Escrito sobre el accidente de mi sobrina

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Por Vicereifoz, 13.06.2008


Prometí escribir sobre el accidente de coche que tuve, siendo del opus, en 1990 y en el que falleció una sobrinita mia, con 7 años. Aquí está mi relato. Pretendo mostrar la falta de humanidad de los directores y agregados de mi centro, en un momento tan terriblemente darmático para mí.

Ocurrió en junio, en la ciudad de Oporto, en Portugal, en las fiestas tradicionales en honor a San Juan Bautista, que son celebradas en diversos lugares de la ciudad. La parroquia en donde nací, en la Foz do Douro, es una de ellas. Cuatro días antes de las fiestas decidí ir a comer a casa de mis padres y, después de comer, me invitaron a dar un pequeño paseo hasta un jardín que está junto al mar. Por estar en el inicio de un fin de semana largo – era viernes – también estaban mis cuatro hermanos, tres de ellos ya casados, con sus mujeres e hijos. ¡Qué gran alegría para mis padres y para mí porque no estaba nada preparado y nos juntamos tanta familia!

Mis padres, un poco cansados, me pidieron en un momento dado que los llevase a casa. Accedí y, junto con ellos, vino mi hermana y su hija Juliana. Nos metimos en el coche, un SEAT 127, ya con algunos años y que habían puesto, en el centro, a mi disposición unos meses antes. Al entrar en una calle, ligeramente pendiente, había un cruce a doscientos metros. Después de pasar ese cruce, justo en la entrada de la nueva calle, fui violentamente golpeado por detrás por un coche que venía a mucha velocidad. Sentí el golpe y, pasados algunos segundos, el coche estaba boca abajo. Mis padres, mi hermana y yo salimos ilesos, con unos rasguños sin gravedad. Sin embargo fue difícil rescatar a mi sobrina. Se acercó mucha gente al lugar y no me dejaban acercarme. Fui en la ambulancia con ella hasta el hospital. Por el camino rezaba al fundador y otras oraciones que me venían a la memoria. Entramos en el hospital y, pocos minutos después, vino una doctora con agua y un sedante diciendome que Juliana acababa de fallecer a causa de un fuerte golpe en la cabeza. Lo demás lo podéis imaginar. Más tarde se juntó allí toda la familia, los que hacía poco que habíamos estado juntos y otros que ya se habían enterado de lo sucedido.

Por ser un fin de semana largo no pudimos celebrar el funeral de mi sobrina hasta pasados cinco días.

Durante todo el sábado y el domingo, a pesar de saber lo ocurrido, ninguno, repito, ninguno de los entonces mis “hermanos” del opus estuvo conmigo. Al final de la tarde del domingo me telefoneó el director del centro de agregados de Oporto, Pedro F., para avisarse de una tertulia, con el director regional, después de la cena. Supongo que sería para hacer el numerito.... ¡Y fui...! Como no había dormido nada durante esos días, estuve cabeceando todo el rato y, de vez en cuando, el que estaba a mi lado me daba un toque para espabilarme. Desde este centro se desarrollaba la labor de San Rafael, el Mira Club de Oporto.

Después del funeral y porque tenía que dar parte a la compañía de seguros con la mayor brevedad, tuve que ir a Braga, para que el numerario dueño del coche firmara el parte. ¿Con qué medios? Nadie del opus me ayudó: ése era mi problema. Por suerte, los dueños de la empresa en la que trabajaba pusieron a mi disposición, de inmediato, un coche al que ya hice referencia en envíos anteriores: el que se quedó en el garage del Centro de Convivencias de Enxomil (En Valadares – Gaia), durante el curso anual de ese mismo año: tal vez por ser nuevo y estar bajo mi “responsabilidad”, “no convenía” ser usado. Fue así como pude arreglar este asunto con la urgencia debida. Recuerdo que el SEAT quedó para chatarra, porque por los años que tenía y su estado no merecía la pena la reparación.

Necesitaba un abogado. Se lo dije al dr. Jorge C. e S., abogado y también agregado de mi centro. Fui a su despacho, con documentos y fotos, y le pedí que llevase mi caso.

Me recibió con cordialidad y aceptó. Me quedé tranquilo porque era un buen abogado. Como sabemos, estos asuntos no se resuelven de inmediato, llevan su tiempo. En 1990, fecha del accidente, ya tenía algunas dudas acerca de mi continuidad en el opus. El total desinterés de los directores y de los agregados de mi centro en el momento de la muerte de Juliana fue la gota que colmó el vaso. Dejé el opus a finales de 1991.

A finales de 1992, ya casado, recibí la notificación del juzgado. Entré en contacto con el abogado que me pidió que me acercase a su despacho con urgencia. Allá fui con mi esposa. Faltaban tres o cuatro días para el juicio. Con la mayor frialdad y displicencia me comunicó que se había olvidado de mi caso.

¿Qué hacer y qué decirle a mi familia? Consulté con varios abogados que me aconsejaron ir a juicio así. Me había preparado con fotografías, testigos y un perito, y así fui a juicio, sin abogado.

En mi respuesta a las pocas preguntas del abogado de oficio aproveché para clarificar algunas situaciones, atestiguando la verdad de los hechos. Ese mismo día quedó visto para sentencia.

Quedó apenas probado el exceso de velocidad del otro conductor, policía de profesión. No tuve ninguna multa ni tampoco me retiraron el carnet de conducir. Mi hermana y su marido – quienes tenían toda la libertad – decidieron no recurrir.

Aquí termina este relato verídico, para que todos vean, una vez más, el estilo de gente que nos rodeaba y su elevada formación y su enorme profesionalidad..... ¡Parece que las normas de decencia no existen para los señores del opus! Allí continúan, practicando el “bien” y el camino de “santidad”....

¡Dios, infinitamente bueno, y padre y madre, no duerme! Un día se hará Justicia Divida. Yo sigo luchando, con la fuerza y la ayuda de Dios, para llevar mi vida – y la de mi familia – a buen puerto.



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