Escrivá, balones y pelotas

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Por Luxindex, 27 de mayo de 2011


«El diablo, mientras tanto, no andaba inactivo.
Sacudía a aquel hombre de Dios. […]
Finalmente, […] terminó por agredirle,
con el permiso del Señor».
Andrés Vázquez de Prada: El fundador del Opus Dei,
Cap. 7, “Camino de infancia espiritual”

Vázquez de Prada, para redactar la biografía de Escrivá autorizada por el Opus Dei®, contó con las hasta entonces reservadas fuentes del epistolario del biografiado y de los Apuntes íntimos (o Catalinas, como se conocen en la organización a esas variopintas anotaciones en las que, con el cuidado que las adolescentes gastan en sus diarios, Escrivá reflejaba cuanto le acontecía, creía que le acontecía, o sentía).

Vázquez de Prada puso de su parte todo lo que quiso en esa biografía, pero, y eso es lo importante, citó abundante y literalmente dichas fuentes, hasta entonces inéditas...

Pues bien, en esa larga semblanza hay bastantes pasajes que no se sabe bien si son tomaduras de pelo o contagiosas alucinaciones de Escrivá que afectaron al convencido de antemano biógrafo. Es el caso de las notas, prolijas en detalles, que Escrivá tomó entre finales de marzo y mediados de abril de 1931.

En aquella quincena mal contada de hace exactamente 80 años, a Escrivá le pasaron unas cositas que pronto tuvo como sobrenaturales. Pero, ¿qué le pasó, o qué dijo que le pasó? Sigamos a Vázquez y lo averiguaremos:

«Al principio no advirtió el sacerdote que se trataba de la rabia del grandísimo tiñoso —como llamaba al diablo—, hasta que fue víctima de una peculiar clase de violencias. Un domingo de marzo, a mediodía, iba tranquilamente leyendo el breviario camino de una clase particular, cuando de buenas a primeras recibió un respetable pelotazo. Se contuvo y no volvió siquiera la cabeza para ver si fue casualidad o malicia.

Diez días más tarde, un Miércoles Santo, fue a confesar a las niñas internas del Colegio de Santa Isabel. Regresaba por la calle del Duque de Medinaceli cuando vio a unos chicos jugando en la acera del Hotel Palace. Ya escaldado con experiencias similares, se echó rápidamente al otro lado de la calle, pero no consiguió evitar lo inevitable:

Un puntapié formidable y... ¡pum!, en el cristal derecho de mis gafas y en mi nariz el golpe consiguiente. Tampoco volví la cabeza. Saqué el pañuelo y, con calma, seguí andando a la vez que limpiaba mis antiparras [...]. Al momento comprendí la saña diabólica (es mucha casualidad) y la bondad de Dios, que le deja ladrar pero no morder. Lo razonable, por lo menos, hubiera sido la rotura del cristal, puesto que recibió un golpe nada mediano... Quizá también una herida en mi ojo derecho. Aún lo primero habríame ocasionado un buen disgusto, porque me veo apurado para pagar los escasos tranvías que necesariamente he de coger... En fin: que Dios es mi Padre.

No hay dos sin tres, como atestigua otra catalina:

Lunes, 11 de abril: ayer, cuando iba por la calle de Álvarez de Castro —por la acera— leyendo mi breviario, para coger el 48 con dirección al hospital, me dieron ¡otro gran pelotazo! Me reí. Se fastidió.

Fantástico. Según se lee, los supuestos sobrenaturales encontronazos, la seguida pugna, entre «burrito sarnoso» y «grandísimo tiñoso» adquirieron en aquellos días unos chocantes tintes balompédicos.

Pero, negando la mayor, nos podemos preguntar ¿de tres balonazos en dos semanas uno ha de convenir con que eso fueron coletazos del demonio moderados por los capotazos de Dios?

Veamos. En el primer y tercer pelotazo, el fundador iba leyendo el breviario por la calle… ¡Leyendo por la calle, con 29 añitos a la sazón! Así pues, más que una vileza de Lucifer, ¿no sería que Escrivá tenía, al menos en esto, menos cabeza que un alfiler?

En el segundo balonazo, Escrivá se limitó a cruzar al otro lado de una calle (calle del Duque de Medinacelli, por cierto no muy ancha). Por tanto, más que a Satanás, ¿no es más razonable imaginar a algún mocoso barrabás, de pantaloncito corto pero larga pegada, acertando aún estando en la otra acera y sin querer en plena mollera del futuro mandamás; o imaginarse a un golfo ya talludo y con mala baba?

Pero si aquellos impactantes pepinazos fueron queriendo o sin querer es lo de menos: fueron goles y subieron al marcador. El fútbol es así. Donde hay balones hay balonazos y donde hay pelotas… ¡Donde hay pelotas no se protestan los balonazos!

En ningún caso se giró para averiguar «si fue casualidad o malicia»; él, tan manso para con los extraños, tan arrebatado para con los propios; tan vehemente para con los suyos, tan modoso para con el resto; tan blando en sociedad; tan soberano en familia… ¿Acaso se pierde santidad por reprender con autoridad y buenas formas a unos chicos en la calle que pegan pelotazos a los transeúntes: «¡chicof, tenef máf cuidadof, stupf, stupf!»?

A él el balonazo ya no se lo quitaba nadie, ¿para qué protestar entonces? Pues porque podría haber pensado en los demás, en evitar que a otros les rompieran las gafas, o les dañaran sus ojos derechos o, incluso, los izquierdos… En suma, que debería haber superado sus cobardes respetos, dejarse de historietas tenebrosas y haberles llamado la atención. Y santas pascuas.

Cuando te pegan un inesperado balonazo donde más pica es en el orgullo. Y si te pegan tres balonazos en la calle en quince días, o tienes mala suerte o eres un gilipollas de los que van por la calle leyendo, ¡¿pero concluir de ahí que Satanás juega al fútbol en la vía pública?! Es de iluso, es milagrero.

Como de sobra sabemos, Escrivá veía más providencial lo que no le pasaba que lo que efectivamente le ocurría: que el cristal no se rompiese, que el ojo derecho quedase indemne… pero, ya puestos, ¿por qué no agradecer que el balonazo no le produjese un fatal traumatismo craneoencefálico, un hematoma subdural agudo? O, dicho de otra forma, ¿por qué no agradecer que el cimbreo del pelotazo no hubiese sido tal como para tener que recibir una urgente transfusión de mocos y apremiante alicatado de los ocho piños incisivos, stupf, stupf? No sé, puestos a temer eventualidades…

En fin, domingo de marzo; mediodía; diez días más tarde; Miércoles Santo; colegio de Santa Isabel; calle del Duque de Medinacelli; hotel Palace; lunes; once de abril; calle Álvarez de Castro; autobús 48… Muchos datos, muchos detalles, mucho forraje, todo tan superfluo como intencionadamente persuasivo, como, por cierto, se estructuran los embustes, las patrañas y los rumores fantasiosos. Porque, en realidad, ¿cuál es la sustancia del relato? Simple: tres balonazos. ¡Pero debieron picar…!



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