Evacuol 2000

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Por Satur, 22.01.2007


Al hilo de los últimos escritos de Jacinto Choza (“La inocencia de los dirigentes del Opus Dei” y “De la inocencia a la mala fe. De las ideologías a las sectas”) a uno, fuera aparte de las razones que aduce sobre la inocencia del personal de dentro y de los exopus, se le ocurren más razones que no tienen nada que ver con la “inocencia” y sí con el complejo de pecador, fristro, pingajo y mierda de persona que somos todos aquellos que de alguna manera hemos dejado de poner la mano en el arado o, si están dentro, estén fallando en el cumplimiento de las normas, o se muestren críticos con algunas de la costumbres, criterios o modos de la prelatura.

Jacinto afirma que la inocencia “es la que hace posible que los dirigentes, muchos fieles de la prelatura e incluso un cierto número de los que abandonaron la institución habiendo ocupado cargos directivos, perciban el resentimiento y la mala fe como única motivación posible para los que escriben en la web opuslibros.org”. Es cierto; pero no del todo. También a muchos les pesa su falta de generosidad, su defección a una vocación, su egoísmo, su punto de miseria. Escrivá se encargó de dejarlo tan claro que opuslibros está alfombrado de anécdotas en ese sentido. Para Sanjosemaría, detrás de todo abandono había un punto de soberbia, de orgullo y, siempre, de poso carnal, de concupiscencia. No dudaba en sentenciar que en todo abandono de la vocación al opus de dei siempre había un punto de corrupción.

Resultaba fácil cuando escuchabas una confidencia de alguien crítico, o desanimado, o en crisis, decirle eso de que le faltaba visión sobrenatural, de que tenía que darse más caña en la mortificación corporal, de que debía rezar más y obedecer. Se apelaba a un espiritualismo de naturaleza angelical, en lugar de entender la naturaleza humana y el carácter de esa persona concreta. Daba igual si eras cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón: como el médico del que se mofaba Escrivá, sí, ése que sacaba la receta y decía “¡que Dios se la depare buena!”.

Cualquiera que haya estado en un consejo local sabe de la vida y milagros de unos cuantos y de unas cuantas. Y siempre, por ese afán de indagar de manera enferma en las suturas más profundas del alma de cada cual, se conocían esos puntos de miseria y corrupción que de manera cíclica se repiten en la biografía de cada uno.

Se repiten porque, mira tú por donde, estamos hechos de esa pasta. Cada uno de la suya. Menudo descubrimiento el del santo con lo del punto de corrupción: todos tenemos puntos de corrupción. Sólo se sabe de tres personas que no tienen “puntos de corrupción”: Jesucristo, la Virgen María y Zapatero.

Y no es extraño que si estás dentro, o si te has ido, no te quede algo así como una cuenta pendiente de gratitud, o de estar en deuda, con una institución que tanto te aguanta, o te aguantó, que tanto te dio a cambio de tan poca correspondencia. Por eso su juicio moral sobre la opus está en stand by. Más colgados que Spiderman en un desierto.

Como el del chiste del que pide un jarabe para la tos y el farmacéutico le da, por confusión , un potente laxante – evacuol 2000 . Y al verle fuera, agarrado a una farola, le da un golpecito en la espalda y le dice “tosa, hombre, tosa”. Y el bronquítico le contesta… ¡¡¡NO ME ATREVO!!!. Pues eso, que no se atreven.

Se podrían contar muchas historias, y de gente fetén de la opus, con muchos puntos de corrupción en su biografía. ¿Para qué hablar si soy un desastre?

La prelatura, como institución, siempre gana. Así cualquiera. Juega con las cartas marcadas. Ese estandarte que empuña, bastante obsoleto por cierto, de “el plan de Dios sobre la historia”, donde ella se hace árbitro de ese plan de Dios. Pues no señor. Cristo no vino para mejorar nuestras condiciones en el trabajo, ni el tiempo, ni pollas en vinagre. Si uno se coge el Evangelio, jamás se plantean problemas temporales: Cristo vino únicamente a traernos la vida eterna y a decirnos que estamos salvados, que Dios es un Padre que nos ama, y Él mismo se hizo pecado, uno de los nuestros. Y nos enseñó el camino para salir de la caverna.

El tiempo, y nosotros estamos dentro de él en una condición bastante débil, no deja de ser una prisión, un ciclo fatal y monótono del que sólo podemos escapar por el amor. Si no aceptamos eso, y la obra no lo acepta de hecho (sí en teoría), parecemos esos presos enloquecidos que corren a las paredes de su celda para verse rechazados una y otra vez al mismo sitio en un movimiento sin fin.

La causa del reflujo y retroceso de todos nuestros deseos – buenos y malos - de todas nuestras pasiones, de todas nuestras debilidades, y el aborto final de todos nuestros esfuerzos temporales, confirman esta ley.

Y esa ascética que predica la opus, tan lejana al sentido común, tan práctica con los intereses de la institución por encima de la persona concreta, tan a bulto, tan por la eficacia del número, aboca a bastantes fieles de la prelatura a la desesperación respecto a uno mismo, al miedo a salir de la caverna, a la tristeza del que reconoce sus choques cíclicos con las cuatro paredes que le constriñen… ¡pero se está tan bien allá dentro!. Fuera hace mucho frío. Y, aquí está para mí uno de los grandes errores de la ascética de la obra, son ellos los que llevan a sus fieles a la desesperación al orientar su santidad hacía un ídolo de barro: la santidad resultante de la copia más o menos exacta a unas reglas normas, costumbres y criterios. A un código.

Más claro. El tiempo, y las cosas que hay en él (los códigos también), siguen siendo el que es: un círculo y una prisión… pero nosotros, los del punto de corrupción, seguimos siendo lo que somos: capaces de romper ese círculo y evadirnos de esa prisión. ¿Cómo?: por el techo. La vida temporal tiene muros en los que la parte inferior de nosotros mismos queda siempre cautiva, pero como no hay techo, podemos escapar “por arriba”. Eso sólo lo consigue eso que llamamos amor.

Difícil asunto amar. En Babel – peliculón que no podrán ver los de la opus (y ellos se lo pierden) – explica mejor que yo este tema. Se muestra un mundo de personas, en general buena gente, con un problema común: la incomunicación y los efectos de la mala suerte sobre sus vidas. Viven en esa cárcel de la que hablamos, sin poder escapar de esas cuatro paredes. Sin embargo, hay salida y se muestra en dos escenas que pueden rozar el ridículo más espantoso: el marido que le quita las bragas a su mujer enferma para que pueda orinar en medio de una chabola en Marruecos, y descubre que la quiere y necesita… Y el de la pobre chica sordomuda, neurótica, sola, que, desnuda, es abrazada en silencio por un padre que ya no le quedan palabras, pero que la entiende.

En las dos escenas escapan de esas vidas por arriba.

Una escena más de Babel que es como un tortazo inesperado, que rompe códigos, que no obedece a criterios, que sale del corazón de un hombre bueno: la secuencia en la que el marroquí que ha ayudado en su tragedia a ese matrimonio norteamericano se niega a aceptar el dinero que le ofrece Brad Pitt. Eso se llama dignidad, humanidad y grandeza.

Como escribió Leonard Cohen, abogado de los vencidos: "¿Por qué tengo que estar solo si cuanto digo es cierto? Pero aún hay tiempo. Puedo inventar un camino, falsificar un pasaporte, hablar un nuevo idioma: "Ámame, puesto que nada ocurre".



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