Experiencias sobre el modo de llevar charlas fraternas, Roma, 2001/Consideraciones generales sobre la charla fraterna

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CONSIDERACIONES GENERALES SOBRE LA CHARLA FRATERNA

Necesidad de la dirección espiritual

La santidad, plenitud de la filiación divina[1], a la que estamos llamados todos los cristianos[2], consiste necesariamente en la plenitud de la caridad[3], pues es el Espíritu Santo, Caridad infinita, quien nos hace hijos de Dios y nos lleva a la plenitud de esa filiación aumentando en nosotros la gracia y la caridad. El Espíritu Santo nos guía hacia la santidad tanto con inspiraciones y mociones interiores en el alma, como a través de otras personas que utiliza como instrumentos[4].

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La colaboración humana al proceso de la santificación tiene como fuente al Espíritu Santo que al santificarnos nos hace colaboradores en la santificación de los demás, hace del cristiano un "santificador". Él constituyó a algunos como apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y doctores, para que trabajen en perfeccionar a los santos cumpliendo con su ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de la plenitud de Cristo[5]. Todo cristiano, como miembro vivo del Cuerpo de Cristo, es responsable del crecimiento de su vida cristiana y de modo análogo coopera en el progreso de los demás: «Él [Cristo] dispone constantemente en su cuerpo, es decir, en la Iglesia, los dones de los servicios por los que en su virtud nos ayudamos mutuamente en orden a la salvación, para que siguiendo la verdad en la caridad, crezcamos por todos los medios en Él, que es nuestra Cabeza (cf. Ef 4, 11-16)»[6].

Entre estos medios -además de los Sacramentos- se encuentran la oración y la ayuda mutua —amándoos de corazón unos a otros con el amor fraterno, honrando cada uno a los otros más que a sí mismo[7]—, que en la Obra se concreta de un modo particular en la práctica asidua de la corrección fraterna[8]; y la formación espiritual, pues toda la vida cristiana tiene un sentido vocacional de conformación con Cristo[9], que

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implica un proceso de crecimiento en doctrina y virtudes morales que ha de prolongarse a lo largo de toda la vida[10].

En este proceso tiene una importancia básica la dirección espiritual, que vista desde quien la recibe se puede describir como la ayuda permanente que en la Iglesia una persona presta a otra, para guiarla en el pleno desarrollo de su vida cristiana; desde el director[11], se puede caracterizar como el arte de guiar a las personas en el desarrollo de la gracia y la vocación personal, según la acción del Espíritu Santo en sus almas.

La adecuada dirección espiritual que nos proporciona la Obra constituye, decía nuestro Padre, un derecho que nos confiere la específica vocación recibida; y un deber[12] para llevarla a término, de modo que crezcamos en todo hacia aquél que es la cabeza, Cristo[13]. Por eso, para los fieles de la Obra, el Buen Pastor son el Padre y los que reciben misión de él: Quiso el Señor como Pastor de estas ovejas a vuestro Padre, y a quienes del Padre reciban esa misión: los Directores y los sacerdotes de la Obra, porque no se le da ordinariamente a nadie que no sea del Opus Dei[14]. Es el mismo Opus Dei quien im-

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parte la dirección espiritual, y nadie puede atribuirse el derecho exclusivo de ejercerla[15].

La dirección espiritual que nos proporciona la Obra se determina en los medios de formación personal y colectiva. La dirección espiritual personal la reciben todos (...) en la Confidencia[16] y en la confesión sacramental; la colectiva se da, en gran parte por los Directores laicos, en los Centros de Estudios, en los Cursos anuales, en los días de retiro espiritual, en los Círculos, en las meditaciones, en las Collationes de re morali et litúrgica, en las Convivencias especiales, etc.[17]

La Confidencia -esa charla sincera, llena de sentido sobrenatural- es el medio de santificación más soberano que, aparte de los sacramentos, tenemos en el Opus Dei[18]. Estas palabras de nuestro Padre muestran la importancia de este medio de formación personal, tesoro de inmenso valor que Dios ha concedido a la Obra. La Confidencia es para nosotros medio de santificación porque en ella actúa el Espíritu Santo Santificador, para llevar a quien la realiza a identificarse con Cristo por el camino de la vocación al Opus Dei. Es su carácter sobrenatural el que ilumina todos los aspectos de la charla fraterna.

Al llamarnos al Opus Dei, el Señor ha querido llevarnos a la santidad por el camino que mostró a nuestro Fundador, y ha confiado a

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nuestro Padre y a sus sucesores el oficio de Buen Pastor, para guiarnos por esa senda. Con esta sobrenatural convicción, los fieles de la Obra acudieron desde el principio a nuestro Padre, y luego al Director, para recibir personalmente la dirección espiritual que necesitaban[19]. De ahí que nuestro Padre afirmara que cualquiera que sea quien recibe la Confidencia, es el mismo Padre quien la recibe[20].

