El grano de arena

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Por Ponciopilatos, 14.01.2013


¡Esta web me ha brindado tantas ayudas! ¡He conocido a tantas buenas personas! ¡Agustina ha tenido tanta paciencia conmigo! Cuando ayer escuchaba un programa radiofónico oí: "por más potente que sea una maquinaria, si entre sus piezas se le introduce un grano de arena, en un lugar y en un momento muy determinados y precisos, la maquinaria falla y deja de funcionar." Como madre de numerario pretendo ser ese granito de arena, de suerte que ayude y advierta a otras madres en mi misma situación, respecto de lo que pueden encontrarse en sus vidas. Para que estas otras madres nunca se sientan solas. Que ni tan sólo se les pase por su pensamiento que “eso” sólo les pasa a ellas.

Voy a desgranar mi historia, capítulo a capítulo y fragmento a fragmento, pues aunque es una historia pequeña, es ardua, dura y me ha afectado a mí y a mi familia. Como ya de antemano sé que mi expresión no iguala a la de muchos que escribís aquí, os pido disculpas y os exhorto a que no dudéis en preguntar todo lo que no quede suficientemente diáfano...

Antes de ser madre de un “numerario”, yo era, digamos una madre “normal”, con mis muchos defectos y alguna que otra virtud. Quería a mi familia: marido e hijos. Padres. Combinaba el trabajo dentro y fuera de casa. Mi vida era feliz, así como lo era la de mis familiares más allegados por la unión que se respiraba entre nosotros. Creía que era una madre cristiana y que, junto con mi esposo, habíamos educado cristianamente a nuestros hijos que, dicho sea de paso, nunca habían recibido educación en ningún colegio relacionado con el Opus Dei.

Teníamos nuestros más y nuestros menos, como toda familia normal. Pero con la gracia de Dios y la ayuda de la Virgen los íbamos superando.

Yo conocía el Opus Dei. Bien, no es exacto y debo matizar: “pensaba que conocía el Opus Dei” pues creía que era una de las tantas organizaciones, fundaciones, institutos, etc., que formaban parte de la Iglesia católica.

Un verano, nos planteamos con mi marido, enviar a nuestro hijo a un curso de inglés en el Reino Unido. Como fuera que no hallábamos ningún curso con garantías personales y académicas suficientes, acudimos a un club de la Obra de nuestra ciudad, pues nos habían hablado bien de él en cuanto a formación humana y cristiana, y pensamos que, siendo así, la formación lingüística iría pues a la par con las otras mencionadas.

Este hijo nuestro tenía 15 años. No conocía nada del Opus Dei. Se negó a irse de casa estos días, pues no quería desprenderse de nosotros. Era un muchacho tremendamente familiar. Era un chico dicharachero, cariñosísimo, extremadamente alegre, que se partía de risa ante cualquier circunstancia que ocurriese en nuestra familia. En los viajes que hicimos con él, era un organizador nato y se lo pasaba mejor que “bomba”. Le convencimos de que sólo eran veinte días, que pasarían pronto, que le llamaríamos cada día, que valía la pena aprender este idioma en el lugar de origen, etc… Al final él accedió.

Al cabo de unos 10 días de hablar con él por teléfono, notamos algo raro. Le preguntamos: ¿te pasa alguna cosa? ¿te encuentras bien? Nunca pensamos en nada moral ni espiritual. Pues, ¿qué había sucedido? Respuesta directa: uno de los monitores que no conocía para nada a nuestro hijo, lo vio débil (acababa de perder a una abuela) y le insistió en que tenía vocación de numerario del Opus Dei. Él, con su inocencia y desconocimiento de lo que hacía le dijo, después de tanta insistencia: “¡bien, pues apúntame!” El monitor le contestó: es que debes escribir una carta. Nuestro hijo se quedó perplejo y preguntó: ¿escribir una carta? ¿A quién? Al Padre le respondió el monitor. Nuestro hijo preguntó: ¿Y quién es el Padre?… y escribió la “dichosa” carta.

