cierta pérdida de interés por el trabajo profesional. En el fondo de todo, y acaso como lo más característico de ese momento, se encuentra una actitud interior de balance: hasta entonces, y humanamente hablando, la vida intelectual y física ha ido creciendo hacia la madurez. De entonces en adelante se iniciará el declive humano, y se tiene la impresión de que ese balance, al que la prudencia de la carne invita, tiene un cierto carácter de definitivo o de irreparable[26].

A veces se toma ocasión de diversos factores: la persistencia o reaparición de miserias personales y de malas inclinaciones, quizá después de muchos años de lucha; tentaciones habituales, que durante una temporada pueden presentarse más intensas: a veces con complicidad personal[27]. En el fondo de todas estas dificultades, puede haber algunos puntos comunes: poca humildad para reconocer los errores personales: "la sorpresa de los soberbios"; excesiva confianza en las propias fuerzas humanas: "endiosamiento malo"; poca sinceridad consigo mismo para aceptar las equivocaciones personales[28]; ausencia de

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verdadero dolor por los pecados o las faltas de amor de Dios; otras veces, puede influir decisivamente el exceso de trabajo, o la falta del debido descanso.

Si alguno atravesara esa crisis, como nos señaló nuestro Padre, hay que ayudarle: rejuveneciendo y vigorizando su piedad, tratándole con especial cariño, dándole un quehacer agradable. Precisamente a los cuarenta años no será; pero puede ser a los cuarenta y cinco. Y habrá que procurar que haya una temporada de distensión: y no lo haremos con cuatro, sino con todos[29]. Por tanto, lo primero será que cuiden su vida de piedad. También hay que facilitarles por todos los medios que hablen confiadamente y se encuentren a gusto en la vida en familia. Insistirles en que sean sencillos y que no se consideren inmunes ante situaciones que podrían ser ocasión de pecado: lo que mancha a un niño, mancha también a un viejo: que recomiencen a ser sinceros.

El que lleve la charla de una persona que comience a atravesar este tipo de situaciones ha de procurar que vuelva a aprender a compaginar el cuidado del plan de vida con un horario de trabajo exigente, y esto precisamente porque un cristiano -seguidor de Cristo, imitador de Cristo, hijo de Dios en Cristo, y más si ha recibido la llamada a la Obra- ha de dar cabida en su jornada a Cristo, hasta llegar a poder decir que Cristo vive en mí[30]. La vocación cristiana en la Obra es nuestra vida, porque es la vida que Cristo vive en nosotros, por mediación de la Iglesia: la formación que imparte la Obra ayuda a profundizar en la unidad de vida -coherencia cristiana entre pensamiento y acción- a la que debe aspirar todo discípulo de Jesucristo. Profundizar en esta convicción contribuirá a entender con más hondura que la verdadera libertad de espíritu -la libertad de la entrega: porque soy libre me hago

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esclavo por amor[31]- es la libertad de la gloria de los hijos de Dios[32], porque donde está el Espíritu del Señor allí está la libertad[33].

Otras situaciones

Por lo general, las situaciones extremas no se producen de un modo repentino, sino que vienen precedidas por una serie de síntomas -aparentemente pequeños-, que denotan apartamiento del camino, enfriamiento del Amor a Dios, y desembocan en lo que nuestro Fundador llamó el itinerario de la soberbia: enmohecimiento del corazón para la piedad, para la fraternidad, para los encargos apostólicos; se enrarece el carácter, con reacciones desproporcionadas ante estímulos ordinarios; el alma se ensombrece y crea distancias respecto a los demás y como un alejamiento de lo que, en horas de fidelidad, era algo entrañable; aparece la frialdad de una criatura que no ha asimilado sobrenaturalmente una humillación, o un error o un detalle que suponía un vencimiento[34].

Este itinerario suele venir precedido o acompañado de aquella gran amenaza contra la fidelidad que es el peligro del aburguesamiento, en la vida profesional o en la vida espiritual; el peligro de sentirse solterones, egoístas, hombres sin amor. Tened siempre presente que es el Amor -el Amor de los amores- el motivo de nuestro celibato: no somos por tanto solterones, porque el solterón es una desgraciada criatura que nada sabe de amor[35]. La pérdida de este amor podría llevar en la práctica al abandono de la vocación: Si alguno cayera en el lazo de esta tentación, acudid en su ayuda prontamente; porque -si no desecha ese pensamiento- saldrá fuera de la

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barca, se marchará fuera del camino, fuera de nuestro hogar: perderá la vocación[36].

La tibieza tiene claras manifestaciones: descuidar el cumplimiento de las Normas y Costumbres, la comodidad, la falta de espíritu de sacrificio, la desgana en la lucha interior, no dar valor a las cosas pequeñas, la inconstancia en la tarea apostólica, la poca delicadeza en la guarda del corazón y de los sentidos. Y todo esto se nota, si los Directores y el que recibe la Confidencia están atentos.

Ante tentaciones graves contra la vocación, a veces, para "evitar" conflictos de conciencia, el demonio trata de hacer creer que, en realidad, no existió la llamada divina, que tan clara se vio en su día. Para esto, retrotrae la situación negativa del momento presente al inicio mismo de la entrega, insinuando que entonces "quizá se era demasiado joven", o que "no se conocían suficientemente las propias limitaciones y las dificultades de la vida", o que "nunca se ha sido completamente feliz en la entrega a Dios" y el "remedio" para alcanzar la tranquilidad y la paz sería la ruptura del compromiso.

