Experiencias de práctica pastoral/Otros aspectos de la colaboración del sacerdote en las labores de San Rafael y de San Gabriel

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OTROS ASPECTOS DE LA COLABORACIÓN DEL SACERDOTE EN LAS LABORES DE SAN RAFAEL Y DE SAN GABRIEL


Ocultarse y desaparecer

En el ejercicio de su misión, el sacerdote, como ya se ha señalado en otras ocasiones, debe huir de todo lo que sea personalismo o pueda parecerlo, y ha de estar absolutamente desprendido de las almas, evitando que en torno a él se formen camarillas y grupitos de personas. Esta ausencia de personalismo tiene otras manifestaciones concretas: por ejemplo, el sacerdote no realiza su trabajo aisladamente -apóstol de pata libre-, y no olvida nunca que no es el único instrumento de la gracia, y que debe llevar a cabo su tarea en en estrecha unión con los Directores y los demás miembros de la Obra: «Vuelvo a afirmar una vez más que toda esta tarea es una labor conjunta del laico y del sacerdote: es Opus Dei»[1].

El ocultarse y desaparecer que es propio de la conducta del sacerdote, tiene algunas consecuencias prácticas: no mostrarse demasiado frecuentemente por los sitios más visibles del Centro -sala de estar, de estudio-; por supuesto, no dar nunca la impresión de presidir las reuniones, y colocarse, cuando convenga su asistencia[2], en lugares discretos; no mandar nunca cosas directamente a la gente; en general, no figurar excesiva-

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mente -por hablar y opinar de todo-, ni llamar la atención con un comportamiento poco sacerdotal.

Pero esto no quiere decir que se inhiba o que no intervenga para ayudar en las cuestiones que el Consejo local tiene que resolver; al contrario, estará atento para que nunca y por ninguna razón dejen de emplearse los medios tradicionales de la labor -clases de formación, meditaciones, retiros, cursos de retiro, apostolados auxiliares (catequesis y visitas a los pobres de la Virgen), etc.-, persuadido de que, cualquiera que sea el pretexto, nunca hay motivo para descuidar ni uno solo de esos medios que nos ha transmitido nuestro Padre, y de que Dios no bendeciría una labor en la que dejasen de emplearse.

A veces, el sacerdote puede escuchar elogios, como consecuencia de los efectos de la gracia que actúa a través de él. Para estos casos, nuestro Padre escribió: «Una prevención contra cierto peligro de soberbia. Es natural: los chicos -sin formar, en formación- os dirán con sinceridad y en vuestra misma cara, frases que os sonrojarán, al ver cómo ellos os tienen por hombres santos o poco menos. Pasadlas por alto. No os preocupen. Sois lo que sois delante de Dios, y nada más. No andéis con falsas humildades: quedad agradecidos al Señor, que cubre vuestras miserias. Lo hace porque sois sus instrumentos. Y, si no os creyeran buenos, ¿quién os seguiría?»[3].

Tampoco hay que buscar agradecimiento por el trabajo que se hace, ni el posible afecto humano; lo que importa es querer de verdad a las almas para llevarlas a Dios. «Muchas veces os sucederá que, al ponerse en contacto con el espíritu de la Obra, sufren los muchachos un deslumbramiento, que les lleva a manifestar su agradecimiento y su gozo interior, con lágrimas en los ojos, con palabras y con hechos de adhesión al for-mador. Rectificad ese agradecimiento: que vean cómo todo lo deben al Amor Misericordioso de nuestro Padre-Dios, y sólo a El agradezcan su llamada a la Obra»[4].

Espíritu de iniciativa

El sacerdote ha de sugerir continuamente iniciativas para tratar más gente: clases de Doctrina Católica, charlas, ciclos de conferencias, etc., de modo que sean muchos los que acudan al calor de nuestros apostolados.

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También le corresponde encender a los de Casa en su afán apostólico, siendo un punto firme de apoyo para todos. Ha de estimular constantemente a sus hermanos y a todas las personas que participan en los medios de formación de la Obra, para que le lleven más gente a la dirección espiritual. Además, en alguna ocasión -por ejemplo, al empezar la labor en una ciudad-, él mismo puede y debe buscar -sin esperar con los brazos cruzados- algunos muchachos y personas de más edad, con motivo de clases, charlas, confesando en iglesias, etc.

Un aspecto de la labor apostólica que el sacerdote debe cuidar de modo especial, es la vida de piedad en los Centros, poniendo los medios para que se realicen con esmero las celebraciones litúrgicas, ayudando a vivir la delicadeza y urbanidad en el oratorio, fomentando el ambiente de recogimiento y oración en los retiros y meditaciones, etc.

En general, el sacerdote ha de seguir con atención la marcha de la labor, conociendo el desarrollo de los medios de formación y las actividades del Centro[5]. Como en todo lo demás, siempre actuará como instrumento de unidad, quitando todo lo que pueda suponer división en la labor de formación: secundando las indicaciones recibidas de los Directores; viviendo personalmente y fomentando la unidad entre los miembros del Consejo local.

En los cambios de impresiones con los Directores, a la hora de tratar del apostolado o de plantear una posible vocación, conviene que sean los Directores quienes expongan su parecer, reservándose prudentemente el sacerdote -aunque también debe dar su opinión-, si no ve dificultades especiales[6].