A la vuelta, al llegar a casa, ya sabíamos que había pitado pues su tono de voz había cambiado. No le dimos importancia pues no creíamos – ni creemos – en una vocación a algo desconocido por completo y que llegue en 15 días. ¡Qué tonta fui!

Su escolarización no cambió en absoluto. Siguió en el colegio de siempre. Su liderazgo aumentó, su expediente académico mejoró si cabe, y siguió aumentando también el aprecio de sus profesores hacia él, por su gran humanidad. El horario escolar le permitía tener las tardes libres, y debido a ello nos pidió para ir a estudiar a un club juvenil con la finalidad de aumentar su concentración en el estudio. En principio no objetamos nada. Día a día, en cambio, notábamos un aumento de su desprecio hacia la familia.

Cuando hubo terminado el bachillerato y realizado las pruebas de selectividad, nos dijo que se iba a vivir a un colegio del Opus Dei donde en el verano se prepararía para ingresar en septiembre en un Colegio mayor, también del Opus. Como madre no deseaba eso pero pensé que la oposición sería mucho peor. Hizo su maleta con ropa de verano y antes de salir de la puerta de la que es su casa dijo:

- ¡Mamá: hasta la eternidad!

Pensé que sería una frase hecha o que se había vuelto algo raro en su hablar. Toda la familia unida lo acompañamos a este colegio de verano del que nos despidió llorando, sollozando. No entendimos nada. Le faltaba un mes para cumplir los 18 años.

Pensaréis que soy tonta y no os equivocáis. ¡Soy muy tonta! Pero a varios años vista de aquel episodio, mi carácter se ha vuelto más avispado y he dejado de ser tan tonta.




Llegó el primer fin de semana: ¿dónde te recogemos, hijo? ¡No voy a venir! nos respondió.

¡¿Qué es eso de que no vienes?! ¿Tienes que hacer algún cosa? ¿Cómo haremos pues para vernos? ¿Y tu ropa sucia? …y…? Tengo clase, nos contestó. ¡¿Tienes clase un sábado y un domingo?! ¿De qué? dije yo pensando que él mentía. Pero su respuesta fue: de teología, catecismo, filosofía… Desconcertada le dije de todo y más. No insistas me respondió él. No puedo saltarme las clases. ¿Qué? dije yo… ¿y la ropa, quien la lavará? ¡Pues yo no voy a ir a buscarla! No mamá, aquí lo hacen todo. Viendo pues que no había nada que hacer para persuadirle de que viniera, le pregunté ¿Así, cómo estás? Y él, en respuesta me contó su horario. Lo encontré horrendo. Le argumenté que dónde tendría que estar es en casa descansando del desgaste del curso, a lo cual se sucedió un silencio interminable…

Pasaron muchos fines de semana con idénticas explicaciones. En casa se seguía comprando, para cada fin de semana, el conjunto de productos alimenticios que sabíamos que eran de su agrado, como si aquellas ausencias fueran un pequeño paréntesis en la futura comparecencia semanal de nuestro hijo.

Uno de estos fines de semana fuimos a visitarle y nuestra sorpresa fue que en el colegio sólo se veía gente con sonrisas artificiales. Cada vez encontraba esta situación más perversa, pero él se negaba a regresar a casa (o al menos eso decía).

Se acercaba el día de su aniversario. Viendo cómo iban las cosas, le exigí que estuviera en casa para una celebración conjunta de la familia. Él contó un cúmulo de circunstancias accesorias y/o accidentales que me sonaban a lenguaje poco menos que en clave, pero al final accedió a venir. Llegó el día del cumpleaños y se nos presentó con 18 amigos de edades semejantes a la suya y dos o tres guardaespaldas (numerarios). Celebramos su aniversario en una casa de nuestros parientes, pues en la nuestra no había espacio para semejante tropa. Nos prohibió cualquier tipo de regalo. Ese día no pudimos ni tan solo darle un beso o un abrazo ni de despedida. Nos quedamos atónitos pero aquello, con lo que había de venir, era poco menos que un cero a la izquierda. El resto del verano se repitió lo mismo que los anteriores fines de semana, y como si de Harry Potter se tratara, a través de un “túnel” se trasladó al colegio mayor sin venir a su casa.