En este sentido, hay quienes afirman -de manera más o menos teórica y elaborada desde el punto de vista intelectual- que la persona no es capaz de tomar decisiones que orienten su vida en una dirección determinada, de modo definitivo e irrevocable, precisamente por la misma limitación de la libertad humana, que es incapaz de conocer a priori -y, por tanto, de querer- los eventos y situaciones, objetivas o subjetivas, que se presentarán en el futuro.

Así -dicen- aunque en un momento determinado la decisión de la persona fuera subjetivamente definitiva, existiría siempre una limitación o condicionamiento: el que vendría dado por la real situación de momentos futuros, que quizá harían imposible llevar a la práctica la decisión tomada. Además, añaden, en estos casos, como el hombre

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está llamado a ser feliz, tiene derecho a modificar o revocar todas las elecciones anteriores que puedan suponer un obstáculo para alcanzar la felicidad[37].

Por tanto, si una persona atravesara un periodo de graves dificultades, objetivas o subjetivas, en su vocación cristiana -al celibato, al sacerdocio, etc.-, no habría inconveniente en que rompiese su compromiso con Dios, pues esa situación indicaría que el sujeto se equivocó al pensar que tenía vocación, o incluso -en última instancia- que los planes divinos para con él han cambiado a partir de un determinado momento. La fidelidad estaría supeditada, de algún modo, a la real posibilidad de realización fáctica de la vocación, que el tiempo y las circunstancias demuestren. En cualquier caso, no se podría "obligar" a perseverar a una persona que se encontrase en esa situación, porque sería condenarla a la amargura y -se insiste- Dios no puede querer la infelicidad de nadie.

Es fácil ver que este planteamiento es erróneo y muy pernicioso. En primer lugar, hay que decir que la idea de Dios que subyace en esta teoría es profundamente anticristiana. El Dios nuestro, lo sabemos muy bien, no es un Ser que se introduce en un momento determinado en la vida del hombre, con la vocación, y después se desinteresa de su futuro, abandonándolo a sus solas fuerzas. Dios es fiel[38]. La llamada divina es un primer encuentro amoroso del Padre con su hijo; una iniciativa que parte del Señor y se prolongará durante todos los instantes sucesivos de la vida del hombre, en forma de gracias actuales y ayudas sobrenaturales, para que pueda realizar el fin para el que ha sido esco-

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gido. Dice Santo Tomás: eiusdem est autem aliquid constituere, et constitutum conservare[39]. Lo mismo que dio origen a tu entrega, hijo mío, habrá de conservarla[40].

Como ya se ha dicho, la tesis que niega el deber de la fidelidad -aduciendo que no se pueden prever a priori las dificultades que se encontrarán en el camino de la vida-, de hecho, es contraria también a la posibilidad misma de cualquier vocación en la Iglesia con carácter definitivo y para siempre: el sacerdocio, el matrimonio, el celibato apostólico, el mismo bautismo de adultos, etc., serían sólo realidades ad tempus, condicionadas de algún modo.

Esta afirmación se opone a la enseñanza de la Iglesia: «No hay duda de que la doctrina moral cristiana, en sus mismas raíces bíblicas, reconoce la específica importancia de una elección fundamental que califica la vida moral y que compromete la libertad a nivel radical ante Dios. (...) También la moral de la nueva alianza está dominada por la llamada fundamental de Jesús a su seguimiento -al joven le dice: "Si quieres ser perfecto... ven, y sígueme"[41]-; y el discípulo responde a esa llamada con una decisión y una elección radical. Las parábolas evangélicas del tesoro y de la perla preciosa, por los que se vende todo cuanto se posee, son imágenes elocuentes y eficaces del carácter radical e incondicionado de la elección que exige el reino de Dios. La radicalidad de la elección para seguir a Jesús está expresada maravillosamente en sus palabras: "Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará"[42]. (...) El hombre es capaz de orientar su vida y -con la ayuda de la gracia- tender a su fin siguiendo la llamada divina»[43].

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El deber de cumplir las promesas -pacta sunt servanda, según la expresión clásica- ha sido reconocido por todos los pueblos como una obligación moral que no precisa demostración, y como conditio sine qua non para toda forma de sociedad y de convivencia entre los hombres: sólo los animales están a merced de los dictados de su instinto; la criatura humana subordina los impulsos desordenados de las pasiones o de la voluntad a la recta luz de la razón, que en el caso del cristiano está, además, iluminada por la fe y robustecida por la gracia de Dios. Por eso, en el Nuevo Testamento, se emplean palabras fuertes para describir a quienes se dejan dominar por el capricho de sus sentimientos: son nubes sin agua zarandeadas por los vientos; árboles de otoño sin fruto, dos veces muertos y arrancados de raíz; olas bravías del mar que echan la espuma de sus torpezas; astros errantes a los que está reservado para siempre el infierno tenebroso[44].

Más aún, si se quisiera ser consecuente hasta el final, habría que decir que la afirmación de que el hombre no puede establecer compromisos definitivos, significa -en última instancia- rechazar la responsabilidad personal ante las propias decisiones; y, por tanto, negar la misma libertad.

Por otra parte, en ese reclamo del "derecho a la propia felicidad", como justificante de la transgresión al querer divino, se entrevé también la sombra del demonio, padre de la mentira, que sigue la misma táctica que usó con Adán y Eva, cuando les movió a desobedecer a Dios, asegurándoles que de esa manera serían verdaderamente libres y felices: «El comienzo del pecado y de la caída del hombre fue una mentira del tentador que indujo a dudar de la palabra de Dios, de su benevolencia y de su fidelidad»[45].