Nuestro Padre nos ha enseñado también que «el proselitismo es un trabajo conjunto de mis hijos sacerdotes y seglares, que han de realizar del modo que os he indicado desde el principio. No olvidéis que ha de ser preocupación constante de todos lograr que las almas que el Señor acerca a nuestros apostolados -con el trato, con la amistad, con la formación que les damos- sean mejores: para todas esas almas especialmente, hemos de desear una intensa vida cristiana»[7]. Por eso, la opinión del sacerdote siempre debe ser tenida en cuenta a la hora de hablar de voca-

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ción a alguien. Como norma de prudencia, de ordinario no será el sacerdote quien plantee el problema vocacional, aunque, con sentido sobrenatural, juega un papel decisivo para animar a los muchachos a que sean generosos.

Sobre estas conversaciones de temas vocacionales, es necesario:

  • conocer bien las disposiciones de cada alma, y no proceder por reglas generales[8];
  • ayudarles a dar el paso, a decidirse, pero sin brusquedades: deben tener perfectamente clara su libertad para consultar con quien quieran, aunque malamente podría aconsejarles quien no tuviera el espíritu de la Obra;
  • ser prudentes al explicar las obligaciones que comporta la vocación, para que no se asusten, pero sin quedarse cortos deformando la realidad y poniéndoles en peligro de asustarse después;
  • evitar todo lo que pudiera dar una falsa impresión de misterio o secreteo;
  • saber ilusionarles, mostrándoles la maravilla de la entrega;
  • prevenirles ante tentaciones que pueden presentarse: no vienen al Tabor sino al Calvario, deben saber que se entregan a una vida de sacrificio; es posible que surjan -aunque no necesariamente- tentaciones contra la perseverancia; sentirán los tirones de la concupiscencia; se notarán a veces indecisos ante su entrega, y otras veces les retraerá la cobardía, pero no deben desconfiar de que les falten fuerzas, puesto que se apoyan en el Señor.

Nuestro Padre llama a los Cooperadores amigos nuestros, porque la labor que se hace con ellos está basada en la amistad sincera y en el trato personal: «Amigos nuestros: es imprescindible que lo sean de verdad, y esto depende de nosotros, que debemos saber decirles, con los hechos, lo que el Señor dijo a sus discípulos: vos autem dixi amicos! (loann. XV, 15)»[9]. Hemos de procurar que las personas que tienen contacto con nosotros, colaboren de algún modo en nuestros apostolados, y puedan ser nombrados Cooperadores, dándoles así la posibilidad de reci-

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bir los bienes espirituales y los medios de formación que les ofrece la Obra.

Los que trabajan en la labor de San Gabriel han de tener presente que, si saben formar bien a los Cooperadores[10], promoverán muchas vocaciones de Supernumerarios y contarán con una ayuda eficacísima para las labores apostólicas Es importante estimular las virtudes humanas y el sentido de responsabilidad de todos los Cooperadores, dándoles encargos apropiados, de modo que se interesen por los apostolados de la Obra y aumenten su generosidad: «Pero vosotros, hijas e hijos míos Supernumerarios, que sois los que más directamente tenéis la misión de trabajar con las Cooperadoras y con los Cooperadores, no debéis olvidar, para que esta actividad dé todo su rendimiento, aquel conocido consejo: ciertamente vosotros tenéis que hacer, pero debéis dejar hacer, hacer hacer y dar quehacer a los Cooperadores, con el fin de que sientan la alegría de ser útiles, de tener una responsabilidad en la gran batalla por el bien, por la recristianización de este mundo que se paganiza»[11]

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Referencias

  1. De nuestro Padre, Carta, 8-VIII-56, n. 39.
  2. En la labor de San Rafael con varones, para facilitar que los chicos acudan a la dirección espiritual, los sacerdotes pueden participar, cuando parezca oportuno, en algunas actividades culturales, etc., del Centro, y aprovechar estas oportunidades para tratar a los muchachos con toda naturalidad y entablar amistad.
  3. de nuestro Padre, Ibid., nn. 43-44.
  4. De nuestro Padre, Instrucción, 9-1-1935, n. 40.
  5. Por ejemplo, sería prueba de despreocupación acudir a las reuniones del Consejo local pasivamente, sin aportar ¡deas o medios para impulsar el apostolado.
  6. En la labor de San Rafael de los Centros de mujeres, el sacerdote colaborará con el Consejo local -sin intervenir, por supuesto, en las reuniones-, pero haciendo, del modo indicado, las sugerencias que estime oportunas.
  7. de nuestro Padre, Carta, 8-VIII-1956, n. 29.
  8. En la labor con personas de modesta condición económica -si provienen de ambientes difíciles-, conviene enterarse, antes de que pidan la Admisión, si tienen algún problema de restitución, por ejemplo, o de otro tipo que deba resolverse.
  9. De nuestro Padre, Instrucción, mayo-1935, nota 257.
  10. Los sacerdotes han de tener muy presente cuanto se indicó sobre la vida matrimonial, e insistir a todas estas personas en el cumplimiento de sus deberes de estado: relaciones y delicadeza con su mujer, educación de los hijos, etc.
  11. De nuestro Padre, Instrucción, mayo-1935, n. 154.