De esta realidad se derivan algunas consecuencias de suma importancia:

  • quien ha recibido del Padre -ya sea inmediatamente o a través de los Directores- el encargo de atender la charla fraterna de un fiel de la Obra, cumple en ese momento -in actu[21]- el oficio de Buen Pastor, que debe realizar según la mente del Padre, sabiendo que cuenta con la ayuda de la gracia divina para asumir «la responsabilidad de dar una dirección espiritual verdadera y eficaz»[22], según el espíritu de la Obra;
  • al abrir el alma en la Confidencia, actuamos libérrimamente, como se ha vivido en la Obra desde el principio. Nada nos impone manifestar nuestra conciencia fuera del sacramento de la Confesión. Acudimos a la charla fraterna porque es un medio insustituible, que la Obra nos proporciona, para corresponder a nuestra vocación divina[23];
  • a la charla fraterna se ha de acudir por motivos sobrenaturales, y no por razones humanas de amistad, o de comunes intereses profe-

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sionales, culturales, etc. Por ser cauce de una ayuda divina, el que la hace ha de «desearla ardientemente»[24] y sin retrasos, como se desean las luces de Dios;

  • la autoridad de los consejos que se dan en la charla no se deriva únicamente del valor que posean en sí mismos -el que tendrían si los diera otra persona-, ni del prestigio moral o de la experiencia de quien recibe la charla, sino principalmente del hecho de que esa persona –no obstante sus limitaciones y defectos- es cauce de la guía del Espíritu Santo y de la ayuda de la Obra;
  • esos consejos tendrán habitualmente la forma de orientaciones o sugerencias, pero quien los recibe ha de aceptarlos «como si vinieran del mismo Jesucristo, Señor Nuestro»[25].

Se puede decir, por tanto, que Dios cuenta con la dirección espiritual para hacer su obra en cada uno; que, para los fieles del Opus Dei, la Confidencia es "medio soberano de santificación"; y que quien la recibe se hace, en ese momento, instrumento de una gracia divina.

Objeto de la confidencia

La vocación cristiana que hemos recibido, nos lleva a enamorarnos más y más de Dios, en Cristo por el Espíritu Santo, a amarle con todas las fuerzas; y esto, naturalmente, según el espíritu del Opus Dei. Este amor comporta una totalidad y exclusividad crecientes a la entrega que pide el Señor: ex toto corde, ex tota anima, ex tota mente, ex tota virtute[26]. Por ese mismo motivo, nada queda al margen de la vocación: todos y cada uno de los sentidos y de las potencias, y la gran variedad de situaciones y circunstancias que se presentan a lo largo de la

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existencia deben integrarse en unidad de vida, porque todo puede convertirse en medio de santificación y apostolado[27]. Y, por tanto, no hay nada tampoco que quede fuera de la charla fraterna, medio soberano de dirección espiritual que tenemos en el Opus Dei.

Para comprenderlo mejor, conviene considerar que la dirección que se imparte se llama espiritual no porque se limite a cuestiones espirituales(prácticas de piedad, cuestiones morales, etc.), como si la vida cristiana fuese algo solamente espiritual -espiritualista, quiero decir-[28], sino porque es dirección de (y para) la vida que infunde el Espíritu Santo, Don increado, fuente de la vida de la gracia que se funde en la persona -unidad sustancial de alma y cuerpo-, y que Él mismo impulsa y acrecienta hasta la completa identificación con Cristo, que llegará a su plenitud en el Cielo.

El espíritu de la Obra, nos lleva a entender fácilmente la amplitud y riqueza de la dirección espiritual, pues nos enseña a santificar todas las actividades temporales: la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas[29]. Todo esto, precisamente porque puede ser llevado a Dios, convertido en instrumento de divinización, es materia para el crecimiento de las virtudes, de trato con Dios, de vida interior, y por tanto de dirección espiritual. En efecto, como ha recordado el Concilio Vaticano II, «ninguna actividad humana, ni siquiera en las cosas temporales, puede substraerse al imperio de

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Dios»[30]: se trata de una doctrina que nuestro Padre ha predicado desde los comienzos de la Obra, enseñando a los cristianos a tener unidad de vida; es decir, a vivificar por la caridad todos los pensamientos, afectos, palabras y acciones como hijos de Dios en Cristo.

Así como la vocación al Opus Dei exige una entrega total a Dios, que abarca cada uno de los aspectos de la vida, del mismo modo la charla fraterna es cauce por el que se aprende a dirigir la libertad enteramente a Dios y a ponerla a su servicio[31].