En los medios de formación espiritual, es necesario advertir a las personas de que el diablo, como león rugiente, ronda buscando a

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quien devorar[46], y no se toma vacaciones. Ya en los primeros documentos que escribió para sus hijos en la Obra, nuestro Padre advertía ante las posibles tentaciones contra la perseverancia:

No podemos olvidar que llevamos en nosotros mismos un principio de oposición, de resistencia a la gracia: las heridas del pecado original, quizá enconadas por nuestros pecados personales. Se opondrán a tus hambres de santidad, hijo mío, en primer lugar, la pereza, que es el primer frente en el que hay que luchar; después, la rebeldía, el no querer llevar sobre los hombros el yugo suave de Cristo, un afán loco, no de libertad santa, sino de libertinaje; la sensualidad y, en todo momento -más solapadamente, conforme pasan los años-, la soberbia; y después toda una reata de malas inclinaciones, porque nuestras miserias no vienen nunca solas[47].

Otras veces, la concupiscencia, vistiendo con coloridos de delicadeza, de poesía, y hasta de espiritualidad -conozco y lloré, no hace mucho, una espiritualidad de éstas: ¡pobre alma!-, se empeña en hacernos creer que nuestra entrega a Dios es un estado de ánimo, una situación de paso, que es demasiado alta para nosotros...[48].

Es lógico, por otra parte, que sintamos la atracción, no ya del pecado, sino de esas cosas humanas nobles en sí mismas, que hemos dejado por amor a Jesucristo, sin que por eso hayamos perdido la inclinación a ellas'[49].

Es doloroso, pero cierto: casi todos los que salen de los conventos, lo mismo que los que abandonan el sacerdocio -algunos con muchos años de vocación- intentan justificarse, diciendo que no

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supieron, al entrar, lo que hacían o que los coaccionaron, y así -con coacción- recibieron el sacerdocio[50].

Es necesario advertir los primeros síntomas en cuanto comienzan. Cuando hay caridad verdadera, es fácil conocer a las personas y atender sus necesidades espirituales y materiales: el cariño auténtico descubre esas señales y las valora convenientemente; y sale en su ayuda con la oración, la mortificación, la corrección fraterna y otros detalles de afecto, cuando el mal está sólo en sus inicios y es más fácil de curar.

A esto habrá que unir la fortaleza, porque, en determinados momentos, las almas necesitan de la fortaleza de Dios y de la fortaleza de sus hermanos. ¡Cuántas cosas -que suceden en la vida- no sucederían, si hubiera habido fortaleza desde un principio![51]. Fortaleza que llevará a poner a tiempo los remedios oportunos, con caridad y prudencia, pero con claridad, sin miedo. En general, las almas se rehacen, si notan el cariño.

También vale el "siempre es tiempo de ayudar", cuando la situación es más delicada. No se puede abandonar a nadie, hay que poner todos los medios, haciendo lo posible y lo imposible, con mucho afecto y prudencia sobrenatural y humana, para que reaccione y sea fiel a la gracia de su vocación. Por tanto, en esos casos habrá que procurar encender a esas personas con el calor de familia de la Obra y con el buen ejemplo -sinceridad de vida-, proporcionarles los medios ascéticos con paciencia y esmero, con prudencia, sin exigir lo que no están en condiciones de dar, y crear en torno a ellos un ambiente grato en el que se sientan acogidos[52]. Hay que tratar de comprenderlos, sin

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caer en una compasión sentimental, sabiendo ceder en lo accidental para insistir y recoger en los temas fundamentales. Como es lógico habrá que intensificar la oración y la mortificación: todos los Directores han de rezar mucho, hacer rezar[53], y ofrecer mortificaciones para que Nuestro Señor ilumine a esa persona y le haga volver sobre sus pasos.

Un medio indispensable para salvar esas situaciones, y que hay que conseguir con la ayuda de Dios, es la sinceridad plena. Para lograrlo, hay que tratarle con mucho afecto -lleno de sentido sobrenatural-, facilitándole que abra completamente el alma a los Directores[54] y sea humilde y dócil: es el camino seguro para que persevere, con la gracia de Dios que no le faltará.

Habrá que hacerle ver la Bondad de Dios y animarle para que se arrepienta; hablarle de la verdadera libertad de los hijos de Dios, que está en dejarse condicionar y se determina en la obediencia; mostrarle la ayuda que la fidelidad supone para su salvación eterna y el daño que la infidelidad puede hacer a tantas almas; aconsejarle que no se precipite en tomar una decisión de la que podría lamentarse siempre.

Lógicamente, en esos casos, se debe estar atento a las posibles ocasiones de faltar a la fidelidad que se pueden presentar -amistades, concesiones, abandonos consentidos en la lucha ascética- y, si es el caso, recordar que, según las normas de la Moral, para que la absolución sea válida el penitente ha de tener verdadero arrepentimiento, que conlleva apartarse de las ocasiones próximas y voluntarias de pecado.

Además, es necesario enterarse con prudencia si tiene intimidad con alguna persona; si se aconseja con algún eclesiástico ajeno a la

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Obra, en lugar de hacerlo con sus hermanos; qué correspondencia mantiene: podría ser que escribiera a parientes, a amigos o a otras personas que le hagan muy poco bien; qué libros lee; y si encuentra dificultades en su profesión u oficio.