Empezó la universidad. Yo lo llamaba todos los días y su actitud ante mí era de una gran ausencia ante mis palabras y por su parte de muy poca actitud explícita. ¡Yo pensaba que era de la etapa de adaptación a la universidad!

Bien entrado ya el curso, recibimos la llamada de un hombre al que no conocíamos: “Señora, me dijo, su hijo está con un gran ataque de angustia, ¿qué debo hacer?” Me quedé como fulminada. Le di las primeras indicaciones y el mismo día nos trasladamos al colegio mayor para visitarlo: encontramos a una persona que para nada se parecía a nuestro hijo. Delgado, mirada perdida, ojos y piel amarillentos. (Esta anotación será la clave para comprender la posterior enfermedad que se puso de manifiesto en cierto momento.)

Mi hijo había perdido su personalidad, su razonamiento y sólo le quedaba una pizquita de amor. Soy testigo directo de este hecho. Puedo declarar estos acontecimientos delante de un juez.

En aquel momento llegó el director del colegio mayor y, junto con mi marido, le dijimos que pensábamos que nuestro hijo debía irse a su casa a descansar unos días, pasados los cuales volvería. ¡Ingenuos de nosotros! ¡No! Dijo el director: se queda aquí. En aquel momento descubrimos que “aquello” no era un colegio mayor sino el centro de estudios para numerarios y se hacía todo menos estudiar pues no quedaba tiempo para ello debido al fuerte adoctrinamiento y enajenación a los que eran sometidos tales adolescentes.

La persona que llamó a casa para avisar del ataque de angustia, fue cesado en su cargo y trasladado, cuando aún no habían pasado ni tres días. Simplemente: desapareció.

Iban pasando los días y mi discernimiento era algo mayor, estando todavía muy lejos de la realidad.

Llegó Navidad: ¡Oh, sorpresa, no puede venir a casa! Son las normas. ¿Las normas? ¿Qué normas? La cosa subía de tono como si de un medidor de actividad o magnitud sísmica de la escala de Richter se tratara. Aún así sólo estábamos a poco más de un nivel dos. De todas las vacaciones de Navidad vino solamente un día a comer y estuvo en casa 2 horas y 45 minutos. ¡Horror, este no es nuestro hijo! Evidentemente aparecieron excusas como: “…la universidad me exige mucho…”, “… estoy muy cansado…”

Llega junio, mes en que íbamos todos a celebrar la boda de su hermana. Tuvimos una conversación para preparar la boda de forma que todo el vestuario adquirido para el evento para todos los hijos, iba a estar en casa. Como todos debían pasar la noche anterior a la boda en el domicilio familiar, todos tendrían a su disposición el atuendo para la mañana siguiente.

O sea que a nuestro hijo numerario le dijimos que debía venir a dormir a casa para estar todos juntos. Al siguiente día habría sesión fotográfica, etc. La respuesta de nuestro hijo fue: mamá, ¡No puedo dormir en casa! ¿Qué? le dije. Me enfurecí y le dije que debía venir, que no había alternativa. Noté cómo temblaba. Pensé que mi acción debía ser rápida y muy concisa: ¡hasta ahí habíamos llegado! Llamé a la delegación correspondiente y pedí hablar con “el jefe” al cual no tenía el placer de conocer y le dije: “si mi hijo no duerme en su casa los días tal y cual, pondré una denuncia al Opus Dei, y todos los medios de comunicación nacionales e internacionales se harán eco de esta situación” El “jefe” cedió. Yo, no tenía ni idea de que aquí empezaba una batalla de la gran guerra con el Opus Dei.

Lo más importante: yo seguía pensando que era sólo la madre de mi hijo. No tenía ni idea de que para él me había convertido en el demonio.