En este sentido, también conviene recordar que las actividades profesionales, sociales, familiares, etc., se pueden santificar realizándolas de modos muy diversos, compatibles con la fe y con la concreta búsqueda de la santidad en las circunstancias de cada uno[32]; de modo que, las legítimas opiniones y actuaciones en asuntos temporales no son en sí mismas materia de dirección espiritual[33]. Al mismo tiempo, no hay que olvidar que cada uno debe formar estas legítimas opiniones siendo siempre consecuente con la fe que se profesa[34].

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Paralelamente, el que lleve la dirección espiritual traicionaría el fin de la Confidencia si no procurara ser fiel cooperador de la gracia -y sólo eso- en la labor de ayudar a construir la unidad de vida a los que hablan con él; por tanto, no cumpliría su deber si no enseñara a emplear la libertad en la entrega a Dios, si consintiera estados de aburguesamiento o de media entrega en los demás, si permitiera por falta de diligencia que hubiese aspectos que no estén orientados hacia Dios, o se inmiscuyera indebidamente en las lícitas opciones profesionales, familiares, sociales o políticas que la Iglesia deja a la libre prosecución de sus fieles.

La amplitud del contenido de la charla fraterna se deriva también de que la Obra es una familia de vínculos sobrenaturales. Quien recibe la Confidencia procura identificarse con el corazón del Padre, teniendo una solicitud, llena de cariño humano y sobrenatural, por todo lo que puede afectar a la santidad de quien la hace: por su salud y su descanso, sus preocupaciones, sus penas y alegrías... Éste, por su parte, ha de abrir plenamente su corazón como si hablara con el mismo Padre, sin pensar que esas cuestiones son asunto suyo o que no le podrán dar ningún remedio. Al contrario, recibirá lo principal: la luz de Dios para amar su Voluntad, y el calor y la fortaleza de toda la Obra, porque formamos, como los primeros cristianos, un solo corazón y una sola alma[35]. Con nuestro clamor incesante ante el trono de Dios formamos una sola voz, una misma oración, un único latido, porque todos palpitamos con el corazón de la Obra[36].

Como se ha dicho, su carácter sobrenatural es lo que ilumina todos los aspectos de la charla fraterna que cada miembro del Opus Dei debe tener periódicamente con el Director local o con la persona de-

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signada por los Directores[37]. Y añade el Catecismo de la Obra que con ellos «pueden abrir libre y espontáneamente su alma» (...) «Más aún, se recomienda vivamente esta Costumbre, en la que tanto insistió siempre nuestro Fundador, que todos han de cuidar fidelísimamente y que denota buen espíritu»[38]. Se dice que los fieles de la Obra pueden abrir su alma en la Confidencia, porque es un derecho que tienen. Y, a la vez, que han de cuidar fidelísimamente esta Costumbre, porque es uno de los medios para identificarnos con el espíritu de la Obra, que nos hemos comprometido a poner en práctica al incorporarnos a la Prelatura[39].

Precisamente, en el Catecismo se enseña que «el objeto de la Confidencia» es que cada uno identifique «su espíritu con el de la Obra» y mejore «sus actividades apostólicas.

»1) Con esa charla es más claro, más pleno y más íntimo el conocimiento que los Directores tienen del alma de los fieles de la Obra, y así les pueden ayudar mejor;

»2) este medio de formación confirma la voluntad de cada fiel para buscar la santidad y ejercer el apostolado, según el espíritu del Opus Dei;

»3) da mayor compenetración y unidad espiritual con los Directores»[40].

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La charla fraterna es una manifestación de cariño por parte del Señor, que desea que nadie en la Obra se encuentre solo humana y sobrenaturalmente[41], y una necesidad de nuestra vida interior: porque cada uno de vosotros encuentra en la Confidencia un desaguadero, al que lleva sus penas, sus preocupaciones -para acogerlas, no con sufrimiento pasivo, sino con aceptación de creyente-, su oración y su trabajo, que es toda nuestra vida[42]. Por eso, para los que tienen la misión de ayudar, de dirigir y de formar a sus hermanos, esta tarea es la más importante, a la que dedicarán sus mejores energías: es necesario cumplirla con desvelo, dando prioridad a esta labor de atención vigilante y cariñosa, de conocimiento profundo, y de impulso espiritual y apostólico insoslayable para los fíeles de la Obra.

