El futuro de la Obra

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Por E.B.E., 10.04.2006


«Cuando los imperios llegan a su máximo esplendor, en ese mismo momento comienza su caída. Los imperios son estructuras parasitarias, como un minúsculo insecto que se alimenta de la sangre de un gran organismo. A medida que crecen necesitan más y más del organismo que explotan, hasta dejarlo exánime; entonces, cuando el organismo está empobrecido crea anticuerpos para defenderse, para sobrevivir y aplasta al parásito y lo destruye, hasta que desaparezca incluso su recuerdo.»

Este texto que leí en los últimos días, me inspiró para hacer una reflexión sobre el futuro de la Obra.


La plenitud

Creo que la Obra ha llegado a su máximo esplendor –el que muchos hemos visto - y ahora sólo le queda mantenerse en el tiempo o comenzar su caída. La grandiosidad ya la ha obtenido, con la expansión a la que ha llegado y las metas institucionales que ha conseguido. A partir de ahora viene lo difícil.

En el caso de los imperios militares, su conquista se basó en el poder de las armas. En el caso de la Obra, su imperio lo constituyó a partir de una representación de poder y de prestigio.

Es decir, fue una conquista por simulación.

La Obra aparentó ser fundada directamente por Dios y tener la doble misión de llamar en nombre de Dios a todos aquellos que “tuvieran posibilidades de vocación” para la Obra y de hacerse responsable por esas vocaciones.

Es decir, Escrivá no empezó por el primer escalón: nunca bajó de la cúspide desde donde anunció su mensaje, tal cual un nuevo Moisés. Posiblemente muchos le creímos porque nunca pensamos que alguien se atrevería a hacer una cosa así, si no fuera cierto el respaldo divino. Sería demencial. Nunca nos imaginamos que el becerro de oro era lo que él traía en sus manos: comenzaba una larga pesadilla...

Por eso su poder fue amplio: basta ver las personas que siguieron a Escrivá –todos aquellos que creímos en él hasta dar nuestra vida entera- y la canonización que obtuvo por parte de la Iglesia. Hay que reconocerlo: su conquista fue contundente. El tema es cuánto podrá durar este imperio basado en el engaño y en la idolatría. Siendo la Obra una institución obsesionada por el éxito, finalmente será víctima de semejante vanidad.

En esa irresponsabilidad por el cuidado de las vocaciones que promovió es que se manifiesta el carácter profano de la Obra. Difícilmente pueda asociarse con Dios la idea de una institución que crea vocaciones de manera compulsiva –coactiva- y luego las abandona de manera irresponsable.

Duración de un imperio

Mientras que un imperio conquistado por las armas dura lo que su poder militar, un imperio basado en un poder ficticio, dura mientras el engaño permanece oculto.

Los límites de todo imperio se experimentan de dos maneras, generalmente: por la expansión (nuevas conquistas) y luego por la contención (orden interno).

La clave está en saber cómo se formó dicho imperio, sobre qué bases se sustenta su poder e integridad.

Si fue por las armas, el límite está dado por el alcance de éstas, por su capacidad de sometimiento. Y si fue por el engaño, el límite está dado también por el alcance de su secreto.

Se acaban las balas y el fin del imperio sucede de manera acelerada. Se descubre el engaño y se derrumba toda la solidez de la supuesta verdad. La expansión se hace imposible y la contención se vuelve crítica.

El fundador estaba obsesionado con el tema del crecimiento: lo que no crece, muere, decía. Y los imperios saben que deben expandirse constantemente, porque en el momento en que alcanzan su plenitud, comienza su declinación.

El engaño

Si hay un denominador común en la crítica que se hace a la Obra, es su tendencia a la manipulación de la verdad y la falta de coherencia entre teoría y práctica.

  • el carácter sobrenatural de la vocación: en los hechos, la vocación es un título honorífico otorgado por los directores, quienes lo retiran a su gusto. Dios es el gran ausente en el proceso de generación y muerte de la vocación creada por los directores, del mismo modo que están ausentes la conciencia y el proceso de discernimiento personal.
  • la santificación del trabajo: si hay un tema que no tiene importancia en la Obra ni se le da prioridad en la práctica, como se enuncia en la teoría, es el trabajo profesional. El proselitismo siempre es la prioridad número uno.
  • la libertad personal: es otro elemento importante, que se alaba en la teoría pero que en la práctica no tiene un valor real. En cambio, uno es sometido a un control mental destructivo.

Son tres elementos esenciales a la Obra, y por eso, al engaño que constituye la Obra. Pero hay muchos más, que no se nombran aquí.

Con el tiempo en contra

No es casual el proceso acelerado que la Obra protagonizó entre 1982, 1992 y 2002, fechas institucionales que marcan hitos en su historia: Prelatura, Beatificación, Canonización.

La Obra necesitaba acelerar sus pasos desde el comienzo: el tiempo le jugaba en contra. Cuanto antes se conocieran los casos de fraude hacia las personas, mayor serían los obstáculos para el crecimiento. Necesitaba “quemar etapas” y por ello también “quemar personas”, usarlas y descartarlas, manteniendo siempre la mira en los objetivos institucionales: ganar tiempo y «hacer cumbre» antes de que se hiciera de noche.

Una institución con su forma jurídica acabada y su fundador hecho santo. Como si estos dos objetivos le garantizaran inmunidad e impunidad para siempre.