Llegó el día de la boda de nuestra hija. La ceremonia fue preciosa y con la alegría que se suma a la de haber pasado la noche anterior todos juntos. Celebramos el evento con una comida en la cual no hubo “novedad en el frente”. En el momento del baile nuestro hijo tuvo que esconderse para no estar presente en él. Aprovechó para rezar. La noche siguiente ya se negó a dormir en casa pues ya se había celebrado la boda. Se fue a dormir a un club y al siguiente día se marchó…

Empezó el segundo curso de universidad en el que las calificaciones descendieron en picado, así como descendió la pigmentación rojiza de su rostro para volverse más y más amarillenta.

En la siguiente Navidad se volvió a repetir su corta estancia entre nosotros: unas dos horas y media. Así se sucedieron los fines de semana de todo el año, sin venir a visitarnos. El mes de mayo recibimos una extraña llamada suya. Y digo extraña porque nos anunciaba una visita a casa pues debía contarnos algo. No temí nada en aquel momento. Al contrario, pensé que la situación había cambiado, pero sus hermanos me dijeron: “mamá, viene con alguna intención, todo está programado” y como era de esperar tenían toda la razón.

Al llegar el día de su visita nos dijo: “sentaos ya que debo explicaros algo importante: el curso que viene continuaré el tercer curso de mis estudios en otra universidad española”. En aquel momento, y aunque soy una mujer muy habladora, me quedé sin habla. Él percató perfectamente la situación: “mamá, tu silencio me da miedo. Habla por favor”. Yo no dije ni palabra, apenas pude articular un “no estoy de acuerdo ni creo que tú tampoco lo estés” Y así se marchó, sin decir más.

Llamé a la delegación correspondiente para hablar con el responsable y le repetí que los padres estábamos enfermos y no era muy cristiana la actitud de alejarlo de la familia. Su respuesta textual fue: “SEÑORA, SI SU MARIDO MUERE A SU HIJO YA LO ACERCAREMOS MÁS

En este momento descubrí el NO CRISTIANISMO DEL OPUS DEI. Sobra cualquier comentario.

Mese y meses sin abonar la nueva residencia. Meses y meses sin llamadas de nuestro hijo. Llegó un día en el que mi marido, un hijo y yo, decidimos visitarlo para llevárnoslo…




Llegamos a la ciudad donde residía, por presuntas razones de estudio, nuestro hijo, en una residencia de la cosa. Él ya nos esperaba. Nos dio un gran abrazo que no por ser grande expresaba sentimiento alguno. Uno de los tres días que estuvimos allí salimos con él a cenar. Nuestro hijo, más parecido a un chino que a un europeo, por el color amarillento de su piel, se despidió después de la cena con un aire de cansancio grave, agotado, casi zombi. Quedamos en lugar y hora para el día siguiente de forma que pudiéramos reanudar las conversaciones que en estos días se habían ido tejiendo. Por la mañana del siguiente día recibimos una llamada telefónica que nos alertaba de un trastorno en nuestro hijo por el que estaba en cama...

Con mi marido y mi otro hijo nos dirigimos al colegio mayor. Nuestro hijo estaba en cama, exhausto, casi sin habla, con la mirada perdida, los ojos y la piel amarillentos. Él en aquellos momentos no se daba cuenta ni casi de lo que hablábamos.

Exigí al director que lo lleváramos a un servicio de urgencias, con o sin su consentimiento. El director, aire peleón en sus palabras, se negó y argumentó que ya lo había visto “un médico” y que le había diagnosticado una simple gastroenteritis. Y ante esta “casi acusación hacia nosotros” nos dijo: ¿Qué le disteis ayer a vuestro hijo? ¿Le habéis dado algún fármaco? Nos quedamos perplejos ante tal pregunta. Después de varias discusiones en tono combativo con el director y otros “vigilantes” que se habían congregado en la habitación, decidí besar la frente de mi hijo para comprobar su temperatura. Mi intuición materna junto con la sensación térmica recibida en mis labios, me decidieron a jugar una carta única: le propuse al director, ante su negativa de que nos lo dejara llevar al hospital, que de tener fiebre mi hijo, lo llevaríamos al servicio médico. Él accedió pensando en que no era posible un estado febril y que se trataba simplemente de “cansancio acumulado”. Le tomamos la temperatura y la cara del director ante el termómetro marcando fiebre fue un detonante. Tuvo que acceder.