Disposiciones de quien hace la charla fraterna

La Confidencia se prepara habitualmente en la oración, pidiendo luz al Señor y al Espíritu Santo para saber centrar los puntos que han sido objeto de especial empeño durante el periodo correspondiente; fomentando una positiva voluntad de mejora: «desearla ardientemente y examinar en la presencia de Dios los puntos que se deben tocar»[43], son, por tanto, las condiciones que permitirán obtener de ella el mayor fruto posible. Ese deseo ardiente, a su vez, no se apoya en motivos humanos -de simpatía o afinidad de carácter, etc.-, sino que proviene de razones de tipo sobrenatural: estamos convencidos de que hacer bien la charla alumbra el concreto camino vocacional que lleva a Dios a cada uno.

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De ahí, el empeño que todos hemos de tener en comentar en la charla cualquier propósito, reacción o actitud, de nuestra vida espiritual, para saber si es lo que Dios quiere para nosotros, o se trata de un engaño del propio criterio, de la visión humana, etc. En la Confidencia el Señor nos da luces para saber -para aprender- lo que hay que hacer para portarse bien, con perfección cristiana, en un caso determinado[44].

La charla[45] es siempre una conversación privada y fraterna, de consejo y aliento espiritual; por eso, sugería nuestro Padre: Hablad sinceramente con vuestros Directores, para que nunca se turbe la libertad y la paz de vuestro espíritu ante dificultades que encontréis -muchas veces imaginarias-, que tienen siempre solución[46].
Tened en cuenta que la formación espiritual, que recibimos, es opuesta a la complicación, al escrúpulo, a la cohibición interior: el espíritu de la Obra nos da libertad de espíritu, simplifica nuestra vida, evita que seamos retorcidos, enmarañados; hace que nos olvidemos de nosotros mismos, y que nos preocupemos generosamente de los demás[47].
La dirección espiritual que da la Obra nos ayuda a ser descomplicados interiormente[48], y en la conducta exterior a ser personas que se desenvuelven en sociedad con sencillez, mostrando con naturalidad el espíritu cristiano que les guía, sin falsa ostentación de ningún tipo, ni complejos, ni respetos humanos.

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La descomplicación interior viene por medio de la sinceridad, elemento esencial de la charla fraterna; si se omitiera voluntariamente, se puede decir que no habría Confidencia[49]. La sinceridad es condición para que la charla sea veraz; es decir, manifestación verdadera de las disposiciones interiores y del afán personal de santidad.

Como las demás virtudes, la sinceridad siempre puede seguir creciendo, porque -con la gracia- Dios concede luces que ilustran detalles de nuestro comportamiento que podrían mejorar, o reacciones desordenadas ante determinados sucesos, o faltas de entrega de las que antes quizá no éramos suficientemente conscientes o no se daban. Además, la existencia humana está abierta a circunstancias cambiantes, surgen nuevas relaciones laborales o familiares o de amistad, que a su vez producen actuaciones o situaciones más o menos estables que podrían llegar a formar parte del contenido de la charla.

En todo caso, la sinceridad en la Confidencia ayuda a profundizar en el conocimiento propio, y en el conocimiento del amor de Dios; y a seguir el camino vocacional de la identificación con Cristo que Él quiere para cada uno de sus hijos en el Opus Dei[50]. Por eso, nuestro Padre aconsejaba con frecuencia que habláramos con claridad -salva-

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jemente[51], si fuera preciso-, comenzando por decir lo que más cuesta, buscando la transparencia, para que la luz que Dios nos envía a través de este medio de formación incida sin obstáculo en el alma.

Otra virtud fundamental -como parte de la prudencia- para el que hace la charla fraterna es la docilidad, que dispone «bien al sujeto para recibir la instrucción de otros»[52]. Como cualquier virtud, tiene una componente de aptitud natural, y otra que «se desarrolla en función de lo que el hombre atienda solícito, y con frecuencia y respeto, a las enseñanzas de los mayores, en vez de descuidarlas por pereza o rechazarlas por soberbia»[53].

La docilidad se ha de poner de manifiesto lo mismo en cuestiones importantes que en pormenores aparentemente de poco relieve, como pueden ser un detalle de educación, o del modo de vestir, de hablar o de comportarse, etc. La docilidad se hace más necesaria si, en alguna ocasión, no alcanzáramos a comprender del todo las razones de lo que nos dicen, por nuestras limitaciones o porque nos faltan datos; a veces, se puede tratar de cuestiones de buen espíritu, de tono humano y cristiano, o de oportunidad.

