El nuevo Catecismo del Opus Dei

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Por Exhausto, 7 de julio de 2010


Ha llegado la nueva versión del Catecismo de la Obra (8ª Edición, Roma 2010). Aunque analizar sus innovaciones llevará tiempo, sin embargo hay algunas cuestiones que llaman la atención a primera vista. Por ejemplo, lleva El Copyraight de la Prelatura; incorpora referencias al Estatuto de la Prelatura, sin citar el texto al que se refiere; insiste en que la Prelatura es estructura jerárquica de la Iglesia y que los miembros pertenecen a ella, y no son meros cooperadores externos; en general, mantiene la misma estructura pero varían los textos. En lo referente a la dirección espiritual personal se aprecian variaciones, pero estas son poco importantes, como era de esperar.

Tras la corrección que Benedicto XVI hizo al Prelado, sobre el modo de proceder en cuanto a la dirección espiritual personal en el Opus Dei, la Prelatura se ha visto en la obligación de maquillar las expresiones de las anteriores versiones de su Catecismo. Se mantiene que es la Obra quien institucionalmente lleva la dirección espiritual personal, y que ésta lo hace mediante los Directores locales, con quienes, si se tiene buen espíritu, se debe hacer la confidencia, pero añadiendo que los Consejos locales (el “Gobierno local” de los Estatutos) carecen de potestad de jurisdicción. De este modo pretenden soslayar el escollo de la debida separación entre el gobierno y el fuero de conciencia. Se afirma también que los que reciben la confidencia han de guardar el más estricto silencio de oficio sobre lo tratado en ella (toda la intimidad, como en anteriores ediciones), aunque en esto cabe una excepción: si el que recibe la confidencia estima oportuno que hay que comunicar algo a los directores superiores, se lo indica al interesado para que lo haga por sí mismo o para que delegue en el director espiritual. En el fondo, se mantiene la práctica de siempre, como era de esperar, pero ahora aclaran explícitamente que los que llevan la dirección espiritual personal no tienen función de gobierno.

Pero ¿qué más da que tengan o no función de gobierno si lo vertido en la dirección espiritual es comunicado a los que gobiernan y, luego, los Directores locales ejecutan lo que les dicen desde instancias más altas de gobierno y lo imponen en la misma dirección espiritual como deber de conciencia? De una u otra forma se sigue dando en el Opus Dei un gobierno de régimen en base a la información de conciencia, esto es, un gobierno de las conciencias. Y así se comete la mayor contradicción que cabe en la Iglesia: hacer la Iglesia al margen del Espíritu Santo; o mejor dicho, sustituir la acción del Espíritu Santo en cada alma porque se ocupa su lugar y se le limita. Esto significa construir una Iglesia meramente humana, supeditando la acción libre del Espíritu en la santificación de cada persona a las decisiones de unos señores que gobiernan. Al mismo tiempo que se anula también la condición de libertad de los hijos de Dios en su realización espiritual.

Los superiores del Opus Dei no parece que crean que la voz del Espíritu pueda escucharse en lo íntimo del corazón de los cristianos[1], esto es: la doctrina del Vaticano II sobre la conciencia[2]. Ellos, como su fundador, sólo admiten la acción del Espíritu Santo a través de quienes gobiernan. Con estas ideas y con un concepto de obediencia absoluta en todo lo referente a la vida espiritual o vida interior, se erigen como únicos señores de las almas y de las personas de los miembros del Opus Dei, pues han sustituido al Espíritu Santo y a la conciencia.

Los miembros del Opus Dei, como cualquier persona, deberían gozar de libertad de conciencia. Si la Iglesia no respetase esa libertad de conciencia en sus fieles –que es un derecho natural–, los ciudadanos estarían sometidos por la obediencia a la autoridad eclesiástica y actuarían en bloque. Pero esto no es así. Ninguna persona está obligada a una obediencia absoluta respecto a otra persona –ni siquiera al Papa–, porque sería un sometimiento indigno. La persona sólo debe obediencia absoluta a Dios, a la propia conciencia, y está claro que ninguna autoridad humana, eclesiástica o civil, puede pretender identificarse con Dios. Pero es que el fundador y sus seguidores buscaban ese dominio completo sobre las personas de sus súbditos, el totalitarismo espiritual, que es el peor de los totalitarismos pues convierte a las personas en esclavos morales y mentales, gente absorbida que no decide su vida por sí misma.

La completa separación e independencia que siempre se ha vivido en la Iglesia entre gobierno y fuero de conciencia, preceptuada de muchas maneras en el Código de Derecho Canónico, tiene como objeto que no se gobierne a las personas en base a informaciones provenientes de la intimidad de sus conciencias, sino sólo por hechos externos y públicos, como consecuencia del valor de cada persona ante Dios y de su debida autonomía moral. En el fondo de este asunto nos jugamos el respeto a la persona, que es intimidad, y que no puede ser poseída de modo absoluto por otra persona. Para defender este derecho de libertad de conciencia, o libertad religiosa, frente al emperador romano, murieron los cristianos de los primeros siglos. Por lo tanto, la cuestión es grave y ciertamente “no opinable”.

Además, el Catecismo del Opus Dei confunde el silencio de oficio, también llamado secreto profesional -que sólo en casos proporcionalmente graves puede levantarse-, con el secreto de conciencia, que nunca puede eximirse porque es el ámbito de la intimidad personal con Dios. El secreto de dirección espiritual es de este segundo tipo, igual que el de la confesión.

Mientras los superiores del Opus Dei no acepten la libertad de dirección espiritual tal como la proclama la Iglesia, esto es, que cada miembro pueda elegir libremente su acompañante espiritual y le abra su intimidad en aquello que estime oportuno y vea conveniente cara a Dios, no estarán en comunión con la Iglesia y, lo que es peor, no harán una obra de Dios, sino una obra de ellos, puramente humana. Se ve que la Obra de Dios no es de Dios ni en su origen ni en su ejecución. Y así les va.




  1. A este propósito se pueden citar las recientes palabras de Benedicto XVI en el encuentro con los jóvenes de Sulmona: “El Santo Padre subrayó que hay algunas cosas que son siempre perennes, como la capacidad de escuchar a Dios en el silencio exterior y sobre todo interior, y explicó que es importante aprender a vivir momentos de silencio interior a lo largo de nuestras jornadas para poder escuchar la voz del Señor. Estad seguros -reiteró- que si aprendemos a escuchar esa voz y a seguirla con generosidad no tenemos miedo de nada porque sabemos y sentimos que Dios está con nosotros” (Servicio de Información del Vaticano, 4 de julio de 2010).
  2. En lo profundo de su conciencia, el hombre descubre la existencia de una ley que él no se da a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, llamándolo siempre a amar y practicar el bien y a evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley inscrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y según la cual será juzgado. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella. Por la conciencia, se conoce de un modo admirable aquella ley en cuyo cumplimiento consiste el amor de Dios y del prójimo” (GS 16).



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