A estas alturas del relato algunos lectores pensaréis que ya se solucionó todo. Pues no. El permiso de dirección iba paralelo a la presencia de uno de sus “guardaespaldas” en nuestra visita al médico. Llegamos al servicio médico de urgencias y entramos mi hijo y yo. El médico leyó mis ojos y le pedí analítica completa. Después de valorar los resultados de los análisis y ver el estado del chico, descompuesto, prescribió reposo absoluto en su domicilio familiar durante 10 días como mínimo (pues ya sabía que se trataba de un estudiante desplazado a esta ciudad). Estos datos constan en el informe médico que obra en mi poder y del cual tiene copia el jurista correspondiente para utilizarlo en su momento. Por razones de seguridad, no puedo adjuntaros este informe.

Ya de vuelta a la residencia, propuse al director que aquella noche yo la pasaría con mi hijo en su habitación ya que debía administrarle la medicación prescrita. Pensábamos con mi familia que al día siguiente podríamos cumplir con la recomendación médica y viajar hasta el domicilio familiar para que el chico descansara unos días. El director, cara de guerrero, se negó a que me quedara por la noche diciendo que si así lo hacía él también estaría presente. Accedí pensando que él no sería capaz de quedarse.

Los pasillos alrededor de la habitación de mi hijo eran un bullicio de personas yendo y viniendo, hablando más en tono amenazador que conciliador, como si de agentes de la CIA se tratara. El sacerdote del colegio llamó a mi marido y le “aconsejó” que hiciera el favor de controlarme, pues según él, mi comportamiento no era el adecuado. Después de esto, con mi marido estuvimos viendo los análisis y como sea que tenemos conocimientos de la terminología utilizada observamos una anomalía bastante importante. El director nos pidió los análisis pero nosotros no se los dimos. Ellos bautizaron entonces estos análisis como los “papeles del pentágono”. Después de mucho rato de discusión, algo violenta, accedimos a que fotocopiaran los resultados. Al cabo de unos minutos el director nos comunicó que había enviado por fax los resultados de aquellos análisis a un “médico” conocido. Nos invitó a hablar telefónicamente con el presunto facultativo para que nos diéramos cuenta de que no había alteraciones graves. Accedimos, pero nunca obtuvimos una respuesta satisfactoria para explicar el por qué un determinado parámetro presentaba una tasa con el doble del valor normal. Pensamos sin temor a equivocarnos que aquella persona con quien hablamos no era ningún médico. Entonces, el tono del director y de sus “compañeros” se volvió duro, amenazador e insultante.

Entre tanto nuestro hijo, nunca sabremos cómo, desapareció de la habitación. El director, acompañado por tres numerarios nos invitó con nefastos modales a abandonar el colegio. En el camino de salida, tampoco sabremos nunca cómo ocurrió, sonó un teléfono móvil que descolgó uno de los numerarios que nos acompañaba a la salida. Se trataba de nuestro hijo que nos decía: “estoy bien” sin articular ninguna otra palabra. Aún antes de irnos, uno de los numerarios añadió más leña al fuego diciendo que habíamos sido nosotros quienes insultamos al director (curiosa afirmación de quien estaba ausente). Así nos tuvimos que ir. Comprendí en aquel momento que mi hijo estaba en una secta destructiva. Nos fuimos al hotel pensando que al día siguiente podría ver de nuevo a mi hijo.




Después de pasar una mala noche, amanecí más que desperté, casi inmóvil. Colapsada, sin voz, sin palabras, sin poder moverme de la cama. Mi esposo y mi hijo me llevaron a urgencias donde el médico me diagnosticó un serio ataque de ansiedad y de fatiga y me recomendó reposo. A la vuelta hacia el hotel mi hijo mayor intentó jugar una última carta en nuestra estancia, y sin decirnos nada se fue al colegio mayor a visitar a su hermano numerario. Como si de una fortaleza medieval se tratara, varios numerarios se personaron en la portería e impidieron la entrada a nuestro hijo que ni tan sólo pudo acceder al recinto. Recuerda que alguien le dijo: “no eres persona grata”. Se volvió triste y sin entender demasiado que significaba todo aquello...

