En memoria de Jesús

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Por Satur, 25.10.2006


No esperaba el texto de Amandus en Orejas. Ha sido como abrir el armario desordenado de los recuerdos de entonces y caer sobre mi cientos y cientos de recuerdos.

No he pasado una buena noche. Supe de la muerte de Jesús el domingo. Mi madre me lo comunicó -conocía la grandísima amistad que tuvimos en la adolescencia. No reaccioné. Quise llamar a su madre, pero me dijeron que estaba en una residencia y desconocían su dirección…aún recuerdo su número de teléfono, el de chaval ( ? 13130).

La tarde del domingo, paseando de aquí allá sin sentido, mientras esperaba a La Piedra, le recordé. Entré en una Iglesia y recé.

Jesús era muy bueno. Y la vida fue muy injusta con él...

Le conocí en el colegio. Era un chaval de una cabeza excepcional, tímido, de una sensibilidad introvertida y muy rica. Tenía un don especial para el deporte, de hecho era el más rápido del curso en cien metros. Era todo lo contrario a mi –yo venía de repetir curso, mi estado habitual era el atolondramiento y el desorden– y, sin embargo, hicimos una amistad fantástica.

En las cosas del querer no hay que preguntarse porqué se dan o se dejaron de dar. Suceden. Nadie dice “mañana me enamoro a las cinco”, o “mañana hago un amigo a las tres”. Así nació la amistad con Jesús.

En aquellos años éramos inseparables. Antes de conocer la opus, acostumbrábamos a quedar un grupo de cinco o seis de la clase y subíamos y bajábamos juntos al colegio. ¡Cuántas historias se podrán contar!. Nos esperábamos cada día sabiendo que podía pasar cualquier cosa…

Con Jesús nos dio por coleccionar posavasos de puticlús. La verdad es que éramos dos críos de apenas catorce años, pero nos daba morbazo eso de bajar unas escaleras y adentrarnos en las oscuridades del “Blue man`s”, “La Belle Epoque”, “Eva`s”, y con voz aflautada dirigirnos a una lumis y preguntarle “¿tiene posavasos?”. Y mirábamos esas tetazas como quien ve fuegos artificiales. Hipnotizados.

Se acabó la colección el día que mi madre, registrando el armario, vio decenas de ellos. “Ven aquí – me dijo - ¿ y esto?”. Nada posavasos, es que hago la “cole “. Pensaba que colaría pero, claro, los nombres de los clubes declaraban a todas luces nuestras intenciones: El Jardín de Edén, La Golden Green, La ruta de la almeja…

También antes de conocer la opus ingresamos en una escolanía de monaguillos de la parroquia. No eran intenciones piadosas las que nos llevaron a dar el paso. Allí estábamos todos los de la clase de los jesuitas , Porky, el Bolas, el Indio , Nacho, Jovi, Jesús y yo. Duramos poco tiempo, pero fue de una intensidad apocalíptica. Y un auténtico cachondeo. Nos vestíamos con unas túnicas blancas y un crucifijo al cuello y ayudábamos a Misa, leíamos las lecturas y ligábamos con las niñas de la parroquia. Con Jesús nos apuntábamos a las bodas porque sacábamos guita de las propinas.

Las hacíamos muy gordas. Un día nos dio por quemar el borde de la bandeja de la comunión en el momento de “Señor, no soy digno de que entres en mi casa…”. Íbamos a la mesa y con una cerilla poníamos la bandeja al rojo vivo. El cura bajaba a dar la Sagrada Forma y al sacar la lengua el fiel, pimba, le acercábamos el borde de la bandeja al cuello. La cara del piadoso feligrés, o de la piadosa feligresa, al sentir la quemazón era Chuqui Chuqui. Y el cura, mosca, pensando que allí alguien podría estar endemoniado.

¡Tantas historias se podrían contar!.

Fui yo el primero que conoció la opus. Mi hermana me retó a conocer el club de bachilleres y así lo anuncié un sábado a la peña. “Hoy voy al Opus”. Lo dije como el que va a la guerra, o al Himalaya. Ninguno teníamos la menor idea de que era eso, pero sonaba fuerte. “Voy al Opus”.

El lunes me preguntaron y dije la verdad. La mía.

- Es acojonante. Te dejan fumar, te dejan decir tacos, y hay un ambiente de que te cagas.

Y era cierto. Yo iba prevenido pensando que eran gente así como los de la parroquia, pero no: allí todo el mundo fumaba, se decían tacos y el show que hubo después de la meditación fue muy divertido. Eso, para nosotros entonces, era el ámbito de libertad más grande que pudiéramos tener. A nuestros padres les encantaría que estuviésemos en un sitio así, donde se reza y se estudia, y a nosotros nos permitía poder ir zascandileando por la vida.

Y allí se fueron todos.

Yo creo que por allí pasó toda la clase de los Jesuitas, para mosqueo de los curas –llegamos a poner en cada mesa del aula un crucifijo, por eso de ofrecer el trabajo Un cantazo.

