Evoluciones del espíritu del Opus Dei para la beatificación del fundador?

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Por Javo, 6.10.2008


Quiero describir impresiones mías sobre los cambios que sufrió el Opus Dei, relacionados con las conveniencias del fundador, en su necesidad de llegar a ser santo… bala.

Hace muchos años (1967-1969), cuando concurría a la casa del Opus Dei en Quito como “chico de San Rafael” uno de los libros de lectura más usados era “El Valor Divino de lo Humano”, escrito por un sacerdote del Opus Dei: Jesús Urteaga. En este libro era notorio, entre lo poco que recuerdo, el desprecio por las prácticas publicas de piedad popular, así como el rechazo al uso de las milagrerías como gancho para atraer a los fieles y/o probar la santidad. Se resaltaba el valor de la santificación de lo ordinario, con actitudes recias, silenciosas, humildes. No interesaba que todos supieran de la santidad de los socios del Opus Dei; debíamos ser “santos de altar”, pero con discreción. Nos interesaba nuestra relación con Dios pero sin hacerla pública. Pregunto: ¿qué pasó con este libro? Desde mediados de los 70’s no lo volví a ver ni escuché comentarios al respecto, ni recuerdo que se lo siguiera recomendando como lectura para los jóvenes. ¿Lo hicieron desaparecer? ¿Fue un cambio o evolución del ”espíritu” del Opus Dei?...

En la semana santa de 1972 acudí a una “convivencia” para jóvenes, no recuerdo cómo se la llamaba, en Roma. Fuimos una delegación de 17 personas de Ecuador entre ellos alguno mayor, varios jóvenes y un grupo de chicos de “San Rafael”. Nos hospedaron en un convento de religiosos en las afueras de Roma (recuerdo que se iba al lugar por la vía Apia antigua). Nos dieron mil instrucciones de cómo comportarnos en el Colegio Romano, cómo estar con “el Padre”, qué tipo de preguntas hacer, etc. Nos sugirieron que tomáramos apuntes sobre todo lo que sucediera puesto que un testimonio tan cercano con el fundador era algo muy especial. Pues bien, todos teníamos libretita y pluma para ir tomando notas (era de buen espíritu).

Durante la primera tertulia con el padre, un numerario colombiano jovencito, recién pitado, se le ocurrió preguntar al padre algo sobre la ¡JUSTICIA SOCIAL DE LA IGLESIA! El santo fundador montó en cólera y gritó enojado sobre las barbaridades que estaban sucediendo en la Iglesia, se quejó del nuevo concilio Vaticano II y rechazó enfáticamente lo que en esa época se llamó el “agiornamento” de la iglesia. Fue muy impresionante. Pues bien, a la salida del salón donde se realizó “la tertulia” había un numerario mayor que nos requisó cuidadosamente todas las libretas, nunca hubo una explicación. ¿Cómo antes de entrar era de buen espíritu tomar notas para no olvidarse de nada y al salir era necesario y de buen espíritu entregar las mismas notas?

La respuesta a estas dos cuestiones las “VÍ” (porque también tengo derecho a que Dios me ilumine alguna vez) cuando leí un divertido ensayo sobre la inteligencia humana. El libro se llama “El Encanto de la Estupidez”. En resumen, el ensayo elogia las características de la inteligencia humana centradas en la imaginación y la sensibilidad humana. Este tipo de gente puede ser romántica, afectiva, interesada por los demás: a estas personas con ésta concepción de inteligencia humana, los otros les/nos llaman estúpidos. En el otro lado están aquellos que manejan la información con frialdad, con fines bien definidos, tienen buena memoria y capacidad de relacionar bien la información tal como lo haría la mejor computadora; en este lado suelen alinearse los militares, algunos empresarios con avidez de dinero sin consideraciones de a quién aplastan en el camino y otros muchos tipos de seres humanos que tienen “ideas claras”. Ellos se llaman inteligentes, nosotros/el ensayo los llamamos NECIOS.

Digo que nuestro santo fundador fue un necio, que previó con 30 o 50 años de anticipación que quería y debía ser santo. Las milagrerías que había criticado cuando más joven, le iban a ser indispensables en el proceso de beatificación. Cuando se dio cuenta de esto, cambió el “espíritu del Opus Dei”, mandó a callar a Jesús Urteaga y su libro, y de pronto los milagritos resultaron convenientes.

Asimismo las crisis de cólera eran más que inapropiadas para un proceso de beatificación, peor si se expresaba mal de la Iglesia. Entonces tanto él como sus custodios debieron borrar de inmediato la memoria de esos hechos. Todo fue planificado, todo estaba orquestado para que pareciera santo (no es suficiente con que seas bueno, tienes que parecerlo). Todo fue cambiando de acuerdo a los fines que se perseguían, tal como sucedió con los cambios sucesivos de nombre y apellido: primero José María Escriba, luego José María Escrivá, luego de Balaguer y etc. Por último: el increíble, el inmejorable, el más sabio y más rápido, “el único” santo Josemaría en la historia de la Iglesia.

¿Es la santidad real compatible con el cálculo, la planificación cuidadosa, la determinación para lograr que la Iglesia lo declare “santo de altar”? Me huele al peor pecado: la soberbia. Es obvia la falta de humildad “personal y colectiva”. Habrá que preguntarle a la Iglesia. Pero si se me permite opinar, el santo-bala fue necio, no santo.



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