Se acercaba la hora de la partida del tren y tuvimos que marcharnos. Ya en nuestra ciudad, visitamos a nuestro médico de confianza y le mostramos los análisis de nuestro hijo numerario. No dudó ni un instante en diagnosticar una enfermedad congénita, no muy grave pero que hacía necesario un tratamiento, el cual consistía en no poner el cuerpo al límite en cuanto a esfuerzo y falta de descanso. Se trataba de una enfermedad metabólica que impide una correcta oxigenación de los tejidos y que se manifiesta sólo cuando la persona carece de un descanso correcto o hace esfuerzos físicos prolongados. De ahí procedía aquel color amarillento de su piel. Curiosamente durante la vida de nuestro hijo bajo nuestro techo, jamás se había manifestado, pero al ir al centro de estudios y posteriormente al colegio mayor se rompió el orden de vida que llevaba y aparecieron estos síntomas.

Intentamos llamarle para avisar de la tenencia de esta enfermedad, pero fue tarea complicada pues o bien no se descolgaba el teléfono del colegio, o bien no se sabía donde estaba nuestro hijo. Cuando pasado casi un mes pudimos comunicarnos con él y le relatamos lo sucedido se limitó a no creernos, a decirnos que le estábamos engañando con alguna segunda intención.

Consultamos a personas jurídicamente expertas en situaciones semejantes y se nos aconsejó que enviáramos burofax con la documentación médica acumulada tanto en diagnóstico como en tratamiento y seguimiento. La razón de ser de este envío obedecía a la posibilidad de una posterior denuncia y juicio al colegio mayor por negligencia.

El seguimiento médico consistía en realizar analíticas cada dos o tres meses y, en función de los resultados, aconsejar un ritmo vital u otro. De aquel entonces han pasado más de tres años y aún hoy no nos consta que se hayan repetido ningunos análisis.

Pasaron unos meses llenos de silencios, de teléfonos no descolgados, de “ignorar” donde se hallaba nuestro hijo por parte del colegio. Fueron meses de tensión familiar. Había silencios que dañaban más que las palabras hirientes. Eran silencios de menosprecio. Así llegamos a la primavera, en que el colegio nos invitó a la llamada fiesta de los padres.




Visto lo visto y vivido lo vivido, decidimos, con mi marido, actuar a nivel legal y eclesiástico. Así fue como nos reunimos en Madrid un grupo de padres afectados por problemas similares con el Opus y visitamos al Nuncio de la Santa Sede en España. Cada familia contó su historia, a cual más maquiavélica, de modo que algunas de ellas parecían sacadas de una película de ciencia ficción. El nuncio quedó impresionado. Me consta que llamó al consiliario en España. No sabemos cómo pero dos de los hijos de las familias allí reunidas, dejaron la Obra. De esto hará ya más de un año. Algo debió moverse...

Más adelante me personé en Diego de León portando tres rosas rojas que representaban a mis tres hijos, para acudir a una cita con el Vicario de España que previamente había pedido. Me guiaron a una sala con luz tenue, muebles antiguos – supongo que provenientes de herencias – que, en conjunto, daban la sensación de estar en un lugar tenebroso y secreto.

La conversación fue, por mi parte, totalmente diáfana, pero por parte del Vicario fue imprecisa y llena de divagaciones y ante las evidencias de lo que yo le contaba, se le veía nervioso e inseguro, casi a punto de pedirme que me marchara. Alargué la conversación para que él se enterara de todo lo que había pasado en estos tres últimos años. No se trataba de exponerle algo que había llegado a mí a través de terceras personas. Se trataba de explicarle cada uno de los hechos que había vivido en primerísima persona y de los que le estaba, claramente, pidiendo explicaciones y hasta responsabilidades. Todo un Vicario de la región de España no supo darme ninguna justificación ni explicación. La conversación fue grabada en su totalidad y está ahora en poder de un jurista encargado del caso. En la entrevista estuvo presente un testigo que pedí que asistiera; éste permaneció mudo durante toda la entrevista.