La amistad con Jesús se hizo fortísima aquellos años. Éramos confidentes, cómplices, casi hermanos. Los primeros viernes de mes había vela al Santísimo en el club y acostumbrábamos a hacerla los dos a la una de la madrugada. Después nos escapábamos a comernos la noche. Robábamos una vespino de un garaje del sótano de al lado del centro y volábamos por la ciudad. Recorríamos a velocidades de vértigo parques avenidas y plazas a altísimas horas de la madrugada, nos íbamos a cambiar exámenes al colegio –teníamos las llaves maestras-. Nos íbamos a un tugurio que había entonces en el Tubo que llamaba El Plata y que cantaba una estrella local conocida como “La Carbonilla”. El local estaba repleto de viejos verdes que coreaban las canciones picantes entre obscenidades y procacidades de borracho. Parecía que allí se había parado el tiempo: local enorme, con mesas de mármol, decorado de post guerra, camareros viejos con chaquetilla blanca y cigarrillo en los dedos y un decorado de una sola pintura con un piano que lo adornaba. A Carbonilla eso le ponía, y nosotros disfrutábamos de ese ambiente cutre y novedoso. Éramos muy golfos con apenas dieciséis años, pero nuestro pecados estaban muy cerca de la inocencia.

No se me olvida a Carbonilla cantando excitadísima a ritmo de jota eso de “debajo de mi mandil llevo un conejo vivo; si quieres ven esta noche y le das un par de tiros”. Y al decir un “par de tiros”, hacía un gesto obsceno que la gente imitaba a gritos, de pie, eufóricos y más salidos que un balcón.

Todo ese grupo, el Bolas (mentía y era trapacero como el que más ), Porky (tenía, y tiene, unos mofletes carrileros), el Indio (le faltaba media oreja), Nacho y yo, íbamos siempre juntos. Y no había día que no tuviera su lío. Por ejemplo, todos los días le robábamos unas brevas de crema a una pobre pastelera cuya tienda se llamaba “La Bella Easo”. Hasta que nos pilló por culpa de uno que ahora es juez, que no se le ocurre otra cosa que afanar la breva –es un donuts alargado con crema dentro– y esconderlo entre la bragueta y el calzoncillo. Y la Bella Easo le pilla con la mano dentro y un gotelé de crema manchándole la pernera.

Compartíamos amores. Cada día nos cruzábamos con unas cinco o seis chicas del Sagrado Corazón. A Jesús le pirraba Marta, a mi Matilde. Pero no había manera de acercarnos a esos dos monumentos. No se dejaban. Así que un día Jesús me pide que llame a Marta haciéndome pasar por él y que me declare. Y así lo hice. No pudo salir peor.

Nuestra venganza fue escribir unos grafitis en la pared del colegio de ellas poniéndolas a caldo perejil. Omito los textos. Al día siguiente quince chicas nos están esperando en un cruce de calles, nos rodean, y comienzan a decirnos de todo. De todo es de todo. ¡¡¡Maravilloso momento aquel donde pudimos mirar cara a cara, y charlar con esas dos chicas que nos tenían locos!!!, ¡¡¡oír sus voces, mirar sus ojos !!!.

Fuimos pitando todos –Porky es sacerdote listo y profundo, de maneras renacentistas, El Bolas también es sacerdote-, Jovi también es sacerdote, pero diocesano, yo numerata… y Jesús nunca pitó. Sin embargo, vivía igual que un numerario: cumplía todas las normas, llevaba cilicio, insistía en pitar. Y, como escribe Amandus, nunca supimos el porqué.

Era el más cumplidor y muy piadoso. Intuyo ahora que, quizás, era un chaval escrupuloso y atormentado.

Eso le hizo mucho daño. Mucho.

Nos fuimos todos a Barcelona, y él a Pamplona. Estudió dos carreras de un modo brillante. Y el tiempo nos separó.

Fui a verle después un trágico accidente. Le abrí mi corazón contándole cosas mías que no iban, pero ya no era el mismo Jesús de años antes. Por aquellos años la tristeza se había apoderado de él.

Años después volvimos a vernos. Estaba feliz, recién casado. Estuve en su casa y parecía que las brumas del pasado se habían evaporado.

Hace unos años, ya bastantes, nos cruzamos por la calle y charlamos. Estaba desorientado, con un enorme escepticismo respecto a sí mismo y a la vida. Había viajado mucho sin encontrar lo que buscaba. Su humanidad era grandísima, pero su timidez, ese carácter que la vida había forjado a palos, no le dejaba expandir todo lo bueno que poseía en el corazón. Era de una cultura y de una sensibilidad extrema.

Me alegra saber que estaba en un momento de madurez. Y me entristece no haber sabido estar allí, a su lado. Es triste saber que alguien se muere solo, joven.

Es triste la vida, a veces.

Escribo para guardar su memoria en algún lugar: Orejas es un buen sitio . Nada dura para siempre, excepto los recuerdos que guarda el corazón. Aquí guardo su recuerdo.

Son muchos, en la opus muchísimos, que piensan que la fidelidad reside sólo en el espíritu y que la sensibilidad es inconstante. No creo que haya nada más inestable que las opiniones y los entusiasmos y los ideales del espíritu. Nuestras pasiones carnales, nuestros hábitos son más sólidos que las sombras de nuestra razón. Cuando pensaba en Jesús, con quien dejé de relacionarme hace años, sólo experimentaba indeferencia, pero ahora que evoco su mirada, sus gestos -ése tocarse la punta de la nariz-, el timbre de su voz, me siento atravesado por un soplo de ternura. Su recuerdo asciende a lo mejor de mi mismo, está en mi sensibilidad y quisiera estrecharle en mis brazos al que había desterrado de mis pensamientos.

Por eso escribo esta memoria.

Y sólo me consuela que durante años le quise como a un hermano y que hoy, de alguna manera que se me escapa, estará cerca de mi, como en aquel puente del Pilar donde escapábamos con la vespino a altas horas para estarnos en los pilares que le sustentan, como en una cueva, fumando y viendo el reflejo del agua en la madrugada.



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