Pero, sobre todo, es preciso ganar en finura interior para dejarse aconsejar por quien cuenta con gracia de Dios para hacerlo, sin aferrarse al propio gusto o criterio poniendo como excusa la libertad; pues, cuando esos consejos contrastan con un ambiente frívolo o superficial, que exige la valentía de ir contracorriente, cabe el peligro de que el hombre viejo se deje influir y se justifique con un "también lo hacen los demás". Conviene, por eso, recordar lo que escribe San Pablo: Vosotros, hermanos, fuisteis llamados a la libertad; pero no toméis

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esa libertad como pretexto para servir a la carne, sino servios mutuamente por amor[54]; y San Pedro: Actuad como hombres libres, no a la manera de quienes convierten la libertad en pretexto para la maldad, sino como siervos de Dios[55].

En el caso de los Numerarios y Agregados, la docilidad se muestra también en la completa disponibilidad para la atención de los encargos apostólicos, estando dispuestos a cambiar de ciudad o de trabajo, con absoluta confianza en Dios -que llena de frutos sobrenaturales la obediencia-, y en los Directores -instrumentos para hacernos llegar su Voluntad-, que sólo buscan nuestra santidad y eficacia apostólica[56].

En general -y especialmente en las situaciones de mayor o menor oscuridad- conviene estar precavidos ante el peligro de poner por encima de todo el propio criterio, excusándose con un "no veo lo que me aconsejan", o "no pienso que me haga daño tal situación o tal plan que me dicen que debo cortar", o "estoy tranquilo a pesar de que en la dirección espiritual me dicen que actúe de otro modo". Porque, el juicio, en esos casos, puede no ser moralmente recto, y entonces no debe seguirse: por ejemplo, como es evidente, cuando contradice un precepto de la ley de Dios, o cuando se opone a la Voluntad divina para una persona determinada, como es, en nuestro caso, la fidelidad a la vocación cristiana en el Opus Dei.

Ciertamente, cada uno debe recorrer de modo personalísimo el

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camino de la vocación a la Obra[57], pero sin salirse del espíritu de entrega total a Dios que nuestro Padre nos ha transmitido. No cabe fabricarse un camino a la medida de la propia falta de generosidad (de "mi debilidad", de "mi pequeñez"...). Si así se hiciera, la vida dejaría de ser respuesta a Dios para convertirse en respuesta a las exigencias de la propia vanidad, de la comodidad, de la lujuria, del propio egoísmo en definitiva. Una garantía clara de que esto no sucede es dejarse exigir en la charla fraterna[58].

Lugar y duración de la charla

La charla fraterna nació de manera espontánea, como una necesidad del alma, llena de sencillez, naturalidad y confianza. Por eso, se hace sin solemnidad alguna: es una conversación que se mantiene paseando por el jardín, en una terraza, en la sala de estar, en un cuarto abierto a todos, etc.

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Ha de cuidarse mucho la puntualidad: en el día fijado y a la hora establecida[59]. De este modo, se vive mejor el orden de todos y los dos pueden prepararla. No hay inconveniente -al contrario- en que quien la recibe lo recuerde, con delicadeza, para evitar que se difiera. Un retraso en la Confidencia ya puede ser un síntoma de que no se está luchando con heroísmo.

Normalmente, hay que buscar horas tranquilas y eficaces, que dependerán de las circunstancias: por ejemplo, si se deja para el final de la jornada, es probable que no se esté en las mejores condiciones, por cansancio; aunque, como es natural, la hora no debe estorbar el trabajo ni las ocupaciones profesionales de ninguno de los dos. En la medida de lo posible, y siempre con flexibilidad, no se hace la charla en el tiempo de trabajo de la tarde, ni en el tiempo de la noche.

Los criterios anteriores no impiden que, cuando sea preciso, se haga en cualquier momento. Puede haber temporadas en las que se deba o se quiera hacer con mayor frecuencia, o, por determinadas circunstancias se busque sin esperar al día fijado; siendo la charla una conversación espontánea, es lógico que se desee cuando hay una preocupación, o una alegría especial, etc.: el que la recibe estará dispuesto, en cualquier momento, a charlar con quien se lo pide, o tomará él la iniciativa con solicitud.

Otra característica importante es la brevedad. Aunque la duración concreta dependerá de muchos factores, de ordinario, si se prepara bien, bastarán diez o quince minutos para comentar con sinceridad y hondura todos los puntos necesarios. Sólo en casos excepcionales será precisa una mayor dedicación. Alargar estas conversaciones sin motivo, sería una pérdida de tiempo y una manifestación de falta de senci-

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llez, porque no se afrontan las cuestiones directamente, o señal de que se habla de asuntos ajenos a este maravilloso medio de dirección espiritual.

Para lograr en la práctica que las charlas sean breves, es útil cuidar algunos pequeños detalles: por ejemplo, dejar que la persona hable, sin interrupciones innecesarias; procurar no tratar temas que tienen poca relación con cuestiones espirituales; no alargar las charlas por distracciones o por simpatía personal, etc.