El arrepentimiento exige verdadero dolor, y es lógico que el interesado haga penitencia. En todo este tiempo -y aun después-, es natural que le falte el gusto en cumplir con los deberes que implica la vocación al Opus Dei, que -después de haber abandonado los medios de santidad que el Señor nos da en la Obra- sienta desgana por las cosas de Dios. Todo esto es parte de su reparación, y podrá acortarlo si voluntariamente hace penitencia, con la aprobación de quien lleva su dirección espiritual, y pone todos los medios que nuestro espíritu le da para purificarse.

Escrupulosos

En el caso de una persona que padezca de escrúpulos, primero y sobre todo, se deben emplear los recursos sobrenaturales, encomendándola a Dios para que recupere la suficiente serenidad de conciencia[55].

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En las conversaciones con el interesado, no ha de darse -ni remotamente- contradicciones al indicarle alguna cosa, pues se perdería autoridad, y como consecuencia eficacia. Al resolver sus preocupaciones, se ha de quitar importancia -con seriedad- a sus problemas: esto les tranquiliza mucho y les llena de serenidad. En ocasiones, hay que mostrar energía y firmeza: se les debe exigir adhesión al criterio que se les dé.

Al prepararlos para la Confesión, hay que explicar que se limiten a exponer los hechos, advirtiéndoles que el juez es el sacerdote y no ellos; y que la obediencia a los consejos del confesor será el modo de que se formen poco a poco una conciencia clara, y se vean libres de sus escrúpulos.

Conviene simplificarles la vida interior, y animarles a aumentar la confianza en Dios y el sentido de la filiación divina; aligerar el examen de conciencia, limitándolo a unas pocas preguntas sencillas y bien determinadas, que se habrán indicado previamente (a veces, puede ser aconsejable que no lo hagan por una temporada); insistirles en el olvido de sí mismos, que tengan trabajo abundante y preocupación por los demás, porque éste es -humana y sobrenaturalmente- un recurso espléndido, y Dios les dará luz, como premio a su buena voluntad.

Si, a pesar de todo, continúan los escrúpulos, quizá pueden obedecer a falta de salud y habrá que acudir a un médico de buen criterio cristiano. En cualquier caso, hay que actuar de modo muy prudente, consultando a quien tenga mayor experiencia.

A veces, puede suceder que personas jóvenes dicen "que tienen escrúpulos": si no existieran otros datos que lo confirmen, es más prudente esperar, pues en realidad quizá se trate de asuntos mal resuel-

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tos[56]. Si se confirma que no son verdaderos escrúpulos, con delicadeza, convendrá ayudar a la sinceridad, sin agobiar, ni forzar, ni dar especial relevancia a los hechos, pero procurando que el alma se abra de par en par, para que el interesado suelte el posible sapo, con visión sobrenatural, con dolor de amor.

Atención de enfermos

En general

Para que nos quedara siempre claro cómo habíamos de esmerarnos en la atención de los enfermos, nuestro Padre llegó a escribir que, si fuera preciso, porque lo prescribieran los médicos, robaría un trozo de cielo, para curarles[57]. Hay que tratarles siempre con el mayor cariño, sabiendo además que, a veces, la misma dolencia les puede hacer un poco susceptibles.

Si en algún caso se observaran en una persona determinadas anomalías de carácter o comportamiento, que hagan sospechar una situación especial, habrá que recordar que antes de acudir a un especialista en psiquiatría, se debe consultar a la Comisión Regional[58].

Si la enfermedad es mortal, hay que avisarles con el tiempo suficiente para que se puedan preparar lo mejor posible y reciban con ple-

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na consciencia los últimos sacramentos; aunque, en general, tampoco es necesario hacerlo con excesiva antelación.

Para llevarles la Sagrada Comunión, la deben pedir previamente. Si no la solicitaran, se les puede preguntar con delicadeza si desean comulgar.

Enfermos mentales: algunas consideraciones

Lo ordinario será que no se presenten casos patológicos. Sin embargo, dentro de su relativa rareza, puede haber personas con trastornos neuróticos o, más excepcionalmente, con otras alteraciones que requieren claramente la intervención de un médico.

Se recogen, a continuación unas brevísimas descripciones de patologías que requieren, en general, tratamiento psiquiátrico. En la dirección espiritual nunca se hacen diagnósticos médicos, ni se aplican tratamientos de ningún tipo, pero puede ser útil disponer de estas nociones sumarias, por si alguna vez el comportamiento de una persona parece claramente anormal.

Las psicosis son las enfermedades mentales más graves, porque producen una ruptura neta entre la persona y el medio ambiente, llegando incluso a imposibilitar el tratamiento psicoterapéutico, imposible si no se da la comunicación médico-paciente. Tienen una base orgánica y se manifiestan por una alteración del juicio sobre la realidad. Las neurosis, en cambio, no producen esa desconexión y son más susceptibles de tratamiento y curación. Especial importancia merecen las paranoias que, con frecuencia, aunque sean patológicas, pasan inadvertidas, e incluso las personas afectadas pueden ser intelectualmente brillantes y productivas en su trabajo. Menos importantes en cuanto a su gravedad, aunque más habituales, son las enfermedades psicosomáticas con manifestaciones orgánicas (algunos casos de úlcera, colitis, cefalea) que pueden ser de origen psíquico y que ceden fácilmente con tratamiento médico.

