Experiencias de práctica pastoral/La misión del sacerdote en la Obra

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LA MISIÓN DEL SACERDOTE EN LA OBRA


El sacerdote, ministro de Dios

Todos los miembros del Pueblo de Dios tienen una radical igualdad, porque todos son christifideles: han recibido el mismo Bautismo y están llamados igualmente a la santidad. Por eso «aunque en la Iglesia no todos marchan por el mismo camino (...) se da una verdadera igualdad entre todos en lo referente a la dignidad y a la acción, común a todos los fieles, para la edificación del Cuerpo de Cristo»[1].

Pero el destino a diversas misiones eclesiales, por una vocación personal recibida de Dios, da origen a una desigualdad funcional, que es ontológica en el caso del sacerdocio ministerial. Así, el sacerdote ejerce públicamente el oficio sacerdotal en nombre de Cristo, según una mediación ascendente -«en las cosas que se refieren a Dios, para que ofrezca dones y sacrificios por los pecados»[2]-, y descendente -«constituido en favor de los hombres»[3]-, participando de modo peculiar de la autoridad con que Cristo mismo edifica, santifica y gobierna su Cuerpo: munus

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docendi, munus sanctificandi et munus regendi. Este sacramento da origen a un nuevo estado.

El ministerio sacerdotal tiende inseparablemente a la gloria de Dios y al bien de las almas: «Los presbíteros, ya se entreguen a la oración y a la adoración, ya prediquen la palabra, ya ofrezcan el sacrificio eucarístico, ya administren los demás sacramentos, ya se dediquen a otros ministerios para el bien de los hombres, contribuyen a un tiempo al incremento de la gloria de Dios y al progreso de los hombres en la vida divina»[4].

Por el sacramento del Orden, el presbítero queda constituido por derecho divino como cooperador del orden episcopal: «Los presbíteros (...) están unidos a ellos (los Obispos) por el honor del sacerdocio y, en virtud del sacramento del Orden, han sido consagrados como verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento, según la imagen de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote»[5].

Esta cooperación con el Orden episcopal es para el servicio de la Iglesia entera: «Todos los sacerdotes (...) están adscritos al Cuerpo Episcopal, en razón del Orden y del ministerio, y sirven al bien de toda la Iglesia según la vocación y la gracia de cada uno»[6].

Como ministro de la Iglesia, el sacerdote predica la Palabra de Dios y administra los sacramentos, especialmente la Eucaristía y la Penitencia; mediante el rezo del Oficio Divino, glorifica a Dios y pide por el mundo entero, en nombre de la Iglesia; y educa a sus hermanos en la fe, para que secunden la acción del Espíritu Santo en sus almas.

Existen diversos errores doctrinales sobre la naturaleza y la misión del sacerdocio ministerial, que tienen como característica común una pér-

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dida de fe en su carácter sagrado, vaciándolo de su sentido cristiano. Así, se ha observado un intento de desacralizar la figura del sacerdote, con una reducción que lo equipara al sacerdocio común de los fieles, atribuyéndole un sentido exclusivamente social, y una misión que se ejercería en nombre de la comunidad, y como delegado de ella. Según estas teorías -en las que se aprecia un origen luterano-, entre sacerdocio ministerial y sacerdocio común sólo existiría una diferencia funcional[7]. En esta línea es fácil llegar a postular el sacerdocio ad tempus, puesto que se considera como un mero encargo eclesial.

Otra línea de error -que también surge de un influjo de carácter protestante- es una consideración del ministerio sacerdotal, en la que se elude la administración de los sacramentos -causas de la gracia ex opere operato-, para exaltar la predicación de la Palabra. Así, se habla más de la Misa como asamblea o reunión que como sacrificio; se abandona, con lo que supone de detrimento para las almas, la administración del sacramento de la Penitencia, o se abusa de las absoluciones colectivas.

