En un colegio del Opus por 12 años

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Por Culichi, 26.11.2008


No necesito permiso ni una justificación para escribir este testimonio. Lo hago simplemente porque necesito hacerlo.

Nací a principios de la década de 1950 en una ciudad del noroeste de México; Culiacán, capital del estado de Sinaloa, en el seno de una familia acomodada, si bien crecí pensando que era pobre.

Asistí al jardín de niños en una escuela pública que me hizo feliz, y cursé la primaria, secundaria y preparatoria en un colegio del Opus Dei del que no puedo decir lo mismo. De hecho, esa etapa de 12 años es, sin duda, la más difícil que he atravesado...

Durante mi niñez empecé a beber alcohol y me pasé toda la adolescencia enamorado: de mis primas, de las esposas de los amigos de mis padres y, después, por supuesto, de las primeras novias.

La temprana edad adulta me sorprendió con un cigarro de marihuana en los labios. Y de ella también me enamoré. Después, durante décadas, experimenté con cuanta droga existía en aquellos años; pero de eso hablaremos más adelante.

Me he casado dos veces –ninguna de ellas por la iglesia– y soy padre de dos hijos, una mujer y un hombre, y abuelo de dos nietos varones. Ellos y mi esposa son las razones fundamentales de mi vida, aunque tengo otras pasiones menos principales que, por cierto, ya no son las drogas.

Soy ateo, socialmente progresista, enemigo jurado de las injusticias y adicto a la tecnología. Los temas de divulgación científica también me apasionan. Actualmente resido en Los Ángeles, California, pero he vivido en muchas otras ciudades de América y Europa.

Mi educación formal termina con la preparatoria, a pesar de que estuve inscrito en varias universidades y carreras en las que no perseveré. Actualmente soy, de profesión, periodista, pero me gano la vida organizando eventos con medios de comunicación y haciendo traducciones especializadas. Escribo una columna política semanal que llevan algunos periódicos de México y Estados Unidos, la cual almaceno en mi blog http://www.PaisanoPower.com

Sé que éste parece el prólogo de una biografía, y en realidad lo es. De hecho, se trata de un proyecto de novela autobiográfica que he venido posponiendo, pero tras leer algunos libros de ex-opus y de haber localizado este grupo en la Web, he constatado que mi paso por el Colegio y el Instituto Chapultepec –entre 1957 y 1969– marcaron para siempre mi vida y en más de alguna manera le dieron rumbo. Y esto debe contarse.

Mi afán no es el de satanizar al Opus, y tampoco es cobrarme las que me deben, pues en ese caso yo también le debo a la Obra, entre otras cosas, mi inclinación a escribir y de alguna forma mi manejo del español con cierta corrección.

Mi contacto y adicción a las drogas (el alcohol fue, creo, de la que más abusé) no impidieron, por ejemplo, que durante mi época como reportero mis notas se hubieran ido con frecuencia a ocho columnas en los más importantes diarios de la capital mexicana; que hace años hubiera ocupado el cargo de agregado de prensa de la principal representación diplomática de México en el mundo, y que en abril de este año el gobierno de mi estado natal me hubiera entregado una distinción a la que jamás pensé ser acreedor.

Debo aclarar, no obstante, que abandoné el alcohol y las drogas al iniciar los años 90.

Acerca de mis años en el colegio del Opus, tengo también que decir lo siguiente: nunca me cortejaron para pertenecer a la obra, entre otras cosas porque mis notas escolares siempre fueron bajas en extremo, y quizás también porque una vez le dije a mi preceptor que “si la Compañía de Jesús es el Ejército de la Iglesia, el Opus Dei son las guerrillas”.

Con el paso de los años he comprobado mi sospecha de que las calificaciones nada tenían que ver con el aprovechamiento académico, sino con los favores a que los alumnos dóciles se hacían acreedores por parte de los maestros. Los hijos de los benefactores del Opus también obtenían buenas calificaciones y eran invitados al “círculo”.

No sé dónde andaría el diablo cuando una vez, en primero de secundaria, fui invitado a un retiro de fin de semana en la residencia de los profesores. Estoy hablando de mediados de los 60. No recuerdo absolutamente nada de las pláticas, excepto las invitaciones que nos hacían a venerar a monseñor Escrivá y la profesión de fe al generalísimo Francisco Franco “Caudillo de España por la gracia de Dios”. Lo que me quedó muy grabado fue el rostro moreno de la sirvienta que, a través de una ventanilla, ataviada con impecable uniforme, nos servía la comida.

De mis maestros de entonces, a pesar de que durante muchos años los culpé de muchas de mis desventuras, hoy guardo un recuerdo bastante más favorable; ellos hacían lo podían, dadas las circunstancias, y además tenían que obedecer al ato mando.

Por el Instituto Chapultepec, en Culiacán, desfilaron figuras del Opus de la talla de M.G. G. (el director), G. O. Z., que lo sustituyó, M. G. y F. L.,, todos ellos pertenecientes a la primera horneada de súbditos de Escrivá. Más jóvenes eran H. L. J., que hoy es doctor en Filosofía y autor de varios libros; M. C., mi maestro de literatura, a quien le debo mi afición a leer y escribir, y J. P. V., el típico exigente maestro de matemáticas. Este último, que era supernumerario, me tocó de preceptor en la preparatoria. ¡Lo detestaba!

Aclaración: los oriundos de Culiacán nos decimos “culichis”, de ahí mi nick. Mi nombre verdadero lo sabrán cuando termine de escribir este libro. He reescrito, editado y publicado libros de los cuales no soy el autor; ¿por qué no habría de escribir el mío propio?


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