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Por lo que se refiere a las psicosis, los tipos más importantes son las esquizofrenias y las psicosis maníaco-depresivas; ambas de grave pronóstico y, casi en la totalidad de los casos, incurables. La esquizofrenia se caracteriza por la disociación de la personalidad, ideas delirantes, alucinaciones -con más frecuencia auditivas o visuales-, alejamiento de la realidad y, en general, la aparición de cualquier síntoma psiquiátrico asociado a estos otros básicos. La psicosis maníaco-depresiva es una enfermedad cíclica en la que se alternan periodos de euforia con otros de depresión, en los cuales se puede llegar incluso al suicidio o al homicidio. Ambas suelen tener manifestaciones en la juventud. Algunos han pensado que el entorno familiar tiene influencia, si no en su producción, sí en su manifestación clínica más o menos temprana; tampoco se puede decir que estas afecciones sean hereditarias, aunque parece que pueda existir una cierta tendencia familiar[59]. Lo más característico de la actitud del psicótico es la incomprensibilidad de su conducta, que tiene algo de absurdo. El observador choca con un muro impenetrable. Todo intento de persuasión resulta inútil.

La paranoia es una enfermedad que ofrece problemas serios. Los paranoicos se muestran aparentemente normales en muchos campos de su actividad y de su conducta. Lo característico de ellos es que presentan ideas delirantes -de persecución o formas similares- y obsesivas con una estructura interna coherente: dentro de lo insólito de la historia -esto es percibido por la persona sana- hay un cierto orden, coherencia y concatenación de los hechos narrados por el paciente, que le dan un aspecto de verosimilitud. En algunos la paranoia pasa casi inadvertida, pues consiguen desarrollar bien un trabajo intelectual o manual, aunque la enfermedad resulta evidente para los que les tratan de cerca.

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La neurosis se manifiesta como una reacción anómala -pero comprensible- ante determinadas situaciones límite, externas o internas, que padece el sujeto; en realidad, todos podemos responder de un modo neurótico ante cierto tipo de estímulo. Se suele llamar neurótico al que lo hace en casos de relativa normalidad, en los que un hombre medio actuaría de modo mesurado. Puede adquirir diversas formas: la histeria de conversión, con signos somáticos (parálisis, etc.) como consecuencia de un problema emocional; las neurosis depresivas; la angustia exagerada ante peligros ínfimos; las ideas obsesivas; las fobias, etc.

Resulta evidente que no hay que exagerar ante estos problemas. Algunos son muy leves, y es suficiente consultar al médico, que ha de ser siempre un buen profesional, de seguro criterio y de recta doctrina. De lo contrario, puede causar en los enfermos destrozos graves, tanto de orden moral como psíquico.

Atención espiritual de personas con enfermedades depresivas

Se dan algunas indicaciones generales. Hay que saber que cada persona es distinta y puede requerir ser tratada de un modo diverso. Siempre es útil lo que le lleve a salir de sí misma, a poner su atención en Dios y en los demás, con el buen humor -alegría de los hijos de Dios- de que sea capaz.

En la dirección espiritual, un primer objetivo, es que no se invente problemas ascéticos que vayan más allá de la enfermedad. Conviene decirle que ofrezca a Dios su tristeza, incluso a posteriori, con la alegría de la fe, que no es ni fisiológica ni psicológica; que entienda que Dios la permite y que ha de aprender a santificarla, pues sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios,

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los que según su designio son llamados[60], y por tanto, omnia in bonum!; y que tenga en cuenta que el ofrecerla no significa que vaya a desaparecer; ha de intentar no pensar en sí mismo, también para recuperar la salud: que procure controlar la imaginación y no piense en el futuro, que viva al día. Y muy especialmente, que obedezca en todo lo que le dicen los Directores y el médico.

Es imprescindible que se sienta comprendido; pero no basta con que se le comprenda realmente: ha de notar palpablemente esa comprensión, pues son enfermedades con una alta carga subjetiva; la afectividad enferma suele deformarlo todo, por eso se ha de comprobar que el interesado se siente verdaderamente entendido, querido y fortalecido. Importa más que se desahogue a que reciba consejos: hay que escucharle y no tratar de ir contestando a todas sus preguntas, interrogantes y perplejidades pues suele asimilar muy pocas cosas, como efecto de la situación en que se encuentra.

Durante temporadas, necesitará hablar con frecuencia superior a la semanal, a veces, todos los días. Pero, en general, no es preciso ni conveniente que esas conversaciones sean largas: puede ser contraproducente. Es preferible que se desarrollen en un ambiente grato, en la sala de estar, en un jardín, dando un paseo al aire libre, etc.

Hay que llevarle a apoyarse confiadamente en Dios, en la ayuda de la Santísima Virgen y en la intercesión de nuestro Padre. En su vida ascética se le animará a acudir con frecuencia al Sagrario, a cuidar la oración -mental y vocal, y siempre en la medida en que su situación se lo permita sin agobios-, al trato filial con Dios Padre, al abandono, a la vida de infancia espiritual. Y, después, procurar no darse vueltas a

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sí mismo: ya se ocupan el Señor y nuestros hermanos de cada uno de nosotros. Los puntos de lucha -sin llamarlos habitualmente así ante el enfermo- han de ser sencillos y muy concretos: con metas semanales o de mayor frecuencia aún, asequibles y estimulantes.

Tiene particular interés el libro de lectura espiritual que se le aconseje. Dependerá, desde luego, del estado de la enfermedad y del tipo de persona; en esto, como en todo, no sirven las reglas generales. No hay inconveniente en hacer con él la lectura, si le cuesta mucho esfuerzo.

De acuerdo con el médico y siguiendo el trámite establecido, se le puede dispensar durante una temporada del cumplimiento de alguna Norma o Costumbre, o de asistir a un medio de formación. Pero no conviene que se prolongue, ni que se dé la falsa impresión de que los Directores no valoran suficientemente el plan de vida.