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Referencias

  1. De nuestro Padre, Carta 2-II-1945, n. 8.
  2. Porque ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación (1 Tes 4,3). Cf. Ef 1,4; Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 39.
  3. Surco, n. 739.
  4. Son numerosos los pasajes de la Escritura en los que se manifiesta esta realidad. Se puede recordar, por ejemplo, la corrección que hace Dios a David por medio del profeta Natán (cf.2 Sam 12,1-7), o en la conversión de San Pablo el papel del discípulo Ananías (cf. Act 9,10-18).
  5. Ef 4, ll-13.
  6. Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 7.
  7. Rom 12,10.
  8. Pues si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo que cae!, que no tiene quien lo levante (Ecle. 4,10). Cf., también, Mt 18,15-17. El contenido de la corrección fraterna rebasa con mucho el ámbito de la advertencia acerca de las faltas de los demás: ilumina conductas y actitudes que con frecuencia se escapan al control personal o a los exámenes de conciencia; aspectos del carácter que hacen daño a la persona misma y a los demás. Su contexto es la ayuda fraterna, amigable, evangélica.
  9. Y, de este modo, lograr conocerle a Él y la fuerza de su resurrección, y participar así de sus padecimientos, asemejándome a él en su muerte, con la esperanza de alcanzar la resurrección de entre los muertos (Flp 3,10-11).
  10. «La formación de los fieles laicos tiene como objetivo fundamental el descubrimiento cada vez más claro de la propia vocación y la disponibilidad siempre mayor para vivirla en el cumplimiento de la propia misión» (Juan Pablo II, Exhort. apost. Christifideles laici, n. 58).
  11. Se utilizará la palabra "director" en sentido amplio, tanto aplicado a la persona que recibe la charla fraterna, como de modo más restringido a un miembro de un Consejo local, o al sacerdote del Centro. El contexto lo aclarará en cada caso. Viene a coincidir con el uso que nuestro Padre hacía del término "Buen Pastor" (vid. infra).
  12. Todos nosotros, por el hecho de pertenecer al Opus Dei, tenemos el derecho y el deber de recibir la dirección espiritual que la Obra nos da, y del modo como nos la da (...), para poder adquirir y mejorar así nuestro espíritu peculiar y darlo a otros con eficacia (de nuestro Padre, Carta 15-VIII-1953, n. 35; cf. Carta 28-III-1955, n. 29).
  13. Ef 4,15. Cf., de nuestro Padre, Carta 28-III-1955, n. 13.
  14. De nuestro Padre, Carta 28-III-1955, n. 16.
    Y continúa: Los que no tienen misión dada por el Padre o por los Directores Regionales, no pueden ser buenos pastores. Porque el sacerdote que recibe la Confesión no es solamente juez, sino también maestro, médico, padre: pastor. ¿Cómo podría ejercer bien esas funciones quien ignorase lo que Dios quiere de nosotros, según la vocación que nos ha dado? ¿Cómo, si no tiene nuestro espíritu? ¿Cómo, si carece del mandato legítimo, y por tanto de la gracia especial para ejercer bien su misión? (ibid., n. 17).
  15. Ibid., n. 14.
  16. Los Directores laicos y las Directoras, cuando reciben la Confidencia, imparten dirección espiritual personal en sentido estricto, aunque necesitan la colaboración de sus hermanos sacerdotes (de nuestro Padre, Carta 28-III-1955, n. 33). ¿Quién es, por tanto, el Buen Pastor en la Obra? El Director -la Directora, en la Sección femenina- y el sacerdote. No éste o aquél, sino el Director, cualquiera que sea; y del mismo modo, el sacerdote de la Obra, quienquiera que sea (ibid., n. 14).
  17. Ibid., n. 13.
  18. De nuestro Padre, cit. por don Álvaro en Cartas de familia (1), n. 112.
  19. «La Confidencia nació espontáneamente, sin esfuerzos, como nace el agua mansa de un tranquilo manantial, con la naturalidad con que mana una fuente, dice el Padre (...). Yo no tenía maestro -dice, hablando de esto y de tantas otras cosas- y fue el Espíritu Santo quien me enseñó. Los primeros tomaron voluntariamente -libérrimamente- la costumbre de contar al Padre todas sus cosas, de abrir la conciencia de par en par, fuera de la Confesión: y, cuando el Padre no estaba, o cuando comenzó a crecer la labor, acudían nuestros primeros hermanos al Director, con la misma apertura de espíritu, para hacer su Confidencia, que se ha mostrado tan eficaz, tan necesaria» (Instrucción, mayo 1935/14-IX-1950, nota 75).
  20. A solas con Dios, n. 287.
  21. Cf. Catecismo de la Obra, n. 206.
  22. Catecismo de la Obra, n. 213.