No quedando satisfecha con los resultados obtenidos, nos fuimos con mi esposo a denunciar este conjunto de hechos, personalmente, al Nuncio del Vaticano representante en el Consejo de Europa. Nos escuchó con gran atención y nos preguntó un sinfín de detalles. Ante nuestra exposición su respuesta fue: “señora, tiene usted toda la razón pero si piensa en positivo verá como su hijo no está de momento ni drogado ni debajo de un puente". Nos invitó a la celebración de la Sta. Misa, concluida la cual nos obsequió con un sobrio aperitivo. El nuncio sigue los acontecimientos posteriores a este primer encuentro ya que hemos acudido a él en varias ocasiones. Cada vez nos pregunta por la situación de nuestro hijo.

Además de estas visitas, junto con mi esposo, hemos hablado con diversas autoridades eclesiásticas de nuestra diócesis, las cuales coinciden en la actitud no cristiana de los hechos, remitiéndose a las palabras de Jesucristo: “por sus obras los conoceréis”.




Después de realizadas las gestiones descritas en el anterior capítulo, llegaron las fiestas de Navidad. Le llamamos y se puso al teléfono contra todo pronóstico. Le pedimos que pasara con nosotros la Navidad. En principio él se negó. Se lo pedimos en nombre de su hermana y su cuñado, pues ellos debían comunicarle una muy buena noticia. Su respuesta fue: “No voy a venir, ya que seguramente me vais a sacar el tema de la enfermedad y ésta ya está controlada por parte de mi actual familia” (cabe decir que aún hoy tenemos en nuestro poder las peticiones médicas para los controles analíticos y ecográficos, lo cual indica que muy probablemente estas pruebas no se han hecho jamás)...

Después de muchos ruegos, accedió a venir, pero con un montón de condicionantes: no venir al domicilio, ir a comer a un restaurante, y lugares concretos para el encuentro y la despedida.

Así transcurrieron las apenas 3 horas que estuvo con nosotros, con un casi total silencio.

Solamente transcribía algunas órdenes que le debieron dar los directores. No habló para nada de los estudios. Vino acompañado con dos “guardaespaldas” a los que no permitimos acercarse a la familia. Fue un chantaje con mayúsculas, y accedimos por no disgustar a su hermana que tenía una ilusión tremenda de comunicarle una gozosa buena nueva. Pasado el tiempo de permanencia lo dejamos en el lugar de recogida y se marchó sin más. Sin ningún abrazo, sin ningún beso. Fríamente.

Esta fue una demostración clara de lo que es la manipulación. Nuestro hijo había sido TOTALMENTE adoctrinado. Mirada perdida, inexpresividad, repetición de unas pocas frases hechas. Una clara descripción de las características sectarias. Vimos a un hijo irreconocible físicamente, destruido mentalmente, alejado años luz de su verdadera y única familia.

Debíamos hacer algo urgente para salvarle de las garras de esta secta y devolverlo a su estado de alegría desbordante que gozaba antes de acceder al Opus.




Pasaron días, meses y hasta algún año. Idas a su colegio mayor en la fiesta de los padres. Venidas a nuestro domicilio siempre controladas y racionadas, no fuera que nos empacháramos de hijo. Algunas noches pasadas en casa, muy pocas, sólo en dos ocasiones.

En una de sus visitas, durante los dos días y medio de rigor, observamos como casi no era capaz de ingerir alimentos. Siendo él un chico joven y bastante tragón, sospechamos que estaba tomando algún fármaco. Y dado que en Opus Dei todo es bastante previsible, pronto tuvimos conocimiento de qué fármaco era y en que dosis lo tomaba...