Otras desviaciones son más bien de carácter práctico, como por ejemplo la búsqueda de novedades en un ansia de estar al día, que no se funda en la fidelidad al Magisterio; el menosprecio de la obediencia a la autoridad eclesiástica, que puede dar normas preventivas y coactivas; un desmedido afán de imitar lo laical, buscando una presencia en el consorcio civil por vías extrañas a la misión del sacerdote -trabajo temporal, sindicatos...-, con la excusa de estar más cerca de los hombres; el desprecio e incluso el rechazo del celibato, afirmando que es un obstáculo para la «maduración humana» y la «integración afectiva» del sacerdote.

Ante tales errores, conviene tener presente que, por el sacramento del Orden, el sacerdote ha sido configurado a Cristo Sacerdote y Cabeza de la Iglesia, para actuar como ministro suyo, y el sacramento ha dejado impreso en su alma un nuevo sello imborrable, el carácter sacerdotal: la diferencia con el sacerdocio común -que presupone- es, pues, esencial. Por esa participación nueva en el sacerdocio de Cristo, se confiere al sacerdote una misión de carácter exclusivamente sobrenatural, como mediador entre Dios y los hombres, que hace que su ministerio principal sea la celebración del Santo Sacrificio del Altar, la administración de los demás sacramentos y la predicación de la Palabra de Dios.

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Además, la consagración y misión del sacerdote exigen que se comporte santamente y aparezca en todo como hombre de Dios, disponible para servir a todos sus hermanos, sin discriminaciones por ideologías o partidos, de los que se mantendrá al margen.

Sobre la misión del sacerdote en la Obra

La misión del sacerdote en el Opus Dei responde, como es lógico, a las características indicadas sobre la misión del presbítero en la Iglesia. A estas características generales se añaden otras específicas, derivadas del espíritu y de los fines de la Prelatura. A continuación se indican esquemáticamente algunos puntos centrales que caracterizan la función del sacerdote en la Obra[8].

Nuestro Fundador ha afirmado constantemente que «los miembros del Opus Dei que son llamados al sacerdocio siguen formando con los seglares, dentro de la Obra, una sola clase»[9]. Esto es así porque todos los fieles de la Prelatura -sacerdotes y seglares- participan del mismo espíritu y reciben la misma formación; todos tienen alma verdaderamente sacerdotal y mentalidad plenamente laical, y también deben santificarse a través del trabajo ordinario, que para los sacerdotes consiste en el ejercicio de su ministerio.

Esta igualdad de la que tratamos, es una manifestación más de la unidad que se da en la Obra, compuesta de sacerdotes y laicos, hombres y mujeres, célibes y casados, etc., con unidad de fin, de formación espiritual y de régimen[10], que no tiene precedentes en la historia de la Iglesia[11].

El presbiterio de la Prelatura, bajo el régimen del Prelado, vivifica e informa con su ministerio sacerdotal todo el Opus Dei. El sacerdocio ministerial de los sacerdotes y el sacerdocio común de los laicos están ínti-

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mamente unidos y se exigen y complementan mutuamente, para alcanzar, en unidad de vocación y de régimen, el fin de la Prelatura.

En la Prelatura del Opus Dei, como estructura jerárquica de la Iglesia, el sacerdocio ministerial es esencial. De ahí que el Prelado y sus Vicarios sean sacerdotes y que sin sacerdotes no se pueda realizar con plenitud el trabajo apostólico propio de nuestro espíritu: sin sacerdotes, quedaría incompleto el apostolado de los laicos, porque «en el apostolado, al conducir a las almas por los caminos de la vida cristiana, se llega al muro sacramental. La función santificadora del laico tiene necesidad de la función santificadora del sacerdote, que administra el sacramento de la Penitencia, celebra la Eucaristía y proclama la Palabra de Dios en nombre de la Iglesia. Y como el apostolado del Opus Dei presupone una espiritualidad específica, es necesario que el sacerdote dé también un testimonio vivo de ese espíritu peculiar»[12].