  23. Cf. Catecismo de la Obra, n. 212.
  24. Catecismo de la Obra, n. 210.
  25. Ibid.
  26. Cf. Mc 12,30.
  27. Cada uno deberá ahora preguntarse: ¿qué he hecho yo con mis sentidos hasta ahora? ¿Qué he hecho con mis potencias: con la memoria, con el entendimiento, con la voluntad? Sólo la meditación de esta frase nos llevaría horas. ¿Qué habremos de hacer con todo el ser nuestro, de aquí en adelante? Es natural que venga ahora a nuestra mente el pensamiento de tantas cosas que no iban, y que quizá todavía no van. Por eso te digo: hijo mío, ¿tienes deseos de rectificación, de purificación, de mortificación, de tratar más al Señor, de aumentar tu piedad, sin teatro ni cosas externas, con naturalidad? Porque todo eso es aumentar la eficacia de la Obra, en nuestra alma y en la de todos los hombres (En diálogo con el Señor, pp. 50-51).
  28. Conversaciones, n. 113.
  29. Ibid., n. 114.
  30. Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 36.
  31. Debéis ser muy claros, en la dirección espiritual, para exponer las circunstancias concretas del trabajo, de la familia, de las obligaciones sociales, porque, siendo en nosotros único el espíritu y únicos los medios ascéticos, se pueden y se deben hacer realidad en cada caso sin rigideces (de nuestro Padre, Carta 9-1-1959, n. 33).
  32. Cf. Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 36.
  33. En general, con respecto a esas actividades, es objeto de la charla lo que tiene que ver con su vivificación por el espíritu cristiano y el ejercicio de las virtudes al realizar esas tareas. En los apartados siguientes se tratará de este tema con más detenimiento; ahora, baste decir que las materias opinables pueden formar parte del contenido de la charla fraterna en la medida en que tengan que ver con la misma vida cristiana en el Opus Dei que es objeto de la dirección espiritual.
  34. Conversaciones, n. 90. En todo lo temporal, gozáis de una libertad absoluta: la misma de que disfrutan vuestros conciudadanos católicos. De manera que la preparación espiritual, que os da la Obra, sólo se manifiesta -en vuestras relaciones profesionales, sociales, económicas, políticas, etc.- por el empeño que ponéis para practicar, por encima de todo apasionamiento humano, el mandato supremo de la caridad; en la ponderación con que dais a conocer vuestros puntos de vista, estudiando los problemas, sin discusiones apasionadas; en el respeto a la completa libertad de opiniones que existe en todos esos campos de la actividad humana; y en la comprensión -en la transigencia- con que tratáis a las personas que defienden ideas contrarías, aunque seáis intransigentes con las ideas, cuando son opuestas a las enseñanzas del dogma o de la moral de la Iglesia (de nuestro Padre, Carta 6-V-1945, n. 34).
  35. Act 4,32.
  36. De nuestro Padre, apuntes tomados en una tertulia, 18-VI-1972, en Crónica VIII-1972.
  37. Catecismo de la Obra, n. 208. Por razones de sentido común y de sentido sobrenatural es claro que esa charla se tendrá sólo con el Director o la persona indicada por los Directores, porque únicamente ellos «cuentan con la gracia especial para atender y ayudar a los miembros de la Obra»; «además, si no se evitasen esas confidencias con otras personas, se podría dar lugar a grupos o amistades particulares, y se podría fomentar en algunos una curiosidad indebida sobre asuntos que no les incumben» (ibid., n. 212).
  38. Ibid.
  39. De modo semejante, se dice también que los fieles de la Obra "han de cumplir fielmente las Normas": no, ciertamente, porque haya una obligación bajo pecado (el incumplimiento de una Norma, como señaló muchas veces nuestro Padre, no constituye en sí mismo pecado), sino porque son medio seguro para crecer en santidad por el camino de la vocación a la Obra, y tenemos la conciencia cierta de que debemos cuidarlas con esmero para ser fieles a nuestro compromiso de amor.
  40. Ibid., n. 208.
  41. ¡Nadie puede sentirse solo en el Opus Dei! (...) Os lo repito: nadie tiene el derecho de sentirse solo (de nuestro Padre, apuntes tomados de una tertulia, 18-VI-1972, en Crónica VIII-1972).
  42. De nuestro Padre, Carta 29-IX-1957, n. 81.
  43. Catecismo de la Obra, n. 210.
  44. De nuestro Padre, Instrucción, 8-XII-1941, n. 20.
  45. Se puede designar de modos diversos, ya que no tiene una denominación propia y exclusiva de la Prelatura. No hay ningún inconveniente, por tanto, en utilizar expresiones equivalentes, sobre todo en el lenguaje hablado; se puede decir, por ejemplo: vamos a charlar, desde nuestra última conversación, la próxima vez que hablemos, etc.