En la mayoría de los casos, interesa que se levante puntualmente para acudir a la oración de la mañana, salvo raras excepciones o durante cortas temporadas, determinadas de común acuerdo con el médico. Si necesita dormir más horas, puede acostarse antes o, excepcionalmente, dormir -en un sillón, por ejemplo- un rato, después de la tertulia del mediodía.

Conviene aconsejarle textos y temas concretos para llevar a su oración personal. En todo caso, es positivo animarle no sólo al abandono sino también a una abundante oración de petición, sugiriéndole intenciones concretas y evitando que se centre en sus cosas.

Sin causa justificada no hay por qué dispensarle de la mortificación corporal ni de las pequeñas mortificaciones. Sí puede convenir que no duerma en el suelo. El examen general ha de ser sencillo y breve. Bastará con que considere pocas cosas y se concrete un propósito asequible; por ejemplo, un santo y seña que le ayude a mantener la

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presencia de Dios durante el día. En todo caso, es preciso evitar el excesivo afán de autoexamen: todo lo que sea cerrarse en él, no le ayuda.

En la medida en que sea capaz de practicarla, debe cuidar la mortificación interior, como la entendía nuestro Padre: orientar todos los pensamientos hacia Dios y los demás. Que esté en lo que hace y no piense ni en su enfermedad ni en el futuro. Que aproveche posibles ideas u obsesiones para encomendar: más que luchar por cortarlas directamente, que busque quitarles importancia y las utilice incluso como industrias humanas para ser más rezador. Esa es, en su caso, la mejor muestra de fe y de filial confianza en Dios. Es bueno sugerirle otras industrias humanas, sencillas y fáciles de vivir, para la presencia de Dios y que, dentro de su estado, le ilusionen o, al menos, se vea capaz de cumplir.

Conviene animarle a que aumente su trato y amistad con el Espíritu Santo. El Paráclito le enviará luces para andar por el camino que Dios tiene previsto para él. En la dirección espiritual, el que recibe su charla fraterna y el sacerdote han de estar atentos a esas mociones, para apoyarlas y recordárselas amablemente cuando esté confuso o desanimado.

Ha de procurar tener el tiempo ocupado: hacer lo poco que pueda. Es preferible que, por consejo de los Directores, lea cosas entretenidas, haga crucigramas, etc., antes de que se quede inactivo. Dentro de sus posibilidades hay que estudiar con atención qué encargos se le pueden encomendar. Sin provocar tensiones innecesarias, conviene que se sienta útil, y que lo sea realmente: sus molestias ofrecidas ya son un tesoro. Por eso, interesa que huya de la soledad, de encerrarse en sí mismo, pero dándole a la vez soluciones prácticas. No suele ser bueno -salvo prescripción médica- que esté habitualmente en su habitación. En particular, se ha de cuidar que los fines de semana no se aísle o haga planes extraños. Lo mejor es adelantarse: sugerirle, preguntarle, y ver quién puede acompañarle, en caso necesario.

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Si aparecen síntomas claros de autocompasión y detalles de compensaciones -en la sobriedad, sensualidad, empleo del tiempo dentro de sus posibilidades, etc.-, se le debe hacer ver que cuando uno no sabe cómo portarse bien, nunca es solución portarse mal. En este punto hay que ejercitar la fortaleza, sin falsas comprensiones que le perjudicarían. No debe dispensarse por cuenta propia de aspectos de su entrega, ni decidir por sí mismo en temas referentes a la vocación, trabajo, fraternidad, etc., sin contar con el consejo de los Directores.

Por otro lado, conviene saber que en su situación se pueden presentar tentaciones de todo tipo, con mayor violencia de lo habitual; entre otros motivos porque se encuentra con sus defensas disminuidas y con menos recursos para combatirlas. Le dará paz que se le recuerde con cierta frecuencia la diferencia entre sentir y consentir, la importancia de los actos de contrición y de las acciones de gracias en la vida espiritual.

Si tuviese pensamientos contra la perseverancia, es preciso escucharle con calma, sin asustarse, pero también sin mostrar que no se concede importancia a esa circunstancia. En este punto, cuidando los modos, se le recordará de manera inflexible que la vocación la da Dios para siempre. Por otro lado, resulta patente que no está en condiciones de razonar con normalidad y mucho menos de tomar una decisión de la que luego se arrepentiría.

Ante los medios de formación anuales -Curso anual y Curso de retiro-, interesa prepararle muy bien, para que los aproveche adecuadamente. En concreto, sugerirle los temas que ha de considerar en su oración, los puntos de lucha y el régimen de vida. Debe acudir a esos medios con un plan muy definido. Como norma de prudencia, se informará previamente al Director o al Consejo local de esas actividades.