También se requieren los sacerdotes para colaborar con los Directores en la tarea de atender espiritual y doctrinalmente a los miembros de la Obra y como vínculo de unión entre todos los fieles del Opus Dei, reafirmando la identidad de espíritu. El clero de la Prelatura atiende «espiritualmente a los laicos con el fin de ayudarles a vivir los serios y cualificados compromisos espirituales, apostólicos y formativos que han asumido al incorporarse a la Prelatura»[13].

Los Numerarios y Agregados que llegan al sacerdocio, se ordenan especialmente para servir a sus hermanos con las tareas específicas del sacerdocio ministerial, para trabajar en los apostolados de la Obra y para fomentar la plenitud de la vida cristiana entre personas que viven en el mundo. Esta y no otra es la razón de su ordenación sacerdotal, que les lleva a excederse gustosamente en ese servicio, y a recortar cualquier otra

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actividad que vaya en perjuicio de su primer deber[14]. Tienen la misma vocación que los demás fieles de la Prelatura, pero a la vez son conscientes de que han recibido una elección y un poder divinos para ponerlos al servicio de todos los hombres y, en primer lugar, de sus hermanos. Así, nos enseñaba nuestro Fundador: «En el Opus Dei todos somos iguales. Sólo hay una diferencia práctica: los sacerdotes tienen más obligación que los demás de poner su corazón en el suelo como una alfombra, para que sus hermanos pisen blando. Los sacerdotes han de ser (...) servidores especiales -siempre con sosiego y alegría- de los hijos de Dios en su Obra, de tal modo que, como Pablo, puedan decir con sus obras a sus hermanos: ego ... vinctus Christi Iesu pro vobis (Ephes. III, 1); estoy como en cadenas, preso por el amor de Jesucristo... y por el cariño que os tengo»[15].

Precisamente a través de esta misión específica es como sirven a la Iglesia y a todas las almas: «Con este servicio preferente a sus hermanos -que han de cargarles con abundancia de labor- y amando el carácter laical de nuestras actividades apostólicas, servirán a la Iglesia como ella nos pide que la sirvamos, de acuerdo con la vocación específica que hemos recibido»[16]. «Por la naturaleza misma de nuestro trabajo, los sacerdotes Numerarios siempre serán muy pocos en relación al número de los socios. Más aún: nunca tendremos los sacerdotes que serían necesarios; sin embargo, mis hijos sacerdotes deben gastar todas sus energías, de modo que -no obstante la gran amplitud e intensidad de la labor- atiendan todo lo que se les confíe; y han de urgir incluso a sus hermanos laicos a que les lleven todavía más almas, sin concederse un momento de descanso: porque el amor de Jesucristo nos apremia, caritas enim Christi urget nos! (II Cor. V, 14)»[17].

Por tanto, la misión específica de los sacerdotes de la Obra puede resumirse del siguiente modo:

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  • en primer lugar prestan -como repetidamente se ha indicado- la atención sacerdotal a los fieles de la Prelatura, poniendo el mayor empeño, espíritu de sacrificio e interés en la atención pastoral de todas las labores;
  • después, la colaboración en el apostolado de sus hermanos, atendiendo a todas las almas que les lleven: «los sacerdotes han de colaborar en el trabajo apostólico de sus hermanos laicos, que sin su ayuda quedaría incompleto, quedaría manco»[18];
  • en tercer lugar, atender otras posibles actividades: «Y solamente cuando hayan cubierto este campo de labor -otra cosa no sería grata a Dios- podrán nuestros sacerdotes dirigir su celo hacia otras almas»[19].

Nuestro Padre aseguraba que «si (los sacerdotes) viven fielmente esta dedicación abnegada a su ministerio sacerdotal, verán aumentar su eficacia apostólica -aparentemente reprimida- y serán apoyo y savia de la labor de sus hermanos seglares, en quienes fomentarán un sano anticlericalismo: los laicos del Opus Dei no se forman para sacristanes, sino que -dentro de la máxima fidelidad a la Santa Iglesia y al Papa- proceden por su cuenta, con libertad y responsabilidad personal»[20].

