Entrañable y dulcísima vida de familia

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Por Mistral, 12.07.2011


Los últimos testimonios me han remecido mucho y, aunque no he querido escribir por el momento, sí quería compartir una anécdota que "retrata" el espíritu de familia.

Era yo en la época una joven numeraria, salida hace poco del centro de estudios. Mi horizonte personal era un centro de San Gabriel. Lo componían 4 profesoras de colegio de fomento del sector, envaradas, infantiles y lamesuelas de la Directora y una científica electrón libre que no se enteraba de nada y no estaba nunca en casa. El resto, esperpentos indescriptibles de egocentrismo y de rareza que tenían carta blanca para todo. Los que lo hayan vivido sabrán de lo que hablo...

En la Universidad estaba en contacto con gente "de la calle" de verdad. Chicas jóvenes que se iban de vacaciones, de fin de semana con las amigas, que tenían novio, que hacían proyectos. En mi centro me pedían que "hiciera ambiente" con la supernumerarias jóvenes: tenían mi edad, tenían sus familias, sus diversiones, sus novios y preparativos de boda, sus historias de chicas jóvenes.

En este contexto, no encajaban los ideales que me habían traído a la Obra, cuando no era ni practicante. El "cambiar el mundo desde dentro" se estrellaba contra la rutina, la pequeñez y mezquindad diaria de las normas, de los "súper planes apostólicos" y de la horrible, hipócrita y artificial vida de familia en aquel centro. El abismo entre esa vida que se me imponía y la vida real de la "gente ordinaria" era insalvable. Además mi "hipersensibilidad" y mi "afectividad desordenada" (cuánto me lo reprocharon en las charlas y confesiones) me hacían muchísimo sufrir de las faltas de cariño, de espontaneidad. Me ahogaba, me sentía atrapada, me dislocaba entre mi sentido del deber y mi compromiso por mis ideales y una voz interna que me decía: "no puedes seguir así, esto no encaja, estás en peligro, huye..." El desasosiego de los años de Centro de estudios iba tomando forma en una serie de "juicios críticos" que me eran sistemáticamente reprochados en la charla y en la confesión con algunos sacerdotes: piensas demasiado, le das demasiadas vueltas a las cosas, no te dejas formar, no te dejas guiar, te falta sentido sobrenatural, te sobra soberbia, así jamás serás santa. Si Nuestro Padre te oyera, que pena para su corazón... te falta mortificación. Más cilicio más disciplinas!!

Mi alma era un campo de batalla. Creo haber repetido la jaculatoria Domine ut videam!, centenas de millones de veces... sin exagerar. Y, ya que hablamos de lágrimas en el Opus Dei, haber dejado muchísimas lágrimas en el confesionario(*), en las salitas, en el oratorio, entre el petate y la tabla de mi cama...

Bueno, los que han sido de la Obra sabrán cómo acabó la cosa, con pastillas! Tantas pastillas que pasé años en un verdadero estado de enajenación. Casi no tengo recuerdos de ese período: sólo trozos incoherentes sin ninguna cronología... mis recuerdos volverán a grabarse sólo cuando piense seriamente en el suicidio, por desesperación y cansancio... pero eso vendrá quizás otra vez.

Volviendo a mi anécdota, en este estado de ánimo me toca curso anual en Diciembre en Torreciudad. Como si estar en aquel agujero negro místico-arquitectónico pudiese curarme de mis "enfermedades". Me tocó la Masada, casa impersonal y fría donde las haya. Curso anual tipificado, artificial y codificado con las mismas lamesuelas y algún esperpento. No podía más y en cuanto podía me escapaba a caminar fuera. Sólo que en invierno en Torreciudad hace mucho frío. Caí enferma antes de Navidad, y el día 25 tuve que guardar cama con un friebrón tremendo. Algunas pobres elegidas tuvieron que venir a hacer las normas conmigo, pero no vi a nadie más en todo el día, salvo a la que me trajo de comer a medio día (se olvidaron de la cena. La Masada es grandísima y no se puede pensar en todo!!!). Para los que no lo saben, en las habitaciones de la Obra no hay tele ni radio. Cuando se está enfermo no hay NADA que hacer en todo el día salvo rezar. Al día siguiente, 26 de diciembre, más fiebre, más cama, y más normas acompañadas. En la noche cuando llego la cena (esta vez sí) la pobre que venía a hacerme compañía me pregunto: "y qué tal? Como has pasado el día?" Y yo, inocente de mi, respondí: "Pues, un poquillo triste porque hoy era mi cumpleaños y lo he pasado sola". Al día siguiente, ya mejor, me levanté a misa. Saliendo del oratorio y antes de desayunar la Directora me coge y me lleva a un pasillo apartado, muy seria: "mira Fulanita, te quería decir que el no haber advertido a tu llegada al Curso Anual que el día 26 era tu cumpleaños, es una falta de humildad y una muestra de soberbia y de mal espíritu, y que tienes que llevarte la virtud de la humildad a la oración"... Entrañable y dulcísima vida de familia...

Creo que huelga todo comentario.


(*) Sólo añadir en este punto que las lágrimas del confesionario de mi centro las calmó muchas veces "Mosén" Petit -Don Antonio-, con su cariño sincero y entrañable, con su humanidad y su gran corazón y con el consejo -que atesoro aún - de acogerse a la Misericordia Infinita de Dios. A él le debo una gran parte de la felicidad de mi nueva vida.



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