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Apud Collegii Romani Sanctae Crucis

Referencias

  1. Con el término situación irregular se hace referencia a las variadas formas de ruptura matrimonial, que pueden ser muy distintas.
  2. Otras veces, el trastorno de la socialización puede aparecer de forma contraria: cuando el hijo no sólo no oculta su situación familiar sino que presume de ella y de las "ganancias que le reporta". Si se diera esta especie de "orgullo" injustificable, sería mucho más perjudicial porque en el futuro podría dar lugar a un grave trastorno de la personalidad. Por otra parte, es probable que con esta actitud provoque el rechazo de sus compañeros, por lo que puede contribuir a su soledad por una vía distinta.
  3. En algún caso, sobre todo si la educación sexual familiar no se ha llevado a cabo como debiera, al llegar la pubertad podría llegar a ser un factor desencadenante del comportamiento homosexual. La ausencia de un modelo con el que identificarse contribuiría a la autoconfiguración confusa de las actitudes, sentimientos y conductas que pertenecen al propio género.
  4. En la bibliografía científica disponible hoy, numerosos autores incluyen entre los predictores del divorcio el hecho de que los contrayentes que formen una nueva familia procedan, a su vez, de padres divorciados. Conviene tener en cuenta que los predictores indican simplemente un dato estadístico; no significan en modo alguno un factor determinante y causal de ese hecho, ni que sea la única causa que determine su aparición. En consecuencia, esta información debe utilizarse con mucha prudencia, no tanto para agravar más las dudas que puedan tener los hijos de padres divorciados acerca de su matrimonio, sino para prevenirlas y prestarles una ayuda eficaz.
  5. Respecto a nuevas parejas de los padres o segundas uniones, conviene dar siempre criterios claros: que aprendan a distinguir entre el error en las conductas y la comprensión con las personas.
  6. En algunos casos puede ser necesaria una atención específica de tipo médico o psicológico. Es importante orientar a la familia sobre profesionales de buen criterio.
  7. A veces, las circunstancias concretas hacen prudente que pasen un tiempo como Supernumerarios antes de pedir la admisión como Numerarios o Agregados, si reúnen condiciones.
  8. Rom 7,24.
  9. De nuestro Padre, Carta 24-III-1931, n. 23.
  10. De nuestro Padre, Carta 24-III-1931, nn. 16-20.
  11. 10
  12. De nuestro Padre, Apuntes tomados en una tertulia, 23-VI-59 (Crónica, VI-58, p. 7)
  13. De nuestro Padre, Carta 16-VI-1960, n. 30.
  14. De nuestro Padre, Carta 24-III-1931, n. 12.
  15. I Cor 10,13.
  16. De nuestro Padre, Carta 16-VI-1960, n. 30.
  17. De nuestro Padre, Apuntes tomados en una tertulia, 19-III-72 (Crónica, IV-72, p. 53).
  18. Forja, n. 760.
  19. Surco, n. 127.
  20. A veces, se puede llegar a producir una situación semejante por causas opuestas, por ejemplo, en personas en situación de desempleo, que buscan trabajo y no lo encuentran.
  21. A las normales tentaciones externas -en ocasiones, descaradas-, se puede sumar ahora otra más sutil de carácter afectivo-sentimental: se siente envidia o nostalgia al ver las familias que forman amigos y conocidos.
  22. Es frecuente en esta etapa, la sensación -a veces, objetiva- de pasar por altibajos relacionados con el ejercicio profesional. Si hay verdadera vida interior, no deberían repercutir en exceso: Has de permanecer vigilante, para que tus éxitos profesionales o tus fracasos -¡que vendrán!- no te hagan olvidar, aunque sólo sea momentáneamente, cuál es el verdadero fin de tu trabajo: ¡la gloría de Dios! (Forja, n. 704).
  23. En esta etapa puede ser más decisivo que en otras la influencia del factor ambiental, como elemento educador (deseducador) que puede llegar a configurar (para bien si hay un sano espíritu crítico, o para mal) el modo de pensar, la forma de vida o incluso la vida interior de las personas; en algunos casos, por ej., se puede terminar banalizando las actitudes, las costumbres y las creencias recibidas y respetadas durante años. Las ideas madre que han guiado hasta entonces el comportamiento, de repente, dejan de tener sentido y son sustituidas por una especie de "pragmatismo" que lleva a asumir acríticamente "lo que está en la calle, lo que es moda, o lo que da dinero o un supuesto prestigio", etc. Se desea ser brillante ante el mundo (triunfar), antes que brillar para Dios: "no hay que exagerar", se piensa o se dice. Por eso, estar atentos a los gestos en la vida ordinaria, a los comentarios o a las salidas de tono puede resultar de cierta importancia para atajar posibles dificultades de perseverancia.
  24. «Especialmente en los comienzos de la actividad profesional, después de acabar los estudios, se debe prevenir a los interesados para que estén vigilantes y sepan evitar que los éxitos profesionales -si los hay- o los fracasos puedan hacerles olvidar, aunque sea sólo momentáneamente, cuál es el verdadero fin de nuestro trabajo: la santificación personal, el servicio a la Iglesia, a las almas y a la sociedad. Quienes comienzan el ejercicio de la profesión deben tener en cuenta que, por su misma juventud o inexperiencia, fácilmente llegan a valorar de manera desproporcionada esos éxitos o fracasos, y a pensar que han alcanzado ya un puesto preeminente o que no sirven, en el campo de su actividad profesional, cuando en realidad hacen falta muchos años de trabajo constante -con éxitos y con fracasos-, para lograr la suficiente experiencia y poder dar frutos maduros» ([Del Espíritu y de las Costumbres, Roma, 1990|De spiritu]], n. 12, nt. 3).