El sacerdote tiene como misión fomentar la vida espiritual de sus hermanos: ser despertador de los deseos de santidad de los demás, sabiéndose responsable de las almas del Centro, del crecimiento del apostolado y de los frutos -vocaciones- que el Señor espera. Por eso, procura -con oración y mortificación, con su ejemplo y sus consejos- dar vibración a la vida espiritual de todos, sin olvidar que en esta labor de dirección espiritual, colabora con los Directores que ejercen una verdadera dirección espiritual personal.

Los sacerdotes han de saber exigir a sus hermanos, de acuerdo con los Directores, para que se identifiquen con Cristo y adquieran una verdadera vida interior, unida a una acción apostólica firme y a un trabajo esforzado y responsable, que aleje todo peligro de tibieza. Tienen que sentir la responsabilidad específica de que se viva íntegro el espíritu de la Obra: orientación y vigilancia sobre la piedad y la rectitud doctrinal de todos; atención para que se viva la virtud de la pobreza tal como se ha

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practicado en Casa desde el comienzo; preocupación de que se ejerza siempre la corrección fraterna, como unum e cardinibus Operis Dei.

Para cumplir esta misión, el sacerdote cuenta con medios específicos, pero siempre el primero y el más eficaz es su santidad personal, su caridad -comprensión y fortaleza-, su oración, su espíritu de servicio. Así, ayudará a que estén todos encendidos en su vida de piedad, y podrá exigir con fortaleza a cada uno, como se trabaja el hierro en la forja, después de ponerlo al rojo.

Los sacerdotes son instrumentos de unidad

El sacerdote en Casa es instrumento de unidad y de cohesión entre los fieles -mujeres y hombres- de la Prelatura, entre sus hermanos y los Directores, y entre todos sus hermanos[21]. Esta misión se apoya en las características de su posición y de su trabajo sacerdotal. Son instrumentos de unidad con su vida, su ejemplo y su trabajo sacerdotal: «Así seréis siempre instrumentos de unidad y de cohesión: con vuestro sentido sobrenatural de la vida, con vuestra oración, con el ejemplo constante de vuestro encendido trabajo sacerdotal, con vuestra caridad amable, con vuestra mortificación, con vuestra devoción a la Santísima Virgen, con vuestra alegría y vuestra paz»[22].

Esta exigencia de la misión de los sacerdotes tiene también muchas manifestaciones concretas en su conducta personal; por ejemplo, el Director de su Centro ha de conocer su horario de trabajo, dónde se encuentra en cada momento y a qué labor se dedica; en la vida en familia, el sacerdote se comporta como uno más, participando de todas las preocupaciones y trabajos de la casa; asiste a los mismos medios de formación, etc.

La labor pastoral del sacerdote es también -y quizá especialmente-un apostolado personal dirigido. Sigue puntualmente las indicaciones recibidas para los distintos encargos de apostolado, busca la unión con quien hace cabeza, tiene en mucho la opinión del Consejo local, rechazando -si alguna vez se presentase- la tentación de «campar por sus respetos». Ha de evitar siempre aun el asomo de labor personal; y considerar si, efectivamente, existe esa dirección en todos los aspectos de su actividad. Concretamente:

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  • en el trabajo en los apostolados con mujeres, consultan a los Vicarios del Padre cuando sea conveniente y según la manera concreta determinada por el Consiliario para hacer efectiva esa dirección;
  • en el trabajo con los varones y en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, con el Consejo local correspondiente;
  • hablan en la charla fraterna de su labor apostólica.

Son también instrumentos de unidad porque su trabajo y su vida están en función de las necesidades y de la atención de sus hermanos. «Es preciso que seamos como el cañamazo, que no se ve, para que los demás brillen con el bordado del oro y de las sedas finas de sus virtudes, sabiendo ponernos en un rincón, a fin de que vuestros hermanos luzcan con su trabajo profesional santificado, en su estado y en el mundo, de modo que podáis decir: pro eis ego sanctifico meipsum, ut sint et ipsi sanctificati in veritate (loann. XVII, 19); por amor de ellos me santifico a mí mismo, para que sean ellos santificados en la verdad»[23].

