El sumidero del Opus Dei

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Por Nacho Fernández, 22 de septiembre de 2008


El 4 de octubre, día que la Iglesia Católica conmemora San Francisco de Asís, el Opus Dei revivirá una de sus costumbres: hacer la oración mental sobre el modo en que cada fiel de la hoy prelatura personal vive su pobreza. Esto es más radical entre los miembros numerarios. Durante mucho tiempo, los directores entraban en las habitaciones de sus residencias y abrían los armarios y sacaban todo lo que había, naturalmente delante de esa persona. A una situación como ésta la llamaré “el sumidero del Opus Dei”...

Pues bien, en el Opus Dei se produce un fenómeno de desprendimiento parecido no solo el día de San Francisco de Asís, sino a lo largo del año. Todo depende de cómo vive la pobreza cada fiel de la prelatura. Una de las cosas que está previsto que se haga es que numerari@s y agregad@s entreguen en dirección todos los regalos que les hagan, tanto si son de familiares o amigos o de personas relacionadas con el ejercicio de su profesión.

Me alegro de no haber estado en el Opus Dei como numerario más que un año y medio. Prácticamente no me enteré. Pero a medida que pasaba el tiempo como agregado, vaya si me enteraba. Francamente no me gustaría estar en la piel de muchos numerarios a los que se ve que no son felices, tal como lo demuestran con su cara. Por cierto, pocas veces recuerdo haber visto sonriendo a Don Florencio, que fue durante muchos años consiliario (hoy vicario regional) de la Obra en España.

En el pueblo de mis antepasados maternos, un valle cerrado en la comunidad española autónoma de Cantabria existía un río que nacía en cueva y moría en cueva, o “carcavuezo”, un hoyo profundo en la tierra que después iba a desembocar al mar, situado a unos 40 kilómetros en línea recta. El agua llegaba al pueblo procedente de otros valles y volvía a desaparecer.

La mayor parte de las veces el regalo recibido no sigue en posesión de la persona a la que se le hizo. Maripaz se ha referido claramente a esa situación y nos citaba el caso de que trajes o prendas de vestir que le regalaba su familia luego los usaba alguien de la dirección. Estas cosas no pasaban a otro centro sino que se usaban en el mismo centro. No me gustaría que me hicieran eso. Es muy fuerte. Utilizando el ejemplo del agua del río, el regalo había entrado en el “sumidero” y había reaparecido en otro lugar, otra persona de la Obra.

Yo también tengo un caso parecido. Uno de mis últimos regalos del día de Reyes fue un abrecartas de plata que nunca había pedido. Mi artículo aparece con una fotografía con el objeto al que me refiero. Lo más triste es que en el filo aparece la siguiente dedicatoria: “Con cariño, curso 94-95”. Luego me enteré que esa frase iba dirigida a un profesor, cuyo nombre omito.

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El miembro de la Obra que recibió ese abrecartas rompió su corazón en el momento que entró en la habitación de dirección para entregarlo. El cariño se lo había dejado a los pies y lo había expulsado fuera. ¡Qué pena! A mí que me gusta que me quieran. El abrecartas entró en el “sumidero” y reapareció entre los regalos del día de Reyes. Luego me he enterado que el profesor era uno que el secretario del centro, otro agregado, que anteriormente había puesto toda su herencia familiar en manos del Opus Dei.

Dentro de los centros o residencias del Opus Dei suele existir un lugar, al que se denomina internamente “recuperación”. Ahí van a parar los regalos que numerarios y agregados entregan en dirección. El abrecartas que yo recibí es poca cosa en comparación con otros más importantes que reciben personas con importantes cargos en la vida pública o en empresas. Pensemos en ellos. El “sumidero” tendrá “atascos” para dar salida a tantas cosas como llegan.

Cuando viajé a México como turista visité el imponente “Cañón del sumidero”, situado a cinco kilómetros de Tuxtla Gutiérrez en el estado de Chiapas. Un ancho río recibe cada día algunas toneladas de basura. Se ven muchos objetos flotando. Supongo que el Opus Dei tendrá una enorme sala de “recuperación” para todos los regalos que se hacen a numerarios y agregados, sobre todo cuando tienen una cierta importancia.

El Opus Dei recoge todo. Si se levanta la casa de los padres de algún miembro, a sus responsables no les tiembla el pulso por destinar los muebles y los cuadros a los diferentes centros. En el último que yo tuve, existía un espejo muy bonito en el comedor que, según me dijo uno de los directores, procedía de la familia de un sacerdote numerario. Y así habrá muchas cosas.

Los que fuimos “cofundadores” por habernos incorporado a la Obra antes del fallecimiento del fundador, sabemos del ansia de éste por fundir objetos de oro y piedras preciosas para destinarlos a vasos sagrados o sagrarios de los oratorios. No se me olvida su alegría porque un cáliz de misa tenía una importante piedra preciosa en la parte donde no se veía. San Josemaría decía que eso solo lo veía Dios. Él era más que ninguno.

No se me olvida tampoco que Santiago –internamente “Tío Santiago”—se quejó alguna vez de que su hermano José María se llevaba todo a los centros de la Obra. Y eso se ponía como ejemplo a los que pertenecíamos a la institución. Todo se hacía en nombre de una supuesta familia. Sin embargo, cuando te vas descubres que esa familia no existe y lo único que ha hecho ha sido aprovecharse de ti.



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