  25. «Con el fin de comprobar que el trabajo profesional está hecho con la debida rectitud de intención, los Numerarios y los Agregados han de considerar con frecuencia si están dispuestos a cambiar inmediatamente de ocupación cuando lo exija el bien de la Obra; si saben hacer compatible el trabajo profesional con los encargos apostólicos; si llevan con alegría y con humildad las dificultades y las contradicciones que se presentan. Y, de modo especial -es un verdadero índice del sentido sobrenatural con que se realiza el trabajo profesional-, han de ponderar si las relaciones de amistad o las relaciones sociales, que nacen al desem penar la propia profesión, son ocasión continua de apostolado y dan el fruto concreto de acercar a la Obra a los amigos y compañeros» (ibid.).
  26. De nuestro Padre, Carta 29-IX-1957, n. 37.
  27. Conozco tus obras, tu fatiga y tu constancia; que no puedes soportar a los malvados (...); que tienes paciencia y has sufrido por mi nombre, sin desfallecer. Pero tengo contra ti que has perdido tu primera caridad. Recuerda, pues, de dónde has caído, arrepiéntete, y practica las obras de antes. De lo contrario, iré a ti y removeré de su lugar tu candelabro, a no ser que te conviertas (Ap 2,2-5).
  28. A veces, un estado de tensión -o su desenlace en una actitud de desaliento o de indiferencia- procede de una escasa humildad en la aceptación de las limitaciones y de los errores en que se haya incurrido.
  29. De nuestro Padre, Carta 24-III-1931, n. 22.
  30. Gal 2,20.
  31. Cf.,Rom 6,17-23; etc.
  32. Rom 8,21.
  33. 2 Cor 3,17.
  34. De nuestro Padre, Carta 14-II-1974, n. 7.
  35. De nuestro Padre, Instrucción, 8-XII-1941, n. 84.
  36. ibid.
  37. Con esta teoría se niega, por ejemplo, que el matrimonio cristiano sea siempre indisoluble: aunque los cónyuges hayan querido establecer un vínculo definitivo -expresado con su consentimiento pleno y sin condiciones-, si posteriormente aparecen dificultades graves de convivencia entre los esposos, que les impiden realizar subjetivamente el matrimonio en ese momento, significaría que -de hecho— el vínculo que se estableció al principio no existió nunca como definitivo, porque no se conocía la situación que depararía el futuro: por tanto, no se podía querer o aceptar libremente.
  38. Cf. 1 Cor 10,13.
  39. S. Th. II-II, q. 79, a. 1 c.
  40. De nuestro Padre, Carta 24-III-1931, n. 12.
  41. Mt 19,21.
  42. Mt 16,25.
  43. Juan Pablo II, Enc. Veritatis splendor, nn. 66-67.
  44. Judas 1,12-13.
  45. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 215.
  46. 1 Pe 5,8.
  47. De nuestro Padre, Carta 24-III-1931, n. 10.
  48. De nuestro Padre, Instrucción, 9-1-1935, nn. 288.
  49. De nuestro Padre, Carta 24-III-1931, n. 12.
  50. De nuestro Padre, Carta 2-II-1945, n. 23.
  51. De nuestro Padre, Carta 29-IX-1957, n. 26.
  52. Si es un Numerario hay que procurar, con suavidad, que tenga el mayor tiempo posible de convivencia con las demás personas del Centro, acompañándole prudente y delicadamente.
  53. Naturalmente, esta ayuda a otros se pedirá sin difamar a nadie; basta que se pidan oraciones "por una intención particular".
  54. Para ayudar a esa persona a ser sincera, puede ser conveniente que -aparte de los medios ordinarios de dirección- hable con una persona mayor designada por los Directores que, por diversas razones, pueda facilitarle la sinceridad.
  55. En la dirección espiritual de personas con problemas de escrúpulos es preciso ser muy delicados y prudentes. En ocasiones, se podría tratar de manifestaciones de finura de conciencia, o de que el interesado ha descubierto una mayor exigencia de la gracia, o de que Dios pide más entrega.
    En todo caso, particularmente durante la formación inicial, es de gran importancia insistir en el Amor de Dios que nos busca como el mejor de los padres, y en la filiación divina que nos permite responder con confianza a la llamada como hijos queridísimos, especialmente en las personas con caracteres que tienden a la rigidez. Es necesario que todos entiendan bien lo que es la virtud -y aprendan a vivir conforme a la virtud-, la ley, la conciencia, y sobre todo la acción del Espíritu Santo en las almas a través de la gracia y los sacramentos; y de modo práctico que comprendan que hay muchos modos de agradar a Dios y que cada persona tiene su camino -en Jesucristo, guiados por el Espíritu Santo- para llegar a Él.
  56. Esto podría ser por un problema en la formación de la conciencia, o simplemente por una falta de sinceridad. En cualquier caso, habrá que manifestar que se cree lo que se afirma, y al mismo tiempo sondear indirectamente -sin provocar nuevas dudas- la existencia de otros síntomas.
  57. De nuestro Padre, Instrucción, 31-V-1936, n. 25, nota 35.
  58. También hay que tener en cuenta que la experiencia enseña que un buen médico de medicina general -que tenga recto criterio- es muchas veces suficiente. Si la enfermedad lo requiere habrá que acudir a un psiquiatra de confianza.
  59. De todo lo anterior se deduce la importancia de detectar estos casos y conocer los antecedentes familiares, en la labor de San Rafael. Hay que ser particularmente prudentes cuando se trata de chicos muy nerviosos, con ideas y reacciones que se salgan de lo normal; de todos modos, la manifestación de una esquizofrenia puede no haber tenido síntomas especiales antes de los 28 ó 30 años.
  60. Rom 8,28. Con paciencia y sin pretender que lo entienda enseguida, hay que hacerle ver que esa enfermedad -como todo lo que ocurre en nuestra vida- es algo permitido por Dios para su bien, el de sus hermanos, la Obra, la Iglesia y las almas todas. De ningún modo puede considerarla como un castigo. Dios le trata con especial predilección, porque le ve con capacidad de sufrir por Él y con Él.