Los sacerdotes evitan todo tipo de clericalismo y no interfieren en la labor propia de los seglares: «Para promover la unidad -que es garantía de eficacia- lo primero que hemos de exigir es que haya orden. Cada uno en su sitio, sin intromisiones, y cada uno responsable de sus propias actuaciones: los sacerdotes ocuparán su puesto, si se dedican a su ministerio, sin interferir para nada en el campo que es propio de los seglares, porque deben respetar la libertad de que gozamos todos los hijos de Dios en su Obra»[24]. Su misión es de carácter estrictamente espiritual: «Ahora habréis de ser sacerdotes, totalmente sacerdotes, y dedicaros con todas vuestras fuerzas a vuestro ministerio (...). Lo vuestro en lo sucesivo, con el mismo espíritu, es exclusivamente ser ministros de Dios: no me lo olvidéis nunca»[25]. Por tanto, se abstienen de interferir en cuestiones de orden temporal y defienden la libertad de todos sus hermanos, teniendo siempre los brazos abiertos para todos[26].

Fomentar la unidad entre los apostolados de los varones y de las mujeres

El sacerdote es instrumento de unidad porque se ordena para servir a sus hermanas y a sus hermanos con el mismo espíritu, con el mismo

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afán, con la misma dedicación. Para esto -y cumpliendo siempre fielmente la tarea concreta que se le haya encomendado- tendrá presente que las necesidades de los apostolados que realizan las mujeres son mayores que las de los varones, ya que además de realizar todas las labores apostólicas paralelas, han de atender las Administraciones de los Centros de la Obra. Esto exige más dedicación de tiempo y, si cabe, más empeño y afán en el ministerio sacerdotal -dentro siempre de las indicaciones recibidas-, anteponiendo el servicio a nuestras hermanas a toda otra labor.

Al mismo tiempo armoniza esta colaboración eficacísima con el máximo respeto por la autonomía de régimen de los diversos apostolados, sin intromisión alguna[27].

También se preocupará de que los varones vivan toda la delicadeza propia de nuestro espíritu en lo referente al trabajo de las mujeres de la Prelatura: relaciones con la Administración, detalles materiales, etc., ayudando con la corrección fraterna cuando sea oportuno, y sin hacer nunca de intermediario: concretamente las relaciones con la Administración competen al Director según las Regulae internae.

El sacerdote, para ser instrumento de unidad, ha de cuidar delicadísimamente la separación entre los apostolados de los varones y de las mujeres de la Obra, también en el ejercicio de su ministerio sacerdotal; por eso evita siempre -también en la predicación- hacer referencia, comentar anécdotas o trasmitir datos de la labor apostólica de la otra Sección. En los Centros de mujeres tampoco tiene por qué contar detalles del trabajo de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Instrumentos de unidad entre sus hermanos y los Directores

El sacerdote, con su vida y su ejemplo y con su trabajo ministerial, fomenta la unidad de todos con sus Directores. No manda -ni puede dar impresión de que manda-, sino que está para obedecer y servir, enseñando a los demás a obedecer y servir igualmente. No puede olvidar que él colabora en la dirección espiritual de sus hermanos y en las actividades apostólicas, uniendo las almas a la Obra, a través de los Directores.

Esto se manifiesta de muchas maneras: por ejemplo, vive delicadamente la obediencia, siendo ejemplo patente ante sus hermanos; hace su charla personal -con plena sinceridad y docilidad- con el Numerario, de

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ordinario laico, que se designe[28]; ayuda con la corrección fraterna a los Directores, con delicadeza y fortaleza a la vez.