Pero 1982 fue el primer límite a la expansión y también a la ambición: la prelatura fue finalmente aprobada sin el famoso «cum populo». ¿Pero si la Obra era algo que Dios mismo había planificado, cómo ceder en un tema tan esencial como es el diseño divino de «la Obra de Dios»?

Los directivos de la Obra tampoco podían retrasar más la aprobación de la forma jurídica –tenían pendiente las metas que luego se cumplieron en 1992 y 2002- y menos aún perder esa oportunidad excepcional que se les presentaba políticamente.

Por esto, más que una razón de poder, ese aceleramiento pone de relieve una necesidad de éxito apremiante. Habla de una ambición pero también de una limitación.

Conclusiones

Así como la vocación tenía los días contados, así también es posible pensar a la institución que la contenía y le daba sustento.

Ciertamente si para una persona ese período puede significar treinta años, para una institución pueden ser muchos más años. Pero esto no impide pensar en una correspondencia entre la naturaleza temporal de la vocación y la de la institución que la inventó.

Es una cuestión de tiempo.

A mí me parece claro que la Obra alcanzó su límite –se pueden ver los numerosos estudios estadísticos de Alfredo- y ahora sólo le queda retener lo que ha logrado o simplemente comenzar a perderlo. Una forma de contención es la reproducción endogámica, a través de los supernumerarios y los clubes juveniles.

Signo de crisis: no solamente el imperio no se expande sino que además hay señales de que no está pudiendo contener a quienes están adentro. Es la contracción del imperio.

Creo que la etapa de expansión ha finalizado para la Obra, y el hito que lo marca -como consecuencia, no como causa- es el surgimiento de Opuslibros.org (en el año 2002, justamente), reflejo de la crisis de la prelatura Opus Dei.

Ciertamente fue iniciativa de un grupo de personas, pero luego en esa iniciativa decantó la crisis interna que no era visible hasta ese momento. Opuslibros nos permitió -como al protagonista de la película- ver la Matrix. De ahí su trascendencia histórica excepcional.

Paradójicamente, mientras la Obra necesitó acudir a la coacción para ganar adeptos, Opuslibros dio origen a una convocactoria inesperada y que desbordó cualquier expectativa.




¿Cómo podría expandirse nuevamente, una vez descubierta la mentira?

Podrán retener por un tiempo el poder que hoy tienen sus directivos y la organización toda. ¿Pero cómo se van a perpetuar, una vez perdida la legitimidad divina que ostentaban originalmente? Si su expansión se fundamentó en el prestigio que hoy ya no tiene (existen demasiados testigos que dan testimonio en su contra), ¿de qué manera logrará crecer? (más aún cuando ese prestigio se descubre que fue una falsificación desde los inicios). ¿A quién le van a hacer creer lo de «la divinidad fundacional» cuando lo que practica la Obra es la mentira funcional? Y si no es por la propaganda, que la institución hacía de su «carácter divino», ¿de qué manera piensan atraer a nuevas «vocaciones», que estén dispuesta a darlo todo, «hasta la camiseta», como le gustaba exigir a Escrivá?

El error máximo fue la soberbia, querer empezar de tan alto («Dios creó la Obra») que ahora es imposible explicar por qué algo supuestamente tan perfecto funciona de manera tan dañina.

Otras instituciones empezaron más humildes y en ese caso es posible recomenzar. Pero una vez que se habló de «divinidad de la Obra», ahora no se puede rectificar. Por eso nunca los directores reconocen errores institucionales: la Obra' es divina.

Simplemente se ha constatado que el constante comportamiento institucional no se condice con un designio divino y esta es una verificación de que el origen divino de la Obra es un cuento. En la Iglesia es posible separar comportamientos humanos y carácter sobrenatural de la institución. En la Obra, no hay forma.




No es que ahora «el mundo está peor». Ese es un argumento para que se consuelen quienes siguen adentro. El asunto es que ahora ya no es posible mantener en el encierro el secreto de la Obra, y en especial, ya no es posible seguir silenciando a quienes se han liberado del yugo llamado Opus Dei.

Al contrario, ahora es el momento de la expansión de la verdad.

El poder de las armas, un imperio lo puede recuperar. El del engaño, difícilmente una vez descubierto. Salvo que se pierda la memoria. Por eso es importante recordar el pasado y no olvidar cuál fue el origen de la Obra, cómo construyó su imperio.

No es extraño, por ello, que esta institución intente olvidar su pasado y reescribirlo sin ningún pudor. Ya hemos visto lo que pasó con el catecismo: primero habló de contrato y luego cambió totalmente el discurso en la nueva edición.

La única salida que tiene hacia delante la Obra es seguir mintiendo y tergiversando su historia. Cambiando la carnada pero sin renunciar a la caña de pescar. Hay otra salida, el arrepentimiento, pero esto es algo que no va con su naturaleza.

Apoyar y respaldar a una institución como la Obra es un asunto grave: no es indiferente, supone una responsabilidad moral. Y lo será cada vez más en la medida en que la información crítica sea más pública y sus actitudes deshonestas queden más patentes.

Finalmente, hay un tema serio y es que la Iglesia ha quedado muy comprometida, por lo cual habrá que ver de qué manera se desembaraza de semejante situación sin comprometer la búsqueda de la verdad.



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