Evidentemente este fármaco está contraindicado con la enfermedad que padece y su uso debería ser controlado por un médico. ¿Existe este control? Le preguntamos. Su respuesta fue clónica: “todo controlado”. Su padre tuvo con él una larga conversación sobre la necesidad y/o conveniencia de tomar este tipo de fármacos a su edad. Nada le hizo cambiar de actitud, ni tan solo dudó en seguir tomándolos, ya que “así se lo habían dicho y según él, había sobradas razones para tomarlo”. Nunca averiguamos cuáles eran estas razones. Tampoco sabemos que haya existido control médico alguno sobre la ingesta de estos productos, ni sobre los valores de los parámetros que permiten seguir la evolución de su enfermedad. Nunca ha llegado a casa prueba alguna de los controles médicos que se nos aconsejaron hace ya más de tres años.

Siguieron los más y los menos en el contacto (telefónico, claro está). Dependiendo de nuestro grado de asentimiento hacia sus ideas, la conversación duraba más o era cortada. La técnica del ja ja, ji ji, solía funcionar cuando se trataba de una conversación intrascendente, pero cuando se debía abordar alguna idea seria, el enfrentamiento estaba servido y a menudo él cortaba la conversación colgando el teléfono.

Casi terminó sus estudios universitarios con una beca de intercambio en otro país. En él le visitamos dos veces. Respecto a los pagos hay que decir que estipulamos una cantidad con la que financiábamos su estancia en el centro-residencia en el que vive en este país, cantidad por debajo de la que constaba en las tarifas y parece que fue adecuada hasta finales del curso pasado. Evidentemente, por su parte estuvo todo el curso pidiendo más y más. Pero como sea que le invitaron a dejar dos materias de la carrera y por lo tanto ellos le consideraban estudiante aún, este curso volvió a la carga con las peticiones de más y más dinero, aunque bien sabía, porque así se lo habíamos dicho y él estuvo de acuerdo, que no habría más pagos de residencia universitaria pues debía haber acabado sus estudios el curso anterior. Actualmente, sigue en este país realizando prácticas en organizaciones internacionales.

Sus últimas llamadas fueron llamadas de rechazo, de queja, de acusación hacia toda la familia. Nos dijo que todos debíamos pedirle perdón. Negoció venir esta Navidad pero como sea que no se le aseguró ningún pago por la cantidad que él pedía, desestimó esta estancia en su familia. Así es como esta Navidad no ha venido. Dice que allí si que es feliz. Su gran deseo es que nuestra familia estuviera de acuerdo con la doctrina opus dei.

En su última llamada, ya que es él quien llama, le hablé con claridad meridiana sobre los enfados que teníamos cada uno de los miembros de nuestra familia dada su actitud en este último año.

Desvió la conversación y tuve que ORDENARLE como madre que me escuchara atentamente. Le repetí por enésima vez lo que la familia opinaba del Opus Dei. Cuando acabé le dije: “y ahora, como soy tu madre, quiero tener el gustazo de colgarte yo el teléfono, pues tú lo has hecho habitualmente". Desde entones no hemos sabido nada más de él.

¿Qué he aprendido de toda esta historia?

  1. El Opus Dei no cambiará jamás.
  2. Los padres de los numerarios que no somos ni supernumerarios ni estamos de acuerdo con la Obra, somos personas incómodas y como bien decía un sacerdote del Centro de Estudios, las madres somos además “terroristas”.
  3. En el Opus Dei no tienes paz.
  4. En el Opus Dei no tienes humildad cristiana, tal y como está descrita en el punto 2559 del Catecismo de la Iglesia Católica.
  5. Si no tienes paz no tienes paciencia, y sin paciencia no puedes tener AMOR.


Acabo esta historia con palabras de la Virgen: “con MI EJEMPLO procuro enseñaros la humildad, la sabiduría y el amor. YO os entregaré a MI HIJO y ÉL, en cambio, os concederá la paz divina que vosotros llevaréis a todos los que encontréis”

Gracias a mi amor a la Virgen he vivido y vivo esta historia con fe en el futuro. Os quiero.

Madre de un numerario.


Original