En su labor de dirección espiritual con sus hermanos, debe tener una preocupación especialísima por vivir la unidad con el Director:

  • confirmando siempre las indicaciones y consejos dados por el Consejo local: «Confirmad ordinariamente en todos las directrices que reciban en la Confidencia: sólo con una armonía completa entre las indicaciones dadas por el Director o por la Directora, y por el sacerdote, vuestros hermanos -mis hijas y mis hijos- recibirán la dirección espiritual personal conveniente»[29];
  • evitando que se le apeguen las almas: «El sacerdote debe tener especial cuidado de no hacer capillitas, de no hacer grupitos, de no tolerar que se le apeguen las almas. Y es preciso que él mismo esté despegado»[30];
  • en la labor de dirección espiritual, no puede dar ni siquiera la impresión de que es director de sus hermanos: en la Obra sólo gobierna quien ha recibido del Padre ese encargo;
  • como una manifestación más del compromiso de no desear cargos y cortar cualquier apegamiento en su ministerio, con sus hermanos y con todas las almas han de evitar el personalismo, uniéndolos a la Obra, facilitando los posibles cambios de personas y la continuidad de la labor apostólica.

En la predicación deben cuidar también de confirmar las directrices de los Directores, tratar los temas en los que el Consejo local más insiste, etc. Nunca puede haber una labor autónoma y, menos, anárquica.

Para vivir bien estos aspectos de la unidad, el sacerdote consulta frecuentemente con el Director los temas en que conviene insistir en la direc-

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ción espiritual personal y en la predicación. Al mismo tiempo, con la delicadeza y prudencia debidas, indicará a los Directores lo que le parezca conveniente para que lo tengan en cuenta en su labor de dirección.

Finalmente, debe ayudar a los demás a vivir la sinceridad en la charla con el Director; y, como norma general, evitar incluso la impresión de que da consejos «distintos» a los ya recibidos en la confidencia; en todo caso, sugerirá temas para que se consideren en la oración y se traten en la charla.

Instrumentos de unidad entre todos sus hermanos

Es consecuencia clara de su dedicación al servicio de todas las almas y principalmente de sus hermanos. Presupone, pues, que los sacerdotes estén en su sitio, respetando la libertad de los demás, dedicados exclusivamente a su ministerio espiritual, viviendo una fina caridad con todos. Así enseñarán, primero con el ejemplo, cómo han de quererse unos a otros; les inculcarán la necesidad de ayudarnos a ser mejores, con el ejemplo y la palabra, viviendo la comprensión y la fortaleza sobrenatural.

Pueden señalarse algunos detalles sobre el modo de vivir esta cari dad y esta unidad con sus hermanos:

  • en la vida en familia, tertulias, etc., se abstienen de intervenir en cuestiones polémicas, especialmente en las de tipo político, como antes se indicó;
  • evitan discusiones, apasionamientos, tomas de posición bruscas, aun en temas sin trascendencia, por la misma razón ya señalada[31];
  • deben ejercer fielmente la corrección fraterna, con fortaleza, delicadeza y sentido sobrenatural, al tiempo que se examinan personalmente para ver cómo viven los puntos sobre los que pretenden corregir, evitando que se pueda meter un motivo humano, menos sobrenatural;
  • igualmente, aceptan con agradecimiento las correcciones que les hagan sus hermanos, facilitando -por el modo de recibirlas- a los demás el hacérselas, sobre todo si se trata de personas que llevan menos tiempo en Casa.

Todos los sacerdotes se sienten uno más entre sus hermanos, y no toleran que ninguno les sirva, hasta el punto que procuran de verdad ser

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los últimos: «Pedid al Señor Dios Nuestro, hijos míos sacerdotes, que os enseñe a tratar a vuestros hermanos de tal modo que seáis vosotros los últimos, y ellos los primeros; que seáis vosotros la luz que se consume, la sal que se gasta; que gustosamente os fastidiéis vosotros, para que los demás sean felices: éste es el gran secreto de nuestra vida y la eficacia de nuestro apostolado»[32]. En pocas palabras, se trata de poner la vida -de verdad, con obras, a través del ministerio sacerdotal y sin sentirse víctimas- al servicio de sus hermanos.