  46. De nuestro Padre, Carta 9-1-1959, n. 33.
  47. Ibid.
  48. Pero se requiere nuestra cooperación personal, en la dirección espiritual personal y colectiva. Y debemos colaborar de modo extraordinario en esas luchas que sólo Dios y cada uno de nosotros conoce, echando fuera todo aquello que atrae más que el don de Dios, más que la santidad, más que el término eterno del camino que emprendimos un día al sentirnos llamados (de nuestro Padre, Carta 17-VI-1973, n. 11).
  49. Primero, porque la veracidad consiste en hablar y comportarse según el orden real de las cosas, y es de justicia hacia los otros respetar ese orden (cf. S.Th., II-II, q. 109, aa. 1-3): la veracidad establece una adecuación entre los signos (lo que se dice y lo que se hace) y las cosas; entre ambos se da una relación de cierta equidad entre ellos (signos y cosas), que, a su vez es el fundamento de un deber moral por el que el hombre -conforme a su honradez- debe a los otros la manifestación de la verdad (cf. ibid., a. 3). Y, también, por el especial compromiso que hemos adquirido con la vocación a la Obra (cf. Particularis,nn. 6 y 27).
  50. Así pues, la Confidencia sincera viene a ser la declaración (o exteriorización) de la búsqueda de esa identificación con Cristo, a la que debe tender -para llegar a ser veraz- la vida cristiana, según las palabras de Jesús: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie va al Padre sino por mí. Si me habéis conocido a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora le conocéis y le habéis visto (Jn 14,6-7); y también: para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad escucha mi voz (Jn 18,37).
  51. Sinceros también y sencillos con quienes en la Obra tienen la misión de dirigiros y de formaros, para que os puedan conducir y ayudar con cariño, con firmeza, con comprensión y con eficacia. Sinceros con delicadeza, pero salvajemente sinceros (De nuestro Padre, Carta 11-III-1940, n. 61).
  52. S.Th., II-II, q. 49, a. 3.
  53. Ibid.
  54. Gal 5,13.
  55. 1 Pe 2,16.
  56. Cuando pasen los años, habrá que estar prevenidos ante la tentación de pensar que hemos sido poco prudentes y que debíamos haber calculado mejor el futuro profesional, o habernos dedicado con más sentido común a la familia de origen, etc. Esos razonamientos son producto de la prudencia de la carne, de cálculos humanos, de falta de sentido sobrenatural: no nos hemos equivocado dejando todas las cosas como los Apóstoles, y siendo como Cristo obedientes hasta la muerte y muerte de Cruz (Flp 2,8). Porque Dios, hijos de mi alma, no se deja ganar en generosidad A solas con Dios, n. 313).
  57. El Opus Dei es una barca grande; se puede estar en cualquier lado de la barca, y sólo hay dos cosas importantes: estar dentro o estar fuera. El que está fuera de la barca ha perdido la vocación. El Opus Dei es un gran camino, ancho, muy ancho -con esto no quiero decir que sea fácil, porque arcta via est quae ducit ad vitam, porque a la vez es difícil y estrecho este sendero del Opus Dei, que conduce a la vida eterna (Matth. VII, 14)-; y por ese camino se puede ir como se quiera, por la derecha, por la izquierda, por el centro, andando, corriendo, derecho, dando vueltas. El que se salga del camino ha perdido la vocación (De nuestro Padre, Instrucción, 8-XII-1941, n. 74).
  58. Nuestro Padre nos invita a considerar el ejemplo de obediencia de la Santísima Virgen: En María no hay nada de aquella actitud de las vírgenes necias, que obedecen, pero alocadamente. Nuestra Señora oye con atención lo que Dios quiere, pondera lo que no entiende, pregunta lo que no sabe. Luego, se entrega toda al cumplimiento de la voluntad divina: he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lu 1,38). ¿Veis la maravilla? Santa María, maestra de toda nuestra conducta, nos enseña ahora que la obediencia a Dios no es servilismo, no sojuzga la conciencia: nos mueve íntimamente a que descubramos la libertad de los hijos de Dios (cf. Rom VIII, 21) (Es Cristo que pasa, n. 173).
  59. De ordinario, no debe recibirse cuando se está en cama: es preferible que, en esos casos, de acuerdo con el Director, el interesado hable con otra persona. Sin embargo, no se omite cuando está en cama quien la hace: le ayudará además a llevar la enfermedad con mayor sentido apostólico.