El secreto en la dirección espiritual brilla por su ausencia

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Por Inés Lorenzo, 28.11.2007


Yo tengo una hermana y una sobrina supernumerarias del Opus Dei, y mi madre también lo fue. Ya había explicado Agustina lo mal que lo pasé cuando se le presentó un cáncer terminal y en dos meses, justos, falleció. Bien, durante el tiempo de su corta enfermedad el Opus Dei se desentendió de su atención espiritual, que no le faltó porque la Iglesia tiene párrocos, gracias a Dios, y porque yo todavía recordaba las normas de piedad y las hicimos con ella mis hermanos y yo. Y le mentí mucho diciéndole que la directora del Centro la llamaba para que ofreciera sus sufrimientos por tal o cual labor apostólica.

A lo que iba. Por motivos que no vienen al caso discutí, hace unos meses, con mi hermana supernumeraria, así que me llamó por teléfono su hija, también supernumeraria, y me dijo muchas cosas, ninguna buena. Yo sabía que el sigilo sacramental y el secreto en la dirección espiritual brilla por su ausencia, pero en esta ocasión pude palparlo porque lo viví en carne propia. Parte de lo que me dijo solamente pudo saberlo a través de la dirección espiritual que tuve en la opus. Me doy cuenta de que la mejor forma de neutralizarme en mis quejas sobre la mala atención a mi madre era desacreditarme moralmente (al modo de entender de ellos). Como muestra diré que lo más bonito que me dijo fue “zorrón, más que zorrón, que te fuiste del opus porque te tiraste a un tío”. Diré, a modo de explicación que no de justificación, que se trata de una mentira pero con una base de semi-realidad.

Bien, pues yo estuve exactamente un mes meditándolo, terminado el cual abrí el Código de Derecho Canónico y busqué y encontré. Y puse una denuncia en un juzgado eclesiástico y pedí amparo a la Iglesia Católica. Le pedí a la Iglesia que me defendiera de las calumnias que contra mi persona difundía el Opus Dei.

Y el juez me llamó para hablar conmigo, estuvimos charlando más de tres horas, y me dijo que tenía perfecto derecho a que la Iglesia me amparase. Que era gravísimo lo que yo afirmaba. Y yo le contesté que tendría una forma estupenda de saber la verdad: llamar a declarar al cura o a las directora, que para eso en mi denuncia daba nombre y apellidos. ¡Ah!, amigo mío, que me dijo que iban a negarlo. ¿Mentir? ¿Qué los del opus mienten?.

Bien, pues este sacerdote (el juez) me indicó que debería empezar por el principio, o sea, escribir y contarle todo al Prelado (¡¡¡¡!!!!) que él sabría atajar esto y que me daría una satisfacción. Que él estaba seguro. Imagináis la cara que se me quedó…. pero le di mi palabra que así lo haría. Y así lo hice. Le escribí al Prelado hace más de dos meses….. y todavía estoy esperando la respuesta.

¿Que qué voy a hacer?, pues esperaré un tiempo prudencial, y luego continuaré con mi reivindicación. El opus a estas alturas sabe que no le tengo miedo; sabe que he toreado en peores plazas y con peores toros, y que esto para mí es “pecata minuta”. Sabe que no me importan las calumnias, y sabe que llegado el momento mi denuncia la presento en un juzgado de lo penal, de los de Plaza de Castilla, vamos. Y a estas alturas también debe saber el opus que yo soy un poco “cabezota”, es decir, que lo mío es “el trabajo bien hecho y bien terminado”.

Sería bueno que todos los que tenemos una experiencia igual pidiéramos amparo a la Iglesia. Aunque mis noticias es que no soy la primera….. ¡¡ mecachis ¡!!!




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