Función del sacerdote en el consejo local

«Tened bien presente que esa dirección espiritual -en la parte que os corresponde- es cosa bien diferente de la misión de gobierno, que se confía exclusivamente a los Directores: en la Obra jamás se ha dado una confusión entre el fuero interno, propio de la dirección espiritual, y el fuero externo, que corresponde a los Directores»[33].

Cuando el sacerdote forme parte de un Consejo local realiza ese encargo con idéntica plena responsabilidad y dedicación que los demás miembros de ese Consejo local, aunque él tiene voz pero no voto. Su misión consiste en:

  • atender con solicitud la vida interior de los demás miembros del Consejo local, ayudándoles a que luchen seriamente por alcanzar la santidad;
  • dar sus opiniones cuando sea necesario, con delicadeza, sin imponerse jamás (por el tono, edad, etc.);
  • hablar con exquisita prudencia cuando se trate de temas de vida interior: de ordinario, en las reuniones se limita a escuchar. Si lo considera oportuno, puede y debe dar un consejo circunscrito a lo que se le acaba de comunicar o preguntar: pero él nunca informa de nada, y esto, aunque no confiese habitualmente a las personas del Centro;
  • fomentar la unidad entre los miembros del Consejo local, con cariño, y ayudando a que se viva la corrección fraterna, sin discutir –y muchas veces sin dar siquiera su opinión- sobre temas de menor importancia, etc.;

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  • si, en alguna ocasión, considera en conciencia que una decisión puede producir daño a las almas, actuará con fortaleza, haciendo ver esta posibilidad, sin imponerse; en último caso, puede hablar o escribir confiadamente a los Directores Regionales.


Referencias

  1. Conc. Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 32; cfr. Juan Pablo II, Ex. Ap. Christifideles laici, 30-XII-1988, cap. I. La igualdad radical de los fieles significa que todos tienen una misma condición teológica fundamental, al participar de la misma vocación, de la misma fe, del mismo Espíritu; pero a la vez existe una clara distinción de funciones (cfr. A. Del Portillo, Fieles y laicos en la Iglesia, 2- ed. revisada, Eunsa, Pamplona 1981, pp. 33-51).
  2. Hebr. 5, 1.
  3. Ibid.
  4. Conc. Vaticano II, Decr. Presbyterorum Ordinis, n. 2.
  5. Conc. Vaticano II, Const. Dog. Lumen gentium, n. 28; cfr. Hebr. 5, 1-10; 7, 24; 9, 11-28.
  6. Conc. Vaticano II, Const. Dog. Lumen gentium, n. 28; cfr. Decr. Christus Dominus, n. 28. La situación genérica de cooperador del orden episcopal necesita determinarse. Esta determinación en el Derecho Canónico se realiza a través de la incardinación, que supone la adscripción a una estructura pastoral para el servicio de los fieles; y de la misión canónica que se confiere al presbítero en orden a su ministerio específico. Para los sacerdotes que forman el presbiterio de la Prelatura, esto es, los sacerdotes Numerarios y los sacerdotes Agregados del Opus Dei, tal determinación se realiza por la incardinación en la Prelatura, y por la misión canónica que confiere el Prelado, por sí mismo o por sus Vicarios para las diversas circunscripciones.
  7. Cfr. Congregación para la doctrina de la Fe, Carta Sacerdotium ministeriale, 6-VIII-1983 (AAS 75 (1983) 1001-1009).
  8. Naturalmente, todas estas ¡deas se repetirán, con mayor desarrollo, en las correspondientes lecciones.
  9. De nuestro Padre, Carta, 2-11-45, n. 20.
  10. Cfr. Juan Pablo II, Const. Ap. Ut sit, 28-XI-82.
  11. Explica nuestro Padre: «Todos somos una sola clase. Es la primera vez en la historia de la Iglesia que ocurre esto (...) El Opus Dei, en la Iglesia de Dios, ha presentado y ha resuelto muchos problemas jurídicos y teológicos -lo digo con humildad, porque la humildad es la verdad-, que parecen sencillos cuando están solucionados: entre ellos, éste de que no haya más que una sola clase, aunque esté formada por clérigos y laicos. En otras instituciones, los clérigos forman la aristocracia. En Casa somos todos lo mismo» (Carta, 8-VIII-56, n. 5).
  12. De nuestro Padre, Conversaciones, n. 69. En otra ocasión, señalaba nuestro Padre que los sacerdotes son necesarios también «por la variedad inmensa de nuestras obras de apostolado, para atender a nuestros Cooperadores, que son tantos y tan eficaces; para trabajar con los sacerdotes diocesanos, a los que amamos con todo el corazón; para ayudar a los miembros laicos de una y otra Sección, en sus labores apostólicas; para atender debidamente a los no católicos y a los no cristianos, que piden amistad y comprensión; para ejercer su ministerio con tantas almas que, movidas por la gracia divina, se acercan al Opus Dei, ita ut possint sub umbra eius ... habitare (Marc. IV, 32), de tal modo que puedan descansar bajo su sombra; finalmente, para el multiforme servicio de la Iglesia Santa de Dios y de todas las almas» (Carta, 28-III-55, n. 35).
  13. A. Del Portillo, en L'Osservatore Romano 25-III-1983.
  14. «Se ordenarán, para servir. No para mandar, no para brillar, sino para entregarse, en un silencio incesante y divino, al servicio de todas las almas. Cuando sean sacerdotes, no se dejarán arrastrar por la tentación de imitar las ocupaciones y el trabajo de los seglares, aunque se trata de tareas que conocen bien, porque las han realizado hasta ahora y eso les ha confirmado en una mentalidad laical que no perderán nunca» (De nuestro Padre, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973).
  15. Carta, 8-VIII-56, n. 7.
  16. De nuestro Padre, Carta, 2-II-45, n. 26.
  17. De nuestro Padre, Carta, 28-III-1955, n. 37.
  18. De nuestro Padre, Carta 2-II-45, n. 28.
  19. Ibid.
  20. Ibid.
  21. El sacerdote es instrumento de unidad, pero no el único instrumento de unidad en la Obra, como es obvio.
  22. De nuestro Padre, Carta, 8-VIII-56, n. 8.
  23. Ibid.
  24. De nuestro Padre, Carta, 2-II-45, n. 32.
  25. De nuestro Padre, Carta, 10-VI-71, n. 7.
  26. Y no sólo en lo político. Los sacerdotes se abstienen gustosamente de cualquier discusión más o menos polémica, para facilitar que todas las almas se les acerquen sin recelo de ninguna especie.
  27. Sería inadmisible que un sacerdote que no tenga ese encargo se entrometiera en el gobierno de los Centros de mujeres: ninguno puede hacerlo, de ningún modo y por ningún motivo, y menos con ocasión de la confesión o asistencia espiritual.
  28. Este criterio se aplica también a la charla personal de los sacerdotes Agregados del Opus Dei: la hacen siempre con un Numerario, preferentemente del Consejo local.
  29. De nuestro Padre, Carta, 8-VIII-56, n. 33. Si alguna vez parece al sacerdote que una indicación del Director es menos oportuna, consultará con el Subdirector por si fuera conveniente ayudarle con la corrección fraterna, pero cuidando siempre de no disminuir su autoridad o su eficacia.
  30. Ibid., n. 39. Los Directores y los sacerdotes encontrarán en esta doctrina un motivo de humildad, porque el Señor les ha puesto para formar a sus hermanos. Así, por ejemplo, ninguno se sentirá humillado si alguna persona que se confesaba y charlaba con él empieza a hacerlo con otro sacerdote de Casa; se alegrarán sinceramente del bien que el Director u otro sacerdote haya hecho a un hermano suyo, etc.
  31. Todos estos detalles deben cuidarse siempre, por ejemplo, también en el deporte, excursiones, etc.
  32. De nuestro Padre, Carta, 2-II-45, n. 32
  33. De nuestro Padre, Carta, 10-VI-71, n. 5.